El Destino del Iscariote

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28.10.09

Contra Hipatia

Introito

Lo malo de querer saber un poco de todo es que nunca sabes demasiado de nada. Uno termina teniendo nociones en vez de conocimientos, y debe andar con cuidado para no embarrarse. Por poner un ejemplo al caso, no soy ni siquiera un profano de la Historia, mucho menos de los pormenores de la antigua. Vamos, que (como habrás adivinado por el título, esta entrada va sobre Ágora) no entro ni salgo en si Amenábar se toma licencias, miente o interpreta, que me queda bastante grande y que los que saben ya dicen. Pero hoy, por fin, he podido ir a ver la película, en un pase a media tarde y con otras diez personas en la sala.

Hay quien quiere ver en la cinta un alegato contra el cristianismo, cuando lo es contra la barbarie. No sé si es común la creencia de que el cristianismo se extendió por el mundo occidental sin controversias, o si nadie es capaz de relacionar las Guerras de Religión con la religión predominante, pero en mi ignorancia pensaba que era materia común conocida que la implantación de una religión tan iconoclasta como el cristianismo primitivo, en un mar greco-romano de creencias laxas, había sufrido episodios claroscuros. La repercusión entre los círculos creyentes más exaltados me hace ver que, más bien, es al contrario y ni siquiera ellos recuerdan los cismas, declaraciones de herejía y persecuciones a las que ha asistido este continente.

Parece que sólo existen dos opiniones posibles: o el cristianismo destruyó el saber antiguo y obstaculizó el progreso científico hasta que la enmienda a la totalidad lo amenazó realmente y tuvo que tragar, o en realidad fue el garante de los sabios y su sabiduría, asimilándola y enorgulleciéndose de ella, y dejando las bases listas para la explosión del conocimiento de los últimos siglos. La realidad, siempre tozuda, decide que se trata de un poco de ambas. La primera por fanatismo, la segunda por necesidad.

Pero decía que, en mi opinión, la cinta trata de violencia. O de algo más profundo que la subyace.

Cuando la razón no vale

Los ateos, que comemos niños por la mañana, gustamos controlar mentes por la tarde. No se lo vayan a decir, pero me ha costado mucha concentración convencer a Santiago Navajas de que fuera a ver la película, publicara hoy un comentario sobre ella y destacara justo la frase que yo quería destacar. Y todo esto sin que él lo sepa. Las respuestas que recibe, loas a César Vidal incluidas, ya no son cosa mía.

Realmente sólo se puede sacar algo en claro de Ágora si le damos la vuelta al celuloide y mirando su envés prestamos atención a lo que el director trata de enmascarar. El momento clave ocurre cuando el asalto de la turba cristiana a la Biblioteca, donde se han refugiado los politeístas y uno de éstos exclama algo así: “Pero, ¿de dónde han salido tantos cristianos?” Sin embargo, toda la película mira hacia otro lado. Los desesperados, los explotados, los masacrados… el gran magma de la esclavitud sobre el que se había edificado la civilización griega y, posteriormente, la romana encontró en el mensaje cristiano de la igualdad esencial de los seres humanos el pivote revolucionario sobre el que iba a edificarse el cristianismo, para sorpresa de restos aristocráticos que, como Hipatia, habrían aprendido de Aristóteles que la esclavitud es “por naturaleza”.

Cuando uno cuenta una historia, no puede contar todo lo que acompaña a esa historia o tendría que contar el cuento desde que el mundo es mundo. Sin embargo, sí que he echado de menos una explicación a la explosión del cristianismo, aunque realmente hubiese estado bastante fuera de lugar: si la idea era mostrar el relato según los ojos de Hipatia y los suyos, decir que se dieron de bruces con la realidad no me parece muy descabellado. La realidad, en este caso, fue una ola de destrucción.

¿De dónde han salido tantos cristianos? Claramente, de un mundo en el que tener razón no era suficiente, seguramente porque antes de la satisfacción intelectual el ser humano tiene otras ansias que saciar. En ocasiones se nos acusa a la izquierda de justificar actos que sólo tratamos de entender. En este caso, hagamos de abogado de Cirilo.

