El Destino del Iscariote

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03.10.08

Diecinueve minutos

Como leyéndome la mente, Dem Loa me susurró:
-La Hélice del Espectro de Amoiete exige una comunicación discreta entre todos los hogares. Sobre todo durante la Doble Oscuridad.
-¿Doble Oscuridad? -repetí, agachándome bajo uno de los globos. Ya nos habíamos alejado más de veinte metros del río o canal, y el pasaje aún seguía curvándose a la derecha.
-El lento y doble eclipse del sol por las dos lunas de este mundo -susurró Dem Loa-. Dura precisamente diecinueve minutos. Es la razón primaria por la cual elegimos este mundo… con perdón del retruécano.

Dan Simmons, El Ascenso de Endymion

16.09.08

1919

El padre Glaucus señaló la biblioteca con su mano huesuda.

- Allí hay un libro, en el tercer estante… Tenía un señalador azul la última vez que miré, hace más de treinta años. ¿Lo ves?

- Diarios, notas y correspondencia de Teilhard de Chardin - leyó Aenea.

- Sí, sí. Ábrelo donde está el señalador azul. ¿Ves el pasaje que he anotado? Es una de las últimas cosas que vieron estos ojos antes de la oscuridad.

- ¿El pasaje del 12 de diciembre de 1919?

- Sí. Léelo, por favor.

Aenea aproximó el libro a la luz del fuego.

- «Nótese bien - leyó -. No atribuyo valor definitivo absoluto a las diversas construcciones del hombre. Creo que desaparecerán, fundidas en una nueva voluntad que aún no podemos concebir. Al mismo tiempo admito que tienen un papel provisional esencial, que son fases necesarias e inevitables que nosotros (nosotros o la raza) debemos atravesar en el curso de nuestra metamorfosis. Lo que amo en ellas no es su forma particular sino su función, que consiste en construir, de una materia misteriosa, primero algo divinizable y luego, con auxilio de la gracia de Cristo en nuestros esfuerzos, algo divino.»

Dan Simmons, Endymion

Dejemos las cosas claras: la salida que proporciona Simmons al rompecabezas de Hyperion es decepcionante. Podría verbalizarlo más, pero es que es tan decepcionante que cuesta. Si le quitamos toda la parafernalia científica y futurista queda una novela sencillita de Paulo Coelho. ¿Evolución dirigida y Teilhard de Chardin? Sus muelas…

Pero es que uno doble merece per se un lugar en la categoría de diecinueves.

27.06.08

Hyperion

Hyperion

Hyperion, de Dan Simmons, es la primera de las cuatro novelas que forman los Cantos de Hyperion.

Publicada en España por Ediciones B aunque no aparezca en su ficha, el formato de bolsillo suma 618 páginas en tapa blanda y unos 5€ de precio.

En un escenario futurista, la Humanidad forma la llamada Hegemonía del Hombre, que extiende su dominio en la Red de Mundos. Las Inteligencias Artificiales unidas en el TecnoNucleo, tras conseguir la independencia de sus creadores, aparentemente colaboran con el hombre. Unas sombras alargadas, humanos que se han adaptado a vivir en Espacio abierto, forman la extraña raza exter que amenaza la estabilidad de la Red de Mundos. El lugar donde estallará toda la presión es el planeta Hyperion, que pronto liberará su arma lanzada desde el futuro: el Alcaudón.

Los peregrinos del dolor

Hyperion corre peligro. La Iglesia de la Expiación Final ha decidido organizar la última peregrinación antes de que la guerra llegue al planeta. O antes de que la bestia que encerrará se libere. Cada uno de los peregrinos es especialmente seleccionado, y deben ser un número primo. Su objetivo es presentarse en las Tumbas de Tiempo, donde según la tradición el Alcaudón escuchará sus peticiones, concederá a uno solo su deseo y ensartará al resto en el Árbol del Dolor.

Cada uno tiene una relación especial con Hyperion. Siete peregrinos y seis historias personales, pero que tienen un peso inmenso en el devenir de los acontecimientos de los libros sucesivos.

