El Destino del Iscariote

It's better a Kiss of Death than nothing...

25.10.09

Apología de la blasfemia: un nuevo enfoque

Antecedentes

Lo he intentado. Lo he intentado muchas veces, y me consta que no soy el único. Todos en nuestra vida hemos pasado por el trance en alguna ocasión. ¿Quién no ha abierto la puerta y al menos una vez se ha encontrado con una pareja de Testigos de Jehová? Si no es tu caso, aún hay tiempo. Puede que los despaches rápido sin dejarles presentarse siquiera, pero ya lo has hecho. Ya has tenido contacto con creyentes. Otros, además de esperarlos en casa armados con balas de plata, salimos en su busca. Aparentemente gustan dividirse en distintas facciones, dependiendo del número y vestimenta de sus dioses, aunque hay un desequilibrio muy acentuado a favor de los que prefieren a un único amigo imaginario rodeado de una cohorte de mini-seres-superiores.

No es necesario siquiera hacer el esfuerzo de entrar en foros y listas de correo dedicadas a temas tan peliagudos como la sola fide o la reencarnación tántrica (aunque servidor se declara culpable de lo primero y desconocedor de lo segundo), todos tenemos familiares creyentes e incluso es posible que hayamos nacido en una familia de padres creyentes. De hecho, los creyentes están por todos lados. Si uno echa un vistazo a la Historia y al material del que está hecho el ser humano entiende cómo están ahí. El por qué sigue siendo un misterio.

Razonar no siempre funciona

Los creyentes, como todo parece indicar, creen. A pesar de la vasta cantidad de cosas en las que creer, los creyentes se decantan casi unánimemente por amigos imaginarios, seres superiores intangibles e inaprensibles que dirigen el Cosmos y, por ende, la vida humana. Algunos de ellos incluso gustan proclamarlos miembros de su familia, y los conciben como padres, madres o hermanos. Otros los prefieren en versión consciencia de la naturaleza, o incluso señores de la guerra interestelar.

Si todo esto te parece sorprendente, aún no sabes lo mejor. Los creyentes pretenden que sus amigos imaginarios no puedan ser criticados.

Al principio se te escapa una risa floja. Je, je, cómo no voy a poder cagarme en dios. Si se te ocurre tener ese desliz en presencia de un creyente, la intensidad de su mirada te convencerá de que en efecto habla en serio. Sal del shock. Sí, nadie espera tener que argumentar algo tan elemental (cuando dos personas se ponen a hablar, es de suponer la existencia de unos mínimos de comprensión mutua o hacemos el panoli) pero así es la vida, ofreciendote nuevos retos y violáceos horizontes. Es bastante probable que apeles a los tres clásicos.

Primero, que lo que se debe respetar son las personas y no las ideas. Dead end: un creyente sostiene eso, y además que sus ideas son respetables porque, en efecto, son las verdaderas. No sigas.

Segundo, que puedes criticar a sus amigos imaginarios tal y como criticarías a sus amigos físicos si dijeran lo mismo que los otros. No por poner una idea en boca de un ser invisible es mejor, dirías. Stop: olvidas el elemento revelación. Un creyente sostiene que sí hay una graduación moral en las normas basada en de boca de quién salen, y en esa lista su amigo imaginario va siempre el primero. Enlazando con lo anterior, esto es así porque, de nuevo, sus ideas son las verdaderas.

Tercero, que puedes criticar a sus amigos imaginarios porque son parte de nuestra propia cultura. Dirás que, además de su perfil religioso, tienen otro meramente social. Fail: recuerda que estás hablando con los que dicen tener la exclusividad acerca de la nomenclatura civil del matrimonio mientras sus vicarios se abstienen voluntariamente de ejercerlo. Están francamente acostumbrados a tomarse como propios los asuntos de terceros, incluidos los iconos culturales y los compañeros de alcoba. De nuevo, y enlazando con lo anterior, porque los creyentes sostienen que sus ideas son verdaderas de acuerdo a su amigo imaginario.

