El Destino del Iscariote

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21.11.08

Cuatro años y un día

Publiqué la primera entrada de El Destino del Iscariote un 20-N hace ya cuatro años y un día. No creo que nadie se sorprenda si digo que trataba sobre Judas el apóstol, mi alter ego, mi nombre de guerra, pero sí puede haber alguien sorprendido por la distancia temporal. Cuatro años. Soy casi un abuelo en esto de los blogs. Y sin embargo, no he dado todo lo que he podido en este campo.

No voy a enlazar esa primera entrada, alojada en un servicio gratuito de blogs que va viento en popa y a toda vela (una casa madre donde descubrí allá por el 2003 qué eran eso de los blogs y me hice asiduo de algunos Padres de la Iglesia que ya duermen el sueño de los justos). Está todo lleno de faltas de ortografía y de lenguaje adolescente (un efecto colateral de perder tu adolescencia es que, tarde o temprano, llega y te pilla), y no consiguió su objetivo. Tampoco lo consiguió mi segundo hogar blogueril, del mismo nombre pero alojado en otro sitio. Pequeños arranques sin coro permitido en este colorido lugar definitivo tampoco consiguen su meta.

Nota al margen: A pesar de que el mundo ya ha dado once vueltas y pico, parece que se ha movido poco. Es simplemente una sensación irreal, lo sé, pero sensación al fin y al cabo. Es curioso que recuerde más vivamente y con mucho más detalle una clase cualquiera de Filosofía en el Instituto que lo que hice el martes pasado. Eres, entiéndeme el guiño que sólo tú entenderás, un resfriado muy mal curado.

Empecé un blog, este blog, con este nombre y este nick, por una razón. Una causa muy clara. Quería desahogarme. Quería soltar ese fuego que tenía dentro quemándome cada célula, cada impulso neuronal. Soltarme estas cadenas que aún me atan un poco, que me impiden asomarme al mundo y ver algo más que desinterés y nihilismo. Quería gritarle a dios que ya no lo odiaba, que había llegado al punto de lamentar su misma existencia memética. Quería contar las mentiras que me han contado, las tormentas que he vivido. El miedo. El dolor. La angustia. La soledad infinita e inevitable. No he hecho nada de eso.

Los días van sumándose, y cuando llegan a su cuenta se llevan una, como siempre. Pasan semanas, meses. La puerta a la que se asomaron hace un tiempo se ha quedado entreabierta, y los goznes chirrían cosa mala. El mismo aceite que la consiga abrir debería servir para descorrer la cremallera de los labios, pero siempre se corre el riesgo de la incomprensión y, lo que es peor, la indiferencia. Mis carnes aún duelen su presencia. La condescendencia y la pena me tienen bastante sin cuidado.

Las mismas razones que me llevaron a intentar gritar en este cubo de silicio de la Red me han llevado a cerrar la cremallera de mis labios en su versión teclado. Tengo palabras que ya suenan viejas en mi boca pero que son vírgenes de oídos aún, que han dejado una marca de desgaste en estas teclas que ahora toco, pero que nunca verán la luz de lo público. No quiero parecer demasiado dramático, dejémoslo en que me cuesta añadir peso a lo que ya sé pesado. Hay cosas que no sólo no les deseas a tus enemigos, sino a sus propios allegados por lo que les pueda salpicar. No salpiquemos, pues. Tampoco conviene olvidar que no sólo yo soy un voyeur.

En esos cuatro años y un día he sido sobre todo eso: voyeur. También actor, poniendo más máscaras de finalidades a la finalidad de mi blog. Y lo he hecho corriendo un riesgo atroz: sabiéndome capaz pero incapacitado. Lo que para cualquiera serían verdaderas oportunidades terminan diluidas en tiempo y silencio, y vergüenza de silencio y tiempo. Mi aguijón en la carne, por suerte, parece disfrutar aún del dulzor de mi sangre y algunas cosas sí se me ha cruzado. Por poner finalidades, he acabado poniendo en pie (ni más ni menos) un agregador de gafapastosos a base de autodidactismo, y el menos gafapastoso resulto ser yo aunque haya sido por falta de tiempo. Que a uno lo llamen figura valiosa en según qué sitios y por según qué inventadas causas tampoco ayuda. Lo dicho: las mismas razones para callar. Pero en el silencio he encontrado de nuevo el placer del código así que por ahí nacerá un retoño algún día, que ya hasta nombre tiene el jodío.

Todos los domingos me propongo empezar de una santa vez la semana al día siguiente, y mis status de FaceBook lo atesiguan. Suelo arrastrar el twitt del lunes hasta el siguiente lunes. No publico en mi blog. ¿Ya he dicho todo lo que tenía que decir? Bueno, no, ni mucho menos. Pero antes necesitaba decir todo esto. Vosotros, si os incomoda, mejor haced como que no lo habéis visto. No pasa nada. Pero ya no volveré a repetirlo, y pienso enterrar estas letras que lees en avalanchas de actualizaciones que no tendrán nada que ver con la verdadera finalidad de este blog pero también serán mías.

Debería decir que me he quedado muy a gusto, totalmente desahogado, y que las cosas mañana serán mejores. Pero los cambios, y más los necesarios, no llegan al instante. Me conforma por ahora el consuelo de que no se me ha olvidado del todo escribir medianamente bien, ¿no?

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5 monedas de traición

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