El sábado pasado llegué de Madrid a eso de la una de la madrugada. Había estado desconectado apenas dos días, pero llegué a tiempo de presenciar el nacimiento de algo, un movimiento que se ha dado en llamar la Revolución Verde. Es bastante probable que aún hoy, más de una semana después, no sepas de qué se trata. No debe extrañarte: a pesar de lo que algún gurú de Internet te quiera vender, al menos la parte internacional de dicha Revolución es un asunto principalmente virtual, con de momento escasas aunque sonoras expresiones en el Mundo Real. Hace falta una cronología.
Esa noche, mientras yo conducía por la Autovía del Mediterráneo y pensaba en que acababa de perder un cómic por no poder sintonizar la TDT, llamar por el móvil y evitar un accidente a la vez, miles de iraníes se echaban a la calle. El día anterior, viernes 12, habían acudido masivamente a las urnas para elegir a su Presidente, y una parte significativa de la población no dudaba de los resultados, sino que los consideraba un disparate de esos que provocan que te vayas a gritar a la puerta de tu casa. No han dejado de salir desde ese día.
Los dos días siguientes fueron un pequeño infierno. Rumores contradictorios apuntaban a la detención del principal líder opositor, de toda la oposición, de ninguno… A la vez, noticias contrastables confirmaban asaltos nocturnos a la residencia universitaria, donde milicias basij vestidas de paisano y armadas de porras apaleaban a los estudiantes. Cientos de vídeos inundan internet sin apenas ofrecer imágenes: son grabaciones nocturnas que recogen el grito poderoso desde los tejados rompiendo el silencio en señal de protesta. Aparecen testimonios de personal hospitalario que dan escalofríos, hasta el punto de que los médicos y enfermeros terminan manifestándose contra la represión que está llenando sus salas de heridos de bala. El miércoles se convoca una gran marcha en memoria de los asesinados que inunda de nuevo las calles. La respuesta del régimen es declarar nulos los visados de los periodistas extranjeros. Poco después les pedirá que dejen el país.
Durante todas esas noches de gritos en los tejados, las milicias (algunas importadas, como los miembros de Ansar-e Hezbollah) se dedican a destrozar mobiliario público y coches aparcados en la calles para poder culpar a los manifestantes. No contentos con ello, la televisión oficial PressTV muestra imágenes de las manifestaciones y las presenta como de apoyo al Presidente. En el exterior, The Pirate Bay se convierte en The Persian Bay durante unas horas, y el equipo de fútbol de Irán se juega las pelotas literalmente al atreverse a mostrar públicamente su apoyo al movimiento. La historia llega, si bien con documentos cuestionables, al Parlamento Europeo, donde en vez de amplificarse muere en el silencio.
Los días pasan, y se suceden los rumores acerca de división el el Parlamento iraní, en el ejército iraní, entre los propios clérigos de Irán. Una noticia de PressTV paraliza un instante la marea: una explosión en el santuario del líder de la Revolución; lamentablemente, y a pesar de lo sencillo que sería en comparación con las pruebas clandestinas de las demostraciones opositoras, no hay una sola imagen del suceso. Las manifestaciones siguen: cada día sirve de memoria de los caídos en el anterior. La represión también continúa. Ayer una joven de 26 años fue asesinada por un francotirador en los brazos de su padre. Hoy el Consejo de Guardianes reconoce que en 50 mesas electorales hay más votos que censados. Hay convocada una huelga general en un futuro aún no determinado. Hay cientos de detenidos y las comunicaciones están caídas casi todo el día. Nadie sabe a ciencia cierta cómo va a acabar esto, pero vamos a ser testigos directos si tenemos interés. Las cifras más conservadoras (esto es, las oficiales) reconocen poco más de diez muertos hasta el momento; otras fuentes hablan de un centenar y medio.
La mejor cobertura al detalle está en The Huffington Post, podéis bucear en su archivo de los días pasados. También siguiendo la etiqueta #iranelection en Twitter, aunque lo cierto es que el canal está lleno de ruido y es mucho más directo seguir a los twitters desde el propio Irán (los que hemos seguido el tema desde el principio sabemos quiénes son). Si uno presta atención y tiene algo dentro de la cabeza puede diferenciar entre rumores y noticias, y luego está la basura. Porque desde el inicio de esta crisis no pocos han preferido mantener una posición insostenible, basada principalmente en dos aspectos: la injerencia exterior y el elitismo de los twitters.
