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28.10.09
Introito
Lo malo de querer saber un poco de todo es que nunca sabes demasiado de nada. Uno termina teniendo nociones en vez de conocimientos, y debe andar con cuidado para no embarrarse. Por poner un ejemplo al caso, no soy ni siquiera un profano de la Historia, mucho menos de los pormenores de la antigua. Vamos, que (como habrás adivinado por el título, esta entrada va sobre Ágora) no entro ni salgo en si Amenábar se toma licencias, miente o interpreta, que me queda bastante grande y que los que saben ya dicen. Pero hoy, por fin, he podido ir a ver la película, en un pase a media tarde y con otras diez personas en la sala.
Hay quien quiere ver en la cinta un alegato contra el cristianismo, cuando lo es contra la barbarie. No sé si es común la creencia de que el cristianismo se extendió por el mundo occidental sin controversias, o si nadie es capaz de relacionar las Guerras de Religión con la religión predominante, pero en mi ignorancia pensaba que era materia común conocida que la implantación de una religión tan iconoclasta como el cristianismo primitivo, en un mar greco-romano de creencias laxas, había sufrido episodios claroscuros. La repercusión entre los círculos creyentes más exaltados me hace ver que, más bien, es al contrario y ni siquiera ellos recuerdan los cismas, declaraciones de herejía y persecuciones a las que ha asistido este continente.
Parece que sólo existen dos opiniones posibles: o el cristianismo destruyó el saber antiguo y obstaculizó el progreso científico hasta que la enmienda a la totalidad lo amenazó realmente y tuvo que tragar, o en realidad fue el garante de los sabios y su sabiduría, asimilándola y enorgulleciéndose de ella, y dejando las bases listas para la explosión del conocimiento de los últimos siglos. La realidad, siempre tozuda, decide que se trata de un poco de ambas. La primera por fanatismo, la segunda por necesidad.
Pero decía que, en mi opinión, la cinta trata de violencia. O de algo más profundo que la subyace.
Cuando la razón no vale
Los ateos, que comemos niños por la mañana, gustamos controlar mentes por la tarde. No se lo vayan a decir, pero me ha costado mucha concentración convencer a Santiago Navajas de que fuera a ver la película, publicara hoy un comentario sobre ella y destacara justo la frase que yo quería destacar. Y todo esto sin que él lo sepa. Las respuestas que recibe, loas a César Vidal incluidas, ya no son cosa mía.
Realmente sólo se puede sacar algo en claro de Ágora si le damos la vuelta al celuloide y mirando su envés prestamos atención a lo que el director trata de enmascarar. El momento clave ocurre cuando el asalto de la turba cristiana a la Biblioteca, donde se han refugiado los politeístas y uno de éstos exclama algo así: “Pero, ¿de dónde han salido tantos cristianos?” Sin embargo, toda la película mira hacia otro lado. Los desesperados, los explotados, los masacrados… el gran magma de la esclavitud sobre el que se había edificado la civilización griega y, posteriormente, la romana encontró en el mensaje cristiano de la igualdad esencial de los seres humanos el pivote revolucionario sobre el que iba a edificarse el cristianismo, para sorpresa de restos aristocráticos que, como Hipatia, habrían aprendido de Aristóteles que la esclavitud es “por naturaleza”.
Cuando uno cuenta una historia, no puede contar todo lo que acompaña a esa historia o tendría que contar el cuento desde que el mundo es mundo. Sin embargo, sí que he echado de menos una explicación a la explosión del cristianismo, aunque realmente hubiese estado bastante fuera de lugar: si la idea era mostrar el relato según los ojos de Hipatia y los suyos, decir que se dieron de bruces con la realidad no me parece muy descabellado. La realidad, en este caso, fue una ola de destrucción.
¿De dónde han salido tantos cristianos? Claramente, de un mundo en el que tener razón no era suficiente, seguramente porque antes de la satisfacción intelectual el ser humano tiene otras ansias que saciar. En ocasiones se nos acusa a la izquierda de justificar actos que sólo tratamos de entender. En este caso, hagamos de abogado de Cirilo.
