No me gusta nada la Ley de Igualdad. Más bien creo que es un insulto a todo un género. Las medidas paritarias me parecen la mejor manera de parchear los problemas, si no agravarlos. Parten de presupuestos equivocados, al menos en mi opinión. Aunque es totalmente cierto que, dejada a sus impulsos espontáneos, la sociedad occidental seguramente nunca llegaría a alcanzar una igualdad de género real (demasiados siglos de judeocristianismo nos observan) empujar artificialmente a alguien a un puesto sólo puede tener como consecuencia que ese alguien, en su puesto por cuota, se vea más como un florero que como un compañero. En vez de poner en valor la realidad del potencial de las mujeres las metemos en una urna de cristal y declaramos abiertamente que, por supuesto, necesitan protección. Las llamamos inferiores para intentar igualarlas. Una locura, vaya.
Yo fui de los pocos desde mi orilla ideológica que criticaron en su momento los intentos legislativos que trataban de acabar con la lacra de la violencia de género. No porque no crea que este problema necesite un tratamiento (jurídico) especial, sino porque no entendí (y sigo sin entender) que eso pase por generificar leyes, imponiendo penas distintas según quién comete el crimen.
Ambos son errores, tal vez más vistosos que graves. Cuando la realidad no parece cambiar por sí sola y los propios principios no brindan ninguna solución a problemas reales a veces es mejor criticar bajito y esperar a ver qué pasa. Este es el caso en estos asuntos, que si no haces nada no se arreglan pero si haces algo corres el riesgo de equivocarte, y mucho.
Dicho todo esto, comprenderán ustedes que mi opinión sobre Bibiana Aído es agridulce. Lo que no impide que tenga una cosilla que decir sobre una de sus últimas medidas anunciadas: el famoso teléfono para maltratadores. Me parece una idea estupenda.
He visto que la medida ha levantado carcajadas entre el ala derecha de la Red, y silencio en la izquierda. Lo segundo me ha sorprendido hasta cierto punto (la capacidad que tenemos la izquierda para no ver lo que no nos interesa es inmensa), lo primero me ha encendido hasta casi enfadarme, y ha causado este texto. No sé en cuántos hogares con maltrato han vivido esos que se mofan y hacen chistecitos (que pretenden graciosos pero son verdaderamente vergonzosos si se leen despacito). No sé si entienden realmente de qué va todo ese tema. Parece que no.
Una persona maltratada (una mujer maltratada) vive presa del miedo, del stress y de la ansiedad. Le tiemblan las manos y no alza la mirada por pánico. Recibe golpes en cualquier ocasión, sin razones ni motivos. El maltrato, no sólo físico, la convierte en una esclava. Pierde la capacidad de quererse, y con ella la de querer algo de manera sana. Sus sentimientos se negativizan hasta que es incapaz de nada alegre, de nada que no esté teñido de un pesimismo futuro. Tiene miedo a todas y cada una de las consecuencias de sus actos, pues en su experiencia haga lo que haga vendrá el dolor. Necesitan ayuda, urgente y real. Necesitan que todos los que no han visto nada similar se hagan una idea. Porque no se me ocurre ninguna diferencia de nivel esencial entre su situación y la de, por ejemplo, Ortega Lara durante su secuestro.
Tras ese símil, se me hace más difícil escribir lo siguiente. Las mentes simples entenderán que defiendo, quizás mínimamente, o tal vez que justifico, a los maltratadores (o a los etarras). Las mentes menos simples entenderán que todas esas personas (maltratadores y terroristas) son personas en efecto, y que algo ronda por sus cabezas. En lo que hoy nos ocupa, el maltrato, quisiera pregurtar a los que intentan hacernos reír como si fueran payasos qué piensan que pasa por esos lares. No conozco el total de casos, sólo el mío, pero seguramente un teléfono para maltratadores habría evitado muchos dolores en mi casa.
El maltratador también sufre. Que le den, vaya, pero no me preocupa su sufrimiento por él, sino por las consecuencias (físicas) que tiene. Que sufra me puede dar igual, pero su sufrimiento se traduce en cadenales y moratones. Por tanto, entendamos ese sufrimiento. El maltratador considera a su mujer un objeto cuando la insulta y golpea, pero diez minutos después llora arrepentido. Y diez minutos antes estaba acumulando presión. Y al día siguiente se comporta de manera casi normal. Y la noche siguiente se hunde consciente de la basura humana en que se ha convertido. Así, va creando una espiral de caída, de bajada, de la que no escapa. Cuanto más maltrata, más lo siente y más agresividad acumula por propia vergüenza. Más se encierra en sí mismo, más intenta no tocar nada para no dañarlo, hasta el punto de que cuando lo toca lo rompe de puros nervios. Nervios que detonan bombas atómicas en salones y dormitorios. El maltratador, en suma, vive en una ansiedad también constante, a medio camino entre una agresividad irracional y un sentimiento de culpa vedaderamente atroz que sobreviene. Ambos dos elementos que alimentan el maltrato.
Se me ocurren no menos de tres ocasiones en que estoy seguro que el nuevo teléfono me habría sido muy útil. Es un arma inmensa en manos de mujeres e hijos que pueden (en los momentos en que aquello se parezca a una familia) intentar convencer al elemento agresivo de que pida ayuda a la vista de que es incapaz de controlar su ira y su vergüenza. Alguien (segura y precisamente alguien que desvaría sobre acuerdos voluntarios y éticas de libertad, en definitiva alguien despegado de la realidad) tachará de ingenuo este planteamiento. Me temo que no sabrá, como casi siempre, de lo que habla. Pero un chiste siempre viene bien, ¿no?

















