Está claro que mi apuesta no ha sido la ganadora. Si esto fuera una carrera de galgos, a mío se le quedó enganchada la correa en el portón. Pero no voy a necesitar acusar al 99% y pico de la población de ser borrega para intentar razonar los motivos, perdiendo seguro un puesto en alguna radio que me figuro ha celebrado con espumosos los resultados electorales. Contra González estábamos bien, pero contra Zapatero se vive mejor, deben pensar mientras sus seguidistas esparcen la buena nueva de la mala ciudadanía.
Ciudadanos ha conseguido 45.750 votos, un 0,18% del total. Cuando se obtiene ese resultado no es necesario buscar enemigos externos ni culpables mediáticos, sino afrontar la realidad: la inmensa mayoría de españoles prefieren otras opciones. Perfectamente legítimo. Y no se puede invocar ni silencio de los medios ni escasez de presupuesto, cuando otras formaciones en similares condiciones (felicidades) han obtenido unos resultados magníficos. Reducirlo todo a que cuentan con una cara ya conicida es absurdo.
Ciudadanos ha intentado (al menos en lo que a mí respecta) movilizarse en la Red, que la Red fuera un pilar fundamental de su estrategia. No he visto en mi pueblo ni un solo cartel, y han sacado dos votos (la duda me corroe sobre el otro, sobre si habré tenido algo que ver, y se me estira la espalda, el cuello y la frente del orgullo). Tampoco es que yo me haya implicado mucho ni en el partido ni en la campaña, pues una cosa es valorar positivamente y sobre el resto un programa electoral y otra hacerte militante. No quisiera dejar de descatar que, para tener tanta y tanta presencia en la Red (con una agrupación digital de militantes) el poco riudo electoral que han provocado es sorprendente. La parte estética mejor ni tocarla, baste decir que deja mucho que desear que nadie la haya intentado mejorar.
Ciudadanos necesita más radicalidad. Y universalizar su mensaje. Por qué no, ponerle lazos de colores. Ciudadanos se define como Izquierda liberal: debe profundizar en ambos aspectos. Y aprender a venderlos. Rivera es un gran ideólogo, pero no tan buen orador. Y el resto de ideólogos se basan exclusivamente en la crítica al nacionalismo, y el reclamo de los pactos de Estado. No tienen favoritos entre PP y PSOE. Lo que pretende ser una objetiva y positiva declaración de neutralidad, con esta oposición comandada por Rajoy se convierte en un equidistanismo poco justificable desde las etiquetas que se autoaplican. Igual de injustificable la connivencia con ciertos locutores radiofónicos marcadamente anti-izquierdistas, en la escenificación del dame pan y dime tonto. Se sacudieron el sector losantiano en un congreso del partido, pero han buscado las caricias del de la COPE como clavo ardiendo cuando se dieron cuenta de que la publicidad es necesaria, no sólo las buenas ideas, y el del frenillo es el único que tiene interés en usarlos, esto es, en sacarlos en antena. Ambas opciones, connivencia o interés, dicen muy poco bueno de la necesaria independencia de C’s, de la dignidad de la Izquierda que necesita C’s. No, el modelo de sociedad socialista y popular no son comparables, siquiera desde la perspectiva que rezuma de los manifiestos, programas y resúmenes de C’s. El PP es socialmente conservador, económicamente conservador. C’s deben ser todo lo contrario per se.
Sé que los militantes socialistas tendrían un argumento que usar en este preciso momento: afíliate y cambia, activa, el partido desde dentro. Puede que incluso tuvieran razón. Pero militar en un partido político tiene también sus contras. Sin ir muy lejos, en la Red Ciudadana nacida bajo la sombra del partido hay algunas voces que sinceramente chirrían, eso sin mencionar que la política exclusivista de ingreso impidió racionalmente que siquiera me interesara. No, Ciudadanos debe andar su camino y demostrar si en efecto hay espacio para la izquierda progresista y liberal en el Parlamento, capaz de arrastrar al PSOE hacia sus posiciones (aborto, eutanasia, protecciones sociales, drogas, enseñanza y cultura, política exterior…) y ofrecer al PP confrontación argumentada a sus pataletas en vez de la pataleta del PSOE. Han obtenido más de 40.000 votos casi a ciegas, casi sin conocerlos, simplemente por asfixia democrática, pero la cantidad de gente «descontenta» es muy indeterminada y heterodoxa, y agruparlos a todos implica no tener unas directrices claras. Hay que clarificar esas directrices, y eso le toca hacerlo a los de dentro bajo la atenta mirada de los de fuera.
