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Descubriendo historias bíblicas.
23.03.08
Es francamente sorprendente que si le preguntas a alguien por el segundo Mandamiento la respuesta sea más o menos uniforme: No tomarás el nombre de dios en vano. Esta semana yo mismo he contemplado con incredulidad cómo algunos creían de buena fe que así está escrito en el Antiguo Testamento. Uno entiende que en un intento de actualizar y simplificar doctrina se obvie el «no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo, ni su tierra, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo» en favor de un más recatado «no tendrás pensamientos ni deseos impuros» aliñado con un «no codiciarás los bienes ajenos». Pero quien no sabe de este desdoblamiento qué va a saber de mandamientos borrados.
Daría para mucho (de hecho, dará) enumerar las traiciones católicas a las escrituras que dicen sustentar su fe. En este caso he de fijarme en un aspecto concreto: la existencia de imágenes religiosas. Porque, por si aún no has ido a buscar tu biblia (te lo recomiendo para seguir esta entrada), el segundo Mandamiento es sencillo:
No harás para ti escultura, ni imagen alguna de cosa que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en el agua debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas ni las servirás, porque yo soy YHWH tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y que hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos
Deuteronomio, cap. 5, vers. 8-10
Dejando al margen lo bárbaro del planteamiento (entendible desde su contexto histórico), esa fue una seña de identidad del judaísmo, una marca que lo separaba tajantemente dle resto de cultos de la Antigüedad. Existen innumerables pasajes en la Torá que condenan (incluso con la muerte) la creación o simple tenencia de una imágen con sentido religioso. En Éxodo 20, 23 se advierte contra «hacer dioses de plata u oro conmigo», es decir, que traten de representar a YHWH mientras que en 23, 24 se apremia a la destrucción de toda estatua, y se advierte contra el servirlas (echando por tierra la filosófica y por tanto artificial distinción entre veneración y latría que es simplemente voluntarismo). En Levítico 26, 1 se advierte seriamente acerca de no levantar siquiera una piedra pintada e inclinarse ante ella. En Deuteronomio se llega un poco más lejos:
Guardad, pues, mucho vuestras almas; pues ninguna figura visteis el día que YHWH habló con vosotros de en medio del fuego; para que no os corrompáis y hagáis para vosotros escultura, imagen de figura alguna, efigie de varón o hembra
Deuteronomio, cap. 4, vers. 15-16
La lista sería extensísima: Deuteronomio 16, 22; Deuteronomio 27, 15 («Maldito el hombre que hiciere escultura o imagen de fundición, abominación a YHWH, obra de mano de artífice, y la pusiera en oculto»)… Y no sólo entre la Torá, sino también entre los profetas augures del mesianismo:
¿A qué, pues, haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis? El artífice prepara la imagen de talla, el platero le extiende el oro y le funde cadenas de plata. El pobre escoge, para ofrecerle, madera que no se apolille; se busca un maestro sabio, que le haga una imagen de talla que no se mueva. ¿No sabéis? ¿No habéis oído? ¿No habéis sido enseñados desde que la tierra se fundó?
Isaías, cap. 40, vers. 18-21
Se lo echan sobre los hombros, y lo colocan en su lugar; allí se está, y no se mueve de su sitio. Le gritan, y tampoco responde, ni libra de la tribulación
Isaías, cap. 46, vers. 7
Porque las costumbres de los pueblos son vanidad; porque leño de bosque cortaron, obra de manos de artífice con buril. Con plata y oro lo adornan; con clavos y martillo lo afirman para que no se mueva. Derechos están como palmera, y no hablan; son llevados, porque no pueden andar. No tengáis temor de ellos, porque ni pueden hacer mal, ni para hacer bien tienen poder
Jeremías, cap. 10, vers. 3-5
Cabe también destacar Isaías 2, 8-9.
De forma nada sorprendente (a tenor por la evolución cultural global del fenómeno religioso) el pueblo elegido se torcía con demasiada facilidad en pos de dioses ajenos y de estatuas a las que rendir culto. Se podría afirmar sin equivocarse en nada que el sentimiento hebreo sobre la imaginería es exacto al sentimiento musulmán sobre la imaginería: abominación a los ojos de dios. También la pintura, por extensión. No es casualidad: el Islam, único vestigio destacado de otra religión no visual, nace como la rama no reformada de la arcana religión hebrea que había evolucionado más de un milenio para convertirse en cristianismo ya casi universal e incluyente. El nivel de compromiso de fe que exije el dios del Antiguo Testamento es superior en tanto requiere fe ciega. No de otros dioses, sino de sí mismo, aún cuando un estudio más profundo nos lleve a averiguar que, sorpresivamente, antes que los hebreos otros ya contaban a YHWH como uno de sus dioses y éste era el esposo de Astarté, la diosa que se convierte en la mayor amenaza idolátrica para el pueblo elegido.
