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Es parte de la vida (de los demás, claro) y un asunto donde ya toca opinar libremente.
08.09.08

Lo que más me ha sorprendido de Campamento Jesús es precisamente lo poco que me ha sorprendido. Campamento Jesús (I y II) es un documental de hace un año y pico que muestra muy gráficamente la forma en que la irracionalidad se abre paso en nuestra sociedad: golpeando donde más daño puede hacer.
Las imágenes nos llevan a un lejano pueblo de un lejano país pero eso es sólo un engaño espacial, porque la mayoría de lo que allí ocurre, aquí ocurre (item más). Hace ya años que las iglesias evangélicas españolas organizan campamentos, actividades y retiros especializados en niños. En el verano de 1996 yo mismo asistí a uno. En ellos (y no sólo en ellos: en cada culto, en cada encuentro) ocurren cosas de las que ilustres protestantes nunca hablarán. Que se sepan.
Becky Smith es predicadora para niños, una actividad bastante más común de lo que parecería desde la distancia y cuya misión consiste básicamente en el análogo de los catequistas católicos, adaptando el mensaje a su fe exaltada. «Los niños son muy aptos para el cristianismo», argumenta Smith, porque absorben como esponjas todo lo que ven entre los 7 y los 9 años. Si les dices que los judíos son cerdos, se lo creen. Si les dices que Alah es grande y la gente merece morir por ello, lo creen. Si toda esa gente puede hacerlo, ellos también: ese es su frío argumento. Un argumento que encuentra un terreno perfectamente abonado en el individualismo post-ideológico que atraviesa Occidente, que dicta que cada cual haga de su capa un sayo y el que venga detrás que arree.
Una de las claves para entender el fundamentalismo religioso evangélico es su carácter atomizador. Los individuos se desentienden de la sociedad en la que viven hasta que logren transformarla en un calco de sus prejuicios. Se ofrece un bienestar interno que debe luchar cada día con el mundo real y perder, por lo que se elimina el mundo real. Las personas presas de este tipo de creencias se separan de sus comunidades («¿Para qué voy a enviar a mi hijo al colegio 8 horas?» pregunta una madre que enseña creacionismo “científico” a sus hijos en su casa) y se aíslan en su propio grupo cerrado, pero manteniendo roles determinados. Pesa mucho la propia relación con Dios. ¿El resultado? Sumando homeschooling a grupo infantil de la Iglesia obtenemos ostracismo social y comportamientos antisociales asumidos: sabemos que somos raros, por lo que esperamos que nos traten raro. Es más, si no nos tratan raro es que algo hacemos mal.
Para poder competir con la realidad, lo ofrecido tiene que ser bastante atractivo. De hecho, lo es. Música, respuestas, libros, respuestas, cultos, respuestas, compromisos, respuestas… Siempre hay respuestas, incluso a preguntas que no te haces. Hay una sensación de conocimiento extremo, total, ilimitado, pues si dios con nosotros, ¿quién contra nosotros? El exceso de información sumado al impacto sensorial que producen ciertas situaciones propicia un deslumbramiento que azuza nuestra curiosidad infantil y adolescente. Esas ciertas situaciones son tan corrientes como desmayos, pérdidas de conocimiento, glosolalia y visiones. Y cuando digo corrientes quiero decir que ocurren en cualquier culto de cualquier iglesia evangélica de esta piel de toro. Al final todo suele quedar reducido al autoconvencimiento de que tienes algo (un espíritu santo dentro, un amigo imaginario) mejor que lo que sí puedes ver, palpar, tener.
La estrategia tiene incluso un nombre: avivamiento (revival). La finalidad del avivamiento no es más que reclamar la soberanía divina sobre un pedazo de terruño y permitirse sentir las anomalías físicas propias del estado de trance. El avivamiento, en suma, consiste en irse olvidando de una cohabitación pacífica con un cristianismo social, cultural, y enfrentarnos a un cristianismo militante que reclama su entrada en política con la fuerza de los votos. Un giro vetotestamentario (impagable la condena a muerte a Harry Potter…) que deja en mantillas a los iluminados que nos quieres retrotraer al medievo al querernos llevar hasta el mismísimo Edén a base de sangre de Cristo. Casi se podría decir que estos cristianos renacidos han pasado por encima del Jesús de los evangelios limitándose a paulinizar el Viejo Testamento. Lo cual no deja de ser indicativo de la evolución del dios del esclavo al dios del amo desde Babilonia hasta Washington.