Sobre el primer aspecto caben pocas dudas, dada la marea de imágenes que nos muestran manifestaciones multitudinarias todos los días y en varias ciudades del país: Irán debería estar plagado de espías occidentales. La diplomacia internacional está actuando con un guante de seda, limitándose a condenar genéricamente la violencia contra los manifestantes pacíficos mientras muestra su deseo de que todos puedan expresarse pacíficamente. Lo más grave que Obama ha dicho al respecto es que el Mundo está observando, y que la calidad de Irán en el extranjero se mide por cómo trata a sus propios ciudadanos. De hecho, la injerencia extranjera actúa más bien al contrario: Siemens y Nokia ayudaron al régimen a montar su represión.
Otros prefieren apostar su carta a la pobreza, y nos presentan una situación donde las clases más bajas, auxiliados por el anterior Presidente mediante subsidios y demagogia, tienen derecho a imponer su visión a un grupo reducido de jóvenes ricos con acceso a internet. Para ello, alguno aporta como prueba cifras de la penetración de internet en Irán de 2005, cuando Twitter no existía. Para quien quiera actualizar su visión de las cosas, puede consultar los datos: desde 2005 a 2008 se ha triplicado el uso de internet, llegando el año pasado a una penetración del 35% y 23 millones de usuarios sobre un censo de 65 millones. Lo cierto es que hace ya meses que se habla del despunte de las redes sociales en Irán, donde han jugado un papel muy importante en la campaña del líder de la oposición en las pasadas elecciones. De hecho, si el tejido que permite las comunicaciones (no sólo internet, también móviles) no fuera tan extenso ni Irán hubiese necesitado a Nokia o Siemens ni se habría dado tanta prisa en dejar la Red al 10% de velocidad.
Es posible que quienes gritan un lunes por la desaparición de símbolos religiosos en centros oficiales el martes nos cuenten que hay que respetar a una mayoría de iraníes que piensan que las mujeres son seres inferiores, o que los homosexuales deben ser colgados (sin dar un sólo dato que certifique que, en efecto, una mayoría de iraníes acepta esas premisas), pero nunca se darán cuenta de su incoherencia. Hay quien ha llevado todo esto a su conclusión lógica: los twitters que dicen ser iraníes en realidad son tres amigos israelitas que están movilizando millones en Teherán, contra su propia voluntad y guiados por las noticias que no les llegan de agencias exteriores, gracias a la financiación de la CIA. No me lo invento, pero me ahorro el enlace. Es bastante probable que en círculos pseudo-revolucionarios dentro de no mucho se recuerden estas fechas como, en efecto, una inaceptable injerencia exterior en la nación soberana de Irán. De hecho, en España ya sobran los ejemplos.
A falta de ver para qué va a servir este levantamiento en el interior de Irán (se empiezan a oír voces que cuestionan la convivencia de la República y el islamismo en pie de igualdad ya que siempre termina lo primero bajo lo segundo), en el exterior ha servido para constatar algunas cosas. Como por ejemplo, que mucha gente no necesita información para tomar una posición sobre un tema, sino que sólo necesita que aquellos con los que quiere disentir se posicionen. O ni siquiera eso, sólo necesitan imaginar qué posición van a tomar aquellos de quienes quieren discrepar y automáticamente disienten. Es el caso de todos aquellos que llaman a no tomar posiciones mientras repiten incansablemente que los medios de comunicación mienten, a pesar de que las imágenes son tremendamente gráficas, el flujo de noticias fiables estable y nadie esté hablando de medios de comunicación. Te contarán alguna milonga sobre los intereses occidentales en la zona mientras les muestras a jóvenes valientes que salen a manifestarse con la cabeza descubierta hartas de que cuelguen homosexuales en la plaza pública, hartas de ser ciudadanas de segunda. Ciudadanos cansados, en definitiva, de no ser quienes dirigen su propia vida, sus propias costumbres, hartos de no poder expresar sus ideas ni desarrollar sus relaciones en libertad. Hartos, en suma, de ser tan distintos a nuestras democracias. Pero el bienestar y la libertad son algo que muchos hijos de estas democracias no están dispuestos a compartir.
