En una sociedad liberal cualquier tipo de utopía es realizable, por irrealizables o inusuales que parezcan y siempre que la participación en estas utopías se base en el voluntariado.
Cita pseudoanónima 1
Mi particular aguijón en la carne está empeñado en hacer de mí alguien de provecho (confieso que a veces incluso contra mi laxa voluntad). Ando estos días enfrascado en una lectura de la que espero exprimir un muy buen zumo. Mientras tanto, me apropio de algo de nomenclatura.
Hay una suerte de bondad innata en la creencia de la maleabilidad humana, y también en la de la voluntariedad aislada. Ni somos una tabla rasa donde todo pueda ser escrito (al menos, no en proporciones estadísticas reseñables) ni tampoco dueños absolutos de nuestra identidad. No es necesario apelar a ningún tipo de Ley Natural o Derecho Divino para recubrir de algo mayestático al sentido común, sino entender en qué consiste dicho sentido común.
Es un error muy común, mucho más que el mentado sentido, asumir que en ausencia de cualquier tipo de coacción las personas actúan voluntariamente. Sencillamente porque la premisa no se da. La sociedad liberal, tal y como es presentada, es ya de por sí una utopía, luego es simplemente un juego constructivista discutir si algo es posible o no en ella. Es como debatir de qué color podrían ser las nubes si el cielo fuese rosa. Pero el cielo no es rosa.
La nueva hornada dizque liberal se enroca casi siempre en marcos ancapistas a la hora de enfrentar sus contradicciones. Al fin de esos marcos se encuetra la nombrada sociedad liberal, que consiste en poco más que en los buenos deseos de los acuerdos voluntarios. Obvian de manera gruesa que contamos con un bagaje evolutivo que pone límites a los juegos mentales con fines políticos. Esa mochila de desarrollo social milenario nos indica que venimos de la tribu, donde comenzamos nuestra andadura y donde encontramos nuestra variante racional o, por hilar más fino, consciente. Nos cuenta que en esa tribu se desarrollaron las relaciones egoísmo-atruísmo que se pusieron a prueba con la llegada del sedentarismo y la asociación poblacional. Que eso permitió la especialización, basada en la confianza mutua y un tipo especial de altruísmo interesado. Nos insta a olvidar, en suma, todo lo bueno que ha producido el ser humano, en base a su posición de animal social, con la esperanza de que todos nos llevaremos bien si decidimos llevarnos bien casi todos. Vana esperanza, pues ningún representante de la malicia vive mejor que entre el buenrrollismo que ampara sus barbaridades. Y todo eso sin definir peviamente qué es calificable como voluntario (contra necesario), que tiene miga.
Se convierte así la sociedad en poco más que un recipiente para individualidades, un todo vale ingenuo que sigue confiando (y ya es mucha confianza, oigan) en que los acontecimientos voluntarios nunca decaen en errores insalvables, y en que las decisiones individuales afectan sólo al que las enfrenta. Desaparece el gérmen de nuestra civilización (la tribu, la cueva, el poblado, la polis, el estado) en pos de un hombre nuevo y libre. Tiran la toalla y en vez de aprovechar las estructuras existentes - fruto de lo que somos y de lo que hemos ido siendo - para avanzar (progresar), prefieren atarse una cadenas a los brazos y destrozar el piso compartido, a la vez que, paradójicamente, sacan los cuchillos cuando les mentan el nombre del invento nacional. Autoafirman su inteligencia y su derecho a ejercerla sin injerencias, pero… ¿de un modo racional? ¿deseable? ¿posible al fin?
Hay quien afirma creer en la libertad, pero demuestra un escaso amor por el ser humano sujeto de dicha libertad. Quien alza su voz para clamar contra la opresión del aire sobre su cabeza, pero calla cuando pretenden meterlo en un simulador de vacío antigravitacional aunque se ahogue y muera. Así, como juego daléctico, se ponen sobre los derechos del infante a recibir una educación que haga efectiva esa libertad a posteriori unos derechos de propiedad de los padres. Los derechos del dueño de un cuerpo para venderlo por piezas se afirman sobre la base de la independencia personal. El derecho, en suma, de realizar todo lo realizable sin coacción externa. Es una visión cortoplacista y alejada del sujeto en cuestión: el ser humano. Olvida, por ejemplo, la generalización que acompañó al altruísmo familiar al iniciarse la era de lo social en los albores de lo que se llama Humanidad, y que permite (más bien obliga a) injerencias de los demás en cómo educamos a nuestros hijos (al fin y al cabo, ¿no van a ser nuestros conciudadanos independientes de sus progenitores dentro de unos años?). Se ciega al largo plazo y no observa consecuencias éticas frontalmente dispares con lo aceptado como aceptable en la venta de órganos. El ser humano es él mismo y su marco, sus relaciones con él y sus esperanzas respecto de él.
Bien podría ser que estuviéramos ante una llamada a desembarazarnos de lo que somos y convertirnos en algo diferente, pero sería deseable un aviso en grandes letras. Porque nadie habla de imponer una moral de «bueno» o «malo», sino de pensar en términos de posible y útil (posible en cuanto realmente viable, útil en cuanto opuesto a reaccionario) y de entre todo lo que quede escoger lo humanista. Ecuación que deja muy pocas soluciones, por más que deseemos otra cosa, porque ni somos abejas de colmena ni lobos esteparios.
Pero eso no da para tomar cañas. Quizás si aceptamos que en nuestros días la adolescencia llega hasta la senectud cuele. Y es que las canas no hacen sabio.
1 Si alguien tiene verdadero interés, no tengo inconveniente en «revelar mi fuente» en los comentarios.


