Es necesario hacer incapié en el hecho de que esas prohibiciones no se restringían a dioses foraneos, sino que era extensiva al intento de representar a YHWH de cualquiera de las maneras. El episodio del becerro de oro es especialmente revelador al respecto. Los hebreos no apostataron de su fe en su dios YHWH, el que les había sacado de Egipto. En realidad, simplemente morfosearon a ese dios etéreo en forma de becerro. Tras fundirlo Aarón, hermano de Moisés, exclamó:
Mañana será fiesta para YHWH
Éxodo, cap. 22, vers. 5
En efecto, el pecado de Aarón no fue la apostasía (esto es, renegar de tu dios) sino poner forma a ese dios, representarlo, crear un objeto que trata de sensibilizar una fe que sólo se concibe recta y sana si es netamente irracional. No es, pues, un problema de desviación en pos de otros dioses, sino de prohibición tajante. Tan tajante que dios se enojó con el rey David cuando éste decidió construirle un Templo. No habitaba dios en obra de hombres, fuera esta templo o estatua.
De hecho, entre los cristianos los primeros iconos no aparecen hasta el siglo III, en las catacumbas de lugares más bien gentiles (en contraposición a la Iglesia que se mantenía en Judea) seguramente contaminados por tradiciones autóctonas (y aquí es de interés Éxodo 34, 11-17 y Hechos 10, 25-26). La crítica común del Nuevo Pacto que invalida al Viejo es falaz, principalmente por dos razones.
La primera es evidente: un pacto que nace con vocación de ser «para siempre» y rubricado nada menos que por la divinidad no admite revisiones, máxime cuando la encarnación de esa divinidad advierte de que no tratará de derogar la Ley del pacto, sino darle cumplimiento. El hecho, sirva de ejemplo, de que Jesús impidiera la lapidación de la adúltera no se debe a que considere injusto el castigo (la perdona, como si tuviera algo que perdonar) sino a que entre los justicieros nadie estaba limpio al espíritu de la Ley. Lo que demanda Jesús no es sólo misericordia para la adúltera, sino rectitud interna para poder condenarla.
La segunda es final, porque de hecho en el Nuevo Testamento se advierte de esa práctica a una incipiente Iglesia que, al cabo del tiempo, acabará cayendo en aquello que más le han enseñado a evitar.
Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres
Hechos de los Apóstoles, cap. 17, vers. 29
Pablo fue un defensor a ultranza del judaísmo iconoclasta en sus años como Saulo, y mantuvo, en buena coherencia que le faltó en otros aspectos, su animadversión hacia las imágenes. En un canto enternecedor a la fe en la epístola a los Hebreos, Pablo afirma que la mayor gloria de Moisés fue salir de Egipto sin temer la cólera del faraón como «viendo al Invisible». Abundando,
Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria de Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible
Epístola de Pablo a los Romanos, cap. 1, vers. 22-23
Es sencillo concluir que mientras el nucleo de origen hebreo, esto es iconoclasta, se mantuvo en la vanguardia de la evangelización, sus posturas en relación al asunto se impusieron. No sin razón, pues la religiosidad que Jesús promocionaba según los evangelios era una suerte de «vuelta a los orígenes» del judaísmo, corrompido en exceso por boato y rito y muy falto de una fe verdadera cuyo vacío se llenaba a base de monotonía litúrgica. De hecho, entre los llamados Padres de la Iglesia hay división de opiniones: la construcción hebreo-cristiana se agrieta ante la duda de socializarse o mantenerse fiel. Aún antes del desarrollo ad hoc de los conceptos de dulia, hiperdulia y latría, supuestamente distintos en naturaleza de la veneración a las imágenes (productos de la permeabilidad del cristianismo a cultos extraños, lo que desembocó en un continuo de plegarias a santos y madres de dios no sólo ajeno sino frontalmente contrario a la enseñanza apostólica), algunos de esos Padres ya presentaban razones más que convincentes.
