Acabo de leer en Público (edición papel) que Kevin Smith (Clerks y Clerks II, impagables) va a participar como director en un capítulo de Héroes.
Y no he podido reprimir un suspiro de tensión. Tux, qué complicado es ser un friki.
Acabo de leer en Público (edición papel) que Kevin Smith (Clerks y Clerks II, impagables) va a participar como director en un capítulo de Héroes.
Y no he podido reprimir un suspiro de tensión. Tux, qué complicado es ser un friki.
No sé si soy de los pocos que veo un programa de debate que emite Antena 3 los martes por la noche llamado 360 grados, ya que no parece que tenga mucha publicidad. Es un programa interesante, aunque se le debe reconocer cierto sesgo sensacionalista. La semana pasada trataba sobre el caso del violador del Vall d’Hebron, y ya lo comentó mi colega Lüzbel aprovechando que el tema iba de lo suyo. Esta semana han hablado del nacionalismo, bajo la inquietante pregunta-título «¿España se rompe?», y contando con invitados como Rosa Díez, Albert Rivera o Pilar Rahola.
Si no lo viste y crees que puede interesarte, la página del programa permite ver el emitido esta semana hasta el martes 1 de Octubre, incluído, fecha en que actualizan para mostrar el que emiten ese día.
Debate interesante y donde personas con las que me sorprende estar de acuerdo dicen cosas que suscribo. Es un placer ver a Albert, de Ciutadans, expresar determinadas ideas con claridad y rotundidad. Ideas que, no olvidemos, forman parte del ideario clásico de izquierdas, como cuando expone que los verdaderos problemas ciudadanos no son estar todo el santo día debatiendo si Catalunya es nación o no, sino tener más y mejores hospitales y escuelas, y que esas son las cosas reales que cohesionan una sociedad, no un sentimiento nacional. O comprobar que uno puede reconciliarse con la señora Rahola, que defiende argumentadamente que puede estar de acuerdo en que no deba ser delito el quemar una foto de los reyes, pero que denuncia con voz alta y clara que eso es el resultado de un odio afianzado en las mentes de los nacionalistas separatistas.
Obviamente, no todo es compartible. Habrá quien quiera ver en mi crítica un sesgo anti-algo (venda puesta), pero de las personas con las que esperaba coincidir más, la más decepcionante es sin duda Rosa Díez (herida abierta), no por su tibieza (que se agradece sea inexistente) sino por su visceralidad. No transmite la imagen de ser una persona tranquila defendiendo racionalmente sus ideas (imagen que consigue espectaculamnente bien, y chapeau por ello, Alber Rivera), sino que da la impresión de estar constantemente alterada, incluso paternalista (el gesto de tomarle el brazo al independentista que tienen, de un partido que dice estar a la izquierda de ERC… bueno). Pierde por las formas, quizás no por el fondo.
Las palabras de ese chaval, ese indocumentado, creo que se comentan por sí mismas. No le pienso dedicar un segundo a nadie que expone verdades tautológicas inventadas y se escuda en absolutismos en vez de argumentar cosas. Ni su nombre me interesa.
Sin embargo, un argumento reiterado a lo largo del debate ha sido el cumplimiento de las leyes como norma básica de la democracia. Y una sola frase dijo este chaval que se dice de izquierdas que considero cierta: la democracia no es acatar y cumplir preceptos legales. La democracia consiste en que es el pueblo quien decide esas normas legales. Por eso me parece bastante negativo que personas con ideales tan loables como los teóricos del representante de Ciutadans no hicieran el esfuerzo de ir más allá, y decir que el hecho de acatar y cumplir las leyes es consecuencia de la democracia, no su causa. Un ciudadanos de un país democrático asume y acata las leyes de su Estado porque éstas son democráticas. Otras variaciones no pueden sino conducir a la justificación de tiranías como la castrista amparándose en su legislación propia.