Ha sido un primer paso que puede ser el principio de una vuelta atrás o el inicio de una andadura digna, valiente y comprometida. Pero si Ciudadanos no quiere recorrer ese camino, los dejaremos atrás por poco radicales.
Me estoy aficionando a una vieja serie norteamericana: The West Wing. Sé que llego tarde (la serie es antigua en los cánones veloces de la tele actual), pero no importa. En uno de los capítulos de la primera temporada se contraponen dos visiones sobre el derecho y las libertades. Por un lado, el burócrata que piensa en positivo: un juez sólo puede defender la libertad que expresamente se ha decidido proteger. Por el otro, el sentido común que no limita las libertades a listas en textos legislativos. Para los más curiosos, sí, yo soy capaz de mezclar ambas visiones y sin contradiccón, hala.
Durante esta pasada legislatura hemos visto un abultado ejemplo de la primera visión. El Presidente Zapatero, convencido de que la misión del legislador es no dejarse ningún derecho en el tintero, ha ido escribiendo leyes y leyes que amplían y crean derechos. Parece rehén de la propia paradoja que presenta esa idea: como se le olvide listar un derecho ese derecho no existirá, o vete tú a saber. Es absurdo.
El todo caso, lo que ha hecho Zapatero es reconocer explícitamente en las leyes la existencia de esos derechos y proteger su ejercicio, que es bastante distinto. Los homosexuales tienen derecho a formar una familia y a quererse, aquí y en la homófoba Irán. En Irán no tienen posibilidad de hacer efectivo ese derecho; aquí se ha legislado para que así sea. Pero el derecho está ahí antes. En todo caso lo discutible es si la Ley debe proteger especialmente derechos y cuáles deben ser los elegidos.
Lo que no es discutible es que la Ley no debe impedir el ejercicio de ningún derecho, cosa que ocurre.
Derecho a morir dignamente
Yo tengo el total derecho a decidir cuándo quiero morir y a ejecutar mis deseos cuando mejor me parezca. Faltaría más. El suicidio es un derecho fundamental que no acepto nadie (nadie) pueda cercenar. Mi vida no es que sea mía, es que soy yo, y yo decido cuándo he sido ya demasiado tiempo y prefiero no ser.
Mi vida sigue siendo mía si no puedo moverme. Hasta los tetraplégicos tienen derecho a suicidarse. Por tanto, como éste es un derecho que claramente necesita ser protegido, necesitamos legislar sobre él. Necesitamos una legislación que garantice que todos vamos a poder decidir libremente mediante un sistema de Voluntades Adelantadas.
Porque si yo decido morir tú no puedes hacer nada para evitarlo. No debes.
Aborto
Mucho discuten sobre este tema los políticos profesionales para no moverse nada. Algunos prometen cosas por el placer de prometer, con la seguridad de que en el futuro pueden volver a prometer (e incumplir) lo mismo, una y otra vez. Otros se enconan en posiciones irracionales basadas en una forma particular de entender la moral, y tratan de imponerlas al resto.
El asunto del aborto necesita un debate serio y riguroso. Científico. La conclusión no puede ser otra que una ley de plazos real y valiente, complementada con acceso a la píldora del día después y a la educación sexual real (no las pantomimas de campañas que muy de vez en cuando vemos en los institutos).
Regulación del cannabis
Otra asignatura pendiente. El consumo de derivados del cannabis es una práctica común, muy común. Extremadamente común, me atrevería a añadir. Aunque sólo fuera porque el derecho no puede contradecir los hábitos de los ciudadanos, la penalización por posesión y consumo deberían desaparecer. Sigo sin entender por qué tuve que pagar una multa de 301,11 € por poseer 0,36 gramos de resina de hachís, una cantidad demasiado pequeña para formar siquiera una dosis (vamos, que no llegaba para un porro).