El maestro del padre Hoyt, el padre Duré, murió en Hyperion después de encontrarse con los bikura, una tribu descendiente de los primeros colonos del planeta que había establecido una extraña simbiosis con un organismo cruciforme que crecía en el laberinto de Hyperion. Como consecuencia, Hoyt llevaba adosados al pecho y a la espalda sendos cruciformes, el suyo y el de su maestro, obtenidos al intentar rescatarlo de los árboles tesla donde colgaban sus restos calcinados.

Fedmahn Kassad es un oficial de élite de FUERZA. Durante su entrenamiento, en simulaciones de batallas para aprender estrategia y curtir almas, algo no debía estar allí. Una mujer extraña a la simulación recreada por el TecnoNucleo aparecía y desaparecía, enamorándolo y usándolo sexualmente. Juegos de guerra y amor. Hasta que un día ambos se visten de cromo líquido y ayudan al Alcaudón a acabar con un comando exter en tiempo lento. Su vida ya está unida al guardian de las Tumbas del Tiempo.

El poeta Martin Silenus nació el Vieja Tierra, o eso asegura. Tratamientos Poulsen (con sus azules restos visibles) y varios viajes ilegales a velocidades relativistas le han permitido ver el nacimiento y la evolución de la Red de Mundos y de la Hegemonía. Paradójicamente, empezó a escribir buena poesía justo después de ver reducido su vocabulario a seis o siete obscenas palabras. Por casualidad termina en Hyperion, acompañando al Triste Rey Billy, el último mecenas, y por arte de musas se dispone a plasmar por escrito el fin de la Humanidad. Por arte, sobre todo, de su musa principal: el Alcaudón que mata a todos los demás habitantes de su ciudad.

El profesor universitario Sol Weintraub es un judío cuando eso ya no significa nada. Profesor universitario por vocación, también se encadena a Hyperion y al Alcaudón por una tercera persona: su hija Rachel, arqueóloga. En sueños, los ojos de rubí facetado del Alcaudón le exigían su sacrificio en un lugar apropiado, al modo de Abraham. El mensaje, de pura locura, es desechado y Rachel sufrió un extraño accidente en una de las Tumbas del Tiempo, la Esfinge, mientras estudiaba sus mareas del tiempo y sus efectos antientrópicos y desde entonces cada día que pasa lo rejuvenece y lo olvida. Sol tiene el tiempo justo: su hija nacerá pocos días después del momento en que se supone llegará a su destino.

Cuando un cíbrido se presentó en su dirección, la detective Brawne Lamia no esperaba terminar enamorada de una reconstrucción del poeta John Keats. Ni descubrir que el TecnoNucleo tenía una reconstrucción de Vieja Tierra. Saber todo eso provocó la muerte física de su poeta tras hacerse plenamente humano (al separarse totalmente del TecnoNucleo), que le regaló un embarazo y una copia de su personalidad en disco Schrón alojado en su cabeza.

El cónsul va a vengar una afrenta de generaciones, casi histórica. Es nieto de Siri, y la recuerda. Recuerda cómo era su planeta natal, Alianza-Maui, antes de entrar en la Red de Mundos y contar con portales teleyectores que inundaran las islas móviles de turistas. Recuerda a los delfines nadando en libertad y hablando mediante los medallones traductores. Recuerda cómo la Hegemonía con su uniformidad mediocre acabó con todas las formas de vida que pudieran competir con el hombre a lo largo de la Galaxia. Recuerda y espera. Pacientemente, entró en la burocracia. Pacientemente, ascendió de manera intachable hasta cónsul… en Hyperion, el mundo de la frontera en disputa con los exter. Pacientemente, hizo creer a ambos bandos que estaba de su lado cuando su lado era la libertad. Por eso libera al Alcaudón.

Het Masteen, la Verdadera Voz del Árbol, no tiene oportunidad de contar su historia. Como templario es un personaje extraño; como peregrino enigmático. Su caja de Möbuis contiene un erg, un ser viviente y sentiente con la capacidad de dominar la energía de los soles en ebullición nuclear; su nave templaria, la Yggdrasill, ardió en el espacio bajo el ataque exter. Su cuerpo desapareció en medio del camino, y sólo dejó un gran charco de sangre y ninguna pista.