Incluso se podría haber llegado más lejos, y exponer que en realidad tampoco consiste en eso la democracia, o no la democracia como la vemos muchos como yo (y presumo, por ejemplo, que el señor Rivera). Un sistema democrático tampoco se define porque sus preceptos los convenga una mayoría, sino por eso sumado al respeto explícito a la divergencia y a la posibilidad del cambio legislativo. De esta forma, podemos asegurarnos de que España sí es una democracia y Cuba no. Porque el mensaje lanzado desde los moderados del programa podría traducirse en un «cuando vuestras ideas separatistas tengan una mayoría detrás, si la tienen alguna vez, podréis separaros», cosa que considero totalmente perniciosa. No porque no sea el mecanismo más razonable para este tipo de eventos creadores de nuevos estados, sino porque sinceramente se debería exigir a quien deseare separarse y contara con el beneplácito para hacerlo que garantizara que en su nuevo Estado se va a contar, como mínimo, con un nivel de democracia humanista (en mi opinión, el verdadero menos malo de los sistemas, y si le quitas la coletilla humanística queda en poca cosa) en los niveles del Estado que dejan. Por ejemplo, mi postura es totalmente contraria a la secesión del País Vasco en las actuales circunstancias, no porque sea un nacionalista español y quiera atarlos ni nada por el estilo, sino porque sinceramente creo que el nacionalismo no es la mejor base para nada en la política. Si el pueblo de Euskadi planteara una alternativa al marco actual, basándose en criterios puramente socio-político-económicos y objetivamente beneficiosos, contarían con mi apoyo (escenario que dudo pueda darse, ya que es preferible una comunidad estatal grande con administraciones muy descentralizadas que un Estado pequeño). Pero al plantearlo todo en claves identitarias y tribales me debo situar enfrente. No quiero tener una Cuba en el Norte.
Es por eso que creo que falta contundencia a la hora de combatir al nacionalismo. Y falta contundencia porque se hace con las armas equivocadas: uno se presenta a un duelo de chefs y se encuentra a su adversario con un tablero de ajedrez y las fichas dispuestas. No se debe combatir al nacionalismo acusándolo de querer romper España. Es evidente que desean romperla. Y racionalmente no es algo que debiera rasgar vestiduras. Tampoco de que son insolidarios. Es claro como el día que lo son, desde que se miran el ombligo y se dicen que mejor luchar por ser distintos que por conseguir los fines clásicos de la izquierda (ya saben, eso de la Revolución Francesa y esas cosas…). Repetirlo es decir que el cielo es azul o que la Tierra es redonda. Escandalizarse consigue el efecto contrario al deseado: crear adeptos, contentos de nuestro escándalo en cuanto españoles (y por tanto, enemigos), incluso si somos españoles como el que es rubio o moreno, porque nacimos así. Máxime cuando es la derecha la escandalizada, porque estos nacionalistas separatistas suelen llamarse de «izqierda radical», sin que yo vea la izquierda por ningún sitio y mucho menos la radicalidad.
Entonces, ¿cómo combatimos al nacionalismo? Lo intentan Rosa Díez y Albert Rivera y para ello esgrimen un argumento cargado de buena voluntad, pero que en puridad teórica es espeluznante: hay que cumplir la ley y los símbolos españolistas son un oasis de libertad en el infierno nacionalista. Esto, dicho en un país de larga tradición democrático-humanista puede ser válido, pero estamos en España. Concretamente en la España tras sólo (y tras tanto como) 30 años de democracia. Y un hijo de la democracia como el que suscribe siente a veces que esto está bien, pero le da rabia que nunca se le haya consultado a él ni a su generación si quieren cambiar algo, si creen que una monarquía es la forma ideal… No sé si me explico, así que puedo decirlo más claro: quiero que la democracia en España avance, y eso supone que el pueblo pueda y deba revisar sus pilares cada cierto y poco tiempo, para que todos puedan tener voz y voto y no depender de los marcos constitucionales que nos dieron, en el mejor de los casos, nuestros padres (y en el peor, nuestros abuelos). Agradecer el esfuerzo de éstos, pero quiero soltarles la mano y decidir. Entre todos.
