El Destino del Iscariote

It's better a Kiss of Death than nothing...

26.09.07

La Nación

No sé si soy de los pocos que veo un programa de debate que emite Antena 3 los martes por la noche llamado 360 grados, ya que no parece que tenga mucha publicidad. Es un programa interesante, aunque se le debe reconocer cierto sesgo sensacionalista. La semana pasada trataba sobre el caso del violador del Vall d’Hebron, y ya lo comentó mi colega Lüzbel aprovechando que el tema iba de lo suyo. Esta semana han hablado del nacionalismo, bajo la inquietante pregunta-título «¿España se rompe?», y contando con invitados como Rosa Díez, Albert Rivera o Pilar Rahola.

Si no lo viste y crees que puede interesarte, la página del programa permite ver el emitido esta semana hasta el martes 1 de Octubre, incluído, fecha en que actualizan para mostrar el que emiten ese día.

Debate interesante y donde personas con las que me sorprende estar de acuerdo dicen cosas que suscribo. Es un placer ver a Albert, de Ciutadans, expresar determinadas ideas con claridad y rotundidad. Ideas que, no olvidemos, forman parte del ideario clásico de izquierdas, como cuando expone que los verdaderos problemas ciudadanos no son estar todo el santo día debatiendo si Catalunya es nación o no, sino tener más y mejores hospitales y escuelas, y que esas son las cosas reales que cohesionan una sociedad, no un sentimiento nacional. O comprobar que uno puede reconciliarse con la señora Rahola, que defiende argumentadamente que puede estar de acuerdo en que no deba ser delito el quemar una foto de los reyes, pero que denuncia con voz alta y clara que eso es el resultado de un odio afianzado en las mentes de los nacionalistas separatistas.

Obviamente, no todo es compartible. Habrá quien quiera ver en mi crítica un sesgo anti-algo (venda puesta), pero de las personas con las que esperaba coincidir más, la más decepcionante es sin duda Rosa Díez (herida abierta), no por su tibieza (que se agradece sea inexistente) sino por su visceralidad. No transmite la imagen de ser una persona tranquila defendiendo racionalmente sus ideas (imagen que consigue espectaculamnente bien, y chapeau por ello, Alber Rivera), sino que da la impresión de estar constantemente alterada, incluso paternalista (el gesto de tomarle el brazo al independentista que tienen, de un partido que dice estar a la izquierda de ERC… bueno). Pierde por las formas, quizás no por el fondo.

Las palabras de ese chaval, ese indocumentado, creo que se comentan por sí mismas. No le pienso dedicar un segundo a nadie que expone verdades tautológicas inventadas y se escuda en absolutismos en vez de argumentar cosas. Ni su nombre me interesa.

Sin embargo, un argumento reiterado a lo largo del debate ha sido el cumplimiento de las leyes como norma básica de la democracia. Y una sola frase dijo este chaval que se dice de izquierdas que considero cierta: la democracia no es acatar y cumplir preceptos legales. La democracia consiste en que es el pueblo quien decide esas normas legales. Por eso me parece bastante negativo que personas con ideales tan loables como los teóricos del representante de Ciutadans no hicieran el esfuerzo de ir más allá, y decir que el hecho de acatar y cumplir las leyes es consecuencia de la democracia, no su causa. Un ciudadanos de un país democrático asume y acata las leyes de su Estado porque éstas son democráticas. Otras variaciones no pueden sino conducir a la justificación de tiranías como la castrista amparándose en su legislación propia.