El cristianismo tiene razones que la razón no entiende
En realidad tanto el cristianismo como Cirilo e Hipatia son meras etiquetas plausibles históricamente, pero el conflicto es mucho más profundo. Se dice bastante a menudo que ciencia y religión son incompatibles, o que son perfectamente complementarias. Yo me suelo inclinar más bien por la primera, porque seguramente tengo una opinión sobre la religión bastante negativa, pero sé reconocer la realidad de la segunda. Nadie negará que un occidental del siglo XXI puede ir a misa un domingo y a trabajar a un laboratorio de física elemental un lunes perfectamente, sin tener una encarnizada lucha interna. Cuando los que lo afirmamos decimos que ciencia y religión son incompatibles nos referimos más bien a que sus fundamentos lo son. Revelación y razón son dos términos bastante contradictorios, así que no es de extrañar que sus derivadas (religión y ciencia) entren en conflicto.
Tendemos a creer que todo el mundo es tan civilizado como nosotros. Sabemos qué son las estrellas y la Luna, y qué es un planeta, y lo sabemos más allá de toda duda. Hemos vivido y estudiado distintos sistemas de gobierno y separaciones entre creencias y leyes, y hemos estudiado sus consecuencias. Nuestra propia Historia ha ido poniendo al hombre más y más por encima de otras consideraciones. Lejos nos quedan los tiempos en que la gente se mataba por pensar diferente sobre esos asuntos que ya creemos superados, pero esa superación es una ventaja con la que contamos que muchas veces pasamos por alto. Para llegar a ese estadio antes tenemos que poner muchos pilares, y uno de los errores que solemos cometer es tratar de inculcar esos saberes en personas que no disponen de esos cimientos necesarios. Tratamos de exportar democracia a regiones en las que pensar que la Tierra no es plana es una locura blasfema inconcebible. Hay literalmente millones de personas que nunca creerían que se puede ir a la Luna porque sencillamente no pueden.
También ocurre al contrario. Una de las razones por las que me hice ateo es que si dios existiera sentía que debería ser algo tan grande que no contemplaba lugar o situación en que él no debiera estar presente en toda mi vida. Si tenía que creer, debía hacerlo contra evidencia pues en caso contrario, ¿qué valor tiene? Miré alrededor y elegí en conciencia, pero algunas cosas permanecen. Soy de los que opinan que hay que ser consecuente, y eso implica, por ejemplo, que crea tremendamente equivocadas las soflamas homófobas que vienen de parte de la Iglesia, pero entienda las razones que llevan a sostenerlas. Cuando uno se ve superado por una idea como la de dios, el hecho de que las personas se equivoquen o sufran pierde perspectiva y es irrelevante. Afortunadamente, el asunto religioso en este oasis occidental ya no se lleva de ese modo, porque ya casi nadie ve a dios así. Desgraciadamente, este oasis es limitado. Pero el problema es que los que vivimos en él hemos olvidado que la razón no siempre convence, porque a veces no es bienvenida. Mäs que olvidarlo, muchos no pueden concebirlo, lo que nos pone en clara desventaja.
Cirilo tenía múltiples razones. Tanto él como muchos otros, en tanto su propio sistema de creencias y su valoración del mundo le hacían creer que actuaba rectamente, y en cuanto carecía de la capacidad argumental de entender su error. Esto, lejos de ser una justificación, es un punto de partida. Porque si la idea es minimizar los efectos fundamentalistas de las religiones, primero hay que diagnosticar el problema aunque nos disguste.
Hipatia somos todos
El error de Hipatia, de Alejandría y previsiblemente el de occidente es el mismo: menospreciar la capacidad humana para la barbarie. El ser humano, a mi juicio, no es bueno ni malo por naturaleza, sino animal. Un animal que a veces razona, como ya he dicho otras veces, lo que no lo convierte por arte de magia en un animal racional. En determinadas circunstancias su genio aflora y da a luz cosas como una revolución copernicana, las Leyes de Mendel o el Coliseo, pero para eso necesita de cierta estabilidad exterior y capacidad para dudar e innovar. Damos por hechas esas condiciones, pero son relativamente poco numerosas desde que bajamos de los árboles. Pero cuando se producen los que las viven suelen olvidar de dónde salieron o qué las rodea.