Así, esos simbolos son los constitucionales, pero sinceramente yo no los he elegido (no yo, yo, mi generación, la mayoría de habitantes de este país, exprésalo como quieras) y por tanto me representan legalmente, pero no personalmente. Elevar esos símbolos a categoría de garantes de algo debe implicar que podemos escoger cuáles son esos símbolos. Y yo con una bandera igual sin escudo creo que me daba por satisfecho, no se crean. Pero no podemos poner como bandera de la libertad la nuestra, aún cuando represente el respeto a la legalidad constitucional allí donde está amenazada si realmente no hay un sentir mayoritario refrendado que lo avale. Podemos hablar de leyes y de normativas, pero no mezclarlo con la legitimidad.
Entonces ¿todo parece perdido? ¿No hay manera de combatir el nacionalismo ni siquiera desde una perspectiva que no es ni mucho menos nacionalista españolista? Ni mucho menos. En una palabra: el mejor argumento, el que nadie expresó, el que yo no oí, contra la inclusión, por ejemplo, del término nación en el ya famoso y a la vez olvidado Estatut de Catalunya es decirles a los nacionalistas que nosotros, la izquierda (tal y como yo la entiendo) no creemos en la política de las vísceras, los sentimientos identitarios o la segregación por origen. Que estamos en contra de la inclusión de cualquier referencia a esos temas en legislaciones y normativas. Dar un paso adelante y decirles que no, que «nación» no estará ni en el preámbulo ni en el cuerpo de ningún texto legal catalán, y que haremos lo que podamos dentro de nuestro sistema legal para eliminar dicho término también, por qué no, de nuesra Constitución.
Si a un nacionalista le hubiesen dicho eso, se habría callado. O tal vez no, pero claramente el debate habría concluído.
Hay que decirle al nacionalista separatista que por supuesto que su lengua regional debe y va a ser enseñada en los colegios. Es una lengua oficial del Estado. Es mi lengua, después de todo. Hay que decirle a un nacionalista que por supuesto se va a seguir exigiendo el dominio de esa lengua al opositar a tareas de la Administración del Estado al nivel que sea dentro de esas comunidades bilingües. Es un derecho del ciudadano dirigirse a su Administración en su lengua materna oficial, y el funcionario, en tanto servidor público, es quien debe adaptarse a la lengua oficial de a quien va a servir. Hay que taparle las salidas para romperle ese hombre de paja que tiene del anti-nacionalista como nacionalista de otro bando. Cree el ladrón, que dicen. En definitiva, una alternativa realista que no permita respuesta de su simpleza y claridad.
Y al nacionalista español también hay que decirle algunas cosas. No queremos su alternativa. Me parece perfecto que se sienta identificado con los símbolos actuales de todos, pero debe saber que me gustaría poder opinar sobre el tema. Y sobre el fondo del sistema, no sólo sobre sus símbolos. Hay que decirle que España no es una nación por mucho que lo diga la Constitución, porque lo que define a una nación es algo mucho más cohesionado de lo que España ha sido nunca sin mediar la fuerza. Hay que decirle que aunque lo fuera, no quiero que lo sea legislativamente (ni aunque el decreto que lo sancione sea la Carta Magna). Que queremos una sociedad de ciudadanos libres que hemos decidido construír un Estado en libertad juntos. No porque nos sintamos hermanos en el destino, ni unidos en lo universal. Dejarle claro que estamos hartos de oír eso mientras se lo escupen entre ellos y los separatistas. Que nos dejen en paz, que no nos dan miedo y que simplemente, con el paso del tiempo, están condenados a desaparecer en favor de nosotros, la generación que quiere convivir simplemente porque así lo quiere (como si puediera haber otra razón legítima) y no necesita ni Historia ni mito para sentirse solidaria entre ella.
Eso es lo que yo quiero oírle decir a un político. Que el concepto de Estado basado en sentimientos nacionales ha fracasado. Que el concepto de Estado moderno, democrático y humanista se basa en el respeto a los Derechos Humanos, no en el folclore de los habitantes.
