El Destino del Iscariote

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Archivo de la categoría 'Nacional'

Política del Estado espanyol, Ejpaña, Ex-paña o como quieras llamarlo (para el caso, da igual).


11.06.08

Eso, que se jodan

Es un tema recurrente. Cada cierto tiempo se vuelve a encender la llama de la controversia. Que si Sociedad Alkoholika hacen apología del terrorismo, que si son proetarras. Al final nunca se demuestra nada, pero parece que a algunos el tema les viene bien para quedar de chupiguays. Oigan, de derechas pero metalero. Me parecen unos cabronazos por sus letras pero a)no les entiendo b)tienen derecho a ser unos hijoputas que vitorean a ETA.

Como les han contado que SA son malotes y proetarras, son malotes y proetarras. De nada sirve que se explique (o no, que en realidad el tema SA es secundario aquí). Pero claro, otros a la vez se han creído el cuento ese de la ética de la libertad y la no agresión hasta el punto de que muchos llegarían a editar a Goebbels diciendo que lo hacen por puro altruísmo libertario y poniendo como excusa que ya se encargaría el mercado de demostrar, con sus pocas ventas, la escasa calidad del literato. Hay quien parece abogar por la despenalizción de la apología del terrorismo. Con semejante revoltijo la tortilla sale bien regordeta y cuajadita. Yo ya no puedo llamar a determinadas personas liberal sin torcer el gesto, hasta duele la mentira en la garganta. No sé lo que son (¿mezcladores? ¿productos de la necesidad de respuestas fáciles? ¿simples amanuenses de lo primero que les conecta una neurona?), pero por simple honestidad intelectual miremos con cierto ángulo de reojo y boca fruncida que esconde una carcajada tras una risa burlona al leerles que son liberales. Muchachada Nui.

Así, no sorprende cuando alguien afirma que otro tiene el perfecto derecho describir a una víctima del terrorismo como un «puto cerdo», celebrar su asesinato, pedir más sangre… mientras ese otro no toque a nadie. No sólo se puede ser, como ya sabíamos, homófobo y liberal (simplemente odiando homosexuales pero sin querer matarlos) o racista y liberal (aplicando el mismo criterio). Ya no sólo aceptamos que las ideas personales no tienen consecuencias en las relaciones con los demás (y mira que costó aceptar esto…). Ahora vamos a ser defensores del Gara. Abogados de HB. Sin metáforas, directamente. Es tal el grado de candor que seguramente enviaría al paro a toda una plantilla de jovenzuelas princesas de cuentos de hadas clásicos y modernos. Si hasta tienen la solución a estos comportamientos:

Eso sí, si luego las familias de las víctimas de ETA les insultan por la calle, que se jodan.

Fonseca, De lo imaginario vol. 526

He llegado a la solemne conclusión de que debo sin duda ser de otro planeta. No creo que seamos productos de la misma evolución.

10.06.08

La idea del teléfono

No me gusta nada la Ley de Igualdad. Más bien creo que es un insulto a todo un género. Las medidas paritarias me parecen la mejor manera de parchear los problemas, si no agravarlos. Parten de presupuestos equivocados, al menos en mi opinión. Aunque es totalmente cierto que, dejada a sus impulsos espontáneos, la sociedad occidental seguramente nunca llegaría a alcanzar una igualdad de género real (demasiados siglos de judeocristianismo nos observan) empujar artificialmente a alguien a un puesto sólo puede tener como consecuencia que ese alguien, en su puesto por cuota, se vea más como un florero que como un compañero. En vez de poner en valor la realidad del potencial de las mujeres las metemos en una urna de cristal y declaramos abiertamente que, por supuesto, necesitan protección. Las llamamos inferiores para intentar igualarlas. Una locura, vaya.

Yo fui de los pocos desde mi orilla ideológica que criticaron en su momento los intentos legislativos que trataban de acabar con la lacra de la violencia de género. No porque no crea que este problema necesite un tratamiento (jurídico) especial, sino porque no entendí (y sigo sin entender) que eso pase por generificar leyes, imponiendo penas distintas según quién comete el crimen.

Ambos son errores, tal vez más vistosos que graves. Cuando la realidad no parece cambiar por sí sola y los propios principios no brindan ninguna solución a problemas reales a veces es mejor criticar bajito y esperar a ver qué pasa. Este es el caso en estos asuntos, que si no haces nada no se arreglan pero si haces algo corres el riesgo de equivocarte, y mucho.

