El Destino del Iscariote

It's better a Kiss of Death than nothing...

30.03.09

El Panfleto de Madrid

Ya lo dije hace poco: el aborto me provoca un serio problema moral. Admito que soy susceptible a los discursos sobre la unicidad (en Matemáticas los más bellos teoremas prueban existencias únicas), originalidad y demás características similares. Soy un individualista, por lo que acepto con agrado que me ronden apelando al yo y no al nosotros.

Por si nadie se había dado cuenta, el debate real en este asunto se centra en cuándo aparece el ser humano. En la anterior entrega explicaba que suelo entender, en el sentido humano del término, las visiones maximalistas auspiciadas por esos argumentos que tanto me atraen. Toda la indiferencia que me producen las objeciones religiosas se traduce en un inmenso interés si se trata de individualismo. Y si embargo, sigo apostando por una Ley de Plazos. No sólo porque desde un punto de vista social (esto es, legal) igualar embrión con persona sea un sinsentido, sino porque desde un punto científico es básicamente otro. Y si cabe de mayor calibre.

Es comprensible que se rehuya el asunto, pero eso no hace que el debate sobre el aborto deje de ser puramente moral. Intentar conferir a un embrión todas las características de una persona mediante la apelación a la ciencia no es más que un intento de sustentar las propias convicciones morales, pero a la vez es un juego peligroso. Porque la ciencia es descriptiva, no prescriptiva, y nos dice que en el encuentro de un óvulo y un espermatozoide se conjugan por primera vez los detalles genéticos de un posible nuevo ser humano, pero no nos dice en modo alguno que ese resultado sea una persona. Somos nosotros los que arropamos de derechos, algo que la ciencia ni entra a discutir. La pena de muerte no equivale a la negación de la Ley de la Gravedad.

Por esto, porque incluso siendo partidario de una Ley de Plazos (en la que el primer plazo sea razonablemente corto) y teniendo los oídos prestos a escuchar lo que desean oír, es difícil permanecer impasible ante el despropósito que supone la Declaración de Madrid. No es sólo su expresión escrita, cuyas faltas de ortografía deberían avergonzar a los centenares de profesores de universidad y académicos que la rubrican (aunque cabe la posibilidad para nada remota de que esto sea culpa de HO, desde donde he descargado el documento), ni su intento sutil de dirigir el asunto como si sólo existiese un punto de vista posible, que comentaré más adelante. Lo que más chirría es lo anticientífico que es.

«Existe sobrada evidencia científica de que la vida empieza en el momento de la fecundación» y empezamos a jugar con trampas. Es un recurso bastante manoseado, pero no por ello menos efectivo. Existe sobrada evidencia científica de que en la fecundación aparece una célula cuya carga genética corresponde a un ser humano, que en determinadas condiciones dará lugar a una persona, y que está viva. No es exactamente lo mismo, pero puede parecerlo a quienes intentan vestir de sus propias conclusiones las mismísimas premisas. Sólo de esta manera se puede entender que en este mismo punto se afirme que «la Biología Celular explica que los seres pluricelulares se constituyen a partir de una única célula inicial, el cigoto», un dislate mayúsculo que muestra el tono y la finalidad del panfleto: el deseo de ilustrar a las masas: escuchad, oh pueblo iletrado que aborta, todos lo que la ciencia dice, y veréis que nuestras conclusiones son inapelables. Falaz.

Si se atisbaba al comienzo, el segundo punto es directamente rompedor: «El cigoto es la primera realidad corporal del ser humano», y seguimos haciendo trampa con los conceptos. Porque si lo cierto es que todas las personas alguna vez han sido cigotos, no todos los cigotos llegan a ser personas, por lo que la simple lógica nos dice que haber sido cigoto es condición necesaria pero no suficiente para ser persona. Si aceptáramos sin más que «un aborto no es sólo la interrupción voluntaria del embarazo sino un acto simple y cruel de interrupción de una vida humana» deberíamos aceptar que cerca del 50% de la Humanidad termina su día (o sus pocos días) de una manera cruel. Ese es el porcentaje de óvulos fecundados que son expulsados sin que nadie se entere de que existen. Una mitad de todas las ¿personas? que en el Mundo han podido ser, desechados por un órgano reproductor natural imperfecto. Sin contar con entre el 15% y el 20% de abortos espontáneos una vez que la madre conoce la situación de gestación y que de nuevo se producen por causas totalmente naturales. Y si a esto añadimos que «la naturaleza biológica del embrión y del feto humano es independiente del modo en que se haya originado, bien sea proveniente de una reproducción natural o producto de reproducción asistida» sólo entiendo un modo posible de actuación, y conlleva el ingreso hospitalario de todas las mujeres tras practicar el coito por no menos de una semana, sumado a la prohibición total de cualquier técnica de fecundación artificial que genere embriones no implantados. Como comprenderán no me parece una salida muy razonable.