Estas personas, que se quejan con razón cuando Estados Unidos bombardea un mercado en Irak o cuando Israel se excede en sus medidas militares, parecen incapaces de mover un dedo cuando los propios dirigentes maltratan a sus ciudadanos. No levantarán la voz si Hamas plantea una limpieza ideológica en Gaza, ni si el régimen iraní aplasta a unos jóvenes que sólo quieren tener la misma libertad que cualquiera de nosotros. En estos casos, siempre hay un bien mayor que empuja al silencio, si no a la comprensión, en una actitud que sorprendentemente es su principal acusación a los demás.
Estas personas no son de los míos. ¿Dónde están los nuestros, izquierda?
Decía el otro día Jorge Marirrodriga que Europa no subestima al Irán de Ahmadineyad, sino que realmente está encantado con la idea de una tener una potencia armamentística en la zona. Yo no soy tan optimista: no creo realmente que haya conciencias definidas a favor (que siempre podrían volverse reacias), sino una total apatía hacia el asunto sin visos de cambio futuro. Apatía que quizás podría explicarse apelando al histórico aislamiento español y el afán de llevarse bien con todo el mundo, si no fuera porque afecta a todo el continente salvo pequeñas excepciones.
El pasado mes de Abril, entre aspavientos mediáticos, los representantes de nuestras democracias occidentales tuvieron a bien no hacernos pasar demasiada vergüenza y plantaron al presidente iraní en su discurso de apertura ante la Conferencia de Examen de Durban que tuvo lugar en Ginebra. Una parte de Occidente, y sorprendentemente una gran mayoría de ellos se hace llamar de izquierdas, reaccionó al hecho como si el plantado fuera un presidente de la mismísima UE. En La Vanguardia se presentó como una mala noticia para la lucha contra la creciente xenofobia e intolerancia del mundo, mientras se despachaba la evidente megalomanía del líder iraní rebajando su deseo de echar Israel al mar a una mera bravuconada. A la vez, y sin que ello provoque ningún cortocircuito neuronal, se enlaza otra noticia: Irán se prepara para vender combustible nuclear a otros países.
Mientras tanto, a la población el asunto principalmente no le importa mucho. Hasta existe una respuesta estándar y acomodada, que viene a ser algo así: Sí, Irán es un país un poco raro y quizás extremista en sus costumbres, pero mientras no se metan con nadie pueden hacer lo que quieran. Porque lo importante es eso: que hagan lo que quieran. Y si Israel es una potencia nuclear, no existe razón para que no pueda haber otra en la zona para defenderse de la primera.
Sin entrar en el eterno tema del derecho de Israel a existir (que es la verdadera madre del cordero invisible), quizá sea por un periodo tan raramente largo sin guerras o por un exceso de acomodo debido al Estado del Bienestar, pero la consciencia occidental sobre la realidad del mundo ha conseguido adormecerse y casi desaparecer. En el pasado revolucionó el continente por hambre y deseo de justicia e igualdad y ahora se conforma con muy poco. Se libró del absolutismo pero no tiene problemas en hablar con absolutistas y tratarlos como iguales. Ahmadineyad sí se quiere meter con alguien (y hace regalitos a Hamas que harían las delicias de cualquier etarra) y su pueblo no tiene derecho efectivo a elegir mientras Irán sea una República Islámica que somete a la mitad de su población. Ya no se oye en la boca de la propaganda izquierdista la apelación a lo que está bien o mal, sino a lo que se decide por mayoría o lo que es impuesto. Hay puñados de personas ahí fuera que constituyen mayorías aberrantes, pero en una especie de indulto general parece que es demasiado políticamente incorrecto decir que ciertos hábitos son crueles, aunque sean una costumbre arraigada en la cultura y por mucho respeto que se pueda exigir hacia ellos. Y hay cosas que no se deben permitir, como la posesión de ciertas armas, por mucho que el pueblo soberano de aquel lugar lo desee. Precisamente aquí, en este país y en este continente, deberíamos tener bastante claro que no todo está permitido ni por las urnas ni por las costumbres, pero por alguna razón que se me escapa hemos acabado creyéndonos la historia de que en el fondo todos somos buenos, o al menos no tan malos, y que si algo lo decidimos entre todos nunca podrá ser malo.
