El Destino del Iscariote

I wouldn't pay for that more than 30 coins!

10.04.09

Costumbres paganas vigentes

Sin prisa pero sin pausa, la parte menos piadosa de la población ha acabado haciéndose con el control de toda la vida pública. No sólo invaden la calle con sus carteles y sus manifestaciones, sino que hasta han conseguido infiltrar entre el calendario religioso fiestas paganas. Además de cambiar la fecha de la Natividad del Señor para hacerla coincidir con varios nacimientos místicos más, han conseguido solapar la fiesta por antonomasia (la Pascua) en su calendario agrícola satánico.

¿Pues no van y ponen las Fiestas de Primavera justo después? Por si fuera poco, tienen la desfachatez de llamar a uno de esos días “Entierro de la Sardina”, en una clara mofa de la cuaresma y los rigores alimenticios que conlleva. O conllevaba en mis tiempos, panda de descreídos.

La Verónica

En la imagen, la Verónica, ese entrañable personaje tan castizo y familiar que no aparece en los evangelios.


P.D. Nadie debería llegar al ateísmo sin haber visto antes la procesión de Viernes Santo en Murcia, la de los Salzillos. Hasta salgo yo y todo.

08.04.09

Inevitable

Además de un asunto generacional (y por tanto, cuestión de tiempo) la normalización legal del matrimonio entre personas del mismo sexo es una cuestión de justicia social.

Contrariamente a lo que ha sucedido en nuestro país, donde se planteaba el debate en términos de «ampliación de derechos», en Estados Unidos se está recorriendo el camino contrario. Ya son tres los estados en los que una resolución judicial obliga a abolir decretos prohibicionistas: a Massachusetts y Connecticut se suma Iowa basándose en la simple lógica legal. El matrimonio es un derecho universal, y su restricción sólo puede deberse a razones fundadas. Sólo estableciendo que los homosexuales son constatable y científicamente diferentes podría permitirse la distinción en el ejercicio de ese derecho basándose en la orientación sexual. Como esa prueba no existe, cualquier negación es de hecho discriminación. Este argumento de la Corte Suprema de Iowa es tremendamente potente, pues no sólo valida como un derecho a respetar (y por tanto no a ser ampliado) el de los gays y lesbianas a casarse, sino que se extiende a otros campos igualmente significativos: adopción, por ejemplo. Los prejuicios morales no son pruebas judiciales, ni aquí ni allí ni en Suecia.

Con ese telón de fondo, ayer se dieron dos pasos más en el camino. D.C. reconocerá matrimonios homosexuales celebrados en el exterior, como ya hacía Nueva York. Y como guinda, Vermont se convierte en el primer estado de la Unión que aprueba el reconocimiento del derecho al matrimonio de personas del mismo sexo sin que medie sentencia judicial, sino por propia iniciativa:

Today Vermont legislators did the right thing by overriding Governor Douglas’ veto and granting equal rights to all Vermonters. The struggle for equal rights is never easy. I was proud to be President of the Senate nine years ago when Vermont led the country by creating civil unions. Today is another historic day for Vermont and I have never felt more proud as we become the first state in the country to enact marriage equality not as the result of a court order, but because it is the right thing to do.

Parece que el mismo argumento servirá para tumbar la Proposición 8 en California. Al fin y al cabo, ¿desde cuándo una mayoría tiene la legitimidad de negar un derecho a una minoría sin una razón objetiva?

Mientras tanto, otros se dedican a intentar frenar la iniciativa de la UE para despenalizar la homosexualidad a nivel global. Dicen que eso «pondría en la picota a los países que no consideran matrimonio las uniones homosexuales». ¿Y cuál es el problema? En la picota es donde deben estar. Es inevitable.

05.04.09

Clandestinos

De un tiempo a esta parte, el ambiente se ha vuelto irrespirable para los fieles a Roma. No hay una santa semana en que no salte a las noticias un suceso (una redada en una Iglesia, búsqueda aleatoria de crucifijos bajo los escotes y mil historias más).

La situación es tan tensa que muchos católicos sólo se atreven salir a la calle de noche o refugiados en las sombras de zaguanes y callejones. Se resguardan donde pueden: esquinas, farolas… incluso árboles.