El avivamiento es un concepto religioso fuerte. Contrapone arrepentimiento con ensañamiento: mientras uno realiza un verdadero acto de contricción ante su dios y sus hermanos, sufre la indiscreción de las confesiones públicas no forzadas pero sí inducidas. El propio planteamiento escénico del culto invita a esperar «que pase algo» o, más concretamente, «que me pase algo». En esas, cualquier músculo que se tense involuntariamente o cualquier palabra genérica que se te dirija y que puedas encajar en tu genérica vida es una señal divina irrefutable. También encierra un profundo autoengaño: tras los gritos, los ojos vueltos y las lenguas sueltas la ciudad no cambia, Jesús sigue no regresando pero ellos se sienten más realizados. Creo que alguien lo llamó soma.
Esos avivamientos suelen ser lugares propicios para quebrantamientos. Esa palabra tan fea viene a significar «cuando dios toma el control de ti y sólo puedes responder ante él» y se manifiesta normalmente con llanto abundante, temblores y gesticulaciones y una inmensa sensación de culpabilidad por los pecados más nimios. Cuanto más te quebrante dios más te ama, parece el dicho, y si eres bueno terminarás ese baile en el infierno, en el cielo o en cualquier otro lugar que el buen señor tenga a bien mostrarte en visión. No exagero: una amiga me relataba cómo se paseó entre los azufres un rato mientras reclamaba su ciudad para Cristo, o cómo en otra ocasión notó ciertamente la mano de dios impidiendo a su gozosa alma dejar sus restos mortales por ahí tirados en plena vigilia. Y no permitiré, y me pongo serio, que nadie cuestione su salud mental: era de lejos la persona más inteligente que he conocido.
¿Cómo hemos legado hasta aquí? La buena prensa de tener una ideología ha pasado, y ahora es más corriente ser un -ista (socialista, nacionalista, conservador no termina en -ista pero se entiende…) por la etiqueta y dejarse de mirar contenidos. O ser un yo y mis circunstacias, que vienen a ser vestirse de bizantino para esclarece si yo soy mi cuerpo, lo poseo o lo tengo en usufructo. Las ideologías han muerto, y desde la Izquierda no hemos hecho nada para evitarlo: antes bien, nos hemos sumado a las puñaladas (¿internacionalismo? mola más ser nacionalista; ¿derechos humanos? eso es meterse en tradiciones ajenas, y un largo etcétera). Estamos viviendo una especie de tabula rasa del pensamiento, un todo vale y un vamos a probar que se me antojan espeluznantes. Un «somos más y estamos unidos» que recuerda gritos y agresiones del siglo pasado, como si la Historia quisiera jugar con nosotros y tras la Ilustración que trajo las guerras del XX quisiera hacer otro plalíndromo con la Edad Media religiosa y el siglo XXI: una especie de ciclo cerrado de cerrazón humana. Como diciéndonos: sí, podéis progresar pero no es lo vuestro, pues sois poco más que monos bípedos soñando ser racionales.
O tal vez, dejemos por una vez un resquicio al optimismo, todo esto no sean más que los últimos estertores de la bicha. ¿Se imagina alguien que, por fin, los descreídos y librepensadores seamos una masa crítica capaz de pinchar y hacer sangre?
26.07.08
Dice el todólogo César Vidal que el día del juicio ha llegado. Yo no dudo mi sentencia, aunque llore de la risa. Si dios existiese, también se descojonaría.
25.07.08
Democracia versus Teocracia
Comentarios y notas a una conferencia de José Lázaro
En su obra de 1940 Ideas y Creencias nos desvela José Ortega y Gasset que eso que llamamos «ideas» es en realidad un conjunto muy heterogéneo, de manera que permite su clasificación entre ideas propiamente dichas (aquellas que se nos ocurren, que nacen de nosotros) y creencias (aquellas que forman parte de nosotros y de nuestro sustrato de actuación inconsciente). Da lugar así Ortega a la disyuntiva desde el punto de vista personal: ideas y creencias lleva irremediablemente a pensantes y creyentes, lo que se parece peligrosamente a pensantes o creyentes.
