El Destino del Iscariote

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04.06.08

Todo lo que siempre quiso saber sobre Caín

… o por qué dios las prefiere rubias los prefiere carnívoros

A pesar de que la fama se la ha llevado la caída del hombre, en el Génesis se nos relata además otro paso al reverso tenebroso. Curiosamente, ambos hechos acontencen prácticamente a la vez. Basta leer atentamente.

El Génesis contiene dos relatos de la creación. En el primer capítulo de ese libro, por ejemplo, los animales son creados antes que el hombre, mientras que por el contrario en el segundo capítulo son creados después y a causa del hombre. No es la única diferencia.

En el segundo capítulo del primer libro de la Biblia dios crea todo un planeta para el hombre. Incluso le regala un huerto, en Edén. De todo cuanto crece en ese huerto puede comer Adán, de todo salvo del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Según ese relato, dios habría creado al hombre originariamente para ser vegetariano. De hecho, los animales son creados a posteriori como compañía y ayuda del hombre, y nunca como alimento. Cuando Adán es expulsado del Edén, es condenado a obtener su pan con el sudor de su frente, mientras que la tierra sólo le daría espinos y cardos. Ni una mención a la ingesta de carne.

Este planteamiento tiene continuidad a lo largo del relato, durante al menos una generación más. Adán y Eva (que, puntualizando, no desobedeció a dios pues nunca se le prohibió nada a ella) engendraron a Caín y a Abel. Caín era un agricultor, un hombre de campo. Seguía el yugo que su dios le había impuesto. Hacía, pues, según el mandato que su padre (y por herencia, él) había recibido al abandonar el Edén. Abel, por su parte, era ganadero. Había tomado un sendero propio antes que el camino marcado por dios. De este modo, es entendible que Caín tuviera sentimientos encontrados cuando dios despreció su ofrenda, el sudor de su frente según el justo castigo por el fallo, ante la brillante y llamativa sangre de una oveja degollada.

Es de destacar que ambas son las primeras ofrendas que se hacen a dios en toda la Biblia. Ofrenda de sufrimiento y castigo, en manos de Caín, frente a ofrenda de sangre y dolor (siquiera animal), de manos de Abel. Dios escogió la segunda, previendo como su mejor profeta las tomas de las ciudades amalecitas en el futuro. Ante la sangre, dios tuvo su momento decisivo y falló. Falló a sus propios ideales digamos vegetarianos y se volvió una negra copia de lo que una vez quiso ser.

Caín mató a Abel en la primera muerte humana según el mito bíblico. Es de esperar, por tanto, que Caín no supiera calibrar lo trascendente de su propio acto. Su propio dios, su dios ya mancillado con la sangre, ya perdida la inocencia, lo reconoció y marcó a Caín para que nadie pudiera matarlo. Su propio dios, en sólo tres capítulos del primer libro de su revelación, nos demuestra que el imperfecto hombre falló, y arrastró con él a un perfecto dios confiado que mutó en demonio a la primera vista de la sangre. Un dios resentido porque su juguete parece a veces fastidiarle, a veces transformarle. Un dios que terminará en una cruz por sus propios errores mientras el hombre, lleno de egocentrismo, necesita creer que lo hace por él.

Pero eso es sólo mito, como tantas otras cosas. Sin embargo, me gusta más mi versión.

26.04.08

Imperativo

Lee al PaleoFreak y después vota NO

19.08.07

Tataranieto de prostituta

Queridos hermanos, debéis perdonarme por el impetuoso título que acompaña hoy nuestra Misa de Domingo, pero una verdad es una verdad aunque duela. Los caminos del Señor son inexcrutables, y a veces hacen daño.

Hoy, en nuestra reunión semanal, vamos a disertar sobre la genealogía de nuestro Señor Jesús. Es un hecho ya conocido que la genealogía de Cristo aparece en los evangelios. Aunque existan pequeñas diferencias en nombres y cantidad de antepasados, tenemos la suerte de que ambas coincidan en el punto importante que consideraremos hoy.

Amados, abran sus Bibias por el Evangelio según Lucas, capítulo 3, versículos 23 al 38. Nos fijamos sobre todo en en 32. Nos da una parte de la línea sucesoria en la genealogía de nuestro Señor: Naasón engendró a Salmón, éste a Booz, éste a Obed, éste a Isaí y éste al maravilloso rey David del que hablamos el otro día.

Ahora muévanse por la Santa Palabra hasta el Evangelio según Mateo, capítulo 1, versículos desde el 1 hasta el 17. Y detenemos nuestra vista en los versículos 4, 5 y 6. Confirman a Lucas, y añaden valiosa información sobre la parte femenina en el arte de la procreación. Así, Booz engendró de Ruth a Obed, por ejemplo. Pero en nuestro caso, lo importante es que Salmón engendró a Booz de Rahab.

La historia de Booz y Ruth se puede encontrar fácilmente pues basta con acudir al libro llamado como la esposa, que se encuentra en la Palabra de Dios. La historia de Rahab está más escondida. Y el propósito de estas Misas de Domingo es precisamente mostrar esas historias escondidas. A ello vamos.