Se me olvidaba comentar una cosa. Al alba del 1º de mayo fue ahorcada Delara Darabi, en la prisión de Rasht, al norte de la República Islámica. Tenía 23 años, y fue condenada por colaborar en un homicidio cometido cuando contaba 17. pero en Irán si cometes un crimen siendo menor esperan sin problemas a que cumplas 18 para matarte. ¿Y he mencionado ya que el pasado día 5 se apedreó a un hombre por adulterio? Quizás no debería comentar estas cosas, ya que dicen que fomentan la islamofobia, pero es que no termino de entender cómo celebramos tanto una moratoria en la pena de muerte en Estados Unidos (y es algo que yo celebro), teniendo en cuenta la seguridad jurídica propia de una democracia garantista, mientras de Irán y su sistema de justicia no se habla aunque en la última semana haya ejecutado a más de 20 personas.
No es ya que veamos a estos presidentes como iguales a los nuestros, es que los creemos libres de pecado y les damos piedras en forma de sillón en las reuniones. Y claro, las tiran. Mientras tanto, en Pakistán…
Las listas de Berlusconi para las elecciones europeas son una desvergüenza. No lo digo yo, sino su mujer Verónica Lario. Tan atroz parece la idea de presentar candidaturas basándose en la talla de sujetador que al final el primer ministro italiano tuvo que dar marcha atrás.
Y es en realidad una idea atroz. O tal vez no, dependiendo de con qué se compare. Supongo que lo más a mano para sopesar es la política paritaria de Zapatero. Y aquí es donde saltan mis alarmas: José Luis no sale bien parado.
Imaginemos por un momento que todas las ministras tuvieran la percha (la expresión es relevante al argumento) de Aído o de Quiroga. Es de suponer que todo el mundo pondría el grito en el cielo: se ha nombrado a la mitad de los miembros del gobierno atendiendo a cosas como las medidas corporales o el grosor de los labios.
Sin embargo, las críticas a la decisión paritaria se despachan etiquetándolas de machistas, lo que me lleva a suponer que lo que hace atroz la idea de Berlusconi no es que quiera poner a mujeres en la lista al Parlamento Europeo, sino que sean guapas y sin preparación. ¿En qué medida afecta cada uno de esos dos factores?
Paradójicamente, en el fondo la concepción de Zapatero y la de Berlusconi no distan tanto. Mientras el español hace de la cantidad su meta, el italiano aspira a la calidad (en su particular escala de valores femeninos, claro), pero ambos comparten la idea de que la imagen de la mujer vende electoralmente. Porque si Berlusconi se equivoca, lo hace al elegir a guapas no preparadas, no a guapas a secas: el error es la falta de preparación para el cargo propuesto. Algo de lo que aquí también pecamos. Si aceptamos la cuota paritaria en gobierno y desechamos las críticas lícitas con pretextos de machismo lo único que nos queda para criticar a Berlusconi es la belleza de sus elecciones.
A mí Il Cavaliere no me cae nada bien, pero el jodío tiene buen gusto. Su idea es francamente atroz, tanto que las candidatas a ser elegidas tenían que pasar un curso para enterarse de a qué aspiraban. Aquí nos reiremos por ello, mientras nombramos a nuestro gobierno por cuotas de género (antes sexo) o cuotas federativas (que nunca nadie olvide a Maleni o a Blanco). La meritocracia hace tiempo que abandonó el Mediterráneo.
Religulous oficialmente no sale a la venta en DVD hasta el próximo 17 de Febrero -ya hay algún torrent en The Pirate Bay-, y estoy convencido de que va a gozar de una fabulosa campaña de promoción a cargo de sus propios detractores. Sobre todo el alegato final, en donde Bill Maher se sobra (¿o no?) un poco, presentando una situación casi de no retorno y poniendo la guinda con la frase «Grow up or die». Muy militante, pero no le falta razón.