Podemos intentar clasificar nuestros conocimientos en tres grupos: creencias, ciencias y pensamientos. Toda creencia comparte su origen social, irracional y/o cotidiano. El conocimiento científico nos proporciona verdades provisionales y normas perfeccionables. Los pensamientos cubrirían las lagunas de la ciencia, permitiendo una visión interdisciplinar de los problemas que el paradigma de espacios estancos científico aún no permite.
No todas las creencias son iguales, aunque todas ellas comparten la característica de que forman parte de nuestro sustrato más irracional. El terrorista que cree atentar por orden divina no intenta racionalizar ese hecho, sino que echa mano de instintos que operan debajo de su propia razón. El caminante que se dispone a salir a la calle no razona el hecho de que la calle esté ahí, sino que lo presupone en un nivel inferior al de su deseo voluntario y manifiesto de salir a pasear. Ambas actuaciones ejemplifican actos en los que la mayor parte de la carga recae en creencias que se encuentran bajo el umbral de nuestra capacidad de razón, como un movimiento reflejo. Sin embargo, sería extremadamente injusto poner en el mismo saco la irracionalidad del terrorista y la del futuro paseante: mientras el primero es fruto de una labor de tribalización, el segundo simplemente aplica el sentido común que dicta que la calle, si estaba ayer, estará hoy. Estas creencias sensatas pueden llamarse dignamente convicciones razonables.
Estas convicciones razonables no causan demasiados problemas, sino más bien al contrario. Nos permiten no volvernos locos al descubrir cada día las sábanas de nuestra cama, así que las dejaremos en bendita paz. Sin embargo, las creencias a secas no son tan benévolas a priori. Contrariamente a lo que se dice, el hombre no es un animal racional sino un animal consciente que a veces razona, por lo que sus actos están necesariamente marcados por sus creencias. Las condiciones en que esas creencias vieron la luz marcan determinados patrones que se dejan entrever en sus manifestaciones: en religiones, en doctrinas políticas y económicas y en sentimientos nacionalistas se reconocen aspectos tribales como sistema de nexo social basados en verdades no racionalizadas sino simplemente asimiladas que establecen fronteras entre grupos bien definidas. La pertenencia al grupo genera precisamente el sentimiento de grupo, iniciando lo que José Lázaro describió como «la pendiente resbaladiza desde la creencia al genocidio», una secuencia de fases de la creencia que no tienen por qué darse en su totalidad pero tampoco tienen por qué no seguirse:
- Tribalismo. Abuso de la autoafirmación por encima de los extraños, en base a una verdad autoevidente que sólo el grupo conoce, sigue o siente. Narcisismo grupal de las pequeñas cosas: lengua, historia, religión, presunta opresión, honor mancillado…
- Gregarismo. Tendencia al autoabastecimiento: desde el proteccionismo agrícola hasta las lecturas sectarias de sólo ciertos autores políticos.
- Unitarismo. La doctrina del grupo es una. La disidencia o innovación interna está mal vista.
- Autoindulgencia. Los errores o excesos que comete el grupo o alguno de sus miembros en determinados momentos son bien vistos y permitidos. Este punto es crítico: licencia para actuar mal en base a la aceptación grupal.
- Exclusión. La disidencia interna deja de estar mal vista y pasa a ser considerada delito-pecado. Los disidentes son condenados, con suerte, al ostracismo social.
- Elección. O conmigo o contra mí. Toda situación requiere adhesión inquebrantable y positiva o exclusión. Los externos empiezan a ser los malos.
- Genocidio basado en el miedo.
Obviamente no todas las creencias pasan por todos los estados. El nacionalismo en Europa, por ejemplo y a pesar de haber llegado al séptimo en el pasado, se sitúa ahora sobre el tercero, pivotando a veces sobre el segundo y peligrosamente sobre el cuarto en términos generales (ahí tenemos a ETA para destrozar estadísticas). El fundamentalismo islámico de la actualidad pone su frontera en el sexto y no sabemos si planea detenerse ahí, porque echa mano del siguiente allá donde puede. Como norma, para que la pendiente sea perfectamente resbaladiza y se toque fondo es necesario que el grupo sea suficientemente grande y fuerte, y suficientemente creyente.