La Humanidad, el TecnoNucleo, los exter e Hyperion

Cuando las Inteligencias Artificiales del TecnoNucleo se independizaron, cundió el pánico entre la Humanidad. Eran más poderosas de lo que sus amos estaban dispuestos a admitir públicamente, así que cuando la despedida se transformó en un acuerdo voluntario de colaboración hubo muchos suspiros de alivio. Nadie sabe realmente los planes, las motivaciones y las metas de las mentes binarias, pero ayudan a conservar el orden, mantienen nuestra esferas de datos alrededor de los planetas habitados y las enlazan entre sí en la Red de Mundos, y lo que es más importante: nos han regalado los portales teleyectores, que comunican instantáneamente dos puntos del Espacio.

Los exter, por el contrario, son aparentemente menos humanos que las máquinas. Sus cuerpos han evolucionado para adaptarse al vacío, y viven en colonias alrededor de las estrellas, cultivando y extrayendo agua de cometas y viajando al calor de las mareas de viento solar. La Humanidad estancada en una visión de sí misma como Imperio los teme y odia a la vez. Sucesos históricos, como la Batalla de Bressia donde se produjo una auténtica masacre, no ayudan a hacerles buena publicidad.

A todo esto, Hyperion es un planeta exterior, muy suculento para ponerlo en el ojo de los exter y forzar una guerra que terminara incluyéndolo en la Hegemonía. Pero el TecnoNucleo teme a Hyperion: conoce la existencia del Alcaudón, desconoce su naturaleza. Unos piensan que es un arma de las IAs para acabar con la Humanidad en su búsqueda de la Inteligencia Máxima. Otros que es un producto exter para destrozar a sus enemigos cibernéticos. Los terceros en discordia creen que es un justo castigo creado por la propia Humanidad estúpida. Nada es lo que parece, o nada parece lo que es, pero para ello tendréis que leer el próximo de la serie: La caída de Hyperion.

Nota al margen

Se agradece la existencia de versiones de bajo coste para poder permitirnos leer con cierto grado de elección. Sin embargo, la manera en que Ediciones B trata a sus lectores es bastante peculiar. Por ejemplo, Dan Simmons tiene otra genial tetralogía formada por Illión y Olýmpo, dos libros cada parte, pero no hay copias a la venta del tercer tomo desde hace años, con lo que de facto los lectores nos quedamos sin terminar la saga.

En este caso, la traducción y expresión usada en el texto es francamente censurable. Traduce Big Brother, en referencia al genial 1984 de Orwell, como Hermano Mayor (en una forma que nunca he visto en España, por cierto). Llama a El curioso incidente del perro a medianoche como El extraño caso del perro ladrando en la noche, demostrando una ignorancia remarcable de un libro recomendable.

Comas bailarinas, tildes desubicadas y disonancias en género y número para aburrir. Ni siquiera se cuidan los mínimos detalles, y una leyenda revolucionaria que juega un papel esencial en la trama pasa de llamarse Siri (bien) a Sira (mal) y alterna entre ambos con desdén.

En resumen: una pena de presentación para un libro que merece mucho más.

26.05.08

Abróchate el cinturón

El otro día me lo preguntaba. ¿Cómo lo sentirán ellos? ¿Qué sensaciones pasarán por su mente en esos instantes? Pero empecemos por el principio.

Este es un pequeño juego. Pueden jugar todos, pero me interesan sobre todo las respuestas de los creyentes, aunque me da un poco igual el dios (o panteón) en que se crea. Hay que ir poco a poco, para evitar que el vértigo nos saque de pista y no sepamos de qué estamos hablando. Pero también hace falta concentrarse en lo que veremos por las ventanilas porque de ello depende el experimento. Un experimento de confrontación directa con la realidad. Allá vamos.

Imagina que estás en lo alto de un rascacielos. No importa cuál, ni dónde, ni mucho menos por qué. Miras hacia abajo y ves a una serie de personajillos andando muy despacio, cruzando calles y conduciendo coches. Los reconoces: son la máxima de la creación, la culminación del arte divino. La imagen y semejanza del autor de autores. Viven, crecen y se multiplican como siguiendo un mandato del cielo. Muchos de ellos, una inmensa mayoría, creen que existe ese alma inmortal que regala vida simplemente exhalando. Creen que los cuidan, los observan y seguramente los juzgarán. El mundo necesita un sentido, y se lo encuentran en algo más grande que ellos mismos.

