Ya lo dije hace poco: el aborto me provoca un serio problema moral. Admito que soy susceptible a los discursos sobre la unicidad (en Matemáticas los más bellos teoremas prueban existencias únicas), originalidad y demás características similares. Soy un individualista, por lo que acepto con agrado que me ronden apelando al yo y no al nosotros.
Por si nadie se había dado cuenta, el debate real en este asunto se centra en cuándo aparece el ser humano. En la anterior entrega explicaba que suelo entender, en el sentido humano del término, las visiones maximalistas auspiciadas por esos argumentos que tanto me atraen. Toda la indiferencia que me producen las objeciones religiosas se traduce en un inmenso interés si se trata de individualismo. Y si embargo, sigo apostando por una Ley de Plazos. No sólo porque desde un punto de vista social (esto es, legal) igualar embrión con persona sea un sinsentido, sino porque desde un punto científico es básicamente otro. Y si cabe de mayor calibre.
Es comprensible que se rehuya el asunto, pero eso no hace que el debate sobre el aborto deje de ser puramente moral. Intentar conferir a un embrión todas las características de una persona mediante la apelación a la ciencia no es más que un intento de sustentar las propias convicciones morales, pero a la vez es un juego peligroso. Porque la ciencia es descriptiva, no prescriptiva, y nos dice que en el encuentro de un óvulo y un espermatozoide se conjugan por primera vez los detalles genéticos de un posible nuevo ser humano, pero no nos dice en modo alguno que ese resultado sea una persona. Somos nosotros los que arropamos de derechos, algo que la ciencia ni entra a discutir. La pena de muerte no equivale a la negación de la Ley de la Gravedad.
Por esto, porque incluso siendo partidario de una Ley de Plazos (en la que el primer plazo sea razonablemente corto) y teniendo los oídos prestos a escuchar lo que desean oír, es difícil permanecer impasible ante el despropósito que supone la Declaración de Madrid. No es sólo su expresión escrita, cuyas faltas de ortografía deberían avergonzar a los centenares de profesores de universidad y académicos que la rubrican (aunque cabe la posibilidad para nada remota de que esto sea culpa de HO, desde donde he descargado el documento), ni su intento sutil de dirigir el asunto como si sólo existiese un punto de vista posible, que comentaré más adelante. Lo que más chirría es lo anticientífico que es.
«Existe sobrada evidencia científica de que la vida empieza en el momento de la fecundación» y empezamos a jugar con trampas. Es un recurso bastante manoseado, pero no por ello menos efectivo. Existe sobrada evidencia científica de que en la fecundación aparece una célula cuya carga genética corresponde a un ser humano, que en determinadas condiciones dará lugar a una persona, y que está viva. No es exactamente lo mismo, pero puede parecerlo a quienes intentan vestir de sus propias conclusiones las mismísimas premisas. Sólo de esta manera se puede entender que en este mismo punto se afirme que «la Biología Celular explica que los seres pluricelulares se constituyen a partir de una única célula inicial, el cigoto», un dislate mayúsculo que muestra el tono y la finalidad del panfleto: el deseo de ilustrar a las masas: escuchad, oh pueblo iletrado que aborta, todos lo que la ciencia dice, y veréis que nuestras conclusiones son inapelables. Falaz.
Si se atisbaba al comienzo, el segundo punto es directamente rompedor: «El cigoto es la primera realidad corporal del ser humano», y seguimos haciendo trampa con los conceptos. Porque si lo cierto es que todas las personas alguna vez han sido cigotos, no todos los cigotos llegan a ser personas, por lo que la simple lógica nos dice que haber sido cigoto es condición necesaria pero no suficiente para ser persona. Si aceptáramos sin más que «un aborto no es sólo la interrupción voluntaria del embarazo sino un acto simple y cruel de interrupción de una vida humana» deberíamos aceptar que cerca del 50% de la Humanidad termina su día (o sus pocos días) de una manera cruel. Ese es el porcentaje de óvulos fecundados que son expulsados sin que nadie se entere de que existen. Una mitad de todas las ¿personas? que en el Mundo han podido ser, desechados por un órgano reproductor natural imperfecto. Sin contar con entre el 15% y el 20% de abortos espontáneos una vez que la madre conoce la situación de gestación y que de nuevo se producen por causas totalmente naturales. Y si a esto añadimos que «la naturaleza biológica del embrión y del feto humano es independiente del modo en que se haya originado, bien sea proveniente de una reproducción natural o producto de reproducción asistida» sólo entiendo un modo posible de actuación, y conlleva el ingreso hospitalario de todas las mujeres tras practicar el coito por no menos de una semana, sumado a la prohibición total de cualquier técnica de fecundación artificial que genere embriones no implantados. Como comprenderán no me parece una salida muy razonable.
Lo que nos están diciendo estos declarantes es que tu cuñado, tu vecino, tu primo o incluso tú mismo eres un asesino. Cualquier persona que conozcas que ha usado una técnica de fecundación que genere embriones sobrantes es un asesino. Si eres mujer y alguna vez has practicado el coito sin protección, es muy probable que seas una asesina y ni siquiera lo sepas. Tu novio o marido será cómplice necesario (y ciego, claro). A mí me parece una auténtica barbaridad, pero es la conclusión lógica si se apela a los principios y sus derivadas sin dejar que la Realidad te destroce un buen marco conceptual. Más difícil respuesta científica-versión-madrid tiene el caso de los gemelos univitelinos, que a falta de compartir alma ahora comparten carácter de persona, pero apelar a la ciencia para paralizar el conocimiento científico que mejora realmente y de modo palpable nuestras vidas (como por ejemplo la investigación con células madre embrionarias o la selección embrionaria para la cura de enfermedades) es cuando menos complicado.
