El Destino del Iscariote

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16.01.08

10 de Marzo de 2008

Fuentes del entorno del alcalde no dudan en admitir que «Aguirre ha ganado el pulso y así lo reconoce Gallardón. Asume la derrota que le ha infligido ésta y su sector», lamentaron a ABC, para agregar, a modo de advertencia, que Ruiz-Gallardón «hablará» a partir de la cita electoral de marzo.

ABC: Un ultimátum de Aguirre a Rajoy acaba con la carrera política de Ruiz-Gallardón

Hacía frío esa mañana. La primavera se retrasaba, y en Madrid los termómetros se desperezaban. Los ecos de los aplausos decepcionados de anoche todavía resonaban en sus oídos. No se levantó de la cama; se limitó a apagar de un manotazo el radio-despertador que le chillaba desde la mesilla.

Fue una noche dura en la sede del partido. A pesar de las encuestas, todavía mantenían la esperanza de la victoria. Qué irónica, la esperanza… Pasó de la espectación ilusoria a la realidad aplastante. Se cerraba un ciclo. Y aún así, era lo mejor para el partido.

Recordaba unos meses antes, en aquel despacho, cuando trataron de degollarlo políticamente y prefirió el suicidio propio a la muerte del partido. ¿Qué más podía hacer? La amenaza de Esperanza era firme. Añadir a Gallardón a las listas provocaría una crisis a nivel nacional evidente, porque eso incluía necesariamente a Esperanza, que debía dimitir como Presidenta de la Comunidad de Madrid. Amén de que tener a sus dos postulantes a sucederle en el Congreso durante 4 años provocaría sin duda una rivalidad que empujaría peligrosamente al partido hacia una escisión. Él ya asumía que si perdía estas elecciones se iría, y había aceptado sin mucha alegría que Gallardón había ganado en inteligencia y era su momento. Estaba dispuesto a dejarle. Pero las ansias de poder de éste sólo eran equiparables a las de aquélla, que no dudó en tensar la cuerda que ata a las familias del PP hasta ver a una estangulada.

Terminó de remolonear por la cama. Era ya media mañana y no tenía ganas de hacer nada, pero sabía que debía practicar la cara de serenidad. Hoy todos le mirarían con lupa. Su partido dependía de su capacidad de interpretar.

Recordaba los semblantes de la noche anterior. Mentes calculando con fachada de empatía. Evaluando cuánto les había afectado el desastre. Sopesando grupos, poderes y facciones, esbozando alianzas incipientes en la lucha de poder. Sólo Zaplana estaba abiertamente alegre: además de su innata sinceridad en círculos cercanos que le impedía fingir pena por nadie salvo él mismo delante de colegas, tenía asegurado sillón para cuatro años, un último regalo a un amigo. Lo que creyó antaño un amigo. Esperaba haber tomado la decisión correcta. Si había lucha, que fuera en casa. Que no se mostrara en el Congreso de los Diputados con dos dirigentes del partido enfrentados a muerte.

Se levantó con desgana. Le daba vueltas todo, su mente se contraía en una suma de ideas negativas. Pensó en qué le esperaría en el despacho hoy cuando llegara. ¿Le habría redactado ya alguien la carta de renuncia? ¿Le mirarían ya de soslayo incluso los que una semana antes se sentaban a su lado en maitines? Había captado miradas cómplices poco antes de irse a casa anoche. Quedaban los justos, el nucleo, y anunció que se marchaba. Un par de destellos en los ojos. No hacía falta añadir más.

Decidió tomarse un café. Él había hecho todo cuanto estaba en su mano; ahora ellos debían poner la sangre fría por el bien del partido.

Encendió el televisor y sintonizó una cadena nacional. La imagen anunciaba una rueda de prensa de Alberto. Empieza la guerra. Era duro saberse la primera e inevitable baja. Nunca tuvo deseos de grandeza, pero tampoco pensó que su carrera política acabara así, marcada por la locura de la conspiranoia y las luchas intestinas para sucederle desde el momento en que perdió por primera vez. Espero que la Historia me olvide, pensó para sí.

Mariano Rajoy rompió a llorar.

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