En occidente, como en las élites de cada gran imperio justo antes de caer (el catastrofismo no era mi objetivo, no me malinterpretéis), damos por sentadas esas condiciones hasta el punto de que, como en la película, no enfrentamos la realidad. Como en la película, los librepensadores comentamos ciertas alertas vagas (homosexualidad y catolicismo, penetración de la sharia…) como si no pasasen a dos calles de nuestras casas, y en nuestros círculos de confianza y sin atrevernos a afrontar un cara a cara. La idea de que dios te respalda, por el contrario, azuza la dignidad de los creyentes, que sostienen públicamente sus ideas con la convicción que sólo el convencimiento íntimo y la incapacidad para siquiera suponerse equivocado conceden.
Hipatia somos todos los que nos encerramos en nuestras convicciones razonadas mientras otros gritan sus creencias. Hipatia somos los que nos encontraremos, más pronto que tarde, a la barbarie fundamentalista de vuelta derribando nuestras puertas. Porque es algo tremendamente humano que no necesita de nada más que de destrucción de ciertas categorías mentales, un ejercicio que las sociedades demasiado acomodadas gustan de promover y las que viven incómodas realizan todos los días.
La lectura entre lineas diría que hablo de islam, o de su santa alianza con el catolicismo, pero en realidad voy mucho más allá. En toda idea autoritaria se repiten los esquemas: la implantación de nuevas categorías de pensamiento mediante un discurso pretendidamente razonado y amable acompañada de fanatismo en la ejecución y altanería en la confrontación. El poli bueno y el poli malo, en versión antigua. El cristianismo, en este asunto y salvando las distancias, no es muy diferente a un comunismo o a un nazismo muy pulido por los siglos. Pero la capacidad de crear monstruos no ha acabado ni, me atrevo a aventurar, acabará: no creo que exista un mecanismo biológico que nos empuje a la razón abandonando la revelación.
Hipatia murió porque las personas buenas no están dispuestas a defender sus ideas con sangre, y las personas fanáticas sí. Ese principio universal sigue siendo válido hoy, y el grado de fanatismo de la diferentes comunidades humanas no ha descendido demasiado a pesar de lo que pensemos aquí o de lo que hayamos progresado, como tampoco ha cambiado nuestra aversión como librepensadores a la violencia innecesaria.
Pero a lo que no tenemos derecho ya es a callar.
30.03.09
Ya lo dije hace poco: el aborto me provoca un serio problema moral. Admito que soy susceptible a los discursos sobre la unicidad (en Matemáticas los más bellos teoremas prueban existencias únicas), originalidad y demás características similares. Soy un individualista, por lo que acepto con agrado que me ronden apelando al yo y no al nosotros.
Por si nadie se había dado cuenta, el debate real en este asunto se centra en cuándo aparece el ser humano. En la anterior entrega explicaba que suelo entender, en el sentido humano del término, las visiones maximalistas auspiciadas por esos argumentos que tanto me atraen. Toda la indiferencia que me producen las objeciones religiosas se traduce en un inmenso interés si se trata de individualismo. Y si embargo, sigo apostando por una Ley de Plazos. No sólo porque desde un punto de vista social (esto es, legal) igualar embrión con persona sea un sinsentido, sino porque desde un punto científico es básicamente otro. Y si cabe de mayor calibre.
Es comprensible que se rehuya el asunto, pero eso no hace que el debate sobre el aborto deje de ser puramente moral. Intentar conferir a un embrión todas las características de una persona mediante la apelación a la ciencia no es más que un intento de sustentar las propias convicciones morales, pero a la vez es un juego peligroso. Porque la ciencia es descriptiva, no prescriptiva, y nos dice que en el encuentro de un óvulo y un espermatozoide se conjugan por primera vez los detalles genéticos de un posible nuevo ser humano, pero no nos dice en modo alguno que ese resultado sea una persona. Somos nosotros los que arropamos de derechos, algo que la ciencia ni entra a discutir. La pena de muerte no equivale a la negación de la Ley de la Gravedad.
Por esto, porque incluso siendo partidario de una Ley de Plazos (en la que el primer plazo sea razonablemente corto) y teniendo los oídos prestos a escuchar lo que desean oír, es difícil permanecer impasible ante el despropósito que supone la Declaración de Madrid. No es sólo su expresión escrita, cuyas faltas de ortografía deberían avergonzar a los centenares de profesores de universidad y académicos que la rubrican (aunque cabe la posibilidad para nada remota de que esto sea culpa de HO, desde donde he descargado el documento), ni su intento sutil de dirigir el asunto como si sólo existiese un punto de vista posible, que comentaré más adelante. Lo que más chirría es lo anticientífico que es.