Dicho todo esto, comprenderán ustedes que mi opinión sobre Bibiana Aído es agridulce. Lo que no impide que tenga una cosilla que decir sobre una de sus últimas medidas anunciadas: el famoso teléfono para maltratadores. Me parece una idea estupenda.

He visto que la medida ha levantado carcajadas entre el ala derecha de la Red, y silencio en la izquierda. Lo segundo me ha sorprendido hasta cierto punto (la capacidad que tenemos la izquierda para no ver lo que no nos interesa es inmensa), lo primero me ha encendido hasta casi enfadarme, y ha causado este texto. No sé en cuántos hogares con maltrato han vivido esos que se mofan y hacen chistecitos (que pretenden graciosos pero son verdaderamente vergonzosos si se leen despacito). No sé si entienden realmente de qué va todo ese tema. Parece que no.

Una persona maltratada (una mujer maltratada) vive presa del miedo, del stress y de la ansiedad. Le tiemblan las manos y no alza la mirada por pánico. Recibe golpes en cualquier ocasión, sin razones ni motivos. El maltrato, no sólo físico, la convierte en una esclava. Pierde la capacidad de quererse, y con ella la de querer algo de manera sana. Sus sentimientos se negativizan hasta que es incapaz de nada alegre, de nada que no esté teñido de un pesimismo futuro. Tiene miedo a todas y cada una de las consecuencias de sus actos, pues en su experiencia haga lo que haga vendrá el dolor. Necesitan ayuda, urgente y real. Necesitan que todos los que no han visto nada similar se hagan una idea. Porque no se me ocurre ninguna diferencia de nivel esencial entre su situación y la de, por ejemplo, Ortega Lara durante su secuestro.

Tras ese símil, se me hace más difícil escribir lo siguiente. Las mentes simples entenderán que defiendo, quizás mínimamente, o tal vez que justifico, a los maltratadores (o a los etarras). Las mentes menos simples entenderán que todas esas personas (maltratadores y terroristas) son personas en efecto, y que algo ronda por sus cabezas. En lo que hoy nos ocupa, el maltrato, quisiera pregurtar a los que intentan hacernos reír como si fueran payasos qué piensan que pasa por esos lares. No conozco el total de casos, sólo el mío, pero seguramente un teléfono para maltratadores habría evitado muchos dolores en mi casa.

El maltratador también sufre. Que le den, vaya, pero no me preocupa su sufrimiento por él, sino por las consecuencias (físicas) que tiene. Que sufra me puede dar igual, pero su sufrimiento se traduce en cadenales y moratones. Por tanto, entendamos ese sufrimiento. El maltratador considera a su mujer un objeto cuando la insulta y golpea, pero diez minutos después llora arrepentido. Y diez minutos antes estaba acumulando presión. Y al día siguiente se comporta de manera casi normal. Y la noche siguiente se hunde consciente de la basura humana en que se ha convertido. Así, va creando una espiral de caída, de bajada, de la que no escapa. Cuanto más maltrata, más lo siente y más agresividad acumula por propia vergüenza. Más se encierra en sí mismo, más intenta no tocar nada para no dañarlo, hasta el punto de que cuando lo toca lo rompe de puros nervios. Nervios que detonan bombas atómicas en salones y dormitorios. El maltratador, en suma, vive en una ansiedad también constante, a medio camino entre una agresividad irracional y un sentimiento de culpa vedaderamente atroz que sobreviene. Ambos dos elementos que alimentan el maltrato.

Se me ocurren no menos de tres ocasiones en que estoy seguro que el nuevo teléfono me habría sido muy útil. Es un arma inmensa en manos de mujeres e hijos que pueden (en los momentos en que aquello se parezca a una familia) intentar convencer al elemento agresivo de que pida ayuda a la vista de que es incapaz de controlar su ira y su vergüenza. Alguien (segura y precisamente alguien que desvaría sobre acuerdos voluntarios y éticas de libertad, en definitiva alguien despegado de la realidad) tachará de ingenuo este planteamiento. Me temo que no sabrá, como casi siempre, de lo que habla. Pero un chiste siempre viene bien, ¿no?

28.05.08

La prueba de Abraham

Publicado originalmente en HispaLibertas

Érase una vez un hombre creyente. Uno de esos hombres que hablan con dioses, y a los cuales los dioses les responden. Uno de esos hombres que no necesitan tener fe para creer en dios, porque lo conocen personalmente. Puede llamarse Abraham. Abraham tuvo la mala suerte de ir a desposarse con una mujer estéril, pero su compañero invisible le prometió un hijo, un retoño que daría generaciones enteras de pueblo elegido, una nación que ocuparía por la fuerza aquella tierra que su dios le había dado en heredad perpetua. Y cumplió su promesa de paternidad, y Abraham engendró a Isaac.