No son muy anchos, pero menos es nada

De hecho, algunos han empezado a salir con un árbol desde casa. Por si acaso.

30.03.09

El Panfleto de Madrid

Ya lo dije hace poco: el aborto me provoca un serio problema moral. Admito que soy susceptible a los discursos sobre la unicidad (en Matemáticas los más bellos teoremas prueban existencias únicas), originalidad y demás características similares. Soy un individualista, por lo que acepto con agrado que me ronden apelando al yo y no al nosotros.

Por si nadie se había dado cuenta, el debate real en este asunto se centra en cuándo aparece el ser humano. En la anterior entrega explicaba que suelo entender, en el sentido humano del término, las visiones maximalistas auspiciadas por esos argumentos que tanto me atraen. Toda la indiferencia que me producen las objeciones religiosas se traduce en un inmenso interés si se trata de individualismo. Y si embargo, sigo apostando por una Ley de Plazos. No sólo porque desde un punto de vista social (esto es, legal) igualar embrión con persona sea un sinsentido, sino porque desde un punto científico es básicamente otro. Y si cabe de mayor calibre.

Es comprensible que se rehuya el asunto, pero eso no hace que el debate sobre el aborto deje de ser puramente moral. Intentar conferir a un embrión todas las características de una persona mediante la apelación a la ciencia no es más que un intento de sustentar las propias convicciones morales, pero a la vez es un juego peligroso. Porque la ciencia es descriptiva, no prescriptiva, y nos dice que en el encuentro de un óvulo y un espermatozoide se conjugan por primera vez los detalles genéticos de un posible nuevo ser humano, pero no nos dice en modo alguno que ese resultado sea una persona. Somos nosotros los que arropamos de derechos, algo que la ciencia ni entra a discutir. La pena de muerte no equivale a la negación de la Ley de la Gravedad.

Por esto, porque incluso siendo partidario de una Ley de Plazos (en la que el primer plazo sea razonablemente corto) y teniendo los oídos prestos a escuchar lo que desean oír, es difícil permanecer impasible ante el despropósito que supone la Declaración de Madrid. No es sólo su expresión escrita, cuyas faltas de ortografía deberían avergonzar a los centenares de profesores de universidad y académicos que la rubrican (aunque cabe la posibilidad para nada remota de que esto sea culpa de HO, desde donde he descargado el documento), ni su intento sutil de dirigir el asunto como si sólo existiese un punto de vista posible, que comentaré más adelante. Lo que más chirría es lo anticientífico que es.

«Existe sobrada evidencia científica de que la vida empieza en el momento de la fecundación» y empezamos a jugar con trampas. Es un recurso bastante manoseado, pero no por ello menos efectivo. Existe sobrada evidencia científica de que en la fecundación aparece una célula cuya carga genética corresponde a un ser humano, que en determinadas condiciones dará lugar a una persona, y que está viva. No es exactamente lo mismo, pero puede parecerlo a quienes intentan vestir de sus propias conclusiones las mismísimas premisas. Sólo de esta manera se puede entender que en este mismo punto se afirme que «la Biología Celular explica que los seres pluricelulares se constituyen a partir de una única célula inicial, el cigoto», un dislate mayúsculo que muestra el tono y la finalidad del panfleto: el deseo de ilustrar a las masas: escuchad, oh pueblo iletrado que aborta, todos lo que la ciencia dice, y veréis que nuestras conclusiones son inapelables. Falaz.

