El Destino del Iscariote

It's better a Kiss of Death than nothing...

Archivo de la etiqueta 'Cristianismo'

28.10.09

Contra Hipatia

Introito

Lo malo de querer saber un poco de todo es que nunca sabes demasiado de nada. Uno termina teniendo nociones en vez de conocimientos, y debe andar con cuidado para no embarrarse. Por poner un ejemplo al caso, no soy ni siquiera un profano de la Historia, mucho menos de los pormenores de la antigua. Vamos, que (como habrás adivinado por el título, esta entrada va sobre Ágora) no entro ni salgo en si Amenábar se toma licencias, miente o interpreta, que me queda bastante grande y que los que saben ya dicen. Pero hoy, por fin, he podido ir a ver la película, en un pase a media tarde y con otras diez personas en la sala.

Hay quien quiere ver en la cinta un alegato contra el cristianismo, cuando lo es contra la barbarie. No sé si es común la creencia de que el cristianismo se extendió por el mundo occidental sin controversias, o si nadie es capaz de relacionar las Guerras de Religión con la religión predominante, pero en mi ignorancia pensaba que era materia común conocida que la implantación de una religión tan iconoclasta como el cristianismo primitivo, en un mar greco-romano de creencias laxas, había sufrido episodios claroscuros. La repercusión entre los círculos creyentes más exaltados me hace ver que, más bien, es al contrario y ni siquiera ellos recuerdan los cismas, declaraciones de herejía y persecuciones a las que ha asistido este continente.

Parece que sólo existen dos opiniones posibles: o el cristianismo destruyó el saber antiguo y obstaculizó el progreso científico hasta que la enmienda a la totalidad lo amenazó realmente y tuvo que tragar, o en realidad fue el garante de los sabios y su sabiduría, asimilándola y enorgulleciéndose de ella, y dejando las bases listas para la explosión del conocimiento de los últimos siglos. La realidad, siempre tozuda, decide que se trata de un poco de ambas. La primera por fanatismo, la segunda por necesidad.

Pero decía que, en mi opinión, la cinta trata de violencia. O de algo más profundo que la subyace.

Cuando la razón no vale

Los ateos, que comemos niños por la mañana, gustamos controlar mentes por la tarde. No se lo vayan a decir, pero me ha costado mucha concentración convencer a Santiago Navajas de que fuera a ver la película, publicara hoy un comentario sobre ella y destacara justo la frase que yo quería destacar. Y todo esto sin que él lo sepa. Las respuestas que recibe, loas a César Vidal incluidas, ya no son cosa mía.

Realmente sólo se puede sacar algo en claro de Ágora si le damos la vuelta al celuloide y mirando su envés prestamos atención a lo que el director trata de enmascarar. El momento clave ocurre cuando el asalto de la turba cristiana a la Biblioteca, donde se han refugiado los politeístas y uno de éstos exclama algo así: “Pero, ¿de dónde han salido tantos cristianos?” Sin embargo, toda la película mira hacia otro lado. Los desesperados, los explotados, los masacrados… el gran magma de la esclavitud sobre el que se había edificado la civilización griega y, posteriormente, la romana encontró en el mensaje cristiano de la igualdad esencial de los seres humanos el pivote revolucionario sobre el que iba a edificarse el cristianismo, para sorpresa de restos aristocráticos que, como Hipatia, habrían aprendido de Aristóteles que la esclavitud es “por naturaleza”.

Cuando uno cuenta una historia, no puede contar todo lo que acompaña a esa historia o tendría que contar el cuento desde que el mundo es mundo. Sin embargo, sí que he echado de menos una explicación a la explosión del cristianismo, aunque realmente hubiese estado bastante fuera de lugar: si la idea era mostrar el relato según los ojos de Hipatia y los suyos, decir que se dieron de bruces con la realidad no me parece muy descabellado. La realidad, en este caso, fue una ola de destrucción.

¿De dónde han salido tantos cristianos? Claramente, de un mundo en el que tener razón no era suficiente, seguramente porque antes de la satisfacción intelectual el ser humano tiene otras ansias que saciar. En ocasiones se nos acusa a la izquierda de justificar actos que sólo tratamos de entender. En este caso, hagamos de abogado de Cirilo.

El cristianismo tiene razones que la razón no entiende

En realidad tanto el cristianismo como Cirilo e Hipatia son meras etiquetas plausibles históricamente, pero el conflicto es mucho más profundo. Se dice bastante a menudo que ciencia y religión son incompatibles, o que son perfectamente complementarias. Yo me suelo inclinar más bien por la primera, porque seguramente tengo una opinión sobre la religión bastante negativa, pero sé reconocer la realidad de la segunda. Nadie negará que un occidental del siglo XXI puede ir a misa un domingo y a trabajar a un laboratorio de física elemental un lunes perfectamente, sin tener una encarnizada lucha interna. Cuando los que lo afirmamos decimos que ciencia y religión son incompatibles nos referimos más bien a que sus fundamentos lo son. Revelación y razón son dos términos bastante contradictorios, así que no es de extrañar que sus derivadas (religión y ciencia) entren en conflicto.