Mientras no lo digan estos políticos, lo diremos nosotros. Por eso, si tienes un blog y piensas algo similar, y encima te mueves normalmente por la red política española, te propongo un juego muy serio. No es un meme, no es una obligación. Es una idea sencilla. Recuerda la última vez que viste un comentario de un nacionalista separatista que pensaste «ah, joder, otro con lo mismo, con el cuento de siempre» y recuerda que perdiste tiempo conestándole intentando mostrar lo ridículo de su posición. O tal vez recuerdes a aquel nacionalista españolista que pontifica sin parar en los comentarios del sitio que sigues, entorpeciendo la conversación con tópicos y más tópicos irracionales. ¿A que parecen trolls inmunes a lo que les contestes? Pues ahórrate el esfuerzo: escribe un post dejando claro lo que piensas, y en cuanto vengan a llorarte por los problemas de su nación, la que sea, vas y te autoenlazas. Si es capaz de leer lo que dices, no creo que tenga nada que añadir y te librarás de él. Otro demonio descabezado por un tiempo.
Presiento que ésta va a ser una de las entradas que más me autoenlace.
Todo parece mucho más sencillo si lo piensas durante un paseo en una tarde tan fresca y límpida como la de hoy.
Y si encima estás escuchando la banda sonora de Good Bye Lenin! de Yann Tiersen, mucho mejor.
No, no me he vuelto zen. Simplemente hoy parece un buen día.
…o cómo ser coherente y dejar de hacerse pajas mentales que nadie puede tomar en serio…
…o cómo terminar de una vez la guerra en Red Liberal.
En política, lo que siempre se ha llevado es tener adversarios delante y enemigos al lado. Stalin y Trotsky, González y Guerra, Aguirre y Gallardón… Las parejas son interminables. Imagínese usted si habláramos de grupos. En la izquierda sabemos mucho de eso. En Red Progresista tenemos comunistas, socialistas, militantes de IU, pragmatistas (o realistas que tienen presente la ley de la gravedad), y más gente que sinceramente nunca enlazaría… Vaya, que tenemos más familias que las listas del exilio hebreo en Babilonia. Siempre nos ha gustado hacernos sangre. En mi opinión, porque el término «izquierda» es tan amplio que, considerándome de tal cuerda, comparto etiqueta con gente con la que casi nada tengo en común. Incluso me atrevería a decir que la izquierda como etiqueta no es sino un sentimiento sin identificar, como un diamante sin pulir, como una ley oral que se resiste a ser escrita. En una palabra: muchos son (o somos) de izquierdas porque pensamos que ser de izquierdas significa algo que nos aplicamos, pero no tiene por qué coincidir con lo que otro crea que es ser de izquierdas.
Una vez que se admite esto, es muy divertido ver cómo en la casa de enfrente se tiran (con mucha educación, o amenazando con un par de guantás, que de todo hay) los trastos a la cabeza sus corrientes internas. Algo por otra parte previsible cuando juntas a quien defiende el secuestro judicial de una revista por injurias a la corona con quien piensa que el Estado es un enemigo que debe desaparecer, y con quien defiende la Nación como concepto que dota de contenido un Estado que no debe desaparecer, y con quien dice que España se la suda, y con quien quiere (y a mi juicio, con perspectiva temporal, se queda corto) ser radical… y así hasta el infinito. Uno se da cuenta de que el término «liberal» sirve en la Red española para englobar a todo el pensamiento anti-izquierdista, y uno comprueba que incluso los que no son rematadamente anti-izquierdistas en ese sitio se complacen de tener compañeros que sí lo son. Ya dije en una ocasión que lo que más me choca de la liberalidad en Red de este país, presunta adalid de la libre competencia y la iniciativa privada, es que su Red estrella se basa en un cabeza que administra la web y elije quién está sindicado y quién no. No hay innovación, no hay inversión humana (material creo que por ahora sí, pero vaya, me importa poco) en desarrollar nuevos proyectos que den a conocer su ideología. Por una Red que se llama liberal hay al menos tres o cuatro significativas de izquierdas. Y también me choca que no haya una red liberal de izquierdas… Será cuestión de ponerse, aunque debo espaciar más mis nuevos proyectos…
Ya en situación, en Red Liberal tiene lugar una guerra soterrada que se atisba por las escaramuzas que nos dejan ver. Uno entrevé que en algún lugar alejado (véase lista de correo o similar) deben darse las batallas que no vemos. Y pueden diferenciarse los bandos de la guerra con una simple regla: están los liberales partidarios de un Estado mínimo, y los anarcoliberales (o anarcoqué en despectivo) que quieren desmantelarlo. Me siento ideológicamente mucho más cercano a los primeros (de los que me diferencia sobre todo y en la mayoría de los casos el hecho de que yo no baso mis principios en «leyes naturales» autoevidentes, por escéptico que es uno), por lo que les brindo mi inmensa inteligencia para dotarlos de un argumentario contra sus camaradas. No sean muy duros con ellos. No son más que la traducción equivocada a la política de los geeks que gustamos de la Ciencia Ficción literaria.