Más allá de la falacia que se intenta hacer pasar por ciencia, ya he señalado que el lenguaje delata el interés de los relatores: mostrar de costado las premisas y dirigir mediante el verbo las conclusiones. De otro modo es imposible entender ciertas frases. «Es preciso que la mujer a quien se proponga abortar adopte libremente su decisión, tras un conocimiento informado y preciso del procedimiento y las consecuencias». Cualquiera está de acuerdo en que a una mujer que decide abortar o que duda sobre abortar o que tiene la idea de que es posible que aborte (se me acaban las perífrasis que lo dejen claro) se le debe informar sobre el procedimiento y las consecuencias reales que el procedimiento implica. Pero a las mujeres no se les propone abortar sino que ellas a veces deciden hacerlo. Lo escandaloso de la redacción (por reducir a las mujeres a meros objetos que gestan y reciben proposiciones) sin embargo es lo único que les queda. Nadie con dos dedos de frente se atreve a sugerir en público que toda mujer que aborta es una asesina (por lo que dije la última vez: la consideración moral del embrión no es socialmente la de una persona), mejor que sea una engañada. ¿Nadie? ¿O será que faltan dedos en la frente? Veamos…
«El aborto es un drama con dos víctimas: una muere y la otra sobrevive y sufre a diario las consecuencias de una decisión dramática e irreparable. Quien aborta es siempre la madre y quien sufre las consecuencias también, aunque sea el resultado de una relación compartida y voluntaria». Este drama, que como ya he señalado ocurre duplicado y en silencio por cada embarazo del que se tiene constancia, nos deja un reguero de miles y miles de muertos naturales. Recordemos que el término aborto engloba a estos también, y aunque los redactores del Manifiesto no hayan tenido tiempo de repasarlo (ni de oír hablar de poríferos) la Realidad es la que es. Mujeres que no sufren ninguna consecuencia. En fechas recientes, dos mujeres que conozco han sufrido abortos naturales, y en un estado de gestación ligeramente avanzado en un caso. Por desgracia, también he abrazado a una madre que acaba de perder a una hija. Que intenten hacerme ver que ambas cosas son equiparables, o que las primeras son insensibles (porque quien ha muerto era una persona, sus hijos, y ellas continúan viviendo sin mayor problema), me enerva mucho: ¿quién le ha dado a esta gente el derecho a definir qué acto es humano y cuál no? ¿De verdad creen que no se les nota cuando llaman «madre» a la mujer que lleva un simple embrión y que posiblemente «vaya a ser mamá»?
Cuatro como los jinetes del Apocalipsis. Cuatro últimos puntos de un Manifiesto puramente ideológico, que para no desmerecer son aún más ideológicos. «Dada la trascendencia del acto para el se reclama la intervención de personal médico es preciso respetar la libertad de objeción de conciencia en esta materia». No en la sanidad pública. Parece que uno de los efectos colaterales de la eclosión es que se ha perdido por completo el significado del término público. En «sanidad pública», pública implica precisamente que deben realizarse todas las actuaciones que la Ley contemple de acuerdo a sus facultades técnicas, pues es el público (el ciudadano) el que la mantiene para ello. Un impulso jacobino me empujaría a invitar a todos los médicos de la sanidad pública con problemas de conciencia a marcharse al sector privado, pero una charla que tengo muy presente con Daniel Tercero me modula: puedo llegar a aceptar la objeción de conciencia en la sanidad pública siempre que ésta, por su número, no ponga en riesgo el deber de servicio para el ciudadano. Por tanto, además de respetarla, habría que regularla de manera que no se produjeran situaciones de dejación de funciones.
«El aborto es además una tragedia para la sociedad. Una sociedad indiferente a la matanza de cerca de 120.000 bebés al año es una sociedad fracasada y enferma» llega ya al punto en el que le sobran los disfraces. Un aborto es una matanza. Donde antes a las «madres» se les «sugería» abortar, ahora tenemos a un ejército de «asesinas». No es casual que aparezca este punto cerca del final: una vez falseados los resultados científicos para revestirlos con el lenguaje de las convicciones que preferimos el público debe haber aceptado ya nuestra retórica y éste es el paso natural. Como los peones negros y su intento de socializar la duda, este experimento de ingeniería social intenta que asociemos mental e irreflexivamente (en ambos sentidos) aborto con crimen. Y ya no sólo no son pulcras las «madres» sino que es nuestra culpa. En Occidente nos encanta sentirnos culpables, quizás ahí han encontrado un filón, pero mi percepción me indica que les costará algo más que un panfleto moralista.
Lejos de contentarse con insultarnos (ser cómplice de asesinato me parece bastante despectivo) como personas intentan además insultar nuestra inteligencia. Porque no sólo el texto tiene un regusto a cañada prefabricada, sino que al final pierde cualquier atisbo de pequeño hilo enganchado a la Realidad. «una Ley del aborto sin limitaciones fijaría a la mujer como la única responsable de un acto violento contra la vida de su propio hijo». ¿Alguien en su sano juicio, descontando ciertos grupúsculos marginales que ojalá estuvieran más lejos, habla de aborto libre y sin restricciones? Más allá de esta descomunal falacia podemos ver cómo en la redacción se encuentra la respuesta. Al señalar lo obvio (que la mujer suele ser la última responsable de la decisión de abortar) de una manera tan acusatoria se convierte una elección en la que no se daña ninguna persona en un acto violento. Olvidan estos madrileños el asunto de la «reproducción asistida», seguro que porque aquí no calza: ¿son los padres de un niño recién nacido mediante inseminación artificial responsables de «actos violentos» contra todos sus decenas de embriones-hermanos? Si es así, ¿pueden indicarme por favor el camino de vuelta a mi Universo?