Rahab era una ramera de Jericó. No lo digo yo, lo dice el Señor en su Palabra (Josué 2,1):

…Y ellos fueron, y entraron en casa de una ramera que se llamaba Rahab, y posaron allí.

Contextualicemos la historia. El ejército de Israel está a punto de comenzar la conquista de la Tierra Prometida (porque la promesa divina no tiene validez inmobiliaria y se hace necesaria la toma por la fuerza humana). Han pasado el Jordán, Moisés acaba de morir (si bien Dios le permitió ver la Tierra Prometida, no le dejó entrar porque golpeó muy flojo a una roca… pero eso, otro Domingo) y Josué los dirige. Este nuevo dirigente envía dos espías a la cuidad de Jericó (los malvados científicos dicen que Jericó, en esa época, era un poblado de pastores sin muralla ni nada, pero ellos no tienen Fe) para calcular las defensas de la ciudad.

En esta situación, Rahab, la ramera, acoge en su casa a estos dos enviados y miente a su pueblo al decirle a su Rey que no sabía dónde estaban los espías. Este episodio se describe en el capítulo 2 de este libro de Josué.

Corrección: Rahab era una ramera mentirosa.

Una vez se libra de las preguntas de su Rey, Rahab hace prometer a sus dos protegidos que cuando el ejército de Israel invada Jericó, deben tener misericordia de su casa, su familia y sus bienes. Aunque suponga que todos los demás de la cuidad mueran. Curiosamente, la señal que debe marcar su casa para protegerla es una marca roja sobre el dintel de su puerta, signo que en el pasado salvó a los primogénitos de Israel cuando el Ángel de Yahveh pasó por Egipto asesinando inocentes.

Corrección: Rahab era una ramera mentirosa y una egoísta cómplice de asesinato.

Una vez aprendido ésto, veamos las consecuencias de las acciones de Rahab. Nos trasladamos al capítulo 6 del mismo libro de Josué. Este capítulo nos muestra la consabida historia de las murallas de Jericó, derrumbadas a toque de trompetas. Pero añade detalles que tal vez alguien desconozca:

…Y destruyeron a filo de espada todo lo que en la ciudad había; hombres y mujeres, jóvenes y viejos, hasta los bueyes, las ovejas y los asnos…

…Y consumieron con fuego la ciudad, y todo lo que en ella había; solamente pusieron en el tesoro de la casa de Yahveh la plata y el oro, y los utensilios de bronce y de hierro. Mas Josué salvó la vida a Rahab la ramera, y a la casa de su padre, a sus hermanos y a todo lo que ella tenía; y habitó ella entre los israelitas hasta hoy, por cuanto escondió a los mensajeros que Josué había enviado a reconocer Jericó…

Gloria al Señor, que desde entonces contó con mucho más oro y plata en su tesoro y con menos infieles en la Tierra.

Gloria al Señor, que sabe llamar en su palabra ramera a la ramera. En realidad, a la ramera mentirosa y egoísta traidora, cómplice de múltiples asesinatos.

Y esa es la antepasada de nuestro señor Jesús. Otro Domingo les cuento en base a qué otro ascendiente de Jesús éste tiene prohibida la entrada al Templo del Señor según su propia Ley.

Quizá me quedé corto en el título.

12.08.07

El glorioso rey David y la misericordia divina

Queridos hermanos, amigos todos. Deseo transmitiros unos pensamientos que he llegado a tener al disfrutar de la siempre agradable lectura del Libro de Libros.

Hoy, día del Señor, inauguramos una costumbre que llamada está a convertirse en tradición. Es mi deseo que, ya que la asistencia vocacional a los llamados de la Casa del Señor es escasa, nadie se quede sin su ración semanal de alimento espiritual.

Creo entrever la causa de tanta deserción en las filas de bancos eclesiales. A nadie se le escapa que las lecturas misales no son precisamente improvisadas y que, salvo algún sermón especialmente lúcido, prácticamente toda una misa, salvo la comunión válida, se puede realizar en ausencia de compañía. Así pues, mi propósito, queridos hermanos en la Fe (con mayúsculas, claro), es traeros unas lecturas alternativas que complementen a las escogidas para adornar los cultos católicos ordinarios.

Quiero empezar, queridos todos, con la entrañable historia de una de las personas más importantes (si no la que más) de todo el Antiguo Testamento: el rey David. Animo a todos en sus propias casas a que tomen su Biblia en la mano. El pasaje de hoy se concentra en el Segundo Libro de Samuel, capítulo 11 completo y 12 completo.

Comencemos, pues.

David, rey de Israel, es un rey guerrero, un rey patriota y temeroso de Yahveh, un rey victorioso que aplastaba amonitas y sirios. Pero también era un ser humano.

Y sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa real; y vio desde el terrado a una mujer que se estaba bañando, la cual era muy hermosa.

Ah, la naturaleza humana… David, rey de Israel, ya contaba con numerosas esposas. Pero esta mujer era verdaderamente hermosa. ¿Quién era esta belleza?

Envió David a preguntar por aquella mujer, y le dijeron: Aquella es Betsabé hija de Eliam, mujer de Urías heteo.