La propuesta es bien sencilla: pedirles a todos sus anarcoliberales vecinos que hagan el j**ido favor de ser coherentes con sus palabras. Veamos algunos ejemplos.
Un anarcoliberal no puede tener nada en pertenencia en España. No, no es una contradicción. Un anarcoliberal sabe que algo es suyo, no necesita de papeles estatales para corroborarlo. Esto le genera problemas, claro está, pero sus principios en defensa de la libertad son inamovibles. Un anarcoliberal, razonando fácilmente, no puede comprar nada en España. Así, tiene el problema de la posesión resuelto: puede decir que todo lo suyo es suyo, porque de hecho nada lo es. Y un anarcoliberal no puede comprar nada en España… porque todo lo que se vende en este país viene gravado con un impuesto estatal. Bueno, no puede comprar casi nada. Un anarcoliberal nunca colaboraría al robo estatal voluntariamente (afortunadamente, es un héroe de la libertad y puede elegir morir dignamente de hambre), por lo que puede robar o estraperlar. Lo primero es contrario a su concepto de propiedad privada, luego es inviable (antes muerto que contra mis principios, dijo un anarcoliberal en los huesos al lado de un campo de melones). Lo segundo es interesante. ¿Puede vivir alguien a base de hachís y oro falso? ¿Hay un mercado negro oculto que no conozco de bienes de primera necesidad y yo sigo pagando IVA? ¿Venden besugos o tomates en la esquina oscura de las afueras de tu pueblo?
Si usted conoce a un anarcoliberal que compra en El Corte Inglés, en el Carrefour o en el Día, ya puede usted gritarle que es un incoherente a la cara.
Un anarcoliberal no puede firmar un contrato de trabajo tal y como éstos existen en España. Un anarcoliberal debe pactar con su patrón su salario y las prestaciones de su trabajo (seguro médico, vacaciones…) en libertad, y no restringido por una legislación arbitraria. No quiero decir con ello que deba aceptar cualquier trabajo malpagado sin contrato de los que abundan en España, esos los ocupan los currelas de izquierdas y él seguro que, tan leído y versado en filosofía natural como para justificar su sistema en base al mito del buen salvaje, puede aspirar a algo más. El problema no va a venir de qué trabajo tenga que aceptar, sino de qué trabajo le van a ofrecer. Ya lo adelanto yo: ninguno. ¿Cómo? Vaya un salto mortal, parece ser… No. Un anarcoliberal no dispone de conexión eléctrica ni acuática en su casa (caso de tener una por lo explicado antes) porque contratando esos servicios a una empresa que pueda dárselos en España tiene que pagar impuestos derivados. Él quiere una empresa de luz o de agua que no le meta en la factura ni el IVA ni el impuesto de basuras. Pero desgraciadamente no la encuentra. Así que ya me dirán ustedes en qué empresa van a contratar a semejante ser sin duchar y que lleva sin comer caliente meses, años, la vida entera.
Si usted conoce a alguien que se llena la boca en la Red hablando de coacciones estatales y de acuerdos voluntarios entre cabaleros mientras tiene un puesto de funcionario o un contrato con cualquier empresa, o siquiera se ha declarado legalmente autónomo, grítele en la cara que es un incoherente.
Previsiblemente, usted no podrá discutir con un anarcoliberal en la Red, porque todo lo necesario, desde el ordenador hasta el servicio de ADSL, pasando por la electricidad, paga impuestos. Él, en todo caso, usa mensajes en botellas. Botellas que encuentra por ahí, atiborradas de miles y miles de hojas de anotaciones de IKEA, rellenas a lápiz (también de IKEA) mostrando las bondades del anarcocapitalismo. ¡Qué gran empresa, IKEA, que les proporciona lápiz y papel de manera gratuíta y, por tanto, no gravada por impuestos! Usted seguramente no ha notado que su ciudad está llena de esas botellas. Sea más observador. Quién sabe si no encontrará un nuevo Hayek que publica sus disquisiciones economico-politicas en formato patrocinado por los suecos del móntese usted su cocina.