«Existe sobrada evidencia científica de que la vida empieza en el momento de la fecundación» y empezamos a jugar con trampas. Es un recurso bastante manoseado, pero no por ello menos efectivo. Existe sobrada evidencia científica de que en la fecundación aparece una célula cuya carga genética corresponde a un ser humano, que en determinadas condiciones dará lugar a una persona, y que está viva. No es exactamente lo mismo, pero puede parecerlo a quienes intentan vestir de sus propias conclusiones las mismísimas premisas. Sólo de esta manera se puede entender que en este mismo punto se afirme que «la Biología Celular explica que los seres pluricelulares se constituyen a partir de una única célula inicial, el cigoto», un dislate mayúsculo que muestra el tono y la finalidad del panfleto: el deseo de ilustrar a las masas: escuchad, oh pueblo iletrado que aborta, todos lo que la ciencia dice, y veréis que nuestras conclusiones son inapelables. Falaz.
Si se atisbaba al comienzo, el segundo punto es directamente rompedor: «El cigoto es la primera realidad corporal del ser humano», y seguimos haciendo trampa con los conceptos. Porque si lo cierto es que todas las personas alguna vez han sido cigotos, no todos los cigotos llegan a ser personas, por lo que la simple lógica nos dice que haber sido cigoto es condición necesaria pero no suficiente para ser persona. Si aceptáramos sin más que «un aborto no es sólo la interrupción voluntaria del embarazo sino un acto simple y cruel de interrupción de una vida humana» deberíamos aceptar que cerca del 50% de la Humanidad termina su día (o sus pocos días) de una manera cruel. Ese es el porcentaje de óvulos fecundados que son expulsados sin que nadie se entere de que existen. Una mitad de todas las ¿personas? que en el Mundo han podido ser, desechados por un órgano reproductor natural imperfecto. Sin contar con entre el 15% y el 20% de abortos espontáneos una vez que la madre conoce la situación de gestación y que de nuevo se producen por causas totalmente naturales. Y si a esto añadimos que «la naturaleza biológica del embrión y del feto humano es independiente del modo en que se haya originado, bien sea proveniente de una reproducción natural o producto de reproducción asistida» sólo entiendo un modo posible de actuación, y conlleva el ingreso hospitalario de todas las mujeres tras practicar el coito por no menos de una semana, sumado a la prohibición total de cualquier técnica de fecundación artificial que genere embriones no implantados. Como comprenderán no me parece una salida muy razonable.
Lo que nos están diciendo estos declarantes es que tu cuñado, tu vecino, tu primo o incluso tú mismo eres un asesino. Cualquier persona que conozcas que ha usado una técnica de fecundación que genere embriones sobrantes es un asesino. Si eres mujer y alguna vez has practicado el coito sin protección, es muy probable que seas una asesina y ni siquiera lo sepas. Tu novio o marido será cómplice necesario (y ciego, claro). A mí me parece una auténtica barbaridad, pero es la conclusión lógica si se apela a los principios y sus derivadas sin dejar que la Realidad te destroce un buen marco conceptual. Más difícil respuesta científica-versión-madrid tiene el caso de los gemelos univitelinos, que a falta de compartir alma ahora comparten carácter de persona, pero apelar a la ciencia para paralizar el conocimiento científico que mejora realmente y de modo palpable nuestras vidas (como por ejemplo la investigación con células madre embrionarias o la selección embrionaria para la cura de enfermedades) es cuando menos complicado.
