El Destino del Iscariote

It's better a Kiss of Death than nothing...

El Destino del Iscariote

Who’s Judas

No me llamo Judas, y eso es todo lo que tengo que decir sobre mi nombre. Ese es mi nick en Internet. Me gusta la idea del anonimato de la Red, pero esa no es la razón para no firmar con mi nombre. Difumino mi identidad en un pseudónimo porque mi nombre es irrelevante. Un nombre no define, sino que identifica. No añade información real sobre la persona nombrada, sino etiquetas como marcas sobre la piel del ganado.

Vivo en un pueblo a unos 15 kilómetros de Murcia capital. Sin embargo, me siento culturalmente más cercano al modelo anglosajón que al latino. Tengo una extraña aversión a la música cantada en castellano, salvo contadas excepciones. Casi todos mis libros son traducciones de originales ingleses, y los pocos que son originalmente en castellano son verdaderas y extrañas obras maestras para mí.

Hace 10 años empecé a estudiar la Licenciatura en Matemáticas por la Universidad de Murcia. En realidad, me queda bastante poco para acabarla (y espero editar esto pronto) pero diversas circunstancias han ido provocando mi alejamiento gradual del ambiente académico. Es algo que lamento, pero la vida viene como quiere.

Sin embargo, eso no me impide ser intelectualmente despierto. Me gusta escribir relatos cortos de vez en cuando, soy un talibán linuxero y me considero un geek sin cacharros. Me gusta aprender todo aquello que necesito. Si quiero publicar algo en la Red busco manuales de HTML y CSS y escribo todo desde cero en texto plano. WordPress me ha abierto el Universo del php, y ya hago mis pinitos cutres (como puede verse en la personalización de mi Biblioteca). A veces me gusta pensar en mí mismo como en un Hombre del Renacimiento, que sabe un poco de todo, pero luego veo lo presuntuoso del asunto (nadie quiere ser un todólogo experto en nada) y me doy cuenta de que en realidad entiendo de muy pocas cosas, pero esas cosas las tengo muy entendidas. El secreto es que soy un poco maniático, y si hago algo me gusta hacerlo bien. Y hacerlo yo. Vale, soy muy maniático.

En este blog, por tanto, verás entradas sobre muchos temas variados, pero hay uno que destaca por ahora. No sé por cuanto tiempo durará, pero de momento me absorbe. Es la Política con mayúsculas y, en menor medida, la acompaña su prima la politica con minúsculas.

Políticamente me decanto a la izquierda. Una izquierda firme, decidida y comprometida. Pero a la vez reconozco que atípica. Es fruto de muchos otros matices, así que mejor ir poco a poco.

Me declaro ateo militante. Inicié mi vida como todo españolito medio: bautismo y comunión católicas. A los 15 años empecé a jugar con conceptos teológicos bastante profundos para esa edad, ese ambiente social y ese todo. Terminé asistiendo a una Iglesia Evangelista Pentecostal. Diversos y muy dolorosos acontecimientos forzaron mi salida de dicha Iglesia, pero aunque me provocaron una crisis personal (y de fe) bastante importante, mantuve mis convicciones religiosas durante otros dos años, momento en el que decidí enfretarme a mis dudas y usar el raciocinio. Llegar a poder declararme ateo fue un logro personal del que estoy muy orgulloso, pero que sé encuadrar perfectamente en lo que significa realmente: nada.

La llegada de mi ateísmo provocó un interrogante mayor. Eliminado el Gran Hermano, el Pater, la sensación de vacío era inmensa. El abismo se abre justo frente a ti y sabes que vas a caer irremediablemente. Urge entonces dotar a la propia vida de sentido, juzgado falso el comunmente aceptado. A unos les da por el animismo, los Cuartos Milenios y las energías positivas. Yo me encaminé al racionalismo.

Tengo un extraño don. Es una capacidad que me ha costado, sin embargo. En los primeros años de carrera mis compañeros solíamos reunirnos a resolver ejercicios de Álgebra en casa de alguno, para intercambiar ideas y tratar de encontrarnos en esa selva extraña donde todos habíamos acabado sin saber muy bien por qué. Ahí me di cuenta de algo: cuando leo u oigo un razonamiento no correcto salta una especie de alarma dentro de mí. No puedo evitar verlo. Falacias lógicas, ideas no completas y que necesitan hipótesis extra, todo tipo de problemas que puede presentar un novato en temas avanzados de Álgebra, todos señalados.

Así, he ido construyendo mi forma de ver el mundo por negaciones más que por afirmaciones. Descreo del cristianismo, judaísmo, islamismo o cualquier sistema religioso. Reniego del platonismo, la peor idea que ha sufrido Occidente desde que el Mundo es Mundo y a la vez su base más básica, por la que caerá si tiene que caer. Y vocifero aún más fuerte que no creo en la Naturaleza Humana: nada tienen en común dos seres humanos salvo lo irracional, y tal vez ni siquiera eso.