Toda imagen o estatua debe llamarse ídolo porque no es otra cosa que materia vil y profana, y por eso Dios, para quitar de raíz la idolatría, ha prohibido en su culto cualquier imagen o semejanza de las cosas que están en el cielo o en la tierra, prohibiendo igualmente su fabricación; y es por esto que nosotros los cristianos no tenemos ninguna de aquellas representaciones materiales
Clemente de Alejandría, Contra Celsum
En un sitio de la campaña que yo visité, hallé colgado en la puerta de la iglesia un velo sobre el cual se hallaba pintada la imagen de Cristo, y otra de un santo, y no bien vi que, a despecho de la Sagrada Escritura, la imagen de un hombre estaba colgada en la iglesia de Cristo, yo corté aquel velo, aconsejando al sacristán que lo usara más bien para la sepultura de algún pobre
San Jerónimo citando a San Epifanio
Aunque sin duda mi favorita es esta
La única imagen que nosotros debemos hacernos de Cristo es tener siempre presente su humildad, su paciencia, su bondad, y esforzarnos para que nuestra vida en todo se parezca a la suya. Aquellos que andan en busca de Jesús y de sus apóstoles pintados en las paredes, lejos de conformarse con las Escrituras, caen en el error
San Agustín
22.03.08
Queridos hermanos y hermanas: el sermón de hoy es duro como la piedra, y largo como la procesión de Viernes Santo, así que tomad asiento y bebida, porque es necesario. En verdad es justo y necesario. Tan justo y necesario que esta semana habrá dos jornadas misales para completar temas.
Puede sonar herético e incluso malintencionado, pero la realidad a la luz bíblica es clara: nuestro Señor no pudo resucitar en Domingo.
Empecemos por el principio. Aún si desconociéramos más detalles, la doctrina de hombres de Viernes Santo y Domingo de Resurrección se invalida a sí misma. Porque nuestro Señor lo dijo bien claro:
La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás. Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches
Evangelio según Mateo, cap. 12, vers. 40
Las mentes más libres (y por tanto, más veraces) ya se habrán dado cuenta de que entre la tarde del Viernes y la mañana del Domingo mal caben tres días y tres noches. Tenemos, pues, un problema: o Jesús mintió, sabiendo que permanecería sepultado la mitad del tiempo que decía, o se equivocó, inconcebible en la divinidad encarnada, o esta división temporal es una pantomima. Analizando un poco más el tema, veremos que lo último será, precisamente, lo cierto.
Para ello, debemos ir poco a poco. Sabemos que Jesús debió resucitar al cabo de tres días y tres noches, esto es, 72 horas. Si nuestro Dios es Dios, es un Dios exacto y veráz, y tres días y tres noches suman esa cantidad. Así, podemos saber a qué hora se produjo el milagro. La Escritura nos dice que la muerte en la cruz tuvo lugar sobre la hora novena (alrededor de las 3:00 pm hora continental). La sepultura, pues, ocurrió entre las 3 y las 6 de la tarde. Los hebreos debían celebrar esa noche la cena pascual tal y como lo dice Mateo en el capítulo 26 de su Evangelio, por lo que el día sigueinte era declarado dia de reposo de gran solemnidad (Juan 19, 14 y Números 28, 16-17). La confusión proviene, sin duda, de que las fiestas religiosas hebreas eran señaladas como días de reposo, el mismo calificativo que recibe el Sábado común. Al afirmar en varios pasajes que la muerte de Cristo tuvo lugar en el día de preparación a la jornada de reposo, se ha llegado a asumir que debió ocurrir Viernes. Craso error.
Sabemos que el primer día de la semana, esto es, el Domingo (pues así funciona el calendario hebreo) nuestro Señor ya había resucitado. Sabemos que debió resucitar antes del anochecer. Podemos concluir que, en efecto, resucitó Sábado por la tarde. Y milagrosamente, eso concuerda perfectamente con el resto de la Escritura.
Si comparamos Marcos 16, 1 con Lucas 23, 55-56 veremos que las mujeres que acompañaban a Jesús vieron el sitio donde fue sepultado el cuerpo del Maestro, descansaron un día de reposo, compraron las especias aromáticas y los perfumes, descansaron otro día de reposo y tras éste último, el primer día de la semana, encontraron el sepulcro vacío. Esa es la clave: esa semana acontecieron dos días de reposo, el Sábado habitual y el día de la fiesta solemne de la pascua. Esta fiesta solemne, que se señalaba al día siguiente a la cena pascual (noche en que fue instaurada la Cena del Señor o eucaristía), es distinta al día de reposo habitual (Sábado) y por el contexto podemos inferir que cayó Jueves, permitiendo la compra de perfumes en el día intermedio.
Existe una prueba más, totalmente final. En la traducción de Ferran Fenton, una de las primeras traducciones al inglés del original griego de los evangelios, en Mateo 28,1 se habla de «Tras los sábados» debido a que, precisamente, el término griego original que refiere esos días de reposo es plural.