De hecho, todavía se puede ir más lejos y retorcer aún más el asunto. «El aborto es especialmente duro para una joven de 16-17 años, a quien se pretende privar de la presencia, del consejo y del apoyo de sus padres para tomar la decisión de seguir con el embarazo o abortar. Obligar a una joven a decidir sola a tan temprana edad es una irresponsabilidad y una forma clara de violencia contra la mujer». Este tipo de tergiversaciones se suelen llamar hombre de paja pero creo que hemos desbordado ya el término: quizás sea más preciso catalogarlo de mentira. Se pinta un panorama de una niña pensando sola en un cuarto si debe abortar, y tras haber entendido que eso la convierte en asesina de sus hijos, cuando lo cierto es que ni el embrión tiene consideración científica de persona (al ser ésta una consideración plenamente moral) ni esa joven tiene por qué decidir sin consultar, preguntar y sopesar. Obligar a una chica de 17 años a la que se le rompe el preservativo a dejar toda su vida porque ni siquiera puede encontrar una píldora del día después sí que es violencia contra las mujeres, y si el aborto es un asesinato por los motivos del Manifiesto la dichosa pastillita será el próximo enemigo a batir. El perfil de principios lo permite, ¿lo hará la Realidad? De nuevo, no sé si me he equivocado de planeta, pero no conozco a nadie que nunca me haya contado nada contra este método. Nadie que no sea un cristofriki, quiero decir, que es lo malo de conocer demasiada gente.
No creo que los declarantes sean cristofrikis, aunque luego éstos los eleven a sus altares. Realmente existe una forma de ver el asunto que intenta beber del mundo científico para justificar la propia moral y su imposición a la sociedad, y lo que habría que preguntarse es dónde están los investigadores que trabajan con embriones en España que no contestan a semejante sarta de insultos a su trabajo. Dónde está la divulgación científica seria que contrarreste este pseudo-cientifismo de nociones y certezas, de sesgos ideológicos y tonterías mostradas como a niños de primaria. Desde un punto de vista científico, este panfleto no debería quedar sin respuesta. Porque no se nos presenta una defensa de la vida sino una correa amordazante que tiene en la oposición al debate serio sobre el aborto su ariete, pero que sin duda, y sin mudar de discurso, aspira a mucho más.
El final de Battlestar Galactica ha sido polémico. Es complejo resumir en una entrada toda una serie y dedicar un espacio además a una visión alternativa de su final, así que mejor nos vamos poniendo. Contiene innumerables spoilers, por lo que si no has visto la serie detente: debes verla. Ya me lo agradecerás. Además, con la cantidad de detalles que me dejo o sabes de qué hablo o es posible que te pierdas.
En resumen
Galactica es una serie sobre la supervivencia. Comienza con el genocidio de la raza humana (de la que sólo sobrevive un puñado de miles de personas) a manos de los cylon (robots rebelados contra su humano creador). Este marco, que ya promete, es en realidad muchísimo más complejo. La raza humana vive desperdigada por las Doce Colonias, bajo un gobierno común, y cree que su origen es el mítico planeta Kobol desde el cual partieron las semillas de su civilización. Mantienen una sociedad de bienestar similar a la nuestra, son politeístas (creen en los dioses de Kobol, que por casualidad argumental coinciden con el panteón griego) y han alcanzado un gran desarrollo tecnológico. Tanto es así que logran producir inteligencias artificiales y las ponen a su servicio: los cylon. Pero los cylon se levantan ante lo que consideran opresión y se desencadena una guerra que acaba con un acuerdo de paz y separación de las dos razas. Como garantía del acuerdo se fija una reunión anual en un punto intermedio del espacio entre cada civilización, pero los cylon no aparecen en los últimos cuarenta encuentros. Mientras los humanos celebran cuarenta años de paz, atacan. Y es que en cuatro décadas los cylon no sólo han desarrollado su propia sociedad (se han decantado por un monoteísmo fundamentalista: las mentes de silicio también crean dioses) sino que han conseguido producir cylon con apariencia humana, infiltrarlos en las colonias e incluso hacerlo sin que los propios infiltrados sepan siquiera que son cylon. Las tostadoras ahora son pellejudos. Y como dice la entrada de la propia serie, tienen un plan.
Ahí empieza Galactica. La miniserie que encabezó la producción se estreno el 5 de diciembre de 2003, apenas dos años después de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, y comenzaba con hongos nucleares consumando el genocidio. No es casualidad: los primeros episodios de la serie son un espejo de la sociedad americana post-11s aturdida por el miedo. Durante toda la serie se palpa ese miedo. Miedo a cylon dormidos dentro de la flota superviviente. Miedo a un ataque que no se pueda repeler. Miedo al exterminio de la raza. Se suceden toda clase de situaciones que ponen en riesgo las propias convicciones morales, desde atentados suicidas hasta colaboracionismo con el invasor. Y la guerra sigue y sigue.