Más allá de la falacia que se intenta hacer pasar por ciencia, ya he señalado que el lenguaje delata el interés de los relatores: mostrar de costado las premisas y dirigir mediante el verbo las conclusiones. De otro modo es imposible entender ciertas frases. «Es preciso que la mujer a quien se proponga abortar adopte libremente su decisión, tras un conocimiento informado y preciso del procedimiento y las consecuencias». Cualquiera está de acuerdo en que a una mujer que decide abortar o que duda sobre abortar o que tiene la idea de que es posible que aborte (se me acaban las perífrasis que lo dejen claro) se le debe informar sobre el procedimiento y las consecuencias reales que el procedimiento implica. Pero a las mujeres no se les propone abortar sino que ellas a veces deciden hacerlo. Lo escandaloso de la redacción (por reducir a las mujeres a meros objetos que gestan y reciben proposiciones) sin embargo es lo único que les queda. Nadie con dos dedos de frente se atreve a sugerir en público que toda mujer que aborta es una asesina (por lo que dije la última vez: la consideración moral del embrión no es socialmente la de una persona), mejor que sea una engañada. ¿Nadie? ¿O será que faltan dedos en la frente? Veamos…
«El aborto es un drama con dos víctimas: una muere y la otra sobrevive y sufre a diario las consecuencias de una decisión dramática e irreparable. Quien aborta es siempre la madre y quien sufre las consecuencias también, aunque sea el resultado de una relación compartida y voluntaria». Este drama, que como ya he señalado ocurre duplicado y en silencio por cada embarazo del que se tiene constancia, nos deja un reguero de miles y miles de muertos naturales. Recordemos que el término aborto engloba a estos también, y aunque los redactores del Manifiesto no hayan tenido tiempo de repasarlo (ni de oír hablar de poríferos) la Realidad es la que es. Mujeres que no sufren ninguna consecuencia. En fechas recientes, dos mujeres que conozco han sufrido abortos naturales, y en un estado de gestación ligeramente avanzado en un caso. Por desgracia, también he abrazado a una madre que acaba de perder a una hija. Que intenten hacerme ver que ambas cosas son equiparables, o que las primeras son insensibles (porque quien ha muerto era una persona, sus hijos, y ellas continúan viviendo sin mayor problema), me enerva mucho: ¿quién le ha dado a esta gente el derecho a definir qué acto es humano y cuál no? ¿De verdad creen que no se les nota cuando llaman «madre» a la mujer que lleva un simple embrión y que posiblemente «vaya a ser mamá»?
Cuatro como los jinetes del Apocalipsis. Cuatro últimos puntos de un Manifiesto puramente ideológico, que para no desmerecer son aún más ideológicos. «Dada la trascendencia del acto para el se reclama la intervención de personal médico es preciso respetar la libertad de objeción de conciencia en esta materia». No en la sanidad pública. Parece que uno de los efectos colaterales de la eclosión es que se ha perdido por completo el significado del término público. En «sanidad pública», pública implica precisamente que deben realizarse todas las actuaciones que la Ley contemple de acuerdo a sus facultades técnicas, pues es el público (el ciudadano) el que la mantiene para ello. Un impulso jacobino me empujaría a invitar a todos los médicos de la sanidad pública con problemas de conciencia a marcharse al sector privado, pero una charla que tengo muy presente con Daniel Tercero me modula: puedo llegar a aceptar la objeción de conciencia en la sanidad pública siempre que ésta, por su número, no ponga en riesgo el deber de servicio para el ciudadano. Por tanto, además de respetarla, habría que regularla de manera que no se produjeran situaciones de dejación de funciones.
«El aborto es además una tragedia para la sociedad. Una sociedad indiferente a la matanza de cerca de 120.000 bebés al año es una sociedad fracasada y enferma» llega ya al punto en el que le sobran los disfraces. Un aborto es una matanza. Donde antes a las «madres» se les «sugería» abortar, ahora tenemos a un ejército de «asesinas». No es casual que aparezca este punto cerca del final: una vez falseados los resultados científicos para revestirlos con el lenguaje de las convicciones que preferimos el público debe haber aceptado ya nuestra retórica y éste es el paso natural. Como los peones negros y su intento de socializar la duda, este experimento de ingeniería social intenta que asociemos mental e irreflexivamente (en ambos sentidos) aborto con crimen. Y ya no sólo no son pulcras las «madres» sino que es nuestra culpa. En Occidente nos encanta sentirnos culpables, quizás ahí han encontrado un filón, pero mi percepción me indica que les costará algo más que un panfleto moralista.