Ponte en su lugar

Seamos serios: siglos de debate religioso no han permitido erradicar a los creyentes. Sí, ya no mandan e imponen, pero siguen siendo tremendamente irracionales y hay que convivir con ellos. Un desastre, vamos. Uno no puede perder el tiempo tres veces al mes encontrándose con creyentes exigiendo respeto a sus ideas verdaderas reveladas por su amigo imaginario y respeto a las representaciones idealizadas de su amigo imaginario y respeto a las intromisiones en ls vidas ajenas porque su amigo imaginario se lo ordena. La estrategia de debatir no funciona. Hay que usar técnicas novedosas, y a falta de telepatía o lectores de mentes lo mejor es intentar ponerse en su lugar. No para pensar como ellos, sino para defenderte como ellos. Partamos de la base de que existe un amigo imaginario supremo (sin perder generalidad: en caso de ser varios los dioses seguro que pelean para jerarquizarse, et voilà), peldaño básico en la escalera de entrada a la mente del creyente, y tiremos del hilo…

Moisés fue un blasfemo. Un blasfemo contra los dioses egipcios, claro. Se le perdona porque su dios era más verdadero que los Serapis, Isis, Set y demás fauna. Digámoslo de otra manera: el amigo imaginario supremo eligió a Moisés para blasfemar contra los dioses egipcios y extender su culto, que se basaba en haz esto o te mato. Si no lo adorabas, ibas derechito al infierno físico. Un dios militante, vaya.

Jesús fue un blasfemo. Un blasfemo contra el dios del Antiguo Testamento. Se le perdona porque su dios era más verdadero que los días de reposo sagrados, la blasfemia (ha dicho Jehová) y la lapidación de adúlteras. Digámoslo de otra manera: el amigo imaginario supremo eligió a Jesús para blasfemar contra el dios del Antiguo Testamento y extender su culto, que se basaba en haz esto, cariño, que no te quiero castigar. Un Jesucristo colega dios enrollado, al que si no adoras parece que te tendrá una eternidad de cara a la pared.

Veamos la tendencia. Cada amigo imaginario supremo imperante se dedica a blasfemar contra los anteriores para extender su culto, basado cada vez menos en la autoridad hasta llegar a veces a la condescendencia: dios muerto por el hombre. Qué patetismo de amigo imaginario, y qué mente más cruel la que lo imagina, pero no estamos aquí para juzgar sino para, repito, ponernos en su lugar. Literalmente.

Ha llegado un nuevo amigo imaginario supremo. No tiene nombre ni culto, pero cumple a rajatabla la premisa de la blasfemia contra los dioses anteriores. Además, siguiendo la curva en descenso imparable según la cual los creyentes prefieren amigos imaginarios con cada vez menor autoestima, el nuevo amigo imaginario supremo nos pide expresamente que lo despreciemos. De corazón. Cágate en dios sustituye al viejo amén. Y siguiendo la tendencia de rizar el rizo, si no lo adoras (es decir, si no blasfemas) te cortará el ADSL.

Esto, que evidentemente es una gilipollez, puede resultar muy útil cuando se debate con creyentes. Porque está escrito en su mismo lenguaje, en unos términos que pueden entender perfectamente (cuidado: si dices amigo imaginario y no dios pueden enfadarse) y con una autoridad moral que les resulta perfectamente natural. No es necesario que empieces a creer en el nuevo amigo imaginario supremo, es una invención (¡cazurro!). No tenemos que ponernos a construir templos ni redactar leyes sagradas y fingir que vienen de nuestro bisabuelo el camellero, ni inventarnos una cara amable y fotogénica para nuestro amigo imaginario supremo. Sólo recuerda fingir adorarlo cuando te encuentres con un creyente.

Algunos dirán que darles la razón como a los locos. Casi: no les das la razón, les dices que su fe ya no es la verdadera. En lo de locos ya no entro.

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