Por el camino vamos descubriendo los secretos de los cylon. Existen ocho modelos de pellejudos, uno de los cuales fue empaquetado hace mucho tiempo por una desavenencia entre ellos. Toman las decisiones por mayoría y acatan sin problema, hasta que llegan los problemas. Y es que estos pellejudos fueron hechos como humanos, y por tanto algunos de ellos empiezan a percibir que la humanidad es algo más que esas criaturas biológicas que se empeñan en exterminar. La disidencia ha llegado de manos de una seis (Tricia es, por derecho propio, el icono de la serie) y algunos individuos de otros modelos. Hay otros personajes destacados, y cada linea argumental profundiza mucho en ellos. Baltar, por ejemplo, es el paradigma del hombre sometido (a los demás, a sus pasiones, al miedo, a una visión del asunto distinta…). Katee Sackhoff en el papel de Kara Trace es la típica bravucona, bebedora y malhablada y la mejor piloto, enamorada del hijo del almirante tras la muerte de su novio (el otro hijo del almirante), y en un episodio encontró su propio cuerpo carbonizado en un planeta llamado Tierra. Es el otro icono de la serie, pero yo prefiero a mi six.
Como quien no quiere la cosa, humanos y cylon dejan de guerrear sólo por su especie y empiezan a guerrear también por la supervivencia de su estilo de vida. Los cylon han perdido en la lucha la capacidad de resucitar (o más bien de descargarse en un nuevo cuerpo) y se exponen a su total desaparición, algo que los humanos sí pueden suplir con su procreación. Pero existe una niña, mitad humana y mitad cylon, en la que están puestas las esperanzas de ambas especies. La historia se complica un poco más, como suele pasar en estos relatos de Ciencia Ficción (hay otros cinco cylon que en realidad son los creadores de los otros ocho, que en realidad eran habitantes de una treceava tribu humana y que además se salvaron y está en la flota, y que pueden devolver la resurrección a los cylon, y esa treceava tribu vivía en la Tierra y fueron exterminado por los cylon en un preludio a esta historia, y casi se produce un acuerdo que destroza la serie, y Baltar hace un discurso infumable acerca de la divinidad que logra vencer al genio cartesiano del cylon Cavil por alguna razón que se me escapa…) pero lo importante es el final.
Último capítulo, última hora de Galactica. Kara Trace dirige Galactica guiada por los dibujos de la niña híbrida, Hera, hacia unas coordenadas desconocidas en el espacio. Vemos Galactica sobrevolar la Luna y llegar a la Tierra. Bueno, la llaman Tierra después como desquite por la Tierra carbonizada y devastada donde Kara se encontró a sí misma, claro. En ella, en África, tribus de humanos (genéticamente compatibles, dice Baltar) habitan en pequeños grupos. Primera decisión chocante: los supervivientes de las colonias deciden establecerse en el planeta pero deshacerse de todo vestigio de civilización (mandan sus naves al Sol). Quieren que la Humanidad tenga un nuevo comienzo sin los problemas de la tecnología y la técnica.
Tras la despedida de rigor de los personajes, salto al futuro: 150.000 años después, una gran ciudad de nuestra actualidad. Dos noticias: una presentación de robots humanoides y el hallazgo de la Eva mitocondrial: Hera. Justo antes habíamos descubierto que varios personajes, algunos de los cuales pensábamos que era simples visiones de loco o inducidas por chips o drogas, son ángeles. Kara Trace, sin ir más lejos, resulta ser uno de ellos en misión de guía a la Tierra prometida.
Motivos para el desacuerdo
Este final tan redondo no ha convencido a todo el mundo. Josh Tyler lo tiene claro: el final ha sido una decepción (seamos bienhablados) pero no pasa nada. Galactica nos ha regalado cuatro temporadas de buenísima Ciencia Ficción, qué más da que la respuesta de Ron Moore sea una a todos los misterios: es dios! Tampoco debería sorprendernos. La serie está plagada de referencias mitológicas y espirituales. ¿Kobol? Nos hemos tragado varias temporadas en las que el argumento consistía en la búsqueda y localización de la Flecha de Apolo, el Templo de Atenea y las profecías de Pitia. No, lo que ha molestado no ha sido el exceso de espiritualidad ni que las videntes realmente acertaran al leer las manos. Lo que sí ha molestado es la resolución de todos los interrogantes misteriosos con un es un ángel y listo. Lo que sí ha molestado ha sido el discurso anti-tecnológico de un personaje tan importante como para ser Presidente de las Colonias.
Se quejan los fans de que se apela demasiado a dios. ¿Una raza humana que evoluciona independientemente, compatible con la que ya existe? Es un plan de dios. Por eso había ángeles dirigiendo las acciones de personajes clave. Por eso Kara vuelve de entre los muertos. Por eso Hera dibuja estrellas que se trasladan al pentagrama y a la consola del FTL. Y el plan de dios es que rompamos el círculo que destrozó la vieja Tierra y las doce colonias, que dejemos de jugar con la inteligencia artificial y seamos mansos chicos.
Yo no lo veo así
En primer lugar, no entiendo del todo las quejas. Cuando uno se plantea darle un final a una saga como Galactica debe hilvanarla de manera que no a todos les guste. No hay finales felices universales. Por poner ejemplos de renombre, podemos recordar las salidas de pata de banco de Asimov con sus mentalistas (¿Y molesta que una seis sea un ángel? ¿La habéis visto bien?) y su final final: la Humanidad disolviéndose en Galaxia. O Simmons, que mediante la comunión con la sangre de Aenea nos vuelve a todos mega-empáticos. La esencia de la Ciencia Ficción se mezcla con este tipo de cosas cuando trata de terminar historias definitivamente. Y como producto de Ciencia Ficción, no me molestan más los ángeles que las Segundas Fundaciones. Tampoco me molesta que Ron nos haya proporcionado un pasado alternativo similar a las creencias mormonas, porque desde un ojo dispuesto los relatos religiosos son verdaderas joyas de la Ciencia Ficción. ¿O acaso el relato La estrella de Clarke es peor por estar emparentado con una creencia?
