He visto el debate Zapatero-Rajoy con otros ojos. Una vez que te quitas de encima la idea de que tienes que votar a uno de ellos es mucho más sencillo tomar distancias, así que he visto el debate como un hooligan. He disfrutado viendo a los dos echándose cosas en cara, porque son en gran medida las que yo les reprocharía.
Luego me he calmado y he bajado el ritmo cardíaco. A veces viene bien desconectar y primitivizarse, pero lo importante es volver y pensar. Lo que no me ha gustado tanto ha sido la cantidad de propuestas de futuro que se han oído, que ha sido exacta a la cantidad de elementos de los programas electorales que se han nombrado y desarrollado. Pero era de esperar.
Era de esperar porque a lo que hemos asistido no es a un debate electoral, sino a algo similar al reencuentro de dos amigos que se despidieron hace unos años en no muy buenas condiciones y que, al coincidir al cabo del tiempo, empiezan tibiamente pero terminan acusándose mutuamente de robarse la novia y deberse dinero. Daban la impresión de tenerse muchas ganas, de haber guardado durante demasiado tiempo ciertas frases hechas para escupírselas al de enfrente (y les ha pasado como al vino: se han avinagrado).
Zapatero ha hecho una buena defensa de su labor esta legislatura. En economía ha sabido recoger lo sembrado por Solbes hace unos días en el varapalo que le dio a Pizarro, salvando la cara a pesar de que existe un problema real: la percepción de la marcha de la economía es pesimista en un momento que no lo merece hasta ese punto, y en un efecto anti-placebo eso puede terminar afectando al MundoReal. En políticas sociales ha vencido claramente por incomparecencia del contrario salvo en asuntos de inmigración (donde el populismo y la xenofobia no son aceptables como argumentos). En terrorismo ha estado cauto, reprochando como único argumento la deslealtad del de enfrente. Justo y comedido, recibiendo pullas sangrantes a traición. Sin duda su peor momento el referente a política institucional: nada de la Iglesia, nada de la República, nada de racionalismo sobre nacionalismo sino todo lo contrario. Aprobadito. Soportable.
Rajoy ha estado indescriptible. En economía ha decidido caer en los mismos errores que Pizarro hace unos días (incluso en un detalle legislativo que sonrojó al turolense), repitiéndose como el ajo cada vez que se le rebatía algún dato. En política social no ha dicho nada, porque sencillamente su partido no la tiene. Van a remolque. Un momento de oro para que publicitase el Ministerio de la Familia que presupongo va a usar los fondos del Ministerio de la Vivienda a extinguir, perdidito en el vacío de las ondas. Si tenemos que hablar de inmigración, qué pena de Rajoy, qué absurdo, qué visceral, qué irresponsable. Qué nacionalista, en fin. Sobre el terrorismo y sus palabras, ahorremos comentarios para evitar sucesivos vómitos de rabia contenida por simple sentido común. Su peor momento, su obcecación con los mantras y las consignas repartido por todo el debate.
La culpa es nuestra. Aceptamos que los políticos se pueden llevar tan mal que en cuanto se cruzan con tiempo se ladran y se escupen. Zapatero ha vendido como un logro que este año ha hablado nueve (9) veces con Rajoy, nueve veces en casi 4 años. Soy totalmente consciente de que con este Rajoy es muy difícil hablar, pero lo que sí hay es otra forma de contestarle. Ambos han estallado en varios puntos simplemente porque se han dicho a la cara lo que llevan diciéndose a la espalda hace años, y sin tiempo de preparar respuesta, pose y sonrisa. Ha sido, en suma, como una sesión de juzgado de un divorcio conflictivo.
Y los hijos, como siempre, se dividen entre los de papá, los de mamá y los que se quedan sin bando de pura pena.
¿Aún no ves la necesidad urgente de renovar todo esto? ¿No ves que es no sólo deseable sino ya simplemente imprescindible contar con políticos de ideas y no de vísceras que no se falten al respeto y que propongan sus ideas en vez de dedicar su poco tiempo a criticar al contrario? Cualquiera de los dos candidatos habría ganado de calle el debate si en vez de entrar al trapo de su deseada pelea hubiera expuesto su programa sin ambages, directamente. El de enfrente habría ido a contrapié, intentando rebatir cosas que no se espera se propongan y soltando un rollo que no le interesa a nadie. Claro, que para eso hay que tener ese programa, esas propuestas.