Lejos de contentarse con insultarnos (ser cómplice de asesinato me parece bastante despectivo) como personas intentan además insultar nuestra inteligencia. Porque no sólo el texto tiene un regusto a cañada prefabricada, sino que al final pierde cualquier atisbo de pequeño hilo enganchado a la Realidad. «una Ley del aborto sin limitaciones fijaría a la mujer como la única responsable de un acto violento contra la vida de su propio hijo». ¿Alguien en su sano juicio, descontando ciertos grupúsculos marginales que ojalá estuvieran más lejos, habla de aborto libre y sin restricciones? Más allá de esta descomunal falacia podemos ver cómo en la redacción se encuentra la respuesta. Al señalar lo obvio (que la mujer suele ser la última responsable de la decisión de abortar) de una manera tan acusatoria se convierte una elección en la que no se daña ninguna persona en un acto violento. Olvidan estos madrileños el asunto de la «reproducción asistida», seguro que porque aquí no calza: ¿son los padres de un niño recién nacido mediante inseminación artificial responsables de «actos violentos» contra todos sus decenas de embriones-hermanos? Si es así, ¿pueden indicarme por favor el camino de vuelta a mi Universo?
De hecho, todavía se puede ir más lejos y retorcer aún más el asunto. «El aborto es especialmente duro para una joven de 16-17 años, a quien se pretende privar de la presencia, del consejo y del apoyo de sus padres para tomar la decisión de seguir con el embarazo o abortar. Obligar a una joven a decidir sola a tan temprana edad es una irresponsabilidad y una forma clara de violencia contra la mujer». Este tipo de tergiversaciones se suelen llamar hombre de paja pero creo que hemos desbordado ya el término: quizás sea más preciso catalogarlo de mentira. Se pinta un panorama de una niña pensando sola en un cuarto si debe abortar, y tras haber entendido que eso la convierte en asesina de sus hijos, cuando lo cierto es que ni el embrión tiene consideración científica de persona (al ser ésta una consideración plenamente moral) ni esa joven tiene por qué decidir sin consultar, preguntar y sopesar. Obligar a una chica de 17 años a la que se le rompe el preservativo a dejar toda su vida porque ni siquiera puede encontrar una píldora del día después sí que es violencia contra las mujeres, y si el aborto es un asesinato por los motivos del Manifiesto la dichosa pastillita será el próximo enemigo a batir. El perfil de principios lo permite, ¿lo hará la Realidad? De nuevo, no sé si me he equivocado de planeta, pero no conozco a nadie que nunca me haya contado nada contra este método. Nadie que no sea un cristofriki, quiero decir, que es lo malo de conocer demasiada gente.
No creo que los declarantes sean cristofrikis, aunque luego éstos los eleven a sus altares. Realmente existe una forma de ver el asunto que intenta beber del mundo científico para justificar la propia moral y su imposición a la sociedad, y lo que habría que preguntarse es dónde están los investigadores que trabajan con embriones en España que no contestan a semejante sarta de insultos a su trabajo. Dónde está la divulgación científica seria que contrarreste este pseudo-cientifismo de nociones y certezas, de sesgos ideológicos y tonterías mostradas como a niños de primaria. Desde un punto de vista científico, este panfleto no debería quedar sin respuesta. Porque no se nos presenta una defensa de la vida sino una correa amordazante que tiene en la oposición al debate serio sobre el aborto su ariete, pero que sin duda, y sin mudar de discurso, aspira a mucho más.
16.09.08
El padre Glaucus señaló la biblioteca con su mano huesuda.
- Allí hay un libro, en el tercer estante… Tenía un señalador azul la última vez que miré, hace más de treinta años. ¿Lo ves?
- Diarios, notas y correspondencia de Teilhard de Chardin - leyó Aenea.
- Sí, sí. Ábrelo donde está el señalador azul. ¿Ves el pasaje que he anotado? Es una de las últimas cosas que vieron estos ojos antes de la oscuridad.
- ¿El pasaje del 12 de diciembre de 1919?
- Sí. Léelo, por favor.
Aenea aproximó el libro a la luz del fuego.
- «Nótese bien - leyó -. No atribuyo valor definitivo absoluto a las diversas construcciones del hombre. Creo que desaparecerán, fundidas en una nueva voluntad que aún no podemos concebir. Al mismo tiempo admito que tienen un papel provisional esencial, que son fases necesarias e inevitables que nosotros (nosotros o la raza) debemos atravesar en el curso de nuestra metamorfosis. Lo que amo en ellas no es su forma particular sino su función, que consiste en construir, de una materia misteriosa, primero algo divinizable y luego, con auxilio de la gracia de Cristo en nuestros esfuerzos, algo divino.»
