El Destino del Iscariote

Lookin' for someone to betray...

10.03.08

Sacando una espinita

Es posible que sangre, es preferible a que se enquiste.

Si hay algo que nunca le voy a permitir a los asesinos de ETA es que me quiten mi capacidad de sentir. Nunca permitiré que un atentado terrorista me pase desapercibido. Quiero mi derecho a llorar. Quiero mi derecho a estar triste. Luego puedo enfriar la mente y racionalizar, pero quiero ser humano. Humano. Permitirán ustedes que hoy, otra vez, tengamos tono lacrimoso. Racionalmente acuoso.

Lamento no haber hecho siquiera referencia al nombre del socialista asesinado, ni haber nombrado a su familia. No me sentí digno, ahora tampoco, y sin embargo sólo tengo deseos de ir a abrazar a esa chica que me hizo llorar. Nada más. Me guardo el resto.

No comento resultados electorales en este momento, no tengo la cabeza lo suficientemente fría porque hay algo que hacer antes.

Han sido días duros. Siguen siendo días duros, en realidad. Las sociedades necesitan rituales que marquen pertenencias, y en España nuestro ritual tras la barbarie etarra siempre había sido el silencio y la unidad. Tras ese ritual las cosas, la vida, podían continuar con pena, pero decididas. No se trataba tanto de hipocresía como de convicción: ante los asesinos, determinación y unidad en el dolor y la firmeza. Las concentraciones, las manifestaciones, no eran más que la rúbrica visible de esos ideales, la manera de decirlos una vez más en voz alta, en silencio.

Estos días me siento enfermo. En parte porque no hemos tenido nuestro ritual de paz interior, en parte porque se ha hecho evidente que nunca más los habrá. Veo ante mí una empinada cuesta de despropósitos, que van desde el que piensa que ETA quería beneficiar al PSOE evidentemente, a los que directamente han acusado a la huérfana hija del asesinado de querer medrar en el PSOE con discursitos en el entierro de su padre. No puedo sentirme sino enfermo. Lúcidamente enfermo. Me he preparado una serie de capturas de pantalla para cuando pierda el norte y necesite recordar por qué.

Soy de la impresión de que es necesario leer a todo el mundo. Escudriñadlo todo, retened lo bueno, que dijo Saulo de Tarso. Como ateo convencido, puedo creer a Saulo por lo bueno que haya en sus palabras, no por fe divina, y esa cita se la compré hace mucho. He ido descubriendo gente a la que respetar intelectualmente en muchos puntos del mapa ideológico. Incluso trato de entender las barbaridades que leo en cercanos y lejanos, poniéndome sus gafas e intentando sentir por su piel. Un día me disfrazo de anarquista, aunque algunos no lo crean. Otros, de socialista. Muchos viernes, de retrógrado nacionalista. Pero lo hago intentando conocer el punto, la razón, para pensar así. Mis críticas más grotescas lo son precisamente por encontrar esa razón, y encontrarla absurda. Entenderla como absurda.

Siempre he defendido mi independencia. He encontrado gente muy grande en el ala liberal de la Red, gente dispuesta a poner su pellejo en bretes para defender lo que piensa, y con el añadido de que lo que piensa es algo bien meditado y sentado y no la locura de un chaval. En el ala izquierda hay unas joyas escondidas que, quién sabe, tal vez puedan salir a la luz en un evidente pero sincero intento de emular a Siracusa 2.0. Nunca le he permitido a quienes, por cercanía ideológica, se consideraban más próximos a mí una salida de tono en mi casa. He elegido ser firme e independiente, he elegido relacionarme en la Red con quien me aporte algo, no con quien diga que piensa parecido.

Me gusta elegir mis amistades.

No puedo ser amigo de quien firma esto. No se trata de que no esté de acuerdo, o de que piense que está equivocado, o que es claramente injusto por quedarme corto según lo que me ronda por la cabeza. Se trata de que efectivamente el autor de ese texto cree en ese texto, piensa cada una de las palabras que aparecen en ese texto y en sus comentarios subsiguientes (y me niego a no resaltar el vergonzoso en múltiples maneras «alguien tenía que decirlo en voz alta y llevarse los palos y me tocó a mí» o el otro de «siento haber carecido en su momento de la corrección política que me hubiese impedido cambiar este titular por otro menos agresivo» que confunde corrección con humanidad). Una persona que no sólo me dice que siente haber insultado genéricamente hasta el punto de tener que darme por aludido (deberían haber visto el texto antes de su disculpa, lean los comentarios), sino que afirma que lo seguirá haciendo porque todos lo hacen.

Una persona con un criterio de la realidad así no puede ser mi amigo. No puedo tener como amigo a un fundamentalista cristiano que, cada vez que nos vemos y durante todo el tiempo del encuentro, se empeña en llamarme pecador e intenta convencerme de que mi estilo de vida y mis ideas son deleznables y vergonzantes, y me lo dice creyéndoselo. Por mucho que exista cariño. Por mucho que hayan ya pequeños lazos, siquiera secretos unidireccionales, de aprecio más personal. Esto es similar.

No puedo ser amigo de alguien así. Por mera defensa personal. Para poder sentir una amistad debemos empatizar con ese alguien, y cada vez que intento ponerme en la base de lo que puede llevarle a escribir eso me siento enfermo. No quiero hacerlo. No puedo. No lo haré. No puedo siquiera enlazarlo, pues sus reflexiones a veces me son dañinas. No es, repito, que crea que están equivocadas o que no esté de acuerdo. Es que me duelen.

Curiosamente, tampoco puedo odiar, ni maldesear, ni siquiera maldecir, a quien tiene esas cosas en la cabeza, esas cosas que al pensarlas me hieren por dentro. Sólo puedo sentir pena por ellos - por él - y entender que, si me asesinan los malnacidos por plantarles cara desde mi postura democrática izquierdista, mi madre no los quiera ver cerca de mis restos mortales.

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12 monedas de traición

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