¿Han hablado de la despenalización del cannabis? Eso me interesa. ¿Del cánon digital y las alternativas? Algo me dice que el modelo de Rajoy es similar al Francés, y quiero saberlo. ¿Eutanasia? Nada. ¿Laicismo? Menos que nada, un golpe de pecho ya en retirada. ¿Sociedad de la Información y Red? SI el ADSL está caro, búscate un segundo empleo. ¿Una solución racional al problema que se han inventado con las lenguas? Bah, mejor negar lo evidente y mirar a otro lado (ambos dos). ¿Reforma electoral que sea más proporcional y no les beneficie tanto precisamente a ellos dos? Eso no importa a los españoles, me temo.
Yo debo no ser español, porque las cosas diarias, las que me interesan realmente, ni las han nombrado.
Creo que el mejor sitio para hacer política es la calle, y en su defecto el sillón de pensar del salón. No soy mitinero (ya sabes, fobia social y a las aglomeraciones…), por lo que para mí no tiene importancia que la campaña electoral empiece un día antes o después. Lo único diferente al final suele ser el día de votar.
Presiento que aún sin esas fobias no iría a muchos saraos políticos. Como ex-miembro de una religión alternativa he tenido ya mis dosis suficientes de minutos de odio y de adhesión. Miles y miles de personas coreando un nombre cual salvador sólo pueden tener un efecto en mí: asco, desesperación, incomprensión intelectual. Nunca lograré entender la mente de tribu, de rebaño.
El caso es que dicen que sí, que la campaña electoral ha empezado. Y eso se nota en la vergüenza ajena que nos hacen pasar papá y mamá, el PSOE y el PP que, sin ser lo mismo (ni de lejos), tienen gestos similares en su manera de dirigirse al votante. La cantidad de tonterías por palabra que tenemos la desgracia de escuchar cada vez que miramos un medio online, leemos el periódico, vemos la tele o escuchamos la radio aumenta y aumenta, poniendo a la población en la tesitura de tener que, contra su voluntad, familiarizarse con el concepto de infinito.
Podemos hablar de xenófobos y gilipollas aunque eso suponga el uso de palabras malsonantes que me disgustan. Es tan absurdo todo el asunto del contrato de integración para inmigrantes que descoloca incluso que alguien lo proponga. Un documento que obliga al que lo firma a cumplir la Ley. Con un par. Ya me veo a la Guardia Civil con su carpetilla de impresos de contrato de integración (pagada de su bolsillo, claro) persiguiendo ilegales por las calles españolas, bolígrafo en ristre, al grito de toma tus derechos. Y lo más risible, si es que puede haber un máximo en toda esta estupidez, es que se pretende con todo ello salvaguardar la cultura y las costumbres españolas. Que me las vayan presentando, que un natural como servidor no tiene el gusto. Sería la repera que yo también tuviera que firmar el dichoso documento.
Pero si eso es absurdo, no queda lejos la majadería sobre el matrimonio homosexual, que tanto y tanto he comentado por aquí. Primero uno que concede derechos, así, de pronto, cuando lo que hace es, si acaso, reconocerlos jurídicamente. Otro que los quiere quitar, como si un derecho pudiera ser otra cosa que conculcado. No me extraña que lo llamen, pues, homófobo. Hasta en Israel saben pensar con la cabeza y no con los pies.
Lo que clama al cielo como la sangre de los justos es el uso garrotesco que se da a las lenguas en este maravilloso y civilizado país. Casi nadie se siente orgulloso de contar en su Estado con tantas lenguas, tanta cultura y tanto potencial de comunicación, de pensamiento. Unos imponen una lengua, otros otra, nadie piensa en las lenguas en sí y en su uso. Las lenguas son un medio, no un fin, aunque algunos quieran hacer de ellas su medio al miedo y nos amenacen veladamente con tiros. Antes de todo eso, prefiero que todos nos quedemos mudos. Incluso de castellano.
Siguiendo con los temas mediáticos (pues los políticos profesionales gustan hablar de ellos) tocaría hablar de terrorismo. Paso. Baste decir que me encuentro mucho más cerca en este asunto de las ideas de la Izquierda (sin etiqueta partidista) que de el PP. Lo único que firmaría ahora mismo sería esto, por corto y directo.