Una vez asentado eso, lo cierto es que yo también me quedé con un regusto más bien amargo ante esa respuesta, pero es lo que hay. Sin embargo, hay otro aspecto en el que discrepo mucho de las críticas: el panfleto anti-tecnológico no es tal.
La idea base de la serie es que jugar a crear vida es problemático. esta vida, autoconsciente, se puede rebelar. No es tampoco un planteamiento novedoso (recordemos Matrix, y cómo no produjo ninguna reacción tachándola de tecnófoba simplemente porque los malos fueran máquinas), pero le da una vuelta de tuerca: esto ya ha pasado y volverá a pasar. Esa noción de eterno retorno parece indicar que siempre que intentamos ser dioses nos sale mal, una y otra vez, hasta que dios acude a romper el círculo y nos da otra oportunidad.
Tampoco es demasiado chocante. En este contexto el último remanente de la Humanidad acaba de terminar una guerra con sus cibernéticas criaturas: es natural un repunte en el ideal del pasado feliz, ese en el que la gente era inocente por tener que andar diez kilómetros para poder beber agua. En nuestra sociedad también existen estos movimientos newageros y similares que hablan de comunión, naturaleza y sincronismos y que aseguran que el progreso es lo peor que le ha ocurrido al ser humano. Muchos han visto en el final de Galactica un espaldarazo a semejantes tonterías.
Yo discrepo. Profundamente. Porque sí, los restos de las doce colonias deciden abandonar su tecnología, pensando que el ser humano merece otra oportunidad. Una oportunidad en la que no desarrolle inteligencia artificial y no se vea abocado a una guerra de supervivencia. Pero vuelve a hacerlo. El final de la serie, si nos enseña algo, no es que debemos vivir en cuevas ni prescindir de los aparatos voladores sino que no podemos evitar construirlos. Porque es inevitable que el ser humano sea curioso. Es inevitable que el ser humano desarrolle herramientas que le faciliten la vida. Es inevitable el progreso desde el mismo momento en que somos humanos. Con advertencia de dios o sin ella, con guerra cíclica y destrucción regular de la Humanidad a manos de sus criaturas incluida, es lo que somos.
Cada vez que lo miro desde este punto de vista me gusta más, la verdad. Un cierre brillante para una serie espectacular.
Es un «tú» genérico, tampoco pretendo aludir a nadie. Sin embargo, es cierto: cómo quisiera tenerlo tan claro como lo tienes tú. Porque tú seguro que tienes una opinión definida, argumentada y razonada. Porque tú seguramente sabes cómo centrar el foco en aquellos aspectos que resuelves a tu favor, pero procuras no entrar en los otros que incomodan tu postura, y si bien sabes que existen los descartas como poco relevantes. Al fin y al cabo, mis prioridades son cosa mía.
Lo reconozco: tengo un problema moral con el aborto. He conseguido esquivarlo durante mucho tiempo simplemente reordenando mis prioridades. Al fin y al cabo, soy varón sin descendencia y mi apuesta es que nunca la tendré. Comprendo el concepto de «familia» en su más amplia acepción, lo encuentro muy útil y hasta entrañable pero, en realidad, no creo que sea para mí. Por eso he podido evitar pensar mucho en el tema: no me incumbe.
Principios y derivadas
Si eliminamos mentalmente toda su la carga emotiva y adjetiva, este texto de José Donís habla por sí mismo. Tanto que, en mi humilde opinión, bastaría con que hubiese publicado el último párrafo y se ahorrara la muestra de autoridad (que no cae en falacia porque no se lo propone) y algún que otro desliz. Pero el último párrafo vale por todas las letras anteriores:
No existe el derecho al asesinato de niños no nacidos. Como está sobradamente probado, el ser humano existe desde el mismo instante en que dos códigos genéticos se combinan. Si alguien no está de acuerdo espero que argumente desde cuándo un niño es «persona», nacido o no, porque no es lo mismo matar a una persona que a una no-persona.
Enlaza Donís dos temas peliagudos que me provocan parálisis mental: la pena de muerte y el aborto. Con respecto al primero, he de decir que siempre he sido un activista contra la pena de muerte no sólo por el ideal de que una masa no puede disponer de la vida de un individuo -reconocimiento que hace de la Humanidad una especie mucho mejor según mis cánones- sino por la idea, reconozco que quizá pueril, de que incluso el peor de los criminales puede ser juzgado y condenado por el peor de los tribunales -su propia conciencia- y cortar su vida le exime del veredicto. Un veredicto que bien puede ser añadir a una vida entre rejas ir cargando a perpetuidad con la culpa y que yo encuentro perfectamente justo.
En el asunto del aborto nos movemos en este Universo de principios universales e ideales. En este marco, la idea es clara e imbatible: cuando el óvulo y el espermatozoide se unen, dan lugar a una célula con un código genético perfectamente humano y distinto del cuerpo en el que se encuentra. Existe un organismo vivo (hasta donde aceptemos que un cigoto lo es, y nadie lo duda) con una carga genética humana, única e irrepetible.