El cristianismo tiene razones que la razón no entiende

En realidad tanto el cristianismo como Cirilo e Hipatia son meras etiquetas plausibles históricamente, pero el conflicto es mucho más profundo. Se dice bastante a menudo que ciencia y religión son incompatibles, o que son perfectamente complementarias. Yo me suelo inclinar más bien por la primera, porque seguramente tengo una opinión sobre la religión bastante negativa, pero sé reconocer la realidad de la segunda. Nadie negará que un occidental del siglo XXI puede ir a misa un domingo y a trabajar a un laboratorio de física elemental un lunes perfectamente, sin tener una encarnizada lucha interna. Cuando los que lo afirmamos decimos que ciencia y religión son incompatibles nos referimos más bien a que sus fundamentos lo son. Revelación y razón son dos términos bastante contradictorios, así que no es de extrañar que sus derivadas (religión y ciencia) entren en conflicto.

Tendemos a creer que todo el mundo es tan civilizado como nosotros. Sabemos qué son las estrellas y la Luna, y qué es un planeta, y lo sabemos más allá de toda duda. Hemos vivido y estudiado distintos sistemas de gobierno y separaciones entre creencias y leyes, y hemos estudiado sus consecuencias. Nuestra propia Historia ha ido poniendo al hombre más y más por encima de otras consideraciones. Lejos nos quedan los tiempos en que la gente se mataba por pensar diferente sobre esos asuntos que ya creemos superados, pero esa superación es una ventaja con la que contamos que muchas veces pasamos por alto. Para llegar a ese estadio antes tenemos que poner muchos pilares, y uno de los errores que solemos cometer es tratar de inculcar esos saberes en personas que no disponen de esos cimientos necesarios. Tratamos de exportar democracia a regiones en las que pensar que la Tierra no es plana es una locura blasfema inconcebible. Hay literalmente millones de personas que nunca creerían que se puede ir a la Luna porque sencillamente no pueden.

También ocurre al contrario. Una de las razones por las que me hice ateo es que si dios existiera sentía que debería ser algo tan grande que no contemplaba lugar o situación en que él no debiera estar presente en toda mi vida. Si tenía que creer, debía hacerlo contra evidencia pues en caso contrario, ¿qué valor tiene? Miré alrededor y elegí en conciencia, pero algunas cosas permanecen. Soy de los que opinan que hay que ser consecuente, y eso implica, por ejemplo, que crea tremendamente equivocadas las soflamas homófobas que vienen de parte de la Iglesia, pero entienda las razones que llevan a sostenerlas. Cuando uno se ve superado por una idea como la de dios, el hecho de que las personas se equivoquen o sufran pierde perspectiva y es irrelevante. Afortunadamente, el asunto religioso en este oasis occidental ya no se lleva de ese modo, porque ya casi nadie ve a dios así. Desgraciadamente, este oasis es limitado. Pero el problema es que los que vivimos en él hemos olvidado que la razón no siempre convence, porque a veces no es bienvenida. Mäs que olvidarlo, muchos no pueden concebirlo, lo que nos pone en clara desventaja.

Cirilo tenía múltiples razones. Tanto él como muchos otros, en tanto su propio sistema de creencias y su valoración del mundo le hacían creer que actuaba rectamente, y en cuanto carecía de la capacidad argumental de entender su error. Esto, lejos de ser una justificación, es un punto de partida. Porque si la idea es minimizar los efectos fundamentalistas de las religiones, primero hay que diagnosticar el problema aunque nos disguste.

Hipatia somos todos

El error de Hipatia, de Alejandría y previsiblemente el de occidente es el mismo: menospreciar la capacidad humana para la barbarie. El ser humano, a mi juicio, no es bueno ni malo por naturaleza, sino animal. Un animal que a veces razona, como ya he dicho otras veces, lo que no lo convierte por arte de magia en un animal racional. En determinadas circunstancias su genio aflora y da a luz cosas como una revolución copernicana, las Leyes de Mendel o el Coliseo, pero para eso necesita de cierta estabilidad exterior y capacidad para dudar e innovar. Damos por hechas esas condiciones, pero son relativamente poco numerosas desde que bajamos de los árboles. Pero cuando se producen los que las viven suelen olvidar de dónde salieron o qué las rodea.

En occidente, como en las élites de cada gran imperio justo antes de caer (el catastrofismo no era mi objetivo, no me malinterpretéis), damos por sentadas esas condiciones hasta el punto de que, como en la película, no enfrentamos la realidad. Como en la película, los librepensadores comentamos ciertas alertas vagas (homosexualidad y catolicismo, penetración de la sharia…) como si no pasasen a dos calles de nuestras casas, y en nuestros círculos de confianza y sin atrevernos a afrontar un cara a cara. La idea de que dios te respalda, por el contrario, azuza la dignidad de los creyentes, que sostienen públicamente sus ideas con la convicción que sólo el convencimiento íntimo y la incapacidad para siquiera suponerse equivocado conceden.

