… o la horma en el zapato ancap
Si echamos juntas en una coctelera las dos últimas entradas nos llevamos sorpresas. Recordando…
En una sociedad liberal cualquier tipo de utopía es realizable, por irrealizables o inusuales que parezcan y siempre que la participación en estas utopías se base en el voluntariado.
Imaginemos (que ya se las trae) una «sociedad liberal» basada en la ética de la libertad. Como ya debéis saber todos (!) esa ética consiste en la voluntariedad de las acciones y la no agresión (a mí me sigue recordando a la aldea pitufa, pero vaya). Dentro de ese marco, cualquier utopía es realizable, siempre que los integrantes utópicos sean voluntarios. El otro día, Mario García exponía un sencillo razonamiento que nos habla de lo endeble de la idea ante la realidad de la maldad humana (que existe).
Alfredo vuelve a tener razón: no se puede prometer el oro y el moro de la libertad, que «en presencia de libre voluntad todo es posible» y luego escandalizarse cuando él afirma que, en uso de su libertad y de su voluntad, de acuerdo a sus conciudadanos, en unanimidad, prefieren que los ateos no puedan entrar en su pueblo (sí, sí, habla de destierros en base a creencias), o que los homosexuales no puedan tener relaciones carnales en su condado. Si en una «sociedad liberal» todo está permitido siempre que sea voluntario, también lo están las asociaciones de este tipo y con esos fines.
¿En base a qué principio se impide a un grupo, dentro de una «sociedad liberal», que imponga dentro de sus propiedades la discriminación sexual, racial o de cualquier tipo? En base a ninguno, y sería hipocresía ahora rasgarse las vestiduras. No me costaría mucho buscar ciertos enlaces de hace unos meses donde, en un marco perfectamente teórico, se argumentaba que era perféctamente legítimo que un comerciante no dejase entrar a determinada clientela por su sexo o raza. Sí, meses antes de que Alfredo llegase a Red Liberal. Un poquito de coherencia, que os están poniendo un ejemplo directo de aplicación de la libertad para un fin legítimo (según, claro, vuestro marco conceptual) y os cubrís de ceniza.
Alfredo tiene razón porque utiliza un concepto fuerte (lo utiliza mal, pero eso es culpa suya). Con respecto a la homosexualidad, Alfredo asume que, dado que las relaciones homosexuales, según sus datos (??), provocan un mayor gasto sanitario (???) la sociedad tiene derecho a protegerse de ese despilfarro o privatizando el sistema o, en el peor de los casos, conteniendo la actividad responsable del «malgasto». Es un argumento que tiene su punto, una ligera razón: existen conductas negativas (según diferentes baremos), y la sociedad tiene derecho a protegerse de ellas. Este, su argumento, es de facto el que permite librarnos de él y dar la estocada final al ancapismo.
La ética de la libertad no puede luchar contra el iluminismo religioso, sino que coherentemente debe respetar los derechos de propiedad de los fundamentalistas, aunque en sus propiedades se porten de la manera más antiliberal y consentida que imaginarse pueda. El ancap ha decidido atarse de manos a la hora de opinar sobre el carácter de los actos ajenos en sus legítimas propiedades (¿he oído que se ha expulsado a alguien de Red Liberal?), así que si el fundamentalismo se expande y rodea al ancap lo único que este puede hacer es apelar a su propia libertad (y echarse a temblar). Lo risible será que en serio esperará que el reaccionario la respete. Iluso. Así pues, la iluminación (religiosa, política, racial) es la horma del zapato ancap. Cuando la gente «mala» se une, no hay derecho de no agresión que valga ni jueces pactados posibles. Y «mala» entre comillas no porque no sean moralmente despreciables (que lo son) sino porque son moralmente despreciables y muchas veces sinceros convencidos.
A ver si una vez enfrentados al espejo de su némesis empiezan algunos a poner los pies en el suelo. Porque, como decía, el concepto es fuerte, y real: la sociedad tiene derecho a protegerse de lo que la perjudica. Como el terrorismo. Como la publicidad engañosa. Pero si las ideas de los demás son un tema peliagudo (hay ideas objetivamente malas, el problema es qué hacer con ellas), respecto a lo que hace cada uno en su cama no debería haber problema. Es ahí donde usa mal Alfredo el argumento, generalizándolo a una posible intervención de toda la actividad humana y entendiendo la privacidad (como le pasa con la libertad de expresión, que interpreta como ¡una ofensa al cristianismo!) como permanente ataque a sus divinos principios. Representa Alfredo el extremo contrario a la permisividad hacia todo, ncluído lo que puede terminar con esa misma permisividad.
No es de extrañar que ambas concepciones, la excesivamente permisiva que no tiene poder para contrarrestar su propia destrucción, y la excesivamente prohibitiva que no puede evitar la disidencia, tengan tan pocos acólitos, y menos aún fuera de sus textos escolásticos y proféticos. En el Mundo Real las personas huyen de ambos. Por buenas razones, además.

















El virus ancapista: Resumen sobre el uso de la fuerza « Destapando La Hipocresía De La Progresía (14.07.08 - 4.18.pm) :