Partiendo así de tan escasos axiomas, declararse de izquierdas es un salto cualitativo importante. Para poder hacerlo uso dos armas: la Declaración Universal de los Derechos Humanos y las tres máximas revolucionarias: Libertad, Igualdad, Fraternidad.

Me considero un activista pro-DDHH, aunque soy consciente de que mi activismo es de baja intensidad. Sin embargo, los Derechos Humanos son el principal pilar en el que asiento mi ideología. Y hago una lectura muy amplia de ellos. Donde la izquierda mayoritaria suele ver clases yo veo personas, seres humanos. No niego ningún axioma izquierdista, sólo miro más de cerca.

Entiendo la Libertad como la posiblidad de ejecutar actos según la propia voluntad legítima. Comprendo que deben existir ciertos límites a la Libertad, y fijo su límite superior en aquellos actos que suponen una vulneración de los Derechos Humanos de un tercero. Eso significa que esa es la limitación básica que asumo, si bien puede sufrir ligeras variaciones puntuales y justificadas (véase el caso de las condenas a privación de Libertad, o sea, la cárcel).

La Igualdad no es un fin, sino un medio de vida. Esperar que todas las personas traten igual a todas las demás es absurdo. Esperar que la Administración lo haga es lo mínimo. Defiendo la Igualdad en cuanto igualitarista, no en cuanto normalizadora o adocenante. Creo en la Igualdad porque creo que todos los seres humanos son idénticos en derechos. Esa es la Igualdad en la que creo.

Fraternidad es solidaridad. Pensar en los demás, ponerse en su lugar, empatizar. Ser capaz de tratar de entender los puntos de vista ajenos, aunque sigas sin compartirlos y los sigas creyendo equivocados. Llorar con lágrimas de otros, reir con bocas desconocidas. Sentir en términos humanos, en todo lo que ese adjetivo significa, si es algo.

Creo que con esas premisas la sociedad no sólo progresaría de manera vertiginosa (y de ahí mi etiqueta de progresista) sino que viviría en una utopía real. Pero como las utopías no son reales, parto de la base de que ésta tampoco es realizable. Como he dicho, no creo que exista eso que se llama Naturaleza Humana, pero sí creo que existen comportamientos de seres humanos que siguen patrones. Y en el modelo mundial que mantenemos intentar encontrar a alguien con responsabilidades y, sobre todo, poder, que mantenga radicalmente esos principios es directamente perder el tiempo. Entre la sociedad masiva también escasean. Y como esta utopía necesita de mucho radicalismo para poder siquiera esbozarse, y ese radicalismo no existe, se queda en ideal y punto.

Aún así sigo definiéndome como progresista, porque creo que la Humanidad tiene el potencial para progresar aunque finalmente no lo hiciera. Pero el progresismo en sí no justifica la etiqueta zurda. Ésa necesita otra explicación. Cuando uno piensa en el eje tradicional izquierda-derecha, a veces le viene a la cabeza la imagen de hordas de campesinos harapientos que asaltan la mansión del noble de turno que es sorprendido junto al fuego del hogar. La izquierda defiende los intereses del harapiento, muerto de hambre, mal pagado y casi esclavizado, aunque éste hay asaltado la casa del noble y golpeado a su mujer. La derecha defiende los intereses del noble, asaltado en su propia casa, heredero de tradiciones y gestas, aunque éste sea un déspota malnacido que azota a sus campesinos. La izquierda trata de igualar condiciones humanas, aunque tradicionalmente ha hecho la vista gorda a los abusos cometidos en nombre de las masas. La derecha trata de mantener privilegios, aunque eso suponga mantener desigualdades.

Obviamente esa caricatura del binomio izquierda-derecha admite multitud de matices, peros y sin embargos. Pero (éste es el mío) la igualación izquierda=progresismo, derecha=conservadurismo no es trivial, y sin embargo parece acertada. La izquierda trata de progresar, la derecha trata de mantener. La eterna lucha entre la juventud que quiere sus propias normas y la senectud que cree que los cambios son, por definición, peligrosos, sobre todo para el propio status.

Pero no todo son palos a la diestra. La siniestra a veces hace honor a las connotaciones del propio vocablo y convierte sus ideales en pesadilla. Olvida la máxima de la Libertad y pregunta que para qué se quiere. Una vez en el poder dicta la Igualdad… para los demás, mientras disfruta desde su butaca en la cima del mundo dirigiendo almas hacia el edén colectivo, forjado con el sudor y la sangre de otros. Empatiza sólo con sus camaradas, y convierte en inhumanos a los enemigos, antes rivales, antes discrepantes. Deja de respetar al ser humano para convertirlo en un medio.

Ante ese panorama, un rayo de Sol: el compromiso con los principios. Una izquierda Libre, Igualitaria, Fraternal y estrictamente Humanista. Una concepción política donde el ser humano sea la piedra angular, donde los asuntos de todos se traten con la cabeza y no con el estómago. Una izquierda que rompa su propio marco y se haga transversal. Radicales. Liberales. Demócratas de base. Un grano más de arena en la revolución que nos debe tocar vivir.

Esa es mi Izquierda. Por eso me llamo izquierdista.