Ah, pero si eso es lo que ocurre de cara a la galería hay muchas más cosas que pasan desapercibidas. Desde el logo del Valencia FC que mutó hasta el PSOE-DS Bain Training, con el sonrojo normal que provocan. Desde el ridículo dominguero a la estulticia jurídica que propone, y a mi libre interpretación me remito, castigar judicialmente a los médicos por no trabajar 30 horas diarias. Y si nos metemos en su entrada en la Red como el cuñado que se coje confianzas pero luego no apechuga su parte en la cuenta, nos ponemos a llorar fijo.
Han perdido totalmente la cabeza. Uno, que ya ha sido miembro de más de una secta (contando la oficial), reconoce esos tics a legua y media. Ideas, aunque sean estúpidas, pero que no falten. Que cuando alguien acabe de recibir el estímulo y la primera impresión de la propuesta A ya tenga la B delante, que se las trague sin masticar, sin matizar, sin pensar. El contrario es el demonio, nosotros salvadores. Y si no salvamos, es que la masa es estúpida. No me extraña que la masa se estupidice: de un lado, en la radio de la buena nueva se grita como sólo un mal despertador puede hacerlo. Enfrente, adoctrinan niños y adolescentes a base de Bisbal en su filial curentaprincipalesca (siempre quise meterme con ellos).
Pero no pierdas la esperanza fe, que todo puede arreglarse. Tengo la mala suerte de que nunca vienen a verme Testigos de Jehova, ni mormones, ni pirados similares. Me encataría que vinieran, porque sé que conocer la Biblia es el primer paso al ateísmo en Occidente, y ellos sólo saben lo que les han contado (a pesar de presumir de haberla leído entera, casi nunca se fijan en lo importante). Más de uno se iría de mi casa dudando. Y yo me alegraría. Pero es que estos han decidido hacer lo mismo. La próxima vez que veas por la mirilla una pareja bien vestida, lo mismo viene a convencer tu voto. Por caridad, déjalos pasar y explícales que te avergüenzas de ellos, de sus jefes y de la madre que parió al sistema electoral.
Lo bueno que tiene ser aún jóven es que no tengo demasiados votos pasados que lamentar. No tengo pequeñas y (d)olorosas razones para no querer votar a nadie por las siglas de su partido, aunque eso no significa que me pareca normal votar a este Partido Popular.
Sin embargo, sí tengo razones para desconfiar. La teoría era que los partidos presentan propuestas, y luego las personas que sostienen esas propuestas se presentan y son votadas para defenderlas en el Parlamento. Bella teoría. La práctica es que las listas electorales están blindadas mucho antes de que los partidos tengan, en su mayoría, ideas cerradas. Está claro quién va a ocupar la silla, pero todavía no sabemos para qué, qué va a decir desde ella y por qué.
Y todo entre un maravilloso clima de pre-electoralismo, propaganda y sonrisas profidén. Los de un lado, aplauden con las orejas el ensalzamiento del salvador turolense, mientras obvian incompatibilidades y gruesas inconguencias levantinas, y su estrella polar sigue sin decidir si matrimonio o unión civil homosexual, si transvase sí o transvase no, si religión en los colegios sí o no, si divorcio express sí o no… y una ristra de indecisiones que debería acongojar (y de hecho hace, el viernes les cuento) al más burro. Los que me quedan más cerca van a un acto donde se dice mucho lo que se quiere oír, pero a la hora de la verdad, nada: sigue el culebrón SGAE, el laicismo no aparece realmente en ningún lado salvo en los golpes de pecho, la defensa de leyes como la de Dependencia (y su dotación) se minimiza en aras de la crítica al contrario, y para colmo las 400 cosas que se proponen casi te hacen golpearte la cabeza contra la parez como un autista cualquiera.
Bien, ya les he escuchado. Ya sé más o menos lo que propone cada uno. Algunos han tenido la delicadeza de reflejarlo en un programa electoral y hacerlo circular por la red. No, de los grandes ninguno, pero esos creen que no necesitan programa electoral.
Tomo partido. Tengo muy claro que el próximo 9 de Marzo yo iré a votar. No sé si lo haré en blanco, pero estoy barajando una alternativa que iré explicando estos días.
Quiero que mi voto sea útil. Por eso, votaré en blanco… o votaré a Ciudadanos - Partido de la Ciudadanía (C’s) - (programa electoral en pdf).
¿Alguien se lo esperaba? Yo no.