Esa semana pascual, Semana Santa de nueva creación, contuvo dos días de reposo con un día común separándolos. Si hemos de creer las palabras de Jesus y su señal de Jonás, debemos concluir sin duda que Jesús murió un Miércoles y resucitó un Sábado.
Una curiosidad. Según la profecía de las setenta semanas de Daniel, la predicación del Mesías duraría media semana (esto es, tres años y medio) y sería muerto a mitad de semana (esto es, Miércoles).
Una objeción aclarada. En Marcos 16, 9 se lee que Jesús resucitó el primer día de la semana. Es un error de puntuación, cuya simbología no usaba en griego original. Una coma mal situada cambia el significado de toda la frase: no había Jesús resucitado el primer día de la semana, sino que ese día, habiendo ya resucitado (antes) se apareció a ciertas personas.
Un comentario. En nuestras ciudades se suele celebrar una procesión durante Viernes Santo para conmemorar la pascua de nuestro Señor. Al mismo tiempo se mantiene otra procesión Jueves Santo y a ésta se la suele llamar Santo Entierro, dando por supuesto que el Señor murió Jueves y otra vez Viernes, intentando ajustar los tres días y tres noches entre el Jueves por la tarde y el Domingo por la mañana. Gran error, pues evidentemente falta casi un día entero. Error propiciado por considerar que la resurrección se produjo Domingo, cuando fue efectivamente el día anterior.
Pero si existe un error salvaje en la fijación de los días de la pasión, más salvaje es el propio concepto de procesión de Semana Santa a ojos de las Escrituras. Pero eso lo dejaremos para el sermón de mañana.
16.03.08
Tras una temporada de descanso dominical, volvemos a la grey de nuestro Señor para calmar dolor en las almas de los fileles que han visto derrotada su esperanza electoral (en todo el amplio sentido de la perífrasis). Es nuestro deber pastoral tratar de mitigar el daño recibido, y para ello necesitaremos redireccionar el conceto.
¿Qué hacer la mañana de la derrota electoral? Si dudas, ya has contestado. La respuesta correcta, obviamente, era buscar consuelo en la Palabra, la Espada de Dos Filos que penetra en las entrañas y las disecciona, la bienamada Biblia. No, no se me revolucionen que no se trata de desatar bajas pasiones con el Cantar de los Cantares para ahogar en lascivia el olvido del dolor. Céntrense porque deben entender en su justo sentido lo que hoy han de aprender.
Si duda saben ustedes que la Providencia, como su propio título indica, proviene. Así, cuando entre los seguidores de nuestro andante y sangrante Salvador se descubrió que no había nadie con dos dedos de frente (y los que la tenían eran desviados místicos orientalistas, y respondían ante un jovenzuelo) nuestro Padre celestial, tras regañar a su Hijo por no haber encontrado nada mejor, fabricó ex nihilo un brand new apóstol con el que redondear la mágica cifra de 13 una vez que Matías fue nombrado sucesor oficial de Judas en algo similar al piedra, papel, tijera de la época. Saulo de Tarso, el cabalgante caído, el apóstol de los gentiles. Tiene reminiscencias a ministro de exteriores, ciertamente.
Saulo, renombrado Pablo, demostró tener esos dos dedos de frente y una inmejorable mano izquierda para conseguir lo que quería. Con la superioridad moral autopercibida que concede el fanatismo, exponía doctrina de moda, de familia y relaciones e incluso, por qué no, sobre política. Y nos viene muy bien saber qué piensa Dios a través de sus apóstoles, aunque les denigremos por ello a simples portavoces de pensa. Queridos hermanos, vuestra fe es grande. Aceptad este cáliz.
Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos.
Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia. Pues por esto pagáis también los tributos, porque son servidores de Dios que atienden continuamente a esto mismo. Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra.
Epístola de Pablo a los romanos, cap. 13, vers. 1-2 y 5-7
Impíos todos los objetores a Educación para la Cuidadanía: vuestro lugar en el fuego eterno, que vuelve a ser físico, está próximo. Resistís los deseos de Dios. Atenéos a las espirituales consecuencias.
Maledicientes todos aquellos que denigran a los vencedores electorales. No comprenden el Plan de Dios, y pretenden hacer lo opuesto a Sus deseos sólo por ciega ira. Vociferan, chillan, insultan… sin pararse a pensar que si Dios tiene la cuenta de pelos en nuestra cabeza, y no cae uno sin que Él lo sepa y autorice, cuánto más autorizará y contará votos electorales, ninguno de los cuales se computa sin Su conocimiento y aprobación. Faltos de fe, eso es lo que sois.
Pablo os lo dijo claro, con amor fraternal y vara pastoril: pagad vuestros impuestos, obedeced las leyes que se impongan y no causéis problemas.