Ante este planteamiento, las respuestas de que miles de células de nuestro cuerpo mueren cada día carecen de valor. No se pone énfasis en el hecho de que una célula con carga genética humana muera, sino en que desaparece toda posibilidad de vida para el Homo sapiens que codifica. En otras palabras: no desaparecemos cuando nos cortamos un dedo, pero al abortar sí desaparece todo conjunto de células que pueden dar lugar a un Homo sapiens único.
Otro punto focal en el debate, que suele pasar desapercibido, es cómo puede influir este discurso de máximos en principios a la cuestión de la investigación clínica con células embrionarias. Bajo el prisma de la aparición del ser humano al cobrar vida su primera célula con carga genética humana completa se pone en entredicho todo avance en ese campo: se está operando básicamente con seres humanos. Las consecuencias van más allá de qué hacer con las células sobrantes en un proceso de fecundación in vitro (al fin y al cabo, en el aborto se trata de deslocalizar el embrión del sitio donde puede desarrollarse naturalmente con el resultado de su inviabilidad, con los restos de la fecundación artificial se ahorra el primer problema), puesto que supone de facto oponerse a tales métodos.
En definitiva, una apuesta de principios que considere que el ser humano existe desde la fecundación sólo puede tener como consecuencia lógica un rechazo de toda manipulación, incluso -o sobre todo- aquella destinada a interrumpir la gestación de seres humanos con discapacidades -y estoy pensando, por ejemplo, en el Síndrome de Down-. Todo Homo sapiens tiene derecho a la vida, incluso si padece de trisomía, desde su misma creación-fecundación.
Podría incluso desgranar más uvas de este racimo, porque enlazaría también con el tercer tema peliagudo de la trama: la eutanasia. Pero mejor dejarlo para otra ocasión.
Sire, no he necesitado esa hipótesis
Espero que se haya notado una ausencia en la perorata anterior: las creencias religiosas. Es cierto que este asunto se reviste en muchas ocasiones de los ropajes del mito, la fe y la creencia. Al fin y al cabo, que la vida humana sea sagrada sólo tiene algún valor para quien encuentre sentido a tan majestuoso adjetivo. Sin embargo, en toda la exposición anti-abortista que me interesa ese elemento sobra y se sustituye -en un sentido muy amplio- por el respeto al derecho individual e inviolable a la vida.
Y digo que lo sustituye en un sentido amplio por otro comentario que hace Donís:
Hubo un momento glorioso en la Historia cuando el Hombre reconoció una Ley Natural, por encima de épocas y coyunturas puso por escrito la Declaración Universal de Derechos Humanos. Hoy se cuestionan principios tan básicos como el derecho a la vida, porque cuando el Estado es dios, todo es discutible, relativo, votable.
Una vez desechada la idea de una Ley Divina (habida cuenta de que, a la postre, era demasiado humana en su redacción y aplicación) su hueco se llena rápidamente con la Ley Natural: una transcripción humanista de todo lo bueno que la religión nos ha legado durante siglos. A la manera de los resúmenes de Mandamientos que suele enseñarse en catequesis, todos los principios de convivencia que marca esa Declaración pueden reducirse al respeto a las personas y a sus bienes y el derecho a optar a una vida en condiciones aceptables. No hay dios que nos ordene obrar así: es nuestro imperativo categórico.
Otra ausencia importante en el comentario anterior: he omitido a propósito el término persona y evito ser humano y me refiero invariablemente a Homo sapiens o a célula con carga genética humana. Pero, ¿es posible un Homo sapiens que no sea un ser humano? ¿Y un ser humano que no sea persona? Pascual González lo explica mucho mejor de lo que yo podría:
El modo en el que hay plantear el tema del aborto es el siguiente:
(1) ¿Qué características de los Homo sapiens debemos elegir para considerarnos personas?
(2) ¿Cuándo aparecen dichas características en la ontogénesis humana?
Sin embargo, creo que Pascual se equivoca -u omite- el punto mencionado a propósito de los principios y sus derivadas: las características mínimas que hacen de un Homo sapiens un ser humano y una persona son las propias del Homo sapiens: su carga genética estrictamente humana e irrepetible. Plantear el debate en esos términos sólo puede llevar a un callejón sin salida de opiniones cuyo extremo inferior es invariablemente la fecundación y cuyo valor superior varía entre unos plazos homologables a nuestro entorno y el alegre canto de aborto libre y gratuito. Porque si unos no aceptan otra cosa que la carga genética humana, otros no aceptan más que el primer aliento del nacido. Es decir, no hemos avanzado nada.
No cabe, por tanto, desdeñar el argumento como en el chiste del paso de cebra. Sí existe una queja humanista y racional al aborto que no acepta de plazos sino que marca de facto un punto inequívoco a partir del cual los peatones tienen preferencia: la fecundación. Uno puede estar menos de acuerdo con ello, pero eso no lo vuelve invisible. Como tampoco se vuelve invisible la postura contraria, en la que un Homo sapiens no es humano ni persona de acuerdo a su carga genética sino a su realidad individual y separada. Es el caso de Ayn Rand, por ejemplo:
An embryo has no rights. Rights do not pertain to a potential, only to an actual being. A child cannot acquire any rights until it is born. The living take precedence over the not-yet-living (or the unborn).
Abortion is a moral right—which should be left to the sole discretion of the woman involved; morally, nothing other than her wish in the matter is to be considered. Who can conceivably have the right to dictate to her what disposition she is to make of the functions of her own body?
