Vía @GCRMmedia.
Vía @GCRMmedia.
Decía el otro día Jorge Marirrodriga que Europa no subestima al Irán de Ahmadineyad, sino que realmente está encantado con la idea de una tener una potencia armamentística en la zona. Yo no soy tan optimista: no creo realmente que haya conciencias definidas a favor (que siempre podrían volverse reacias), sino una total apatía hacia el asunto sin visos de cambio futuro. Apatía que quizás podría explicarse apelando al histórico aislamiento español y el afán de llevarse bien con todo el mundo, si no fuera porque afecta a todo el continente salvo pequeñas excepciones.
El pasado mes de Abril, entre aspavientos mediáticos, los representantes de nuestras democracias occidentales tuvieron a bien no hacernos pasar demasiada vergüenza y plantaron al presidente iraní en su discurso de apertura ante la Conferencia de Examen de Durban que tuvo lugar en Ginebra. Una parte de Occidente, y sorprendentemente una gran mayoría de ellos se hace llamar de izquierdas, reaccionó al hecho como si el plantado fuera un presidente de la mismísima UE. En La Vanguardia se presentó como una mala noticia para la lucha contra la creciente xenofobia e intolerancia del mundo, mientras se despachaba la evidente megalomanía del líder iraní rebajando su deseo de echar Israel al mar a una mera bravuconada. A la vez, y sin que ello provoque ningún cortocircuito neuronal, se enlaza otra noticia: Irán se prepara para vender combustible nuclear a otros países.
Mientras tanto, a la población el asunto principalmente no le importa mucho. Hasta existe una respuesta estándar y acomodada, que viene a ser algo así: Sí, Irán es un país un poco raro y quizás extremista en sus costumbres, pero mientras no se metan con nadie pueden hacer lo que quieran. Porque lo importante es eso: que hagan lo que quieran. Y si Israel es una potencia nuclear, no existe razón para que no pueda haber otra en la zona para defenderse de la primera.
Sin entrar en el eterno tema del derecho de Israel a existir (que es la verdadera madre del cordero invisible), quizá sea por un periodo tan raramente largo sin guerras o por un exceso de acomodo debido al Estado del Bienestar, pero la consciencia occidental sobre la realidad del mundo ha conseguido adormecerse y casi desaparecer. En el pasado revolucionó el continente por hambre y deseo de justicia e igualdad y ahora se conforma con muy poco. Se libró del absolutismo pero no tiene problemas en hablar con absolutistas y tratarlos como iguales. Ahmadineyad sí se quiere meter con alguien (y hace regalitos a Hamas que harían las delicias de cualquier etarra) y su pueblo no tiene derecho efectivo a elegir mientras Irán sea una República Islámica que somete a la mitad de su población. Ya no se oye en la boca de la propaganda izquierdista la apelación a lo que está bien o mal, sino a lo que se decide por mayoría o lo que es impuesto. Hay puñados de personas ahí fuera que constituyen mayorías aberrantes, pero en una especie de indulto general parece que es demasiado políticamente incorrecto decir que ciertos hábitos son crueles, aunque sean una costumbre arraigada en la cultura y por mucho respeto que se pueda exigir hacia ellos. Y hay cosas que no se deben permitir, como la posesión de ciertas armas, por mucho que el pueblo soberano de aquel lugar lo desee. Precisamente aquí, en este país y en este continente, deberíamos tener bastante claro que no todo está permitido ni por las urnas ni por las costumbres, pero por alguna razón que se me escapa hemos acabado creyéndonos la historia de que en el fondo todos somos buenos, o al menos no tan malos, y que si algo lo decidimos entre todos nunca podrá ser malo.
Se me olvidaba comentar una cosa. Al alba del 1º de mayo fue ahorcada Delara Darabi, en la prisión de Rasht, al norte de la República Islámica. Tenía 23 años, y fue condenada por colaborar en un homicidio cometido cuando contaba 17. pero en Irán si cometes un crimen siendo menor esperan sin problemas a que cumplas 18 para matarte. ¿Y he mencionado ya que el pasado día 5 se apedreó a un hombre por adulterio? Quizás no debería comentar estas cosas, ya que dicen que fomentan la islamofobia, pero es que no termino de entender cómo celebramos tanto una moratoria en la pena de muerte en Estados Unidos (y es algo que yo celebro), teniendo en cuenta la seguridad jurídica propia de una democracia garantista, mientras de Irán y su sistema de justicia no se habla aunque en la última semana haya ejecutado a más de 20 personas.
No es ya que veamos a estos presidentes como iguales a los nuestros, es que los creemos libres de pecado y les damos piedras en forma de sillón en las reuniones. Y claro, las tiran. Mientras tanto, en Pakistán…
Las listas de Berlusconi para las elecciones europeas son una desvergüenza. No lo digo yo, sino su mujer Verónica Lario. Tan atroz parece la idea de presentar candidaturas basándose en la talla de sujetador que al final el primer ministro italiano tuvo que dar marcha atrás.
Y es en realidad una idea atroz. O tal vez no, dependiendo de con qué se compare. Supongo que lo más a mano para sopesar es la política paritaria de Zapatero. Y aquí es donde saltan mis alarmas: José Luis no sale bien parado.
Imaginemos por un momento que todas las ministras tuvieran la percha (la expresión es relevante al argumento) de Aído o de Quiroga. Es de suponer que todo el mundo pondría el grito en el cielo: se ha nombrado a la mitad de los miembros del gobierno atendiendo a cosas como las medidas corporales o el grosor de los labios.
Sin embargo, las críticas a la decisión paritaria se despachan etiquetándolas de machistas, lo que me lleva a suponer que lo que hace atroz la idea de Berlusconi no es que quiera poner a mujeres en la lista al Parlamento Europeo, sino que sean guapas y sin preparación. ¿En qué medida afecta cada uno de esos dos factores?
Paradójicamente, en el fondo la concepción de Zapatero y la de Berlusconi no distan tanto. Mientras el español hace de la cantidad su meta, el italiano aspira a la calidad (en su particular escala de valores femeninos, claro), pero ambos comparten la idea de que la imagen de la mujer vende electoralmente. Porque si Berlusconi se equivoca, lo hace al elegir a guapas no preparadas, no a guapas a secas: el error es la falta de preparación para el cargo propuesto. Algo de lo que aquí también pecamos. Si aceptamos la cuota paritaria en gobierno y desechamos las críticas lícitas con pretextos de machismo lo único que nos queda para criticar a Berlusconi es la belleza de sus elecciones.
A mí Il Cavaliere no me cae nada bien, pero el jodío tiene buen gusto. Su idea es francamente atroz, tanto que las candidatas a ser elegidas tenían que pasar un curso para enterarse de a qué aspiraban. Aquí nos reiremos por ello, mientras nombramos a nuestro gobierno por cuotas de género (antes sexo) o cuotas federativas (que nunca nadie olvide a Maleni o a Blanco). La meritocracia hace tiempo que abandonó el Mediterráneo.