Hipatia somos todos los que nos encerramos en nuestras convicciones razonadas mientras otros gritan sus creencias. Hipatia somos los que nos encontraremos, más pronto que tarde, a la barbarie fundamentalista de vuelta derribando nuestras puertas. Porque es algo tremendamente humano que no necesita de nada más que de destrucción de ciertas categorías mentales, un ejercicio que las sociedades demasiado acomodadas gustan de promover y las que viven incómodas realizan todos los días.

La lectura entre lineas diría que hablo de islam, o de su santa alianza con el catolicismo, pero en realidad voy mucho más allá. En toda idea autoritaria se repiten los esquemas: la implantación de nuevas categorías de pensamiento mediante un discurso pretendidamente razonado y amable acompañada de fanatismo en la ejecución y altanería en la confrontación. El poli bueno y el poli malo, en versión antigua. El cristianismo, en este asunto y salvando las distancias, no es muy diferente a un comunismo o a un nazismo muy pulido por los siglos. Pero la capacidad de crear monstruos no ha acabado ni, me atrevo a aventurar, acabará: no creo que exista un mecanismo biológico que nos empuje a la razón abandonando la revelación.

Hipatia murió porque las personas buenas no están dispuestas a defender sus ideas con sangre, y las personas fanáticas sí. Ese principio universal sigue siendo válido hoy, y el grado de fanatismo de la diferentes comunidades humanas no ha descendido demasiado a pesar de lo que pensemos aquí o de lo que hayamos progresado, como tampoco ha cambiado nuestra aversión como librepensadores a la violencia innecesaria.

Pero a lo que no tenemos derecho ya es a callar.

27.03.09

BSG: ha pasado, volverá a pasar

El final de Battlestar Galactica ha sido polémico. Es complejo resumir en una entrada toda una serie y dedicar un espacio además a una visión alternativa de su final, así que mejor nos vamos poniendo. Contiene innumerables spoilers, por lo que si no has visto la serie detente: debes verla. Ya me lo agradecerás. Además, con la cantidad de detalles que me dejo o sabes de qué hablo o es posible que te pierdas.

En resumen

Galactica es una serie sobre la supervivencia. Comienza con el genocidio de la raza humana (de la que sólo sobrevive un puñado de miles de personas) a manos de los cylon (robots rebelados contra su humano creador). Este marco, que ya promete, es en realidad muchísimo más complejo. La raza humana vive desperdigada por las Doce Colonias, bajo un gobierno común, y cree que su origen es el mítico planeta Kobol desde el cual partieron las semillas de su civilización. Mantienen una sociedad de bienestar similar a la nuestra, son politeístas (creen en los dioses de Kobol, que por casualidad argumental coinciden con el panteón griego) y han alcanzado un gran desarrollo tecnológico. Tanto es así que logran producir inteligencias artificiales y las ponen a su servicio: los cylon. Pero los cylon se levantan ante lo que consideran opresión y se desencadena una guerra que acaba con un acuerdo de paz y separación de las dos razas. Como garantía del acuerdo se fija una reunión anual en un punto intermedio del espacio entre cada civilización, pero los cylon no aparecen en los últimos cuarenta encuentros. Mientras los humanos celebran cuarenta años de paz, atacan. Y es que en cuatro décadas los cylon no sólo han desarrollado su propia sociedad (se han decantado por un monoteísmo fundamentalista: las mentes de silicio también crean dioses) sino que han conseguido producir cylon con apariencia humana, infiltrarlos en las colonias e incluso hacerlo sin que los propios infiltrados sepan siquiera que son cylon. Las tostadoras ahora son pellejudos. Y como dice la entrada de la propia serie, tienen un plan.

Ahí empieza Galactica. La miniserie que encabezó la producción se estreno el 5 de diciembre de 2003, apenas dos años después de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, y comenzaba con hongos nucleares consumando el genocidio. No es casualidad: los primeros episodios de la serie son un espejo de la sociedad americana post-11s aturdida por el miedo. Durante toda la serie se palpa ese miedo. Miedo a cylon dormidos dentro de la flota superviviente. Miedo a un ataque que no se pueda repeler. Miedo al exterminio de la raza. Se suceden toda clase de situaciones que ponen en riesgo las propias convicciones morales, desde atentados suicidas hasta colaboracionismo con el invasor. Y la guerra sigue y sigue.