Tendemos a creer que todo el mundo es tan civilizado como nosotros. Sabemos qué son las estrellas y la Luna, y qué es un planeta, y lo sabemos más allá de toda duda. Hemos vivido y estudiado distintos sistemas de gobierno y separaciones entre creencias y leyes, y hemos estudiado sus consecuencias. Nuestra propia Historia ha ido poniendo al hombre más y más por encima de otras consideraciones. Lejos nos quedan los tiempos en que la gente se mataba por pensar diferente sobre esos asuntos que ya creemos superados, pero esa superación es una ventaja con la que contamos que muchas veces pasamos por alto. Para llegar a ese estadio antes tenemos que poner muchos pilares, y uno de los errores que solemos cometer es tratar de inculcar esos saberes en personas que no disponen de esos cimientos necesarios. Tratamos de exportar democracia a regiones en las que pensar que la Tierra no es plana es una locura blasfema inconcebible. Hay literalmente millones de personas que nunca creerían que se puede ir a la Luna porque sencillamente no pueden.

También ocurre al contrario. Una de las razones por las que me hice ateo es que si dios existiera sentía que debería ser algo tan grande que no contemplaba lugar o situación en que él no debiera estar presente en toda mi vida. Si tenía que creer, debía hacerlo contra evidencia pues en caso contrario, ¿qué valor tiene? Miré alrededor y elegí en conciencia, pero algunas cosas permanecen. Soy de los que opinan que hay que ser consecuente, y eso implica, por ejemplo, que crea tremendamente equivocadas las soflamas homófobas que vienen de parte de la Iglesia, pero entienda las razones que llevan a sostenerlas. Cuando uno se ve superado por una idea como la de dios, el hecho de que las personas se equivoquen o sufran pierde perspectiva y es irrelevante. Afortunadamente, el asunto religioso en este oasis occidental ya no se lleva de ese modo, porque ya casi nadie ve a dios así. Desgraciadamente, este oasis es limitado. Pero el problema es que los que vivimos en él hemos olvidado que la razón no siempre convence, porque a veces no es bienvenida. Mäs que olvidarlo, muchos no pueden concebirlo, lo que nos pone en clara desventaja.

Cirilo tenía múltiples razones. Tanto él como muchos otros, en tanto su propio sistema de creencias y su valoración del mundo le hacían creer que actuaba rectamente, y en cuanto carecía de la capacidad argumental de entender su error. Esto, lejos de ser una justificación, es un punto de partida. Porque si la idea es minimizar los efectos fundamentalistas de las religiones, primero hay que diagnosticar el problema aunque nos disguste.

Hipatia somos todos

El error de Hipatia, de Alejandría y previsiblemente el de occidente es el mismo: menospreciar la capacidad humana para la barbarie. El ser humano, a mi juicio, no es bueno ni malo por naturaleza, sino animal. Un animal que a veces razona, como ya he dicho otras veces, lo que no lo convierte por arte de magia en un animal racional. En determinadas circunstancias su genio aflora y da a luz cosas como una revolución copernicana, las Leyes de Mendel o el Coliseo, pero para eso necesita de cierta estabilidad exterior y capacidad para dudar e innovar. Damos por hechas esas condiciones, pero son relativamente poco numerosas desde que bajamos de los árboles. Pero cuando se producen los que las viven suelen olvidar de dónde salieron o qué las rodea.

En occidente, como en las élites de cada gran imperio justo antes de caer (el catastrofismo no era mi objetivo, no me malinterpretéis), damos por sentadas esas condiciones hasta el punto de que, como en la película, no enfrentamos la realidad. Como en la película, los librepensadores comentamos ciertas alertas vagas (homosexualidad y catolicismo, penetración de la sharia…) como si no pasasen a dos calles de nuestras casas, y en nuestros círculos de confianza y sin atrevernos a afrontar un cara a cara. La idea de que dios te respalda, por el contrario, azuza la dignidad de los creyentes, que sostienen públicamente sus ideas con la convicción que sólo el convencimiento íntimo y la incapacidad para siquiera suponerse equivocado conceden.

Hipatia somos todos los que nos encerramos en nuestras convicciones razonadas mientras otros gritan sus creencias. Hipatia somos los que nos encontraremos, más pronto que tarde, a la barbarie fundamentalista de vuelta derribando nuestras puertas. Porque es algo tremendamente humano que no necesita de nada más que de destrucción de ciertas categorías mentales, un ejercicio que las sociedades demasiado acomodadas gustan de promover y las que viven incómodas realizan todos los días.

La lectura entre lineas diría que hablo de islam, o de su santa alianza con el catolicismo, pero en realidad voy mucho más allá. En toda idea autoritaria se repiten los esquemas: la implantación de nuevas categorías de pensamiento mediante un discurso pretendidamente razonado y amable acompañada de fanatismo en la ejecución y altanería en la confrontación. El poli bueno y el poli malo, en versión antigua. El cristianismo, en este asunto y salvando las distancias, no es muy diferente a un comunismo o a un nazismo muy pulido por los siglos. Pero la capacidad de crear monstruos no ha acabado ni, me atrevo a aventurar, acabará: no creo que exista un mecanismo biológico que nos empuje a la razón abandonando la revelación.