De hecho, en cuanto no persona el embrión se convierte casi en el equivalente a un parásito para la madre. Desde esta perspectiva tampoco hay problemas de demarcaciones ni plazos: hasta el nacimiento no hay ser humano porque lo que hace de un Homo sapiens una persona con derechos es su existencia independiente. Donís critica esta postura con vehemencia:
Para encontrar ese acuerdo sólo hace falta definir cuándo empieza la vida humana o, con mayor honestidad intelectual, desde cuándo una vida humana es considerada no desechable [...]. Esa honestidad que, como mínimo, exijo, está formulada por algunos teóricos marxistas españoles, que claramente definen a la persona como ser social y no como ser humano. Aluden estos teóricos del estalinismo a las salvajes teorías que sobre el Hombre enunció Aristóteles, para quien, recordemos, los bárbaros no eran personas. Alejandro nunca le hizo mucho caso.
Si desvestimos la indignación moral vemos que la pregunta es equivalente a la de Pascual aunque lleva implícita la respuesta de máximos que comentaba. Aunque la respuesta no ha sido la misma a lo largo de toda la Historia, por supuesto, ni siquiera en el seno en una misma cultura -religión incluida- evolucionando. En la que nos ha tocado vivir:
Santo Tomás ofrece su respuesta dependiendo de los conocimientos biológicos de su tiempo y de su metafísica: Dios infundiría el alma humana sólo cuando encontrase una «materia» preparada, un cuerpo con aquel nivel de desarrollo orgánico que le permitiese recibir esa alma.
Santo Tomás, al final del texto anterior, alude a lo que explicará más adelante, en «Suma de teología» I, q. 118 a. 2 ad 2, un pasaje bastante largo como para recogerlo aquí, en el que se reafirma la tesis de que en la generación humana existe, desde el inicio, un alma vegetativa. Cuando el nuevo ser se desarrolla, adquiere en la siguiente etapa un alma sensitiva que asume también las facultades propias del alma vegetativa. Finalmente, cuando el cuerpo está preparado, Dios puede infundir el alma intelectiva, que es al mismo tiempo vegetativa y sensitiva (como se explica en diversos momentos de la questión 118 que estamos citando).
Podemos deducir que, a pesar de la embriología insuficiente que tenía este teólogo medieval, consideraba como pecado grave cualquiera de los dos tipos de aborto. El aborto en el caso de un feto no formado (sólo con alma vegetativa o con alma sensitiva) no llegaría a ser formalmente homicidio, pero sí un delito; en el caso de un feto formado (con alma espiritual), estaríamos ante un homicidio, un delito más grave.
Es oportuno añadir, para completar estas ideas, una reflexión sobre la teoría de la animación sucesiva. Parece bastante obvio que si santo Tomás hubiera conocido la embriología moderna no habría tenido ningún reparo en identificar la fecundación humana (unión de un óvulo y un espermatozoide) como el momento de inicio de una nueva vida humana ya formada, al poseer todos los elementos biológicos y orgánicos (a nivel unicelular) necesarios para ser identificada como tal. Y como todo individuo de la especie humana tiene un alma espiritual, que no puede proceder de los padres, esa alma sería infundida directamente por Dios desde la concepción.
No deja de ser paradójico, aprovechando lo que nos señala Eduardo Robredo Zugasti, que haya tenido que ser la Ciencia la que dé argumentos a la Fe:
la teoría de que el embrión masculino recibía el alma a los 40 días de gestación frente a los 80 días que tardaba en recibirlo el embrión femenino no fue abolida, por ejemplo, antes de 1869
Más allá de necesitar o no la hipótesis d lo cierto es que existen opiniones para todos los gustos. Opiniones que si se me permite decirlo son totalmente irreconciliables no sólo por sus propios planteamientos sino porque nos olvidamos de algo: son opiniones de personas. Y las personas no cambian de opiniones a la ligera, ni aún con buenos argumentos. Como dicen que dice Punset:
Ante un auditorio repleto, ha asegurado que a los homínidos no les gusta cambiar de opinión y el hecho de que alguien les pida algo diferente a lo que tienen programado hace que los circuitos cerebrales se inhiban y se cierren.
Y sin embargo, se mueve
Yo me daría por satisfecho si pudiera aceptar como una verdad autoevidente que un conjunto de células con una carga genética humana única e irrepetible conforman una persona. Mi instinto me indica que debe ser correcto como argumento, y sin embargo… se mueve.
En toda esta discusión nos hemos centrado en ideas, principios morales y cuestiones éticas, pero hemos pasado por alto una cosa importante. Como dice Roger citando a Barry Ritholtz a propósito de otra cosa:
You’re a monkey. It all comes down to that. You are a slightly clever, pants-wearing primate.
Y es que el principal obstáculo que le encuentro a la argumentación totalmente racional y de principios de Donís es este:
Por si hiciera falta recordarlo: no se puede matar. La guerra es ilícita siempre. No, no se puede ejecutar ni condenar a muerte a nadie. Y no, no se puede matar seres humanos, ni en su estado embrionario ni en su vejez o enfermedad. No se puede. El suicidio pertenece a la conciencia de cada cual.