La cinta toca todos los palos. Como es normal, uno empieza cuestionando aquello que ha mamado. En el caso de Maher, el catolicismo salpilmentado por una madre judía, dando lugar a una historia llena de detalles (como por ejemplo que la planificación familiar provocara la salida de la Iglesia). Una visita al Vaticano nos proporciona una irreverente conversación con un descreído. Y es que parece que es más fácil conversar con los que dejan una religión que con los que la profesan. Lo mismo ocurre en Salt Lake City, donde dos ex-mormones denuncian la completa exclusión social y familiar que deben sufrir por no creer que los negros son -espiritualmente- inferiores.
Pero hay que predicar en el desierto. Desde una capilla en un aparcamiento para camioneros hasta el Museo Creacionista de Petersburg, Kentucky. Pasando por un par de iglesias del nuevo evangelismo (con tataranieto de Cristo incluido), una agencia que se encarga de reprimir impulsos homosexuales para mantenerse en la fe y el despacho de algún senador. La mayoría muestran un vergonzoso desconocimiento de los más mínimos rudimentos de su propia fe, y en el mejor de los casos una carencia de cultura general bastante acusada. Campo abonado para un activista del librepensamiento, que se ceba y nos regala momentos de escupir el café. Y aunque es un blanco fácil, su crítica a la irracionalidad de la Cienciología (y su comparación con las creencias estándar) es de fondo: bien, una vez superado el reto de los nacimientos virginales y las encarnaciones extraterrestres… ¿ahora qué? ¿Qué le queda por inventarse a la religión? Curioso que tenga que ser, precisamente, un científico católico el que ponga orden en este sindiós, aunque al ver los artículos para el sabbath hebreo se demuestra que la técnica puede producir tonterías también.
Por esa crítica feroz a las creencias heredadas pero bastante poco creíbles de la vieja Europa y su hija americana algunos tacharán este documental de ataque a la Iglesia y un insulto a sus creencias. Al fin y al cabo, les plantea una pregunta ante la que no tienes más respuesta que el muy repetido «no, no, no, no» -ilustrado por los tres monitos del diseño del DVD, esos del no veo, no oigo, no digo- y se desgañitarán diciendo que «eso a los musulmanes no se lo dice», uno no sabe si porque quieren poder declarar fatwas o qué. El caso es que, como siempre, pincharán en hueso. Uno de los entrevistados es Geert Wilders, parlamentario holandés y conocido por sus críticas al Islám. Además, la narración hace que compartan espacio una pareja homosexual y musulmana que mantiene un bar en Holanda y recuerda con pavor su país de origen, una visita -ya en la ciudad…- al creador del culto a la Marihuana, una entrevista a una musulmana en el lugar exacto del asesinato de Theo Van Gogh, una visita a un miembro de la Mezquita Talibán en Amsterdam… Bastante completo para hacerse una idea de la situación real en Europa.
Así, repito que esta cinta va camino de ganarse las críticas de todos. Los bienpensantes del mestizaje y el ecumenismo con la barbarie exótica la descalificarán por su presentación del problema de libertades que tenemos en Europa como una criminalización de una religión. Oigan, 50 asesinados por unas viñetas. Oigan, que las mujeres tienen rincones especiales. En Europa, siglo XXI. Se ha visto con el asunto del bus ateo, que aún siendo una pequeña tontería ha demostrado que existe una opción olvidada y que reclama su espacio. Reclamemos nuestro espacio y dejemos de cubrir tabús con capas de respeto. El largometraje es un llamamiento al activismo de los descreídos, de los librepensadores. Un poco catastrofista, pero para nada desencaminado en su petición.
Y divertido. No apto para mentes muy sensibles a que les menten a su dios, pero para el resto -los que no tenemos esas lucecitas en la cabeza, como dice Andrew Newberg- muy divertido. Porque presenta el asunto desde un punto de vista que normalmente no es visible: «todo eso está muy bien (rocas sagradas, madres vírgenes y hombres andando sobre el agua), pero no pretenderán que me lo tome en serio, ¿no?». Un punto de vista que no sólo es necesario mostrar, sino que es el de todos los que convivimos con la religión sin entender muy bien cómo alguien puede, racionalmente y a conciencia, tragarse algo. Porque yo a veces pienso, visto lo visto, que realmente somos de otra especie.