Existe una falacia bastante extendida que pone en el mismo plano de valor las verdades obtenidas mediante creencias y las verdades obtenidas mediante ciencias, en un intento nihilista de negar la posibilidad real de conocimiento cuya razón de ser, en última instancia, es la pereza intelectual del que prefiere creer a saber y no quiere que le llamen ignorante con razón. La principal diferencia entre ambas verdades radica en que mientras las creencias, sean convicciones razonables o no, nacen en nosotros sin evocarlas, sin necesidad de poner en marcha ningún razonamiento, las verdades científicas demandan de nosotros una actividad de comprensión e interiorización. En las creencias se está, las ideas (en este caso, científicas) se tienen. Otra diferencia primordial es la manera en que llegamos a obtener esas verdades científicas: el método científico ha demostrado ser una herramienta fiable a la hora de conocer el funcionamiento del Universo, siendo sus aplicaciones las pruebas y sus predicciones sus avales. No sólo admite su propia limitación en determinados aspectos, sino que implementa una función propia de autocorrección que pule sus resultados. La democratización del conocimiento implica la fiscalización del fraude y la posibilidad de despejar uno mismo las dudas experimentando. Toda una maquinaria de búsqueda de conocimiento de probada solvencia que nada tiene que ver con ideales de paraísos post mortem.
Todos tenemos, en mayor o menor medida, asimiladas como verdades ciertas creencias y ciertos postulados de la ciencia. Ambos compartimentos no son estancos, y lo son menos a la hora de influir en nuestros actos. Somos, por así decirlo, imperfectamente racionales1, porque no solemos maximizar nuestra función de utilidad sino que nos dejamos llevar (por una buena idea, un buen sentimiento, una hipótesis atractiva… cualquier cosa que nos permita evitar razonar y nos haga sentir cómodos). Pero también somos capaces de ir más allá. Por encima de las verdades provisionales y localizadas que proporciona la ciencia se eleva el pensamiento, hábil para solapar conocimientos y creencias para formar un cuadro coherente de la propia existencia. Ese pensamiento admite y promociona la interdisciplinaridad científica, para ver el cuadro de la Naturaleza desde un punto más elevado. También estudia relaciones entre mitos y fábulas, coincidencias literarias y paralelismos artísticos y alfabéticos para establecer corrientes de alcance histórico. Indaga sobre el cerebro, el ADN, la evolución y el comportamiento y extrae consecuencias cruzadas. Es ese pensamiento el que da sentido al mecánico (aunque necesario) fabricador de verdades que es el laboratorio de análisis científico. «Afirmar radicalmente ser humano pensante significa renunciar a “los nuestros”» dice Lázaro, pues quien piensa no lo hace en la particularidad de su grupo, sino en la vastedad del todo, adaptando sus armas según el terreno hostil que pisa.
En la medida en que dejemos a un lado las creencias propensas a resbalar y potenciemos el hábito de pensar seremos capaces de progresar como especie. El racionalismo escéptico es el arma teórica del humanismo secular, una forma de entender las relaciones sociales que no huye de convicciones razonables pero no confía en creencias por la misma razón que diferencia el respeto que nace de la buena educación del que surge del miedo. Una corriente de pensamiento en un mundo de creencias.
José Lázaro es profesor de Historia y Teoría de la Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid
1 Wojciech Zaluski: Evolutionary View of Human Nature and the Goals of Law - European University Institute Working Papers, Max Webber Programme (2008)
Serie Democracia versus Teocracia
16.07.08
Democracia versus Teocracia
Comentarios y notas a una conferencia de Ibn Warraq
«Una democracia no puede durar mucho sin libertad de expresión». Con sólo una frase, el autor de Por qué no soy musulmán resume la tragedia de nuestro tiempo, una tragedia que lucha por imponerse dando pequeños pero firmes pasos. Uno de los más famosos llamamientos del fundamentalismo islámico es sencillamente aterrador: conquistaremos Europa con el vientre de nuestras mujeres. Y es aterrador porque es una puerta abierta a la tiranía, que puede llegar de manos de una nueva mayoría social extraña a los valores humanistas o de una respuesta oficial que traspase la frontera del racismo.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos dice en su artículo 18 que toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia. Resulta llamativo que el derecho a abandonar la religión no sea reconocido, un agujero que se repite también en su versión Sharia, la Declaración de los Derechos Humanos en el Islám (al que añade unos cuantos agujeros más en materia de libertad religiosa o igualdad de sexos). De hecho, grupos religiosos bien conocidos (sunís y chiís) ni siquiera admiten la posibilidad de cambiar de religión y seguir con vida.