Esos principios me parecen loables y casi diría que los comparto. De hecho, lo haría en un mundo ideal. Pero no son autoevidentes ni están grabados a fuego en el subconsciente del Homo sapiens. Son unos principios que, si se me entiende bien, son proclamables y realizables en tanto la sociedad esté formada por personas medianamente educadas en ellos, pero no son universales a la especie. Sí, casi todos sentimos un natural rechazo a la violencia contra nuestros allegados, pero este sentimiento se devalúa gradualmente según la distancia que mantengamos con el agredido. Hasta la indiferencia de miles de muertes. Eso también forma parte de nuestro sustrato: somos empáticos, pero de manera grupal. El logro de que una parte de la Humanidad sea capaz de salir de su tribu y extender esa empatía a toda la especie no hace que, por capilaridad, esos principios se conviertan en humanos:
La guerra, y no la tiranía, es inevitable. Los tiranos y los criminales son seres humanos. Está en nuestra naturaleza echar mano de la agresión, el robo y otras muchas cosas para obtener ventajas. En tanto haya hombres subsistirá el crimen y las miserias del despotismo, en todas las esferas, lucharán por imponerse. No parece posible, ni tampoco deseable, el alterar la naturaleza humana para intentar evitar sus más tétricas manifestaciones. La larga experiencia humana demuestra lo fútil del intento: ni los peores tiranos ni las más fuertes ideologías han conseguido imponer cambios en la esencia del hombre y su actuar. No parece razonable pensar que regímenes políticos representativos, o la actividad de grupos de presión, pudieran lograrlo. Debe aceptarse, más bien, la realidad y construirse sobre ella.
El hecho es que se producen abortos. Eso indica una cosa a primera vista: a un conjunto nada desdeñable de la población (personas, pants-wearing primates) no le parece que unos pares de hebras de ADN definan a otra persona. Porque o nadie atendía en clase de Biología o todos son conscientes de que cuando se produce la fecundación hay material genético humano novedoso y único, y a pesar de ello esta consideración, me atrevo a aventurar, pesa entre poco y nada en la decisión de interrumpir un embarazo o no.
Empecemos con una en la frente, de esas que algunos no se esperan: desde el punto de vista de especie, la protección de la vida humana está sobrevalorada. No sólo no es cierto que todo el mundo considere la vida humana sagrada, sino que es bastante común encontrar que ante un homicidio se reclame ojo por ojo. En cuanto animales, a veces incluso racionales, la gran mayoría de individuos de nuestra especie no tienen mayor problema en que mueran unas cuantas personas cada día mientras no sean de nuestro entorno. O, por decirlo en otros términos más conocidos en nuestro país, que ETA asesine a cinco o seis personas al año ya asume una derrota de los terroristas por incapacidad, mientras que consideramos asumiles esas bajas en cuanto es imposible evitar totalmente que un loco lleve un arma.
Aunque lo parezca, lo siguiente no es pedir la libertad para los reos de asesinato. Que matar y agredir sea algo verdaderamente humano no significa que sea aceptable, ni social ni personalmente, ni siquiera que no deba ser una conducta marginal como de hecho es en la actualidad en los países civilizados. Entonces, ¿vive la sociedad en una especie de bifurcación de personalidad? Es decir, ¿cómo se puede repudiar casi instintivamente y en frío el asesinato y sin embargo no plantearse cuánto hay de eso en el aborto? Sencillamente, porque la mayoría no piensa en un embrión como en una persona.
Somos seres eminentemente sociales. Eso no quiere decir que ser humano equivalga a ser social, sino que nuestra experiencia y relación con el mundo que nos rodea modifica nuestras convicciones y percepciones. Son nuestros sentidos los que nos hacen conferir derechos y deberes a las personas y objetos que percibimos, porque un derecho sin reconocimiento implícito de los demás es sólo un principio violable. Y un embrión no es susceptible de ser sentido, ni de sentir.
No soy mujer, por lo que nunca quedaré embarazada, pero supongo que uno de los momentos más felices que ellas pueden vivir es aquél en el que notan por primera vez a su hijo en su seno. Cuando lo notas verdaderamente, como algo separado de ti y dentro de ti. Antes de ese momento, sabes que estás gestando a otro ser humano; a partir de ese momento, estableces contacto -sientes- a ese ser. Para cuando se produce movimiento, el nuevo ser ya tiene encarrilado su desarrollo y es capaz de sentir el mundo que le rodea. Es por esto que no es de extrañar tanta idas y venidas en los plazos que unos y otros han considerado como aceptables o menos punibles a lo largo de la Historia.
Más allá de las relaciones químicas que establece un conjunto de células con su entorno, el embrión de pocas semanas no siente el mundo que le rodea. Al menos, no lo siente en el sentido en que lo siente una persona.
No podemos dejar de ser lo que somos. Vivimos de acuerdo a nuestros sentidos, que nos indican qué existe y qué no más allá de sutilezas metafóricas y metafísicas. Aunque hayamos subido la montaña del pensamiento, nuestras conclusiones no se convierten en convicciones irrenunciables para toda nuestra especie.
Mi conclusión es sencilla. Mis principios existen y me dicen que si hubiera de considerar un momento de aparición de un nuevo Homo sapiens, ese momento es la fecundación. Comprendo que mi opinión (pues es eso al fin y al cabo) no es compartible por todos, pero no me atrevería a calificar de persona al embrión hasta que no es capaz de sentir como individuo, esto es, hasta la aparición del sistema nervioso. Comprendo que haya quienes consideren que un embrión es una persona desde su misma aparición por argumentos puramente racionales, pero entiendo que esos argumentos están una capa por encima de nuestro carácter humano, que no suele detenerse en esas consideraciones por dos hebras de ADN por muy únicas e irrepetibles que sean. Entiendo que una restricción total del aborto, de acuerdo a los principios y sus derivadas, sólo provoca clandestinidad, escasez de salubridad y peligro sanitario porque, repito, el hecho es que el aborto se practica. Podemos intentar hacer cambiar de opinión a la mayor parte de la población, o podemos intentar minimizar los daños.
Sinceramente, creo que una Ley de Plazos razonables es la solución. La palabra clave será razonables.