Un buen día, dios le pidió a Abraham que le probara su obediencia. Como al fin y al cabo Isaac era su regalo, le ordenó llevarlo a un lugar apartado y ofrecerlo en holocausto en su divino honor. Ni corto ni perezoso Abraham cogió sus bártulos de asesinato y encaró camino con su hijo amado (el otro, el de la esclava, no valía tanto). No iba camino de su prueba, sino que estaba desplegando la suya.

Abraham, como mortal, sabía que no debía desobedecer una orden directa del dios altísimo. Hay cosas por encima del entendimiento humano, pensaría. Pero podía escoger. En realidad, dios no estaba poniendo a prueba la fe y la devoción de Abraham sino que Abraham estaba poniendo a prueba el carácter adorable de su dios. Un dios que no hubiese impedido en el último momento que el padre asesinara al hijo después de pedirle que le diera muerte no hubiese merecido ninguna adoración. Sería bárbaro, una personalidad a evitar. Abraham tentó a dios con su fe, y venció. Puso a prueba a dios y salió victorioso, permitiendo a ese mismo dios convertirse en el dios de su familia. La prueba de Abraham dignificó a dios, y lo puso en comunión con el hombre.

Pero dejemos el mito y volvamos a la realidad, que uno no cree ni en dios ni en Abraham.

No me gusta nada hablar de catolicismo y franquismo. Desde un prisma totalmente teórico, el que la religión vaticana no se opusiera a la política autoritaria del ferrolano no es algo que deba ni sorprendernos ni mucho menos enervarnos. Mirando por ese cristal, el catolicismo no es una opción política, sino espiritual, y debe ser capaz de vivir en cualquier medio, sea una dictadura o una democracia perfecta. No es su papel entrar en cómo se organiza el Estado, sino asistir al alma de los fieles (y si acaso, por exceso de celo, de los descreídos).

El problema es que la acción católica no consistió en la no ingerencia o la neutralidad política. De hecho, la Iglesia Católica Apostólica y Romana se alineó con la Dictadura. Esto, que en otros momentos de la Historia es perdonable recurriendo a localismos temporales y contextos variados, a las alturas del siglo XX se convierte en pecado casi mortal. Con la democracia revelándose como el sistema de gobierno menos dañino, de tomar parte por algo se debería haber tomado parte por ella.

Hay una diferencia de nivel importante entre no querer morir martirizado (versión de moda sobre el futuro de los curas en la II República) y empezar a martirizar disidentes. No entraré a juzgar las palabras de su salvador acerca de ofrecimientos de mejillas y cómo se olvidan cuando el humano miedo a la muerte llama a su amigo el olvido de principios y juntos corren a reunirse con la turba de odio autoindulgente. Baste decir que, siguiendo el mito, la Iglesia Católica española decidió tomar el lugar de dios y no detener a Abraham. De hecho, a cada puñalada del padre sobre el hijo la acompañaba una salmodía de apoyo, de justificación, de palabra de dios. La Iglesia Católica española, en fin, hizo imposible creer acríticamente en su bondad.

No me gusta, tampoco, que los hijos carguen los errores de sus padres, aunque sean estos puramente nominativos y latinos. Sería tremendamente injusto culpar a los padres católicos actuales de los errores cometidos por sus mandamases teológicos hace más de 70 años. De hecho, lo es. Pero lo no ya injusto sino ciego sería negar los hechos, mirar a otro lado y olvidarnos de que la religión, incluso hoy en día, influye en la política no sólo en nuestro país, sino en muchísimos sitios. En Gran Bretaña discuten acerca de incluír la Sharia en su ordenamiento. En Estados Unidos hablan acerca de restaurar la autoridad divina. Si miramos al sur o al este nos llevaremos un susto gigantesco. La presión demográfica en Occidente junto con el inamovible sistema de votaciones electorales nos lleva a pensar que en un futuro no muy lejano algún cargo público de renombre pueda pertenecer a una confesión, digamos, no estandar, como el evangelismo iluminado o el islamismo, siquiera moderado. Y contra eso sólo tenemos un arma: laicismo administrativo.