Incluso se podría haber llegado más lejos, y exponer que en realidad tampoco consiste en eso la democracia, o no la democracia como la vemos muchos como yo (y presumo, por ejemplo, que el señor Rivera). Un sistema democrático tampoco se define porque sus preceptos los convenga una mayoría, sino por eso sumado al respeto explícito a la divergencia y a la posibilidad del cambio legislativo. De esta forma, podemos asegurarnos de que España sí es una democracia y Cuba no. Porque el mensaje lanzado desde los moderados del programa podría traducirse en un «cuando vuestras ideas separatistas tengan una mayoría detrás, si la tienen alguna vez, podréis separaros», cosa que considero totalmente perniciosa. No porque no sea el mecanismo más razonable para este tipo de eventos creadores de nuevos estados, sino porque sinceramente se debería exigir a quien deseare separarse y contara con el beneplácito para hacerlo que garantizara que en su nuevo Estado se va a contar, como mínimo, con un nivel de democracia humanista (en mi opinión, el verdadero menos malo de los sistemas, y si le quitas la coletilla humanística queda en poca cosa) en los niveles del Estado que dejan. Por ejemplo, mi postura es totalmente contraria a la secesión del País Vasco en las actuales circunstancias, no porque sea un nacionalista español y quiera atarlos ni nada por el estilo, sino porque sinceramente creo que el nacionalismo no es la mejor base para nada en la política. Si el pueblo de Euskadi planteara una alternativa al marco actual, basándose en criterios puramente socio-político-económicos y objetivamente beneficiosos, contarían con mi apoyo (escenario que dudo pueda darse, ya que es preferible una comunidad estatal grande con administraciones muy descentralizadas que un Estado pequeño). Pero al plantearlo todo en claves identitarias y tribales me debo situar enfrente. No quiero tener una Cuba en el Norte.

Es por eso que creo que falta contundencia a la hora de combatir al nacionalismo. Y falta contundencia porque se hace con las armas equivocadas: uno se presenta a un duelo de chefs y se encuentra a su adversario con un tablero de ajedrez y las fichas dispuestas. No se debe combatir al nacionalismo acusándolo de querer romper España. Es evidente que desean romperla. Y racionalmente no es algo que debiera rasgar vestiduras. Tampoco de que son insolidarios. Es claro como el día que lo son, desde que se miran el ombligo y se dicen que mejor luchar por ser distintos que por conseguir los fines clásicos de la izquierda (ya saben, eso de la Revolución Francesa y esas cosas…). Repetirlo es decir que el cielo es azul o que la Tierra es redonda. Escandalizarse consigue el efecto contrario al deseado: crear adeptos, contentos de nuestro escándalo en cuanto españoles (y por tanto, enemigos), incluso si somos españoles como el que es rubio o moreno, porque nacimos así. Máxime cuando es la derecha la escandalizada, porque estos nacionalistas separatistas suelen llamarse de «izqierda radical», sin que yo vea la izquierda por ningún sitio y mucho menos la radicalidad.

Entonces, ¿cómo combatimos al nacionalismo? Lo intentan Rosa Díez y Albert Rivera y para ello esgrimen un argumento cargado de buena voluntad, pero que en puridad teórica es espeluznante: hay que cumplir la ley y los símbolos españolistas son un oasis de libertad en el infierno nacionalista. Esto, dicho en un país de larga tradición democrático-humanista puede ser válido, pero estamos en España. Concretamente en la España tras sólo (y tras tanto como) 30 años de democracia. Y un hijo de la democracia como el que suscribe siente a veces que esto está bien, pero le da rabia que nunca se le haya consultado a él ni a su generación si quieren cambiar algo, si creen que una monarquía es la forma ideal… No sé si me explico, así que puedo decirlo más claro: quiero que la democracia en España avance, y eso supone que el pueblo pueda y deba revisar sus pilares cada cierto y poco tiempo, para que todos puedan tener voz y voto y no depender de los marcos constitucionales que nos dieron, en el mejor de los casos, nuestros padres (y en el peor, nuestros abuelos). Agradecer el esfuerzo de éstos, pero quiero soltarles la mano y decidir. Entre todos.

Así, esos simbolos son los constitucionales, pero sinceramente yo no los he elegido (no yo, yo, mi generación, la mayoría de habitantes de este país, exprésalo como quieras) y por tanto me representan legalmente, pero no personalmente. Elevar esos símbolos a categoría de garantes de algo debe implicar que podemos escoger cuáles son esos símbolos. Y yo con una bandera igual sin escudo creo que me daba por satisfecho, no se crean. Pero no podemos poner como bandera de la libertad la nuestra, aún cuando represente el respeto a la legalidad constitucional allí donde está amenazada si realmente no hay un sentir mayoritario refrendado que lo avale. Podemos hablar de leyes y de normativas, pero no mezclarlo con la legitimidad.