Lo que nos están diciendo estos declarantes es que tu cuñado, tu vecino, tu primo o incluso tú mismo eres un asesino. Cualquier persona que conozcas que ha usado una técnica de fecundación que genere embriones sobrantes es un asesino. Si eres mujer y alguna vez has practicado el coito sin protección, es muy probable que seas una asesina y ni siquiera lo sepas. Tu novio o marido será cómplice necesario (y ciego, claro). A mí me parece una auténtica barbaridad, pero es la conclusión lógica si se apela a los principios y sus derivadas sin dejar que la Realidad te destroce un buen marco conceptual. Más difícil respuesta científica-versión-madrid tiene el caso de los gemelos univitelinos, que a falta de compartir alma ahora comparten carácter de persona, pero apelar a la ciencia para paralizar el conocimiento científico que mejora realmente y de modo palpable nuestras vidas (como por ejemplo la investigación con células madre embrionarias o la selección embrionaria para la cura de enfermedades) es cuando menos complicado.

Más allá de la falacia que se intenta hacer pasar por ciencia, ya he señalado que el lenguaje delata el interés de los relatores: mostrar de costado las premisas y dirigir mediante el verbo las conclusiones. De otro modo es imposible entender ciertas frases. «Es preciso que la mujer a quien se proponga abortar adopte libremente su decisión, tras un conocimiento informado y preciso del procedimiento y las consecuencias». Cualquiera está de acuerdo en que a una mujer que decide abortar o que duda sobre abortar o que tiene la idea de que es posible que aborte (se me acaban las perífrasis que lo dejen claro) se le debe informar sobre el procedimiento y las consecuencias reales que el procedimiento implica. Pero a las mujeres no se les propone abortar sino que ellas a veces deciden hacerlo. Lo escandaloso de la redacción (por reducir a las mujeres a meros objetos que gestan y reciben proposiciones) sin embargo es lo único que les queda. Nadie con dos dedos de frente se atreve a sugerir en público que toda mujer que aborta es una asesina (por lo que dije la última vez: la consideración moral del embrión no es socialmente la de una persona), mejor que sea una engañada. ¿Nadie? ¿O será que faltan dedos en la frente? Veamos…

«El aborto es un drama con dos víctimas: una muere y la otra sobrevive y sufre a diario las consecuencias de una decisión dramática e irreparable. Quien aborta es siempre la madre y quien sufre las consecuencias también, aunque sea el resultado de una relación compartida y voluntaria». Este drama, que como ya he señalado ocurre duplicado y en silencio por cada embarazo del que se tiene constancia, nos deja un reguero de miles y miles de muertos naturales. Recordemos que el término aborto engloba a estos también, y aunque los redactores del Manifiesto no hayan tenido tiempo de repasarlo (ni de oír hablar de poríferos) la Realidad es la que es. Mujeres que no sufren ninguna consecuencia. En fechas recientes, dos mujeres que conozco han sufrido abortos naturales, y en un estado de gestación ligeramente avanzado en un caso. Por desgracia, también he abrazado a una madre que acaba de perder a una hija. Que intenten hacerme ver que ambas cosas son equiparables, o que las primeras son insensibles (porque quien ha muerto era una persona, sus hijos, y ellas continúan viviendo sin mayor problema), me enerva mucho: ¿quién le ha dado a esta gente el derecho a definir qué acto es humano y cuál no? ¿De verdad creen que no se les nota cuando llaman «madre» a la mujer que lleva un simple embrión y que posiblemente «vaya a ser mamá»?

Cuatro como los jinetes del Apocalipsis. Cuatro últimos puntos de un Manifiesto puramente ideológico, que para no desmerecer son aún más ideológicos. «Dada la trascendencia del acto para el se reclama la intervención de personal médico es preciso respetar la libertad de objeción de conciencia en esta materia». No en la sanidad pública. Parece que uno de los efectos colaterales de la eclosión es que se ha perdido por completo el significado del término público. En «sanidad pública», pública implica precisamente que deben realizarse todas las actuaciones que la Ley contemple de acuerdo a sus facultades técnicas, pues es el público (el ciudadano) el que la mantiene para ello. Un impulso jacobino me empujaría a invitar a todos los médicos de la sanidad pública con problemas de conciencia a marcharse al sector privado, pero una charla que tengo muy presente con Daniel Tercero me modula: puedo llegar a aceptar la objeción de conciencia en la sanidad pública siempre que ésta, por su número, no ponga en riesgo el deber de servicio para el ciudadano. Por tanto, además de respetarla, habría que regularla de manera que no se produjeran situaciones de dejación de funciones.