Pero no sólo se nos persigue en la calle, sino también en casa. Cultivar marihuana es ilegal. Cultivar tu propia marihuana es ilegal. Lo escribo, lo leo y no le encuentro el sentido. Yo no puedo plantar en mi casa lo que quiera y luego fumarme lo verde. Sigo sin creérmelo.
Esta negación de la realidad nos empuja a la marginalidad. No puedo plantar en mi casa. No puedo fumar en la calle. Me queda comprar en mercado negro y esconderme. Un mercado negro que no puede garantizar lo que vende, ni su pureza, ni su origen, ni su fuerza. Los precios se disparan de una semana a la siguiente. Sufrimos grandes periodos de escasez que se complementan con otros periodos de exceso de oferta (que suele ser una oferta adulterada en demasía). No controlamos qué consumimos, porque el control es imposible.
Reclamamos un marco legal que regule nuestro derecho a consumir derivados del cannabis, fomentando la responsabilidad personal en este (y en todos) los aspectos relacionados con las drogas. Pero no podemos esconder la responsabilidad personal ni el hábito social extendido bajo capas de represión.
Regulación de la prostitución
Este tema es siempre peliagudo, y la política relacionada suele ser lineal cuando admite múltimples aristas. No es comparable la prostitución voluntaria a la forzada.
Para la primera, hay que ser más valientes y menos beatos si proclamar (Iracundo dixit). A mí personalmente me puede parecer inmoral (podría en verdad, pues no lo hace) que alguien venda su cuerpo por dinero. Yo soy bastante más pragmático: en todas nuestras actividades laborales lo estamos alquilando, y no distingo moralmente entre brazos y vagina. Esas personas tienen derecho a formalizar su trabajo y a disponer de las ventajas del Estado del Bienestar, tienen derecho a la protección de sus derechos como cualquier otro trabajador. En una palabra, deben salir de la marginalidad obligada por una moralidad si no hipócrita sí al menos abusiva e intrusiva en la intimidad ajena.
La prostitución forzada debe ser perseguida con fuerza, como cualquier tipo de explotación personal. Esa sí es denigrante.
Igualdad de sexos y discriminación
La igualdad de sexos no es un fin en sí mismo, sino un medio, una forma de vida. Así, para defenderla hay dos modos.
Las cosas se pueden hacer mal. Imponiendo cuotas que rompen la igualdad para pretender conseguirla. Discriminando positivamente no se iguala, sino que se discrimina positivamente. Aunque esa medida fuera algo transitorio, es profundamente anti-igualitaria.
Pero también se pueden hacer bien. Promoviendo la igualdad en los permisos de descendencia para que ambos progenitores se impliquen por igual en los asuntos familiares. Conciliando vida laboral y familiar.
Pero no todo es masculino-femenino. La homofobia crece en todo el mundo aupada por el islamismo radical y un país serio que se precie debe ser capaz de proteger a los más débiles. No sólo luchando contra la discriminación interna por motivos de preferencias sexuales sino cumpliendo las directivas internacionales referidas a derechos de asilo y protección (que obligan, es necesario recordarlo, a acoger a homosexuales con peligro de ser extraditados a sus países de origen si allí corren riesgo de ser condenados por ello).
No, todas estas no son propuestas que me he ido inventando, o que reflejan sólo mis deseos o ideas. No son fruto de mi sentido común simplemente. Son apuestas serias que forman parte del programa electoral de C’s que, con nuestro apoyo, pueden tener voz en nuestro Parlamento. Una voz real, no un anuncio de futuro que se queda en una amnesia de poder. Palabras cargadas de sentido que chocan con la demagogia institucional que se escucha normalmente en las cámaras de decisión.
Propuestas en positivo, con un fundamento debajo de principios e ideales radicales. Eso es lo que yo voy a votar.
