El jueves 11 de Marzo de 2004, a eso de las 8:30 de la mañana, yo enfilaba con el coche el trayecto de 15 kilómetros que separa mi casa de la Universidad de Murcia. Era un día especial, y por varias razones. Mi promoción de la Facultad de Matematicas partía el suguiente lunes de Viaje de Estudios. Además, el domigo tocaban Elecciones Generales, y eso nos tenía algo tensos a algunos, opositores al gobierno de Aznar por convicción. Ese viernes no íbamos a tener clase, así que era nuestro último día antes de ambas cosas.
Tengo un par de amigas con quien comparto bastante afinidad poliítica que en aquella época eran además compañeras de estudios. Una de ellas, G, es nieta del último alcalde republicano de su pueblo, y Zapatero la tenía especialmente ilusionada. Como a mí. La otra, T, parece más racional en su apuesta política, lo que también me enseñó bastante.
Los tres creíamos en la victoria socialista. Mucho antes de aquella mañana.
Un buen amigo mío, F, es ciertamente conservador. Muchas veces hablo con él de inmigración, de paro, de educación y sus ideas son claramente de derechas, aunque lo cierto es que con el paso del tiempo se ha ido girando a la izquierda hasta llegar a un lugar de centro con matices a ambos lados.
Él no tenía pensado votar socialista. Más que eso, no estaba convencido de votar o de qué votar.
No llegué a la Facultad. Antes de salir de mi pueblo, escuché en la SER que habían explotado unas bombas en unos trenes en Madrid, que había poca información, que era todo algo confuso. Me di la vuelta y enfrenté el camino de regreso a casa, estupefacto por lo que estaba escuchando.
Bombas. Bombas en trenes. Hay que ser muy desalmado. Hijos de puta.
Ese día se rompieron familias de manera súbita. Amigos se fueron para siempre. Esposas, esposos y amantes. Amigos yendo a ver a amigos. Trabajadores. Estudiantes. Personas.
Dos embarazadas.
Me quedé pegado al televisor. Concretamente Tele5. De vez en cuando ponía la radio, la SER. No podía creerme lo que me contaban, lo que veía. Las cifras crecían y crecían en cada actualización, el dolor al mismo ritmo. Entre llanto pasó aquella mañana de malas noticias.
Tengo la fea costumbre de tratar de ponerme en el lugar del otro. He pasado bastantes momentos duros en mi vida, y creo que la mejor manera de utilizar ese arsenal de recuerdos y de sensaciones es tratar de comprender cómo se siente o cómo piensa otra persona. Aquél día no pude imaginar lo sentía o pensaba nadie que hubiese perdido a un ser querido simplemente por montarse en un tren. Me sentí sobrepasado, envuelto de tal dolor que tuve que cerrar los ojos y silenciar las noticias un par de veces. No era solamente perder a alguien de manera súbita. Era perderlo en esas condiciones, sin un mínimo respeto no ya al ser humano vilmente asesinado, sino a sus restos mortales.
Conforme iba avanzando la mañana, iba dosificándose la información disponible. Todos creímos en un primer momento que eran los asesinos de ETA. Todos sabemos que el hecho de que no fueran ellos no los hace menos asesinos. Recuerdo en mi coche el momento de escuchar la noticia por primera vez, cómo me inundó la rabia y la ira contra esos malnacidos salvapatrias. Recuerdo al Lehendakari condenando el atentado en unos términos que me hicieron sentirme extrañamente unido a él, cuando representa mi antítesis política por definición. Recuerdo la expresión del Presidente del Gobierno y del Ministro de Interior, consternados, afligidos, desconsolados. Nunca me resultó Aznar simpático, sino más bien al contrario, pero era el Presidente de mi país hasta que yo lo cambiara legítimamente con mi voto cuatro días más tarde. Recuerdo que sentí también cierta cercanía a él, un tipo de lástima despojada de connotaciones negativas, una pena empática porque fuera a terminar su carrera política en activo sufriendo un atentado terrorista salvaje. Aznar hizo muchas cosas mal. Y algunas incluso bien. Sentí que no merecía que esa fuera su última imagen pública como Presidente.
Tengo además la mala suerte de ser un trabajador de fin de semana, y mi fin de semana empieza el jueves. Esos cuatro días fueron muy largos. Había que preparar una maleta para el lunes y el domingo seguía tocando votar. Conforme se acercaba la fecha, se añadía al luto la rabia. Rabia por los atentados. Rabia por las mentiras.
No sé exactamente cuándo empecé a ver que las cosas no cuadraban. Que mientras el Ministro de Interior decía una cosa, la prensa internacional indicaba otra bien distinta. Empezaron a aparecer presiones a periodistas, faxes a cónsules, insultos a discrepantes. Todo está en hemerotecas, y estará en este texto. En profundidad.
La rabia y la indignación crecían, el domingo se acercaba. Yo no recibí ningún SMS avisándome de ninguna concentración frente a ninguna sede del Partido Popular. Es una de las desventajas de vivir en un pueblo pequeño de la Región de Murcia. Veía con lágrimas en los ojos a cientos de conciudadanos reclamando saber por qué les habían mentido. Por qué el empecinamiento en algo que a todas luces era y es falso. Por qué teníamos que soportar ver a nuestro Ministro de Interior tartamudear al saber que mentía. Ángel Acebes trataba de hablar alto y firme, pero sonaba descreído.