Por el camino vamos descubriendo los secretos de los cylon. Existen ocho modelos de pellejudos, uno de los cuales fue empaquetado hace mucho tiempo por una desavenencia entre ellos. Toman las decisiones por mayoría y acatan sin problema, hasta que llegan los problemas. Y es que estos pellejudos fueron hechos como humanos, y por tanto algunos de ellos empiezan a percibir que la humanidad es algo más que esas criaturas biológicas que se empeñan en exterminar. La disidencia ha llegado de manos de una seis (Tricia es, por derecho propio, el icono de la serie) y algunos individuos de otros modelos. Hay otros personajes destacados, y cada linea argumental profundiza mucho en ellos. Baltar, por ejemplo, es el paradigma del hombre sometido (a los demás, a sus pasiones, al miedo, a una visión del asunto distinta…). Katee Sackhoff en el papel de Kara Trace es la típica bravucona, bebedora y malhablada y la mejor piloto, enamorada del hijo del almirante tras la muerte de su novio (el otro hijo del almirante), y en un episodio encontró su propio cuerpo carbonizado en un planeta llamado Tierra. Es el otro icono de la serie, pero yo prefiero a mi six.

Como quien no quiere la cosa, humanos y cylon dejan de guerrear sólo por su especie y empiezan a guerrear también por la supervivencia de su estilo de vida. Los cylon han perdido en la lucha la capacidad de resucitar (o más bien de descargarse en un nuevo cuerpo) y se exponen a su total desaparición, algo que los humanos sí pueden suplir con su procreación. Pero existe una niña, mitad humana y mitad cylon, en la que están puestas las esperanzas de ambas especies. La historia se complica un poco más, como suele pasar en estos relatos de Ciencia Ficción (hay otros cinco cylon que en realidad son los creadores de los otros ocho, que en realidad eran habitantes de una treceava tribu humana y que además se salvaron y está en la flota, y que pueden devolver la resurrección a los cylon, y esa treceava tribu vivía en la Tierra y fueron exterminado por los cylon en un preludio a esta historia, y casi se produce un acuerdo que destroza la serie, y Baltar hace un discurso infumable acerca de la divinidad que logra vencer al genio cartesiano del cylon Cavil por alguna razón que se me escapa…) pero lo importante es el final.

Último capítulo, última hora de Galactica. Kara Trace dirige Galactica guiada por los dibujos de la niña híbrida, Hera, hacia unas coordenadas desconocidas en el espacio. Vemos Galactica sobrevolar la Luna y llegar a la Tierra. Bueno, la llaman Tierra después como desquite por la Tierra carbonizada y devastada donde Kara se encontró a sí misma, claro. En ella, en África, tribus de humanos (genéticamente compatibles, dice Baltar) habitan en pequeños grupos. Primera decisión chocante: los supervivientes de las colonias deciden establecerse en el planeta pero deshacerse de todo vestigio de civilización (mandan sus naves al Sol). Quieren que la Humanidad tenga un nuevo comienzo sin los problemas de la tecnología y la técnica.

Tras la despedida de rigor de los personajes, salto al futuro: 150.000 años después, una gran ciudad de nuestra actualidad. Dos noticias: una presentación de robots humanoides y el hallazgo de la Eva mitocondrial: Hera. Justo antes habíamos descubierto que varios personajes, algunos de los cuales pensábamos que era simples visiones de loco o inducidas por chips o drogas, son ángeles. Kara Trace, sin ir más lejos, resulta ser uno de ellos en misión de guía a la Tierra prometida.

Motivos para el desacuerdo

Este final tan redondo no ha convencido a todo el mundo. Josh Tyler lo tiene claro: el final ha sido una decepción (seamos bienhablados) pero no pasa nada. Galactica nos ha regalado cuatro temporadas de buenísima Ciencia Ficción, qué más da que la respuesta de Ron Moore sea una a todos los misterios: es dios! Tampoco debería sorprendernos. La serie está plagada de referencias mitológicas y espirituales. ¿Kobol? Nos hemos tragado varias temporadas en las que el argumento consistía en la búsqueda y localización de la Flecha de Apolo, el Templo de Atenea y las profecías de Pitia. No, lo que ha molestado no ha sido el exceso de espiritualidad ni que las videntes realmente acertaran al leer las manos. Lo que sí ha molestado es la resolución de todos los interrogantes misteriosos con un es un ángel y listo. Lo que sí ha molestado ha sido el discurso anti-tecnológico de un personaje tan importante como para ser Presidente de las Colonias.