Dan Simmons, Endymion
Dejemos las cosas claras: la salida que proporciona Simmons al rompecabezas de Hyperion es decepcionante. Podría verbalizarlo más, pero es que es tan decepcionante que cuesta. Si le quitamos toda la parafernalia científica y futurista queda una novela sencillita de Paulo Coelho. ¿Evolución dirigida y Teilhard de Chardin? Sus muelas…
Pero es que uno doble merece per se un lugar en la categoría de diecinueves.
25.07.08
Democracia versus Teocracia
Comentarios y notas a una conferencia de José Lázaro
En su obra de 1940 Ideas y Creencias nos desvela José Ortega y Gasset que eso que llamamos «ideas» es en realidad un conjunto muy heterogéneo, de manera que permite su clasificación entre ideas propiamente dichas (aquellas que se nos ocurren, que nacen de nosotros) y creencias (aquellas que forman parte de nosotros y de nuestro sustrato de actuación inconsciente). Da lugar así Ortega a la disyuntiva desde el punto de vista personal: ideas y creencias lleva irremediablemente a pensantes y creyentes, lo que se parece peligrosamente a pensantes o creyentes.
Podemos intentar clasificar nuestros conocimientos en tres grupos: creencias, ciencias y pensamientos. Toda creencia comparte su origen social, irracional y/o cotidiano. El conocimiento científico nos proporciona verdades provisionales y normas perfeccionables. Los pensamientos cubrirían las lagunas de la ciencia, permitiendo una visión interdisciplinar de los problemas que el paradigma de espacios estancos científico aún no permite.
No todas las creencias son iguales, aunque todas ellas comparten la característica de que forman parte de nuestro sustrato más irracional. El terrorista que cree atentar por orden divina no intenta racionalizar ese hecho, sino que echa mano de instintos que operan debajo de su propia razón. El caminante que se dispone a salir a la calle no razona el hecho de que la calle esté ahí, sino que lo presupone en un nivel inferior al de su deseo voluntario y manifiesto de salir a pasear. Ambas actuaciones ejemplifican actos en los que la mayor parte de la carga recae en creencias que se encuentran bajo el umbral de nuestra capacidad de razón, como un movimiento reflejo. Sin embargo, sería extremadamente injusto poner en el mismo saco la irracionalidad del terrorista y la del futuro paseante: mientras el primero es fruto de una labor de tribalización, el segundo simplemente aplica el sentido común que dicta que la calle, si estaba ayer, estará hoy. Estas creencias sensatas pueden llamarse dignamente convicciones razonables.
Estas convicciones razonables no causan demasiados problemas, sino más bien al contrario. Nos permiten no volvernos locos al descubrir cada día las sábanas de nuestra cama, así que las dejaremos en bendita paz. Sin embargo, las creencias a secas no son tan benévolas a priori. Contrariamente a lo que se dice, el hombre no es un animal racional sino un animal consciente que a veces razona, por lo que sus actos están necesariamente marcados por sus creencias. Las condiciones en que esas creencias vieron la luz marcan determinados patrones que se dejan entrever en sus manifestaciones: en religiones, en doctrinas políticas y económicas y en sentimientos nacionalistas se reconocen aspectos tribales como sistema de nexo social basados en verdades no racionalizadas sino simplemente asimiladas que establecen fronteras entre grupos bien definidas. La pertenencia al grupo genera precisamente el sentimiento de grupo, iniciando lo que José Lázaro describió como «la pendiente resbaladiza desde la creencia al genocidio», una secuencia de fases de la creencia que no tienen por qué darse en su totalidad pero tampoco tienen por qué no seguirse:
- Tribalismo. Abuso de la autoafirmación por encima de los extraños, en base a una verdad autoevidente que sólo el grupo conoce, sigue o siente. Narcisismo grupal de las pequeñas cosas: lengua, historia, religión, presunta opresión, honor mancillado…
- Gregarismo. Tendencia al autoabastecimiento: desde el proteccionismo agrícola hasta las lecturas sectarias de sólo ciertos autores políticos.
- Unitarismo. La doctrina del grupo es una. La disidencia o innovación interna está mal vista.
- Autoindulgencia. Los errores o excesos que comete el grupo o alguno de sus miembros en determinados momentos son bien vistos y permitidos. Este punto es crítico: licencia para actuar mal en base a la aceptación grupal.
- Exclusión. La disidencia interna deja de estar mal vista y pasa a ser considerada delito-pecado. Los disidentes son condenados, con suerte, al ostracismo social.