Llegó el momento en que mi empatía desapareció. Hay actitudes que no puedo comprender, hay pieles en las que no entro por simple pudor clínico. Contemplaba cómo se traspasaban todos los límites que de mínima confianza se puede tener en un dirigente de un gobierno contra el que votaste cuatro años atrás. Límites de humanidad.
No puedo explicar el camino que siguió esos tres días mi mente. Creo que simplemente se ha cerrado, como en muchas otras ocasiones. Lamento francamente que funcione así para mí: he perdido importantes recuerdos enterrados bajo toneladas de olvido doloroso, y no pueden volver. Recuerdo haber trabajado, recuerdo que estaba especialmente tenso, furioso sería más apropiado, con las informaciones que desde Interior se facilitaban.
Llegó el domingo, día electoral. Voté temprano, a eso de las 11, porque sentí que era mi obligación más que mi derecho. A las 12 me llamó F, y me pidió que lo acompañara a votar. Me dijo que votaba socialista. No me sorprendí. Como compañero de trabajo además de amigo que era, habíamos hablado durante esos tres días largo y tendido y también él estaba enfadado por lo que estaba pasando, por cómo nos trataban como imbeciles sin ni siquiera disimular. Luego nos fuimos a almorzar, satisfechos por el hecho de haber votado, tristes por lo evidente.
Esa noche, cada media hora, alguien tenía que traerme información sobre el recuento de votos. Trabajé en medio de una ansiedad creciente. Hasta que oí que habian ganado. Que habíamos ganado. No soy socialista, ni militante ni siquiera simpatizante, pero entendí esa lucha electoral como mía. Fue como cuando tienes lágrimas acumuladas y puedes soltarlas. No fue paz, no se puede sentir paz cuatro días después de semejante acto atroz. Fue justicia, sentí cómo se hacía justicia con aquellos que trataban de mentirnos, en donde debía hacerse. Fue el alivio de la presión que me provocaba pensar que iba a ser gobernado cuatro años más por aquellos que mentían. No me gustó nada Aznar en su segunda legislatura, y tras ver las actuaciones de los responsables del Partido Popular durante esos días me aterraba la idea de seguir en ese camino. A veces, en democracia, debes aceptar cosas que no te gustan un pelo. Pero cuando esa situación cesa, te quita un peso de encima.
A las 12 de la noche me llamó G. Llorando. Lo hemos conseguido, J. Hemos echado a los mentirosos. Joder, G, joder, qué grande. G, un abrazo, descansa, mañana nos vemos al cojer el autobús.
Ese lunes me iba de viaje de estudios. El autobús nos recogió, como suele ser habitual en estos casos y en estos parajes, en la puerta de El Corte Inglés. Aún no había amanecido cuando llegué. G estaba allí. Y también T, y V, B, A, G. Nos abrazamos y lloramos. G, hemos ganado, G, los mentirosos a la calle. Sí, J, las cosas van a cambiar. Ha ganado ZP.
En Barajas, pusimos a prueba la tirada de El País. Algún compañero de derechas bajaba la cabeza. Nosotros no le enfrentamos, más bien al contrario. Todo votante de izquierdas recuerda los tristes momentos en que los socialistas atravesaron su desierto tras la era de Felipe González, episodios en que la izquierda política mostró su peor cara, su nulo proyecto, su inexistente capacidad de convicción. No es plato de buen gusto para nadie. Y menos para un amigo.
En Tenerife me dediqué a tratar de vivir. Mi situación personal en aquella época no era demasiado equilibrada (lo cierto es que nunca suele serlo, pero ese momento era especialmente difícil). Nunca he vuelto a hablar de estos días. Desde aquella jornada electoral, desde aquél lunes de reencuentro, nunca ha vuelto a ser tema de conversación con amigos, ni con familiares. Un pacto de silencio por las víctimas, por su memoria. Un respeto a su derecho a ser representadas por todos en un juicio a los presuntos culpables.
Hoy ya no son presuntos culpales. Son terroristas.
Durante casi cuatro años he escuchado barbaridades. He leído cosas que me hacían llevarme las manos a la cabeza. Acusaciones delirantes. Flagrantes imputaciones de delitos. Insultos. Mofa. La rabia volvía. La rabia de saberme engañado durante esos tres días volvía a nacer en mí. Sin escrúpulos, algunos se han dedicado a aprovecharse de los muertos. En estos casi cuatro años se ha producido en España la degradación política e informativa más evidente y grave desde que tengo uso de razón.
Tenía pensado canalizar esa rabia en mi voto, como hace cuatro años. No puedo hacer sólo eso. Quiero dejar negro sobre blanco muchas cosas. Personas que nos han estado mintiendo por motivos espúreos, que nos siguen mintiendo y que no tienen intención de dejar de hacerlo. Gentes ciegas que niegan la realidad con una pasmosidad propia de una secta religiosa (y sé demasiado bien de lo que hablo), que a cada respuesta proporcionan 50 preguntas que, tras responderse, vuelven a plantear en orden distimto. Insultadores profesionales. Y mucho odio, mucho odio a la izquierda.
Durante casi cuatro años nos hemos echado las manos a la cabeza y nos hemos quedado con la boca abierta con sus conspiraciones. Ahora es el momento de dar la batalla dialéctica. Ni una mentira sin respuesta. Ni un engaño sin desenmascarar.
A partir de mañana.
