Se quejan los fans de que se apela demasiado a dios. ¿Una raza humana que evoluciona independientemente, compatible con la que ya existe? Es un plan de dios. Por eso había ángeles dirigiendo las acciones de personajes clave. Por eso Kara vuelve de entre los muertos. Por eso Hera dibuja estrellas que se trasladan al pentagrama y a la consola del FTL. Y el plan de dios es que rompamos el círculo que destrozó la vieja Tierra y las doce colonias, que dejemos de jugar con la inteligencia artificial y seamos mansos chicos.

Yo no lo veo así

En primer lugar, no entiendo del todo las quejas. Cuando uno se plantea darle un final a una saga como Galactica debe hilvanarla de manera que no a todos les guste. No hay finales felices universales. Por poner ejemplos de renombre, podemos recordar las salidas de pata de banco de Asimov con sus mentalistas (¿Y molesta que una seis sea un ángel? ¿La habéis visto bien?) y su final final: la Humanidad disolviéndose en Galaxia. O Simmons, que mediante la comunión con la sangre de Aenea nos vuelve a todos mega-empáticos. La esencia de la Ciencia Ficción se mezcla con este tipo de cosas cuando trata de terminar historias definitivamente. Y como producto de Ciencia Ficción, no me molestan más los ángeles que las Segundas Fundaciones. Tampoco me molesta que Ron nos haya proporcionado un pasado alternativo similar a las creencias mormonas, porque desde un ojo dispuesto los relatos religiosos son verdaderas joyas de la Ciencia Ficción. ¿O acaso el relato La estrella de Clarke es peor por estar emparentado con una creencia?

Una vez asentado eso, lo cierto es que yo también me quedé con un regusto más bien amargo ante esa respuesta, pero es lo que hay. Sin embargo, hay otro aspecto en el que discrepo mucho de las críticas: el panfleto anti-tecnológico no es tal.

La idea base de la serie es que jugar a crear vida es problemático. esta vida, autoconsciente, se puede rebelar. No es tampoco un planteamiento novedoso (recordemos Matrix, y cómo no produjo ninguna reacción tachándola de tecnófoba simplemente porque los malos fueran máquinas), pero le da una vuelta de tuerca: esto ya ha pasado y volverá a pasar. Esa noción de eterno retorno parece indicar que siempre que intentamos ser dioses nos sale mal, una y otra vez, hasta que dios acude a romper el círculo y nos da otra oportunidad.

Tampoco es demasiado chocante. En este contexto el último remanente de la Humanidad acaba de terminar una guerra con sus cibernéticas criaturas: es natural un repunte en el ideal del pasado feliz, ese en el que la gente era inocente por tener que andar diez kilómetros para poder beber agua. En nuestra sociedad también existen estos movimientos newageros y similares que hablan de comunión, naturaleza y sincronismos y que aseguran que el progreso es lo peor que le ha ocurrido al ser humano. Muchos han visto en el final de Galactica un espaldarazo a semejantes tonterías.

Yo discrepo. Profundamente. Porque sí, los restos de las doce colonias deciden abandonar su tecnología, pensando que el ser humano merece otra oportunidad. Una oportunidad en la que no desarrolle inteligencia artificial y no se vea abocado a una guerra de supervivencia. Pero vuelve a hacerlo. El final de la serie, si nos enseña algo, no es que debemos vivir en cuevas ni prescindir de los aparatos voladores sino que no podemos evitar construirlos. Porque es inevitable que el ser humano sea curioso. Es inevitable que el ser humano desarrolle herramientas que le faciliten la vida. Es inevitable el progreso desde el mismo momento en que somos humanos. Con advertencia de dios o sin ella, con guerra cíclica y destrucción regular de la Humanidad a manos de sus criaturas incluida, es lo que somos.

Cada vez que lo miro desde este punto de vista me gusta más, la verdad. Un cierre brillante para una serie espectacular.

08.02.09

Grow up or die

Religulous oficialmente no sale a la venta en DVD hasta el próximo 17 de Febrero -ya hay algún torrent en The Pirate Bay-, y estoy convencido de que va a gozar de una fabulosa campaña de promoción a cargo de sus propios detractores. Sobre todo el alegato final, en donde Bill Maher se sobra (¿o no?) un poco, presentando una situación casi de no retorno y poniendo la guinda con la frase «Grow up or die». Muy militante, pero no le falta razón.