«El aborto es además una tragedia para la sociedad. Una sociedad indiferente a la matanza de cerca de 120.000 bebés al año es una sociedad fracasada y enferma» llega ya al punto en el que le sobran los disfraces. Un aborto es una matanza. Donde antes a las «madres» se les «sugería» abortar, ahora tenemos a un ejército de «asesinas». No es casual que aparezca este punto cerca del final: una vez falseados los resultados científicos para revestirlos con el lenguaje de las convicciones que preferimos el público debe haber aceptado ya nuestra retórica y éste es el paso natural. Como los peones negros y su intento de socializar la duda, este experimento de ingeniería social intenta que asociemos mental e irreflexivamente (en ambos sentidos) aborto con crimen. Y ya no sólo no son pulcras las «madres» sino que es nuestra culpa. En Occidente nos encanta sentirnos culpables, quizás ahí han encontrado un filón, pero mi percepción me indica que les costará algo más que un panfleto moralista.

Lejos de contentarse con insultarnos (ser cómplice de asesinato me parece bastante despectivo) como personas intentan además insultar nuestra inteligencia. Porque no sólo el texto tiene un regusto a cañada prefabricada, sino que al final pierde cualquier atisbo de pequeño hilo enganchado a la Realidad. «una Ley del aborto sin limitaciones fijaría a la mujer como la única responsable de un acto violento contra la vida de su propio hijo». ¿Alguien en su sano juicio, descontando ciertos grupúsculos marginales que ojalá estuvieran más lejos, habla de aborto libre y sin restricciones? Más allá de esta descomunal falacia podemos ver cómo en la redacción se encuentra la respuesta. Al señalar lo obvio (que la mujer suele ser la última responsable de la decisión de abortar) de una manera tan acusatoria se convierte una elección en la que no se daña ninguna persona en un acto violento. Olvidan estos madrileños el asunto de la «reproducción asistida», seguro que porque aquí no calza: ¿son los padres de un niño recién nacido mediante inseminación artificial responsables de «actos violentos» contra todos sus decenas de embriones-hermanos? Si es así, ¿pueden indicarme por favor el camino de vuelta a mi Universo?

De hecho, todavía se puede ir más lejos y retorcer aún más el asunto. «El aborto es especialmente duro para una joven de 16-17 años, a quien se pretende privar de la presencia, del consejo y del apoyo de sus padres para tomar la decisión de seguir con el embarazo o abortar. Obligar a una joven a decidir sola a tan temprana edad es una irresponsabilidad y una forma clara de violencia contra la mujer». Este tipo de tergiversaciones se suelen llamar hombre de paja pero creo que hemos desbordado ya el término: quizás sea más preciso catalogarlo de mentira. Se pinta un panorama de una niña pensando sola en un cuarto si debe abortar, y tras haber entendido que eso la convierte en asesina de sus hijos, cuando lo cierto es que ni el embrión tiene consideración científica de persona (al ser ésta una consideración plenamente moral) ni esa joven tiene por qué decidir sin consultar, preguntar y sopesar. Obligar a una chica de 17 años a la que se le rompe el preservativo a dejar toda su vida porque ni siquiera puede encontrar una píldora del día después sí que es violencia contra las mujeres, y si el aborto es un asesinato por los motivos del Manifiesto la dichosa pastillita será el próximo enemigo a batir. El perfil de principios lo permite, ¿lo hará la Realidad? De nuevo, no sé si me he equivocado de planeta, pero no conozco a nadie que nunca me haya contado nada contra este método. Nadie que no sea un cristofriki, quiero decir, que es lo malo de conocer demasiada gente.

No creo que los declarantes sean cristofrikis, aunque luego éstos los eleven a sus altares. Realmente existe una forma de ver el asunto que intenta beber del mundo científico para justificar la propia moral y su imposición a la sociedad, y lo que habría que preguntarse es dónde están los investigadores que trabajan con embriones en España que no contestan a semejante sarta de insultos a su trabajo. Dónde está la divulgación científica seria que contrarreste este pseudo-cientifismo de nociones y certezas, de sesgos ideológicos y tonterías mostradas como a niños de primaria. Desde un punto de vista científico, este panfleto no debería quedar sin respuesta. Porque no se nos presenta una defensa de la vida sino una correa amordazante que tiene en la oposición al debate serio sobre el aborto su ariete, pero que sin duda, y sin mudar de discurso, aspira a mucho más.

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