- Elección. O conmigo o contra mí. Toda situación requiere adhesión inquebrantable y positiva o exclusión. Los externos empiezan a ser los malos.
- Genocidio basado en el miedo.
Obviamente no todas las creencias pasan por todos los estados. El nacionalismo en Europa, por ejemplo y a pesar de haber llegado al séptimo en el pasado, se sitúa ahora sobre el tercero, pivotando a veces sobre el segundo y peligrosamente sobre el cuarto en términos generales (ahí tenemos a ETA para destrozar estadísticas). El fundamentalismo islámico de la actualidad pone su frontera en el sexto y no sabemos si planea detenerse ahí, porque echa mano del siguiente allá donde puede. Como norma, para que la pendiente sea perfectamente resbaladiza y se toque fondo es necesario que el grupo sea suficientemente grande y fuerte, y suficientemente creyente.
Existe una falacia bastante extendida que pone en el mismo plano de valor las verdades obtenidas mediante creencias y las verdades obtenidas mediante ciencias, en un intento nihilista de negar la posibilidad real de conocimiento cuya razón de ser, en última instancia, es la pereza intelectual del que prefiere creer a saber y no quiere que le llamen ignorante con razón. La principal diferencia entre ambas verdades radica en que mientras las creencias, sean convicciones razonables o no, nacen en nosotros sin evocarlas, sin necesidad de poner en marcha ningún razonamiento, las verdades científicas demandan de nosotros una actividad de comprensión e interiorización. En las creencias se está, las ideas (en este caso, científicas) se tienen. Otra diferencia primordial es la manera en que llegamos a obtener esas verdades científicas: el método científico ha demostrado ser una herramienta fiable a la hora de conocer el funcionamiento del Universo, siendo sus aplicaciones las pruebas y sus predicciones sus avales. No sólo admite su propia limitación en determinados aspectos, sino que implementa una función propia de autocorrección que pule sus resultados. La democratización del conocimiento implica la fiscalización del fraude y la posibilidad de despejar uno mismo las dudas experimentando. Toda una maquinaria de búsqueda de conocimiento de probada solvencia que nada tiene que ver con ideales de paraísos post mortem.
Todos tenemos, en mayor o menor medida, asimiladas como verdades ciertas creencias y ciertos postulados de la ciencia. Ambos compartimentos no son estancos, y lo son menos a la hora de influir en nuestros actos. Somos, por así decirlo, imperfectamente racionales1, porque no solemos maximizar nuestra función de utilidad sino que nos dejamos llevar (por una buena idea, un buen sentimiento, una hipótesis atractiva… cualquier cosa que nos permita evitar razonar y nos haga sentir cómodos). Pero también somos capaces de ir más allá. Por encima de las verdades provisionales y localizadas que proporciona la ciencia se eleva el pensamiento, hábil para solapar conocimientos y creencias para formar un cuadro coherente de la propia existencia. Ese pensamiento admite y promociona la interdisciplinaridad científica, para ver el cuadro de la Naturaleza desde un punto más elevado. También estudia relaciones entre mitos y fábulas, coincidencias literarias y paralelismos artísticos y alfabéticos para establecer corrientes de alcance histórico. Indaga sobre el cerebro, el ADN, la evolución y el comportamiento y extrae consecuencias cruzadas. Es ese pensamiento el que da sentido al mecánico (aunque necesario) fabricador de verdades que es el laboratorio de análisis científico. «Afirmar radicalmente ser humano pensante significa renunciar a “los nuestros”» dice Lázaro, pues quien piensa no lo hace en la particularidad de su grupo, sino en la vastedad del todo, adaptando sus armas según el terreno hostil que pisa.
En la medida en que dejemos a un lado las creencias propensas a resbalar y potenciemos el hábito de pensar seremos capaces de progresar como especie. El racionalismo escéptico es el arma teórica del humanismo secular, una forma de entender las relaciones sociales que no huye de convicciones razonables pero no confía en creencias por la misma razón que diferencia el respeto que nace de la buena educación del que surge del miedo. Una corriente de pensamiento en un mundo de creencias.
José Lázaro es profesor de Historia y Teoría de la Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid
1 Wojciech Zaluski: Evolutionary View of Human Nature and the Goals of Law - European University Institute Working Papers, Max Webber Programme (2008)
Serie Democracia versus Teocracia