La cinta toca todos los palos. Como es normal, uno empieza cuestionando aquello que ha mamado. En el caso de Maher, el catolicismo salpilmentado por una madre judía, dando lugar a una historia llena de detalles (como por ejemplo que la planificación familiar provocara la salida de la Iglesia). Una visita al Vaticano nos proporciona una irreverente conversación con un descreído. Y es que parece que es más fácil conversar con los que dejan una religión que con los que la profesan. Lo mismo ocurre en Salt Lake City, donde dos ex-mormones denuncian la completa exclusión social y familiar que deben sufrir por no creer que los negros son -espiritualmente- inferiores.

Pero hay que predicar en el desierto. Desde una capilla en un aparcamiento para camioneros hasta el Museo Creacionista de Petersburg, Kentucky. Pasando por un par de iglesias del nuevo evangelismo (con tataranieto de Cristo incluido), una agencia que se encarga de reprimir impulsos homosexuales para mantenerse en la fe y el despacho de algún senador. La mayoría muestran un vergonzoso desconocimiento de los más mínimos rudimentos de su propia fe, y en el mejor de los casos una carencia de cultura general bastante acusada. Campo abonado para un activista del librepensamiento, que se ceba y nos regala momentos de escupir el café. Y aunque es un blanco fácil, su crítica a la irracionalidad de la Cienciología (y su comparación con las creencias estándar) es de fondo: bien, una vez superado el reto de los nacimientos virginales y las encarnaciones extraterrestres… ¿ahora qué? ¿Qué le queda por inventarse a la religión? Curioso que tenga que ser, precisamente, un científico católico el que ponga orden en este sindiós, aunque al ver los artículos para el sabbath hebreo se demuestra que la técnica puede producir tonterías también.

Por esa crítica feroz a las creencias heredadas pero bastante poco creíbles de la vieja Europa y su hija americana algunos tacharán este documental de ataque a la Iglesia y un insulto a sus creencias. Al fin y al cabo, les plantea una pregunta ante la que no tienes más respuesta que el muy repetido «no, no, no, no» -ilustrado por los tres monitos del diseño del DVD, esos del no veo, no oigo, no digo- y se desgañitarán diciendo que «eso a los musulmanes no se lo dice», uno no sabe si porque quieren poder declarar fatwas o qué. El caso es que, como siempre, pincharán en hueso. Uno de los entrevistados es Geert Wilders, parlamentario holandés y conocido por sus críticas al Islám. Además, la narración hace que compartan espacio una pareja homosexual y musulmana que mantiene un bar en Holanda y recuerda con pavor su país de origen, una visita -ya en la ciudad…- al creador del culto a la Marihuana, una entrevista a una musulmana en el lugar exacto del asesinato de Theo Van Gogh, una visita a un miembro de la Mezquita Talibán en Amsterdam… Bastante completo para hacerse una idea de la situación real en Europa.

Así, repito que esta cinta va camino de ganarse las críticas de todos. Los bienpensantes del mestizaje y el ecumenismo con la barbarie exótica la descalificarán por su presentación del problema de libertades que tenemos en Europa como una criminalización de una religión. Oigan, 50 asesinados por unas viñetas. Oigan, que las mujeres tienen rincones especiales. En Europa, siglo XXI. Se ha visto con el asunto del bus ateo, que aún siendo una pequeña tontería ha demostrado que existe una opción olvidada y que reclama su espacio. Reclamemos nuestro espacio y dejemos de cubrir tabús con capas de respeto. El largometraje es un llamamiento al activismo de los descreídos, de los librepensadores. Un poco catastrofista, pero para nada desencaminado en su petición.

Y divertido. No apto para mentes muy sensibles a que les menten a su dios, pero para el resto -los que no tenemos esas lucecitas en la cabeza, como dice Andrew Newberg- muy divertido. Porque presenta el asunto desde un punto de vista que normalmente no es visible: «todo eso está muy bien (rocas sagradas, madres vírgenes y hombres andando sobre el agua), pero no pretenderán que me lo tome en serio, ¿no?». Un punto de vista que no sólo es necesario mostrar, sino que es el de todos los que convivimos con la religión sin entender muy bien cómo alguien puede, racionalmente y a conciencia, tragarse algo. Porque yo a veces pienso, visto lo visto, que realmente somos de otra especie.

10.01.09

La hipótesis del regalo para el baño

Sheldon es mi nuevo héroe. Por lo menos hasta que vuelva Ben Linus, claro.

Sí, ya sé que llego tarde a la fiesta: he estado ocupado.