Si se atisbaba al comienzo, el segundo punto es directamente rompedor: «El cigoto es la primera realidad corporal del ser humano», y seguimos haciendo trampa con los conceptos. Porque si lo cierto es que todas las personas alguna vez han sido cigotos, no todos los cigotos llegan a ser personas, por lo que la simple lógica nos dice que haber sido cigoto es condición necesaria pero no suficiente para ser persona. Si aceptáramos sin más que «un aborto no es sólo la interrupción voluntaria del embarazo sino un acto simple y cruel de interrupción de una vida humana» deberíamos aceptar que cerca del 50% de la Humanidad termina su día (o sus pocos días) de una manera cruel. Ese es el porcentaje de óvulos fecundados que son expulsados sin que nadie se entere de que existen. Una mitad de todas las ¿personas? que en el Mundo han podido ser, desechados por un órgano reproductor natural imperfecto. Sin contar con entre el 15% y el 20% de abortos espontáneos una vez que la madre conoce la situación de gestación y que de nuevo se producen por causas totalmente naturales. Y si a esto añadimos que «la naturaleza biológica del embrión y del feto humano es independiente del modo en que se haya originado, bien sea proveniente de una reproducción natural o producto de reproducción asistida» sólo entiendo un modo posible de actuación, y conlleva el ingreso hospitalario de todas las mujeres tras practicar el coito por no menos de una semana, sumado a la prohibición total de cualquier técnica de fecundación artificial que genere embriones no implantados. Como comprenderán no me parece una salida muy razonable.

Lo que nos están diciendo estos declarantes es que tu cuñado, tu vecino, tu primo o incluso tú mismo eres un asesino. Cualquier persona que conozcas que ha usado una técnica de fecundación que genere embriones sobrantes es un asesino. Si eres mujer y alguna vez has practicado el coito sin protección, es muy probable que seas una asesina y ni siquiera lo sepas. Tu novio o marido será cómplice necesario (y ciego, claro). A mí me parece una auténtica barbaridad, pero es la conclusión lógica si se apela a los principios y sus derivadas sin dejar que la Realidad te destroce un buen marco conceptual. Más difícil respuesta científica-versión-madrid tiene el caso de los gemelos univitelinos, que a falta de compartir alma ahora comparten carácter de persona, pero apelar a la ciencia para paralizar el conocimiento científico que mejora realmente y de modo palpable nuestras vidas (como por ejemplo la investigación con células madre embrionarias o la selección embrionaria para la cura de enfermedades) es cuando menos complicado.

Más allá de la falacia que se intenta hacer pasar por ciencia, ya he señalado que el lenguaje delata el interés de los relatores: mostrar de costado las premisas y dirigir mediante el verbo las conclusiones. De otro modo es imposible entender ciertas frases. «Es preciso que la mujer a quien se proponga abortar adopte libremente su decisión, tras un conocimiento informado y preciso del procedimiento y las consecuencias». Cualquiera está de acuerdo en que a una mujer que decide abortar o que duda sobre abortar o que tiene la idea de que es posible que aborte (se me acaban las perífrasis que lo dejen claro) se le debe informar sobre el procedimiento y las consecuencias reales que el procedimiento implica. Pero a las mujeres no se les propone abortar sino que ellas a veces deciden hacerlo. Lo escandaloso de la redacción (por reducir a las mujeres a meros objetos que gestan y reciben proposiciones) sin embargo es lo único que les queda. Nadie con dos dedos de frente se atreve a sugerir en público que toda mujer que aborta es una asesina (por lo que dije la última vez: la consideración moral del embrión no es socialmente la de una persona), mejor que sea una engañada. ¿Nadie? ¿O será que faltan dedos en la frente? Veamos…

«El aborto es un drama con dos víctimas: una muere y la otra sobrevive y sufre a diario las consecuencias de una decisión dramática e irreparable. Quien aborta es siempre la madre y quien sufre las consecuencias también, aunque sea el resultado de una relación compartida y voluntaria». Este drama, que como ya he señalado ocurre duplicado y en silencio por cada embarazo del que se tiene constancia, nos deja un reguero de miles y miles de muertos naturales. Recordemos que el término aborto engloba a estos también, y aunque los redactores del Manifiesto no hayan tenido tiempo de repasarlo (ni de oír hablar de poríferos) la Realidad es la que es. Mujeres que no sufren ninguna consecuencia. En fechas recientes, dos mujeres que conozco han sufrido abortos naturales, y en un estado de gestación ligeramente avanzado en un caso. Por desgracia, también he abrazado a una madre que acaba de perder a una hija. Que intenten hacerme ver que ambas cosas son equiparables, o que las primeras son insensibles (porque quien ha muerto era una persona, sus hijos, y ellas continúan viviendo sin mayor problema), me enerva mucho: ¿quién le ha dado a esta gente el derecho a definir qué acto es humano y cuál no? ¿De verdad creen que no se les nota cuando llaman «madre» a la mujer que lleva un simple embrión y que posiblemente «vaya a ser mamá»?

