El Destino del Iscariote

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25.02.09

El hombre menguante (I)

Tardó un segundo en darse cuenta. Con el dedo metido en la boca y el cuchillo aún goteando sangre, se quedó sin aliento un instante. Había algo muy raro. Notaba la sangre resbalar por su lengua, líquida y caliente. No, eso no era lo que estaba mal. Lo realmente extraño era su sabor.

No tenía.

Cuando consiguió inhalar aire y separar el índice de su paladar se miró la yema del dedo: un corte superficial, pero aparatoso y de los que dejan un torrente rojo bajo el grifo. Nada que una tirita no solucione. Un vistazo rápido al cajón de las medicinas hizo el resto.

Mientras acomodaba las partes adhesivas de la tirita en su uña, intentando no crear pliegues ni burbujas, pensaba en el sabor de su sangre. Me he quemado la lengua en el desayuno. Siempre me pasa, soy un prisas y luego son tres días de lengua áspera. También se hacía promesas como dejar de fumar (o al menos reducir su consumo de nicotina) para recuperar eso tan valorado por todo el mundo: los sabores, los olores.

Él no sabía, como vosotros ahora no sabéis, qué le había pasado. Pero ese día se convirtió en el Hombre Menguante y empezó su cuenta atrás.

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