No es una cuestión de falta de confianza. No parece que a corto plazo la Iglesia Católica española se vaya a alinear con un nuevo golpista peninsular. Más bien conviven con sus cosillas en esta imperfecta democracia que (podríamos decir) sufrimos. Sin embargo, los bailes de encíclicas, concilios y demás papeles internos nos hacen ver que a lo largo de la Historia la Iglesia ha bailado al son que más le gustaba, por lo que aunque ahora se porten de manera medianamente civilizada nada nos asegura que en el futuro no reclamarán otra vez como propio lo que no es suyo. Tampoco es que a los ateos nos haga mucha gracia pensar que en ese mismo futuro los ministros jurarán su cargo sobre un Corán si es que son musulmanes, o prometerán en lenguas angélicas si son evangelistas. No nos hace mucha gracia porque esos cargos son funcionarios a nuestro servicio, y queremos que dejen sus creencias a un lado cuando se trata de administrar nuestros papeleos. Y, por qué no decirlo, porque sus promesas sobre sus libros míticos no valen un carajo para nosotros.

Las excusas habituales suelen pasar por dos estaciones. Por hache: toda la vida se ha jurado ante un crucifijo, no hay necesidad de cambiar algo que es meramente simbólico. Por be: gran parte de la población reconoce esos objetos como sagrados. Lo absurdo de la primera como argumento es evidente, así que no merece más que mirar a otro lado más interesante. La segunda es falaz: las mayorías sociales, incluso las religiosas, son mutables. Hoy en día el porcentaje de católicos nominales (los famosos bodas-bautizos-comuniones-funerales+semana-santa) dentro de la grey apacentada es inmenso (basta asomarse a una iglesia en hora punta, contar y restar del total), los ateos somos cada vez más, los agnósticos mantienen su indecisión a pesar de su inexperiencia religiosa. El número de otras confesiones aumenta. El mapa metafísico de la piel de toro cambia de colores, y si los no católicos arrugamos la frente cuando vemos al Presidente del Gobierno ante un trozo de metal con forma de tortura humana mientras esperamos el fin de esa situación, no quieran ustedes imaginar lo que arrugaríamos de verlo ante una estatua de ocho brazos pintada de azul. Resumiendo, que son mosqueantes, pero al ser nuestros mosqueantes, y antes de que lleguen otros, les pedimos amablemente que se vayan de donde nunca debieron ser invitados, pues no es su sitio. Mientras, ellos se siguen creyendo únicos. Es como hablar con la pared.

El partido socialista se ha equivocado mucho. Da un poco de grima ver el resultado de la votación de la Proposición No de Ley 162/000014 sobre la Revisión de los acuerdos Estado-Santa Sede. Digo que da un poco de grima porque el PSOE ha votado en contra alineado con toda la derecha parlamentaria: PP, CiU; PNV y CC, todos nacionalistas, todos historicistas, todos esencialistas (menos CC, que es un partido raro). Mientras, el resto que se llama de izquierdas ha votado a favor. Incluído UPyD. Prometieron y prometieron hasta que metieron nuestro voto en sus urnas (el mío, por lo visto, afortunadamente no), y una vez metido se olvidó lo prometido. Y eso que todo parece estar a su favor: la oposición, ariete la pasada legislatura de las posiciones episcopales, única fuerza parlamentaria que, por número de diputados, puede dar guerra a la efectiva separación Iglesia-Estado, está jugando al Risk con sus propias lentejas. Lo cual en vez de ser una benidición para este PSOE puede convertirse, como siga este camino, en una maldición de proporciones mosaicas.

En estas pasadas elecciones, el nacionalismo regionalista ha perdido un peso enorme en el Congreso de los Diputados. Además, el gran partido de la derecha parece más partido (y valga) que nunca. Zapatero tiene manos mediáticas libres para hacer y deshacer según su programa electoral y sus supuestos principios. Sin embargo, parece que cree que los símbolos religiosos van a salir por su propio pie de los organismos oficiales. No sé si será muy blasfemo imaginarse a un Cristo bajando de su cruz de plata y llevándosela a través de las puertas detectoras de metales, pero lo cierto es que a lo mejor un empujoncito le vendría bien. Porque si en esto, que en el fondo es una forma, Zapatero demuestra su nula iniciativa, no sé en base a qué espera mi confianza en asuntos de fondo. Es posible, en estas, que una vez partido el popular y escondidos los nacionalismos se encuentre, en las próximas Elecciones Generales, con una legión de izquierdistas y progresistas que se sienten estafados, engañados y usados, cansados en definitiva del «ahora no toca» como coletilla en esos temas (aborto, eutanasia, educación) que llaman sensibles.

Y entonces sí que será divertido el recuento de votos.

26.05.08

Beatriz Rodríguez Salmones

La profecía y su debido cumplimiento. Cuánta obediencia, por Tux.