Hace algunos años, cuando uno no navegaba principalmente por el mar político de la Red sino por las maravillosas aguas del exterior, di con una persona que consiguió fidelizarme como lector. Nada serio, simplemente diversión y frescura, apuntes diarios de una vida normal. Y lejana en el espacio, que no en el tiempo. Una persona que, por azares, desapareció de la Red pero que, para mi sonrojo y sorpresa, mantiene ese vínculo basado simplemente en habernos leído durante unos meses con cariño.
No sabría decidir con exactitud cómo etiquetar políticamente a esta persona. Siempre he creído que estaba ideológicamente cerca del Partido Popular, pero nunca me ha importado demasiado que fuera más conservador que yo. Tampoco ahora. Porque da gusto leer los puntos de vista ajenos cuando se exponen sin atacarte, sino en positivo. El caso es que he recibido hoy un correo de su parte (que evidentemente edito):
Al final la realidad me ha hecho cambiar el sentido de mi voto. Empezó la campaña y no fue a la pegada de carteles nadie de Ciudadanos. Los de Rosa Diez si aparecieron y la candidata me pareció flojita. [...] no me convenció, pero en fin, de lo que había era lo mejorcito.
De repente me crucé por la calle con un coche naranja, aparecieron carteles por la ciudad y me dije “estos se empiezan a mover”. Luego me llamaron, me dieron un link [...] , he conocido al candidato…me han dado el programa (como me pediste) y oye, que me he convencido. Cojo aire. Me parece un pograma valiente. Sé que no saldrán por [...], pero lo veo más util que el voto en blanco. Además, que por primera vez voy a votar algo que me gusta bastante, asi que si ves en [...] 7 votos a C’s , el mio será uno.
Cuidese caballero, pronto nos vemos por los ciberlares
Hace poco leía en los comentarios de alguna casa de las que visito (lo siento, ese enlace se me ha escapado) a alguien pontificar que nadie se leía realmente los programas electorales de los partidos. Nos hemos acostumbrado a que esos panfletos sean palabras al viento, no ya de incumplimientos de promesas, sino poque su contenido es vacuo de facto. Buenas palabras pero ninguna concreción. Algo que choca profundamente con la extensión física de los mismos. Sin embargo, cuanto más pequeño es el partido más concreto es su programa, más preciso lo que defiende y más claro su ideario. Tres días tardé en terminar de leer a conciencia el programa de C’s. Tres días de sorpresas y de suspiros esperanzados al leer lo que mi sentido común me dice que es él mismo.
Nunca he sido habitante de Equidistán. Estoy francamente enfadado de que el Partido Popular presente a los mismos candidatos que me mintieron esos tres días de marzo. Exactamente los mismos candidatos, con las mismas ideas, las mismas propuestas, las mismas mentiras y la misma prepotencia que han ido desarrollando, en vez de menguarla, durante cuatro años vergonzosos. Deseo con todo mi ser (lo que excluye el alma) que pierdan votos a decenas de miles, centenares de miles, y toquen fondo electoral. En realidad, soy tan malvado que lo que les deseo es que se den cuenta de lo que han hecho y sientan la culpa en su interior, pero eso tal vez sea pedir demasiado.
Tampoco rompo yo con Zapatero. No soy un votante socialista desencantado con el cejas. De hecho, sólo he votado socialista una vez de las dos que he podido, así que no siento que esté fallando a alguien. Hay quien se equivoca al pensa que el PSOE nos usó, a los desencantados del aznarismo, como ariete elecoral: es justo al revés. Nosotros usamos a Z como punta de lanza para romper el rodillo pepero. Z no me ha fallado porque ha ido hasta donde confié que podría ir. Por eso le voté, por eso me alegro de haberlo hecho. Ha intentado conseguir la paz, y se lo agradezco. Ha reconocido legalmente derechos de igualdad sin segregación por motivo de orientación sexual, y se lo agradezco. Ha desarrollado una política exterior propia e ilusionante, en vez de seguir a terceros sin atreverse a criticar sus ideas por seguidismo, y se lo agradezco (aunque no comparta algunas de sus lineas maestras). Ha intentado convertir a los alumnos en cuidadanos contra la clásica reacción, y se lo agradezco. Hasta ahí hemos llegado, amigo Zapatero, pero en el resto del viaje necesito otros compadres que me quieran acompañar.