Cruel destino, una mujer casada. ¿Qué hacer ante algo así? Mucho nos tememos, queridos hermanos, que el incidente no pudo ser sofocado con una ducha fría o simplemente con un desahogo personal. De ningún aliento espiritual nos valdría algo así. El propósito de la Palabra de Dios es instruírnos, por lo que la historia debe continuar. Pero… ¿cómo?

Y envió David mensajeros, y la tomó; y vino a él, y durmió con ella. Luego ella se purificó de su inmundicia, y se volvió a su casa.

Concibió la mujer, y envió a hacerlo saber a David, diciendo: Estoy encinta.

Se empieza a perfilar la eseñanza del Señor. David ha caído en el pecado de la carne. Ha tomado en su lecho a la esposa de Urías, que ha quedado encinta. David, el amigo de Yahveh, debe tomar una decisión. Debe arrepentirse. Debe…

Venida la mañana, escribió David a Joab una carta, la cual envió por mano de Urías.

Y escribió en la carta, diciendo: Poned a Urías al frente, en lo más recio de la batalla, y retiráos de él, para que sea herido y muera.

Como vemos, queridos hermanos, David sigue acumulando injusticia sobre injusticia, impiedad sobre impiedad, pecado sobre pecado. No sólo toma a la mujer de Urías en sus lugares reservados y apartados, sino que una vez ella queda encinta, manda al frente a su esposo y ordena que se le ponga en riesgo hasta el punto de morir. Sin duda alguna Dios castigará estas afrentas. Él mismo lo dice en su Santa Palabra.

Oyendo la mujer de Urías que su marido Urías era muerto, hizo duelo por su marido.

Y pasado el luto, entró David y la trajo a su casa; y fue ella su mujer, y le dio a luz un hijo. Mas esto que David había hecho, fue desagradable ante los ojos de Yahveh.

Ah, David, David, tan favorecido por el Señor… Ejemplar, ejemplar será el castigo que Yahveh tu Dios te proporcionará. Ejemplar. Por usar las mismas palabras de David…

Vive Yahveh, que el que tal hizo es digno de muerte.

Vive Yahveh que es cierto. Pero veamos qué dice Yahveh, el que vive, por boca de su profeta Natán…

Entonces David dijo a Natán: Pequé contra Yahveh. Y Natán dijo a David: También Yahveh ha remitido tu pecado, no morirás.

Mas por cuanto con este asunto hiciste blasfemar a los enemigos de Yahveh, el hijo que te ha nacido ciertamente morirá.

¿No es divina la justicia? El pecado, como Dios manda, no queda sin expiar. No hay remisión de pecado sin derramamiento de sangre. Y en este caso es el objeto resultante del pecado el que debe derramarla.

Queridos hermanos, lo que quiero haceros ver es lo maravilloso del pasaje que hoy hemos compartido. Dios perdona nuestras ofensas, aunque nos hagan merecedores de la muerte. En cualquier caso, el bebé es inocente y Dios lo acogerá en su seno. Su sufrimiento antes de morir, si hubo, es poco importante. Lo mayúsculo de este asunto es la bondad de Dios para con David, ese mísero humano que supo ganarse poco a poco el perdón de su Dios.

Debemos tomar otra enseñanza de este pasaje. El matrimonio, la unión entre un hombre y una mujer, es sagrado a los ojos de Dios. Nunca debe ser mancillado con engaños ni adulterios. Recuerda: nunca cometas adulterio, o Dios se llevará al hijo que te nazca. Marcadlo a fuego en vuestros corazones, pues la justicia y el amor de Dios son infinitos.

Amados todos, algunos de vosotros tendréis la suerte de contar con una Biblia editada hace más de 25 o 30 años. Seguid leyendo con fe el final del capítulo 12 de este mismo libro. Si vuestra Santa Palabra es lo suficientemente antigua para no estar marcada por el relativismo que emponzoña este principio de siglo, comprobaréis lo misericordioso que fue David tras ese incidente para con los habitantes de la ciudad de Rabá, sitiada por el ejército israelita. Para todos aquellos desafortunados que sólo posean una Biblia producto de esos intentos de modernizarla, es necesario aclarar que cuando David pone a trabajar a los infieles y derrotados habitantes de Rabá con sierras, hornos y trillos, no los convierte en un pueblo de artesanos ni de recolectores y manufactureros de materias primas. Se trata de algo quizás más sangriento. Digamos que más que trabajar con, se trata de asesinar con.

Pero no quisiera despedirme, hermanos en la fe, sin desvelaros otro misterio que emana de la Sagrada Palabra. Una vez muerto por la herida que provocó Yahveh el hijo de David y Betsabé, ésta queda otra vez encinta. Y da un nuevo hijo a David, su hijo menor, el último en la línea de sucesón al trono de Israel. Ese hijo tendrá por nombre Salomón.

Pero, amados hermanos, sobre los hijos de David hablaremos otro día. Dios nos tiene reservado mucho conocimiento, y lo iremos mostrando todas las semanas aquí, el Misa de Domingo.

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