Entonces ¿todo parece perdido? ¿No hay manera de combatir el nacionalismo ni siquiera desde una perspectiva que no es ni mucho menos nacionalista españolista? Ni mucho menos. En una palabra: el mejor argumento, el que nadie expresó, el que yo no oí, contra la inclusión, por ejemplo, del término nación en el ya famoso y a la vez olvidado Estatut de Catalunya es decirles a los nacionalistas que nosotros, la izquierda (tal y como yo la entiendo) no creemos en la política de las vísceras, los sentimientos identitarios o la segregación por origen. Que estamos en contra de la inclusión de cualquier referencia a esos temas en legislaciones y normativas. Dar un paso adelante y decirles que no, que «nación» no estará ni en el preámbulo ni en el cuerpo de ningún texto legal catalán, y que haremos lo que podamos dentro de nuestro sistema legal para eliminar dicho término también, por qué no, de nuesra Constitución.

Si a un nacionalista le hubiesen dicho eso, se habría callado. O tal vez no, pero claramente el debate habría concluído.

Hay que decirle al nacionalista separatista que por supuesto que su lengua regional debe y va a ser enseñada en los colegios. Es una lengua oficial del Estado. Es mi lengua, después de todo. Hay que decirle a un nacionalista que por supuesto se va a seguir exigiendo el dominio de esa lengua al opositar a tareas de la Administración del Estado al nivel que sea dentro de esas comunidades bilingües. Es un derecho del ciudadano dirigirse a su Administración en su lengua materna oficial, y el funcionario, en tanto servidor público, es quien debe adaptarse a la lengua oficial de a quien va a servir. Hay que taparle las salidas para romperle ese hombre de paja que tiene del anti-nacionalista como nacionalista de otro bando. Cree el ladrón, que dicen. En definitiva, una alternativa realista que no permita respuesta de su simpleza y claridad.

Y al nacionalista español también hay que decirle algunas cosas. No queremos su alternativa. Me parece perfecto que se sienta identificado con los símbolos actuales de todos, pero debe saber que me gustaría poder opinar sobre el tema. Y sobre el fondo del sistema, no sólo sobre sus símbolos. Hay que decirle que España no es una nación por mucho que lo diga la Constitución, porque lo que define a una nación es algo mucho más cohesionado de lo que España ha sido nunca sin mediar la fuerza. Hay que decirle que aunque lo fuera, no quiero que lo sea legislativamente (ni aunque el decreto que lo sancione sea la Carta Magna). Que queremos una sociedad de ciudadanos libres que hemos decidido construír un Estado en libertad juntos. No porque nos sintamos hermanos en el destino, ni unidos en lo universal. Dejarle claro que estamos hartos de oír eso mientras se lo escupen entre ellos y los separatistas. Que nos dejen en paz, que no nos dan miedo y que simplemente, con el paso del tiempo, están condenados a desaparecer en favor de nosotros, la generación que quiere convivir simplemente porque así lo quiere (como si puediera haber otra razón legítima) y no necesita ni Historia ni mito para sentirse solidaria entre ella.

Eso es lo que yo quiero oírle decir a un político. Que el concepto de Estado basado en sentimientos nacionales ha fracasado. Que el concepto de Estado moderno, democrático y humanista se basa en el respeto a los Derechos Humanos, no en el folclore de los habitantes.

Mientras no lo digan estos políticos, lo diremos nosotros. Por eso, si tienes un blog y piensas algo similar, y encima te mueves normalmente por la red política española, te propongo un juego muy serio. No es un meme, no es una obligación. Es una idea sencilla. Recuerda la última vez que viste un comentario de un nacionalista separatista que pensaste «ah, joder, otro con lo mismo, con el cuento de siempre» y recuerda que perdiste tiempo conestándole intentando mostrar lo ridículo de su posición. O tal vez recuerdes a aquel nacionalista españolista que pontifica sin parar en los comentarios del sitio que sigues, entorpeciendo la conversación con tópicos y más tópicos irracionales. ¿A que parecen trolls inmunes a lo que les contestes? Pues ahórrate el esfuerzo: escribe un post dejando claro lo que piensas, y en cuanto vengan a llorarte por los problemas de su nación, la que sea, vas y te autoenlazas. Si es capaz de leer lo que dices, no creo que tenga nada que añadir y te librarás de él. Otro demonio descabezado por un tiempo.

Presiento que ésta va a ser una de las entradas que más me autoenlace.

21 monedas de traición

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