Cuatro como los jinetes del Apocalipsis. Cuatro últimos puntos de un Manifiesto puramente ideológico, que para no desmerecer son aún más ideológicos. «Dada la trascendencia del acto para el se reclama la intervención de personal médico es preciso respetar la libertad de objeción de conciencia en esta materia». No en la sanidad pública. Parece que uno de los efectos colaterales de la eclosión es que se ha perdido por completo el significado del término público. En «sanidad pública», pública implica precisamente que deben realizarse todas las actuaciones que la Ley contemple de acuerdo a sus facultades técnicas, pues es el público (el ciudadano) el que la mantiene para ello. Un impulso jacobino me empujaría a invitar a todos los médicos de la sanidad pública con problemas de conciencia a marcharse al sector privado, pero una charla que tengo muy presente con Daniel Tercero me modula: puedo llegar a aceptar la objeción de conciencia en la sanidad pública siempre que ésta, por su número, no ponga en riesgo el deber de servicio para el ciudadano. Por tanto, además de respetarla, habría que regularla de manera que no se produjeran situaciones de dejación de funciones.

«El aborto es además una tragedia para la sociedad. Una sociedad indiferente a la matanza de cerca de 120.000 bebés al año es una sociedad fracasada y enferma» llega ya al punto en el que le sobran los disfraces. Un aborto es una matanza. Donde antes a las «madres» se les «sugería» abortar, ahora tenemos a un ejército de «asesinas». No es casual que aparezca este punto cerca del final: una vez falseados los resultados científicos para revestirlos con el lenguaje de las convicciones que preferimos el público debe haber aceptado ya nuestra retórica y éste es el paso natural. Como los peones negros y su intento de socializar la duda, este experimento de ingeniería social intenta que asociemos mental e irreflexivamente (en ambos sentidos) aborto con crimen. Y ya no sólo no son pulcras las «madres» sino que es nuestra culpa. En Occidente nos encanta sentirnos culpables, quizás ahí han encontrado un filón, pero mi percepción me indica que les costará algo más que un panfleto moralista.

Lejos de contentarse con insultarnos (ser cómplice de asesinato me parece bastante despectivo) como personas intentan además insultar nuestra inteligencia. Porque no sólo el texto tiene un regusto a cañada prefabricada, sino que al final pierde cualquier atisbo de pequeño hilo enganchado a la Realidad. «una Ley del aborto sin limitaciones fijaría a la mujer como la única responsable de un acto violento contra la vida de su propio hijo». ¿Alguien en su sano juicio, descontando ciertos grupúsculos marginales que ojalá estuvieran más lejos, habla de aborto libre y sin restricciones? Más allá de esta descomunal falacia podemos ver cómo en la redacción se encuentra la respuesta. Al señalar lo obvio (que la mujer suele ser la última responsable de la decisión de abortar) de una manera tan acusatoria se convierte una elección en la que no se daña ninguna persona en un acto violento. Olvidan estos madrileños el asunto de la «reproducción asistida», seguro que porque aquí no calza: ¿son los padres de un niño recién nacido mediante inseminación artificial responsables de «actos violentos» contra todos sus decenas de embriones-hermanos? Si es así, ¿pueden indicarme por favor el camino de vuelta a mi Universo?

De hecho, todavía se puede ir más lejos y retorcer aún más el asunto. «El aborto es especialmente duro para una joven de 16-17 años, a quien se pretende privar de la presencia, del consejo y del apoyo de sus padres para tomar la decisión de seguir con el embarazo o abortar. Obligar a una joven a decidir sola a tan temprana edad es una irresponsabilidad y una forma clara de violencia contra la mujer». Este tipo de tergiversaciones se suelen llamar hombre de paja pero creo que hemos desbordado ya el término: quizás sea más preciso catalogarlo de mentira. Se pinta un panorama de una niña pensando sola en un cuarto si debe abortar, y tras haber entendido que eso la convierte en asesina de sus hijos, cuando lo cierto es que ni el embrión tiene consideración científica de persona (al ser ésta una consideración plenamente moral) ni esa joven tiene por qué decidir sin consultar, preguntar y sopesar. Obligar a una chica de 17 años a la que se le rompe el preservativo a dejar toda su vida porque ni siquiera puede encontrar una píldora del día después sí que es violencia contra las mujeres, y si el aborto es un asesinato por los motivos del Manifiesto la dichosa pastillita será el próximo enemigo a batir. El perfil de principios lo permite, ¿lo hará la Realidad? De nuevo, no sé si me he equivocado de planeta, pero no conozco a nadie que nunca me haya contado nada contra este método. Nadie que no sea un cristofriki, quiero decir, que es lo malo de conocer demasiada gente.