Decía antes que deseo con todo mi ser una debacle popular este domingo. Pero para que eso se produzca no necesito votar socialista. La falacia de la bifurcación es, en este caso, más falaz. Para que el PP pierda votos debe perderlos, si se me acepta la obviedad. Para que eso se produzca deberíamos leer menos eso de que «el objetivo es desalojar a Zapatero de la Moncloa, lo que tengamos que limar del PP ya lo haremos cuando gobierne», frase reproducida hasta la saciedad en muchos ambientes pero que de sectaria asusta. Cuando la izquierda pide para España otra derecha no lo hace (no siempre) para mantener la tensión del eje viva, sino porque en efecto nos escandaliza no que sus dirigentes pertenezcan a lo más granado del sectarismo conservador eclesiástico, sino que esas pertenencias se dejan notar en la manera en que quieren organizar lo público. Porque no entendemos cómo, si nosotros le dimos la patada a González cuando debimos dársela y no aceptamos al primer monigote que intentó sustituírle, ellos no quieren hacerlo, y manitenen a los responsables de lo peor que hemos visto en nuestra vida política (suerte del que aún no es treintañero). Nos gusta fantasear con escisiones en el partido monolítico que dice que dice lo mismo en toda España pero nadie le cree ya, que cierra bocas de manera autoritaria, que desmiente al disidente, que es rehen en suma de trepas.
Y sin embargo esa misma izquierda se echa las manos a la cabeza ante la fragmentación en sus filas, cuando por esos mismos motivos se ha producido. C’s nace porque la izquierda en España ha perdido el norte en determinados asuntos, porque se ha enquistado en postulados de buenas intenciones dejándose en el camino fundamentos, porque prefiere sentir a pensar, contentar a convencer. Con el PSOE hemos avanzado mucho en esta legislatura en aspectos sociales importantes (que deben desarrollarse en el futuro, como por ejemplo la manca y pobre Ley de Dependencia que simplemente abre un poco una puerta), y corremos objetivamente el riesgo de volver atrás si Rajoy se impone. Pero no me preocupa (tanto) que saque más votos que el PSOE (será extraño, pero no creo que si gana el PP se acabe el mundo: en 4 años podemos darles de nuevo la patada), sino que mantenga todos los que tiene con esas propuestas. Lo que me ronjora es que los liberales decidan apoyar un programa xenófobo y nacionalista, máxime cuando sí hay alternativas.
Hay alternativas. Para los que reniegan del bipartidismo de derechas o de izquierdas. Hay alternativas que, por minoritarias, son más directas y con los pies en el suelo, no tan necesitadas de contentar a demasiados (verdadero problema de los dos grandes). Hay una alternativa laica pero respetuosa con las creencias; que cree en el Estado del Bienestar pero bien gestionado; que cree en las personas y no en los teritorios, pero no impone identidades culturales a nadie; que está orgullosa de la variedad lingüística de su Estado, pero no hace guerra de los idiomas que sabe hablar; que propugna la responsabilidad de cada uno respecto a su cuerpo, pero pretende que todos tengamos elementos de juicio antes de decidir.
Hay alternativa. Se puede votar con ilusión, en positivo. IU existe, UPyD existe, C’s existe. Se puede porque los ciudadanos se han echado al Parlamento a decirles a los políticos que va siendo hora de dejar la lucha (bi)partidista y hacer cosas reales. Se debe porque intentan engañarnos con el significado de la palabra «útil»: ese voto sólo es tal si sirve para transmitir tus ideas políticas en positivo.
Vamos a ser pocos, unos puntos repartidos por la piel de toro, todos levantando la voz y clamando que somos ciudadanos, que tenemos un proyecto real, palpable, de cómo queremos que sea España: liberal y progresista.
Si tú también quieres sentir esa liberación de votar algo que sí te convence, que sí representa lo que racionalmente crees que deben ser las bases de la convivencia, tienes una ocasión inmejorable el domingo. Todavía estás a tiempo de leer este programa y quedarte sin aliento.
¿Te atreves?