Hace un mes, en una decisión incomprensible, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU decidió prohibir la crítica en su seno a las prácticas religiosas islámicas contrarias a la declaración que le da nombre. En una sesión vergonzosa, se impuso un modelo de respeto basado en el tabú. Apelando al diálogo y al entendimiento, la Comisión se declaró incapaz de debatir sobre lapidaciones y vejaciones a mujeres. La ONU contra los Derechos del Hombre.
Esta situación pone de manifiesto que la Democracia sin etiquetas no es suficiente. Las mayorías sociales no pueden imponer la impunidad debido al origen metafísico de los actos. El choque que existe entre Democracia y Teocracia se transforma en una batalla entre Democracia y Democracia Liberal en Europa, donde un exceso de relativismo ha llegado a plantear que todas las posturas son respetables sin ver la evidentes contradicciones que de ello se derivan. Un sistema democrático vacío es simplemente eso, vacío. En palabras de Spinoza «el propósito del Estado es la Libertad», y para ello debe proporcionar las armas (racionales) a los ciudadanos que les permitan pensar, decidir y formarse juicios de opinión.
La Sharia es incompatible con la Democracia Liberal por una razón demasiado visible: mientras en un estado moderno la normas básicas se construyen entre todos y respetando un marco de convivencia, la Sharia es una ley infalible y definitiva, Además, es incompatible con los Derechos Humanos en tanto legitima la discriminación contra las mujeres, el esclavismo y la tortura y regula hasta la asfixia las relaciones sociales. No existe un término equivalente a «laico» o «secular» en el vocabulario fundamentalista, por lo que es imposible ninguna separación del Estado respecto a la religión. Aún así, no en todos los países de mayoría musulmana practican su fe de la misma forma, ni dentro de un mismo país se ve todo de la misma manera. Existe un Islám tipo I, que se basa en las palabras del profeta y en su libro sagrado; un Islám tipo II que basa sus leyes de convivencia en la interpretación que teólogos e instituciones hacen de las palabras del profeta (y que englobaría a la Sharia), y un Islám tipo III, representado por cómo vive la sociedad islámica su propia creencia. A medida que descendemos en esa clasificación, el nivel de tolerancia es mayor: las personas, en su convivencia normal y diaria, son mucho más tolerantes y flexibles con las prácticas de los demás que los estudiosos y eruditos que interpretan el Corán. Y éstos, aunque sólo sea por las alturas de la Historia en las que estamos, son un poco más tolerantes que las palabras literales del profeta.
Si hay alguna posibilidad de evitar un choque cultural que puede terminar en un estallido de violencia (y a la perpetua situación en Oriente Medio me remito), ésta pasa irremediablemente por impulsar el pensamiento laico en el Islám. Y para ello debemos servirnos de la emigración, tanto de trabajadores como de estudiantes. Los inmigrantes que llegan desde sociedades musulmanas suelen ser precisamente de las capas más tolerantes, y se deben convertir en embajadores de excepción de nuestra forma de ser: es más convincente una palabra de tu vecino emigrado describiendo las bondades y el progreso que se derivan de la sociedad laica que cualquier discurso desde un púlpito. Los musulmanes moderados, los que son capaces de convivir y han aceptado que su religión, como todas, es sólo poesía, son nuestros mejores defensores. Porque son testimonios vivientes de por qué la ley en Occidente es mejor que la Sharia. Lamentablemente, aún no nos hemos dado cuenta, y ellos seguramente tampoco, de manera que todavía jugamos al racismo por un lado y al enroque que provoca el victimismo por el otro.
Linkografía
Serie Democracia versus Teocracia