Floyd abrió su pequeña consola de comunicaciones, pulsó las teclas de decodificación y pidió la
información sobre Tsien que le había sido transmitida desde Washington. Se preguntaba si sus
anfitriones habrían logrado descifrarla; la clave estaba basada en el producto de dos números primos de
cien dígitos y la Agencia Nacional de Seguridad había apostado su reputación a que la computadora más
rápida de la actualidad no podría solucionarla antes del gran estallido del fin del Universo.