El Destino del Iscariote

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31.03.08

Fundamentalismos

Me acerqué a la parte de delante de la Iglesia, con todos los jóvenes y medianamente nuevos. Era uno de mis primeros cultos, y la suerte quiso que asistiera a una reunión de iglesias locales permitiendo que conociera a amigos y allegados de mis amigos y allegados. Bailábamos, danzábamos y cantábamos con alegría, como los Salmos nos animan a adorar a dios. Pensábamos en algo más grande. Por eso, cuando se suponía que debíamos sentir a dios, muchos lo sentimos. Incluso quisimos creer que un soplo divino nos arrastraba y nos tumbaba con su poder, y caíamos al suelo como caían todos los de alrededor.

Personalmente, me faltó fe y no conseguí mi bautismo de fuego. Ni conseguí hablar en lenguas ni tener visiones o sueños, pero sí conocí a quien, con una sinceridad incuestionable, me contaba cómo había estado paseando por el infierno abrasador, cómo había visitado el cielo mientas le decían que aún no era su momento, cómo había previsto que la ciudad de sus padres ardería en un avivamiento para dios que sería la envidia de las demás iglesias.

Me reconozco bastante radical en muchos aspectos. Uno de ellos es la fe: soy incapaz de entender que alguien crea en un ser divino superior y no supedite todo lo demás a esa creencia. Una de las razones de mi ateísmo, supongo.

Una de las cosas que más me gustan de la época en que me ha tocado vivir es que tengo total libertad para cuestionarme el pasado, el presente y el futuro. Puedo ser crítico con las convenciones sociales establecidas sin tener que sentir necesariamente temor por mi integridad. Una de las cosas que menos me gustan de la época en que me ha tocado vivir es que el eterno retorno de los problemas nos parece dejar desmemoriados e indefensos. Cuando viejísimos problemas se presentan de nuevo no sabemos qué hacer.

El ser humano tiene un problema de perspectiva: cree que 1000 años son muchos, porque en 1000 años pasan muchas cosas. Cree, por tanto, que lo ocurrido hace 1000 años es tan remoto que es irrelevante, cuando un milenio es un suspiro. Hace diez siglos, en Europa campaba a sus anchas la irracionalidad, y no tenemos ninguna garantía de que eso no vuelva a ocurrir en el futuro. Nadie nos puede asegurar que el oasis de racionalismo que se inició hace tan poco tiempo no se convierta, con la Historia, en una anomalía. Cuando se dice con orgullo que el humano es un ser animal y racional se exagera: hay seres humanos que son animales racionales, hay seres humanos que son animales pensantes.

Resumiendo quizás muy ingenuamente, Europa no se libró de la barbarie por miedo a sus consecuencias,. El fundamentalismo religioso salió de nuestra política no porque las masas sociales reclamaran su libertad de culto o falta del mismo, sino porque los dirigentes civiles vieron peligrar su poderío de manos de dirigentes religiosos. En un encaje de bolillos histórico, sacaron a los hombres de fe del poder total y los desterraron a un escalón inferior en forma de ministerio, de cortesano, de influencia. La religión se transmutó desde el pilar que sustentaba la sociedad hasta una pata más en la mesa de la conviviencia. Una más, una que necesitaba de las otras. Entonces llegaron los fundamentalismos políticos y las guerras de religion antiguas contra el mal espiritual se tradujeron en guerras mundiales contra el mal objetivo.

Como reacción, quizás inconsciente, vivimos en un periodo de permanente desideología en Occidente. Hemos alcanzado el Olimpo de qué queremos con la existencia de las democracias humanistas (o repúblicas liberales), que permiten controlar y acotar las ideologías impidiendo su desviación excesiva. Hemos separado efectivamente Estado y religión, de manera que aún contra críticas somos capaces de llegar a acuerdos de conviviencia en asuntos peliagudos para el creyente. Hemos, en definitiva, separado al disidente y al pecador del criminal.

Sin embargo, si la visión de la racionalidad occidental como una isla histórica perecedera es terriblemente posible, no es menos terrible ni menos real el hecho de que esa racionalidad occidental es de hecho una isla geográfica en sí misma en medio del mundo de fundamentalismos. Hemos corrido una carrera de 1000 años, sin darnos cuenta de que el resto de la Humanidad ni siquiera sabía que existía ese deporte. El resultado es aterrador: mientras tratamos de mantener nuestro nivel de vida, nuestras libertades, nuestra ideosincrasia permisiva producto de demasiado dolor propio no nos damos cuenta de que, en efecto, parecemos más una anomalía regional que el resultado lógico de la evolución social.

La mejor de las intenciones podría llevarnos a pensar que el camino recorrido es modelo para los demás, que simplemente mirando nuestra evolución todos podrán salir de la espiral de destrucción humana que suponen los fundamentalismos, cometiendo un error de tamaño catastrófico. Porque al contrario que en nuestra situación, los líderes del terror actual no acosan a los poderes terrenales de sus lugares de origen sino que los complementan en su odio común al enemigo declarado. Hay, tienen esa suerte, un adversario formidable que eclipsa cualquier tipo de crítica de las que han permitido nuestra secularización: ese adversario es precisamente nuestra secularización. Cuando en Europa nos cansamos de tener hambre y sed de justicia, nos dio igual tener que pasar por encima de reyes, de clérigos y de cuantos se empeñaran en confiscar nuestro alimento. Pero cuando la fe está por encima del estómago no hay escasez que valga en la guerra contra el infiel.

Nuestra generación tiene una difícil tarea, si es que quiere realizarla. Por un lado, profundizar en lo que nos hace mejores, esto es, invertir en democracia humanista, en participación, en defensa efectiva del derecho. Por otro, como en un revival medieval, hacer frente a los fundamentalismos que nos amenazan. Las viejas armas no sirven pues son las mismas armas que usan los bárbaros y nosotros mismos decidimos renunciar a ellas para ser lo que somos. No tenemos forma de vencer al fundamentalismo si no es desde la convicción de que debe y puede ser vencido, y aún así es complejo ver cómo se puede convencer con argumentos brillantes a quienes no van a escucharlos por simples principios religiosos en contra.

Dicen que pesimista es como llama al realista el optimista. Cuando la inmensa mayoría de tu propia raza prefiere llamar criminal al disidente o al pecador y pretende castigarlo por su manera de pensar, cuando nuestro recurso más eficaz (y casi único) es dejar de ser lo que somos para barbarizarnos y tener alguna posibilidad de sobrevivir (contradictoriamente, pues lo superviviente ya no somos nosotros) realismo y pesimismo van de la mano. Creer ciegamente es tan sencillo que es posible que evolutivamente los que no somos capaces de ello estemos destinados a desaparecer. Pero en ese caso la raza humana se convertirá en algo que, perdonen la sinceridad, sí merecerá ser extinguido.

Tiempos sombríos nos han tocado vivir. Tiempos de tensiones que seguramente se desatarán ante nuestros ojos. Es hora de decidir si somos raman o varelse.

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