No creo que los declarantes sean cristofrikis, aunque luego éstos los eleven a sus altares. Realmente existe una forma de ver el asunto que intenta beber del mundo científico para justificar la propia moral y su imposición a la sociedad, y lo que habría que preguntarse es dónde están los investigadores que trabajan con embriones en España que no contestan a semejante sarta de insultos a su trabajo. Dónde está la divulgación científica seria que contrarreste este pseudo-cientifismo de nociones y certezas, de sesgos ideológicos y tonterías mostradas como a niños de primaria. Desde un punto de vista científico, este panfleto no debería quedar sin respuesta. Porque no se nos presenta una defensa de la vida sino una correa amordazante que tiene en la oposición al debate serio sobre el aborto su ariete, pero que sin duda, y sin mudar de discurso, aspira a mucho más.

27.03.09

BSG: ha pasado, volverá a pasar

El final de Battlestar Galactica ha sido polémico. Es complejo resumir en una entrada toda una serie y dedicar un espacio además a una visión alternativa de su final, así que mejor nos vamos poniendo. Contiene innumerables spoilers, por lo que si no has visto la serie detente: debes verla. Ya me lo agradecerás. Además, con la cantidad de detalles que me dejo o sabes de qué hablo o es posible que te pierdas.

En resumen

Galactica es una serie sobre la supervivencia. Comienza con el genocidio de la raza humana (de la que sólo sobrevive un puñado de miles de personas) a manos de los cylon (robots rebelados contra su humano creador). Este marco, que ya promete, es en realidad muchísimo más complejo. La raza humana vive desperdigada por las Doce Colonias, bajo un gobierno común, y cree que su origen es el mítico planeta Kobol desde el cual partieron las semillas de su civilización. Mantienen una sociedad de bienestar similar a la nuestra, son politeístas (creen en los dioses de Kobol, que por casualidad argumental coinciden con el panteón griego) y han alcanzado un gran desarrollo tecnológico. Tanto es así que logran producir inteligencias artificiales y las ponen a su servicio: los cylon. Pero los cylon se levantan ante lo que consideran opresión y se desencadena una guerra que acaba con un acuerdo de paz y separación de las dos razas. Como garantía del acuerdo se fija una reunión anual en un punto intermedio del espacio entre cada civilización, pero los cylon no aparecen en los últimos cuarenta encuentros. Mientras los humanos celebran cuarenta años de paz, atacan. Y es que en cuatro décadas los cylon no sólo han desarrollado su propia sociedad (se han decantado por un monoteísmo fundamentalista: las mentes de silicio también crean dioses) sino que han conseguido producir cylon con apariencia humana, infiltrarlos en las colonias e incluso hacerlo sin que los propios infiltrados sepan siquiera que son cylon. Las tostadoras ahora son pellejudos. Y como dice la entrada de la propia serie, tienen un plan.

Ahí empieza Galactica. La miniserie que encabezó la producción se estreno el 5 de diciembre de 2003, apenas dos años después de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, y comenzaba con hongos nucleares consumando el genocidio. No es casualidad: los primeros episodios de la serie son un espejo de la sociedad americana post-11s aturdida por el miedo. Durante toda la serie se palpa ese miedo. Miedo a cylon dormidos dentro de la flota superviviente. Miedo a un ataque que no se pueda repeler. Miedo al exterminio de la raza. Se suceden toda clase de situaciones que ponen en riesgo las propias convicciones morales, desde atentados suicidas hasta colaboracionismo con el invasor. Y la guerra sigue y sigue.