Alejémonos un poco de las hormigas. Vayamos, cómo no, a la Luna. Miremos a nuestra esfera azulada desde su inseparable compañera. Pensemos ahora en esos mismos seres humanos y tratemos en encuadrar sus anhelos metafísicos en esta nueva visión. La Tierra tiene un halo misterioso, más allá de su atmósfera y su ozono. Todos hemos visto imágenes y fotografías de otros planetas de nuestro Sistema Solar, pero ninguno es como nuestro hogar. La diferencia es evidente: la vida. Curiosamente, donde el religioso ve la vida en la Tierra e infiere que, por tato, ese planeta debe ser importante (elegido o creado expresamente), el descreído ve que es importante precisamente porque contiene vida. Aquí empieza el desdoblamiento que produce la distancia, una visión que acaba de comenzar.

Huyamos un poco más. Situémonos un poco por encima del plano que forman los planetas alrededor del Sol, a una prudente distancia sobre la órbita de Júpiter. La Tierra es un recuerdo borroso que ni siquiera se puede vislumbrar a simple vista, los humanos han desaparecido. El Sistema Solar es un lugar frío y despoblado, casi vacío. No hay resto de alma ni de mente. Aún se puede apelar al sentido antropocéntrico y exponer que todo eso no es más que decorado para acompañar al espejo de dios que vive en ese puntito que ni verse puede. Con desgana y sin convicción, pero se puede.

Llegamos a la última estación. Nos encontramos a medio camino de la galaxia de Andrómeda, y miramos atrás. La Vía Láctea se nos muestra con sus brazos girando lenta pero imparablemente. En uno de ellos, en una zona que no es muy distinta de cualquier otra, está nuestra estrella madre, rodeada de sus hijos rocosos y gaseosos, y en uno de ellos, uno verdoso e iluminado en su cada oscura, están los seres humanos. Desde esta posición es muy difícil coincidir con ellos, porque en estas escalas de Espacio y de Tiempo las estrellas nacen y mueren muy rápidamente. Nuestro Sol madre en realidad no durará más que cualquier otra estrella semejante, y la duda es si lograremos hacer algo digno de recordarse antes de su fin.

Ahora, desde esa lejana visión, mirando a la Tierra sin verla, imaginando a los seres humanos como un suspiro en los tiempos del Universo, piensa y siente. Pregúntate qué clase de dios crea tanta vastedad sólo para que no la veamos. Qué clase de dios nos confina en una roca común alrededor de una estrella común para que nos matemos entre nosotros al grito de «dios lo quiere». Qué clase de dios pone más de quince mil millones de años antes de nosotros y seguramente no menos de los mismos una vez que hayamos desaparecido, y pretende convencernos de lo importante que es el pestañeo durante el cual fuimos, porque somos su creación mimada.

Siempre he tenido curiosidad por saber cómo afrontan los creyentes la realidad fría del Universo no como problema teológico sino como enormidad medible. Cómo pueden creer que su amoroso dios nos concedió un grano de arena para vernos pelear por él mientras el espacio se aburre de soledad. A veces se me cruza un rallo de comprensión, pero implica siempre humanizar la religión y la creencia y despojarla de su aura sobrenatural, como cuando en un libro de Ciencia Ficción aparece un sacerdote como personaje aceptando los viajes interestelares y las velocidades supralumínicas sin perder esa especie de fe gentil en una persona irrepetible allá en los años del Imperio Romano, conjugada con un dios impersonal y bastante ahumano, más preocupado por la belleza de una puesta de sol en un planeta lejano que por las cuitas de unos gritones en un rincón del Tiempo.

Si estamos llamados a salir de este planeta algún día sería interesante prever cómo va a afectar la religión a la experiencia. Podemos incluso adelantarnos, porque ya sabemos qué nos espera fuera, y sabemos que es inmensamente grande, espectacularmente frío y aterradoramente vacío. Debe ser difícil de conjugar con la idea de dios como padre.

Y tú, creyente, ¿cómo lo haces?