Si conoce algún internauta haciéndose pasar por anarcoliberal, grítele en su sitio que es un incoherente y mándelo a rellenar hojas de IKEA.
Si un anarcoliberal tiene la suerte de que alguien (papás, novia, yo qué sé, el mundo es grande…) le compran un coche (él no preguntará cómo o dónde o si ha pagado impuestos, eso es entrometerse en su privacidad y pasando hambre como está tampoco tiene que sufrir por la quiebra de sus principios por parte de otros), por supuesto no contratará un seguro de coche. No porque no esté de acuerdo con la necesidad racional de tener un colchón que cubra daños que puedas causar a terceros sino poque su reacción a la represión estatal es actuar contra lo que el Estado imponga. No en vano a los impuestos para redistribuir riqueza los llama «robos», no porque él no sea solidario, sino porquen los impuestos son obligatorios. Su reacción es decir con la boca pequeña que deberían hacer huelga fiscal.
Si usted conoce un anarcoliberal, después de gritarle que es un incoherente a la cara por hacer la declaración de la renta, grítele a la cara que es un incoherente por contratar el seguro de coche obligatorio.
Un auténtico anarcoliberal debe ser coherente o aceptar lo difícil que es lo que propone si no está dispuesto a asumirlo en persona hasta sus últimas consecuencias. En los sitios de derechas se suele tachar a los pacifistas como yo (esto es, pacifista por principios) de ingenuos y nos invitan a irnos a vivir a lugares en conflicto para probar nuestro pacifismo. Los anarcoliberales están en el lugar adecuado para plantear esa misma resistencia que nos invitan a padecer. En vez de tener que ir a Palestina, ellos simplemente tienen que dejar de aceptar tratos comerciales en donde el Estado intervenga, tratos sociales en donde el Estado intervenga o tratos de cualquier tipo en los que el Estado intervenga.
Si una tía segunda fallece (lo lamento), un anarcoliberal sabe qué es lo que le corresponde en herencia según sus deseos. Pero no piensa pagar el impuesto de sucesiones. Cuando vaya a su flamante nueva casa en la costa y vea que legalmente (esto es, estatalmente) está okupada por terceras personas, puede usar su fuerza física para echarlos. Están en su legítima propiedad, después de todo.
Si conduciendo el coche de dudoso origen huyendo de la represión estatal en forma de sirena de policía de stablishment partitocrácico por haber dado una legítima paliza al par de alemanes sexagenarios que habían robado la casa de su querida tía Mary, o Mandy, qué más da, tiene un golpe y, al no tener seguro, el otro conductor le denuncia y vienen los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado y le llevan a un tribunal estatal para juzgarle según leyes estatales… y encima le condenan en una cárcel estatal… siempre puede apelar al Tribunal de los Derechos Humanos y decirles que oigan, que tengo derecho a mi propiedad y el Estado no es quién para imponerme ni impuestos, ni normativas de seguridad, ni modelos de contratos que exigen limpieza… a no, eso quien lo exije es el empresario.
Seños anarcoliberal, sea usted coherente, baje usted de su mundo ideal de nubes no-olor y ponga los pies en el suelo. No pretenda que no nos damos cuenta que mientras predica sobre los acuerdos voluntarios entre caballeros usted hace la declaración de la renta como cualquier estatista. No nos dé a entender que miente cuando defiende con tanta vehemencia las consecuencias peculiares de su divagación pseudo-teológica de la libertad pero no es capaz de asumir las consecuencias cercanas y evidentes (algunas de ellas expuestas arriba).
Señor anarcoliberal, o es usted un mentiroso o un incoherente. Sea valiente. Demuéstrele usted al mundo que ya va siendo hora de que en La Haya prohiban los Estados porque son contrarios a mi derecho natural a la libertad, así, en abstracto.
O algo así.