Por el camino vamos descubriendo los secretos de los cylon. Existen ocho modelos de pellejudos, uno de los cuales fue empaquetado hace mucho tiempo por una desavenencia entre ellos. Toman las decisiones por mayoría y acatan sin problema, hasta que llegan los problemas. Y es que estos pellejudos fueron hechos como humanos, y por tanto algunos de ellos empiezan a percibir que la humanidad es algo más que esas criaturas biológicas que se empeñan en exterminar. La disidencia ha llegado de manos de una seis (Tricia es, por derecho propio, el icono de la serie) y algunos individuos de otros modelos. Hay otros personajes destacados, y cada linea argumental profundiza mucho en ellos. Baltar, por ejemplo, es el paradigma del hombre sometido (a los demás, a sus pasiones, al miedo, a una visión del asunto distinta…). Katee Sackhoff en el papel de Kara Trace es la típica bravucona, bebedora y malhablada y la mejor piloto, enamorada del hijo del almirante tras la muerte de su novio (el otro hijo del almirante), y en un episodio encontró su propio cuerpo carbonizado en un planeta llamado Tierra. Es el otro icono de la serie, pero yo prefiero a mi six.

Como quien no quiere la cosa, humanos y cylon dejan de guerrear sólo por su especie y empiezan a guerrear también por la supervivencia de su estilo de vida. Los cylon han perdido en la lucha la capacidad de resucitar (o más bien de descargarse en un nuevo cuerpo) y se exponen a su total desaparición, algo que los humanos sí pueden suplir con su procreación. Pero existe una niña, mitad humana y mitad cylon, en la que están puestas las esperanzas de ambas especies. La historia se complica un poco más, como suele pasar en estos relatos de Ciencia Ficción (hay otros cinco cylon que en realidad son los creadores de los otros ocho, que en realidad eran habitantes de una treceava tribu humana y que además se salvaron y está en la flota, y que pueden devolver la resurrección a los cylon, y esa treceava tribu vivía en la Tierra y fueron exterminado por los cylon en un preludio a esta historia, y casi se produce un acuerdo que destroza la serie, y Baltar hace un discurso infumable acerca de la divinidad que logra vencer al genio cartesiano del cylon Cavil por alguna razón que se me escapa…) pero lo importante es el final.

Último capítulo, última hora de Galactica. Kara Trace dirige Galactica guiada por los dibujos de la niña híbrida, Hera, hacia unas coordenadas desconocidas en el espacio. Vemos Galactica sobrevolar la Luna y llegar a la Tierra. Bueno, la llaman Tierra después como desquite por la Tierra carbonizada y devastada donde Kara se encontró a sí misma, claro. En ella, en África, tribus de humanos (genéticamente compatibles, dice Baltar) habitan en pequeños grupos. Primera decisión chocante: los supervivientes de las colonias deciden establecerse en el planeta pero deshacerse de todo vestigio de civilización (mandan sus naves al Sol). Quieren que la Humanidad tenga un nuevo comienzo sin los problemas de la tecnología y la técnica.

Tras la despedida de rigor de los personajes, salto al futuro: 150.000 años después, una gran ciudad de nuestra actualidad. Dos noticias: una presentación de robots humanoides y el hallazgo de la Eva mitocondrial: Hera. Justo antes habíamos descubierto que varios personajes, algunos de los cuales pensábamos que era simples visiones de loco o inducidas por chips o drogas, son ángeles. Kara Trace, sin ir más lejos, resulta ser uno de ellos en misión de guía a la Tierra prometida.

Motivos para el desacuerdo

Este final tan redondo no ha convencido a todo el mundo. Josh Tyler lo tiene claro: el final ha sido una decepción (seamos bienhablados) pero no pasa nada. Galactica nos ha regalado cuatro temporadas de buenísima Ciencia Ficción, qué más da que la respuesta de Ron Moore sea una a todos los misterios: es dios! Tampoco debería sorprendernos. La serie está plagada de referencias mitológicas y espirituales. ¿Kobol? Nos hemos tragado varias temporadas en las que el argumento consistía en la búsqueda y localización de la Flecha de Apolo, el Templo de Atenea y las profecías de Pitia. No, lo que ha molestado no ha sido el exceso de espiritualidad ni que las videntes realmente acertaran al leer las manos. Lo que sí ha molestado es la resolución de todos los interrogantes misteriosos con un es un ángel y listo. Lo que sí ha molestado ha sido el discurso anti-tecnológico de un personaje tan importante como para ser Presidente de las Colonias.