¿Lo habréis entendido dos mil años después, hijos míos?
17.02.08
Hola, hermanos y hermanas. Tenemos descuidada esta sección de Misa de Domingo, así que hoy toca una homilía dura. A mi lado Rouco parece una monja con voto de silencio.
Pocos de vosotros conoceréis estos pasajes, porque nuestra Santa Madre Iglesia se cuida mucho en enseñarnos rectamente decidiendo qué es bueno resaltar y qué no.
El sermón de hoy nos va a permitir conocer un poco más a nuestro Salvador en esos momentos de intimidad cuando las personas muestran su verdadero ser, la pasta de que están hechos.
Siete días antes de la Pascua, vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto, y a quien había resucitado de los muertos. Y le hicieron allí una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él. Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume. Y dijo uno de los discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que le había de entregar: ¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres? Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella. Entonces Jesús dijo: Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto. Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, mas a mí no siempre me tendréis.
Evangelio según Juan, cap. 12, vers. 1-8
¡Qué maravillosa manera de mostrarnos un ejemplo del superhombre nietzscheano! Él sólo va a estar por aquí un tiempo, hónrenle, aunque una anciana muera de hambre un día antes. Es la voluntad de Dios, que no deja un pelo de nuestra cabeza caer sin mantener su propósito. Tanta voluntad de poder me abruma.
Jesús, nuestro Señor, de un plumazo termina con los relativismos marxistas. Los pobres siempre estarán con nosotros, nunca habrá igualdad de clases. Ante esa profecía del mismísimo Redentor, sólo queda despreciar el socialismo, el liberalismo, el comunismo, el histerismo y cualquier ideología relativista que pretenda solucionar los problemas de la gente: ya dijo Jesús que eso es imposible.
Nota aparte merecen las insinuaciones que Juan desliza sobre Judas: no les damos mayor credibilidad. Juan escribió su libro mucho tiempo después, si acaso es suyo, y se le nota cierto resquemor. Es normal que exagerara porque al fin y al cabo Judas ya estaba muerto. Si el Maestro desperdiciaba trescientos denarios, el culpable era Judas por ladrón.
Como veis, queridos hermanos, la sabiduría de hoy es profunda. Enlaza con la vida actual, porque Cristo sigue de moda. Así que ningún daño nos hace continuar desvelando su comportamiento en la intimidad.
Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón. Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio. Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces tras nosotros. Él respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: ¡Señor socórreme! Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos. Y ella dijo: Sí, Señor; pero aún los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh, mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.
Evangelio según Matero, cap. 15, vers. 21-28
Meditemos profundamente este mensaje, pues es complejo. Los cananeos eran los vecinos incómodos de Israel. La costumbre impedía hablar con ellos, era un tabú. Al fin y al cabo, eran infieles, extranjeros, y la cultura israelí era extremadamente nacionalista. Además es de resaltar el matiz despectivo del término perrillos. La voz griega (Kynaria) nombra a los perros de compañía, domésticos, en vez de los perros salvajes, libres. Jesús le está diciendo que su condición de extrajera la pone al nivel de las mascotas de sus hijos, bajo su voluntad incluso siendo inconscientes de ellos. Las demás naciones, es decir, son siervas de la Gran Israel, aunque no lo sepan. Nuestro Señor parte de una postura nacionalista, pasa a otra ultranacionalista y termina siendo benevolente. Todos los ultranacionalismos son perdonavidas si les das la razón. Apaciguamiento lo llaman algunos.
El resumen, pues, de este otro pasaje privado no puede ser más claro: sométete a tu Señor, sométete a su pueblo elegido, sus costumbres, sus tabús, y sólo entonces, cuando te reconozcas inferior al pueblo que obtuvo de la mismísima mano de Dios las Tablas de la Ley, serás digno de recibir migajas. Migajas que ganarás, como él mismo prometió, con el sudor de tu frente, y añado con las lágrimas de tus ojos postrado ante unos pies. No en vano, poco después (vers. 29-ss) Jesús cura a diestro y siniestro en Israel, sólo poniéndote ante él. Que suerte de nacimiento tienen algunos.
Claro, tampoco es de esperar otra cosa de un Jesús que se supone que es el mismo Dios que maldijo a un tercio de la humanidad por una borrachera. Eso, queridos hermanos, es otra historia. Otro domingo hablaremos de ella. O del maravilloso milagro paulino, que transformó un movimiento nacionalista en una religión universal, como un agente de finanzas cualquiera que tiene éxito en una empresa. Por ahora, mediten lo que acaban de leer y den gracias a Dios si llegan a alguna conclusión.