Se quejan los fans de que se apela demasiado a dios. ¿Una raza humana que evoluciona independientemente, compatible con la que ya existe? Es un plan de dios. Por eso había ángeles dirigiendo las acciones de personajes clave. Por eso Kara vuelve de entre los muertos. Por eso Hera dibuja estrellas que se trasladan al pentagrama y a la consola del FTL. Y el plan de dios es que rompamos el círculo que destrozó la vieja Tierra y las doce colonias, que dejemos de jugar con la inteligencia artificial y seamos mansos chicos.

Yo no lo veo así

En primer lugar, no entiendo del todo las quejas. Cuando uno se plantea darle un final a una saga como Galactica debe hilvanarla de manera que no a todos les guste. No hay finales felices universales. Por poner ejemplos de renombre, podemos recordar las salidas de pata de banco de Asimov con sus mentalistas (¿Y molesta que una seis sea un ángel? ¿La habéis visto bien?) y su final final: la Humanidad disolviéndose en Galaxia. O Simmons, que mediante la comunión con la sangre de Aenea nos vuelve a todos mega-empáticos. La esencia de la Ciencia Ficción se mezcla con este tipo de cosas cuando trata de terminar historias definitivamente. Y como producto de Ciencia Ficción, no me molestan más los ángeles que las Segundas Fundaciones. Tampoco me molesta que Ron nos haya proporcionado un pasado alternativo similar a las creencias mormonas, porque desde un ojo dispuesto los relatos religiosos son verdaderas joyas de la Ciencia Ficción. ¿O acaso el relato La estrella de Clarke es peor por estar emparentado con una creencia?

Una vez asentado eso, lo cierto es que yo también me quedé con un regusto más bien amargo ante esa respuesta, pero es lo que hay. Sin embargo, hay otro aspecto en el que discrepo mucho de las críticas: el panfleto anti-tecnológico no es tal.

La idea base de la serie es que jugar a crear vida es problemático. esta vida, autoconsciente, se puede rebelar. No es tampoco un planteamiento novedoso (recordemos Matrix, y cómo no produjo ninguna reacción tachándola de tecnófoba simplemente porque los malos fueran máquinas), pero le da una vuelta de tuerca: esto ya ha pasado y volverá a pasar. Esa noción de eterno retorno parece indicar que siempre que intentamos ser dioses nos sale mal, una y otra vez, hasta que dios acude a romper el círculo y nos da otra oportunidad.

Tampoco es demasiado chocante. En este contexto el último remanente de la Humanidad acaba de terminar una guerra con sus cibernéticas criaturas: es natural un repunte en el ideal del pasado feliz, ese en el que la gente era inocente por tener que andar diez kilómetros para poder beber agua. En nuestra sociedad también existen estos movimientos newageros y similares que hablan de comunión, naturaleza y sincronismos y que aseguran que el progreso es lo peor que le ha ocurrido al ser humano. Muchos han visto en el final de Galactica un espaldarazo a semejantes tonterías.

Yo discrepo. Profundamente. Porque sí, los restos de las doce colonias deciden abandonar su tecnología, pensando que el ser humano merece otra oportunidad. Una oportunidad en la que no desarrolle inteligencia artificial y no se vea abocado a una guerra de supervivencia. Pero vuelve a hacerlo. El final de la serie, si nos enseña algo, no es que debemos vivir en cuevas ni prescindir de los aparatos voladores sino que no podemos evitar construirlos. Porque es inevitable que el ser humano sea curioso. Es inevitable que el ser humano desarrolle herramientas que le faciliten la vida. Es inevitable el progreso desde el mismo momento en que somos humanos. Con advertencia de dios o sin ella, con guerra cíclica y destrucción regular de la Humanidad a manos de sus criaturas incluida, es lo que somos.

Cada vez que lo miro desde este punto de vista me gusta más, la verdad. Un cierre brillante para una serie espectacular.