Hipatia murió porque las personas buenas no están dispuestas a defender sus ideas con sangre, y las personas fanáticas sí. Ese principio universal sigue siendo válido hoy, y el grado de fanatismo de la diferentes comunidades humanas no ha descendido demasiado a pesar de lo que pensemos aquí o de lo que hayamos progresado, como tampoco ha cambiado nuestra aversión como librepensadores a la violencia innecesaria.

Pero a lo que no tenemos derecho ya es a callar.

08.09.08

Campamento Jesús

Jesus Camp

Lo que más me ha sorprendido de Campamento Jesús es precisamente lo poco que me ha sorprendido. Campamento Jesús (I y II) es un documental de hace un año y pico que muestra muy gráficamente la forma en que la irracionalidad se abre paso en nuestra sociedad: golpeando donde más daño puede hacer.

Las imágenes nos llevan a un lejano pueblo de un lejano país pero eso es sólo un engaño espacial, porque la mayoría de lo que allí ocurre, aquí ocurre (item más). Hace ya años que las iglesias evangélicas españolas organizan campamentos, actividades y retiros especializados en niños. En el verano de 1996 yo mismo asistí a uno. En ellos (y no sólo en ellos: en cada culto, en cada encuentro) ocurren cosas de las que ilustres protestantes nunca hablarán. Que se sepan.

Becky Smith es predicadora para niños, una actividad bastante más común de lo que parecería desde la distancia y cuya misión consiste básicamente en el análogo de los catequistas católicos, adaptando el mensaje a su fe exaltada. «Los niños son muy aptos para el cristianismo», argumenta Smith, porque absorben como esponjas todo lo que ven entre los 7 y los 9 años. Si les dices que los judíos son cerdos, se lo creen. Si les dices que Alah es grande y la gente merece morir por ello, lo creen. Si toda esa gente puede hacerlo, ellos también: ese es su frío argumento. Un argumento que encuentra un terreno perfectamente abonado en el individualismo post-ideológico que atraviesa Occidente, que dicta que cada cual haga de su capa un sayo y el que venga detrás que arree.

Una de las claves para entender el fundamentalismo religioso evangélico es su carácter atomizador. Los individuos se desentienden de la sociedad en la que viven hasta que logren transformarla en un calco de sus prejuicios. Se ofrece un bienestar interno que debe luchar cada día con el mundo real y perder, por lo que se elimina el mundo real. Las personas presas de este tipo de creencias se separan de sus comunidades («¿Para qué voy a enviar a mi hijo al colegio 8 horas?» pregunta una madre que enseña creacionismo “científico” a sus hijos en su casa) y se aíslan en su propio grupo cerrado, pero manteniendo roles determinados. Pesa mucho la propia relación con Dios. ¿El resultado? Sumando homeschooling a grupo infantil de la Iglesia obtenemos ostracismo social y comportamientos antisociales asumidos: sabemos que somos raros, por lo que esperamos que nos traten raro. Es más, si no nos tratan raro es que algo hacemos mal.

Para poder competir con la realidad, lo ofrecido tiene que ser bastante atractivo. De hecho, lo es. Música, respuestas, libros, respuestas, cultos, respuestas, compromisos, respuestas… Siempre hay respuestas, incluso a preguntas que no te haces. Hay una sensación de conocimiento extremo, total, ilimitado, pues si dios con nosotros, ¿quién contra nosotros? El exceso de información sumado al impacto sensorial que producen ciertas situaciones propicia un deslumbramiento que azuza nuestra curiosidad infantil y adolescente. Esas ciertas situaciones son tan corrientes como desmayos, pérdidas de conocimiento, glosolalia y visiones. Y cuando digo corrientes quiero decir que ocurren en cualquier culto de cualquier iglesia evangélica de esta piel de toro. Al final todo suele quedar reducido al autoconvencimiento de que tienes algo (un espíritu santo dentro, un amigo imaginario) mejor que lo que sí puedes ver, palpar, tener.

La estrategia tiene incluso un nombre: avivamiento (revival). La finalidad del avivamiento no es más que reclamar la soberanía divina sobre un pedazo de terruño y permitirse sentir las anomalías físicas propias del estado de trance. El avivamiento, en suma, consiste en irse olvidando de una cohabitación pacífica con un cristianismo social, cultural, y enfrentarnos a un cristianismo militante que reclama su entrada en política con la fuerza de los votos. Un giro vetotestamentario (impagable la condena a muerte a Harry Potter…) que deja en mantillas a los iluminados que nos quieres retrotraer al medievo al querernos llevar hasta el mismísimo Edén a base de sangre de Cristo. Casi se podría decir que estos cristianos renacidos han pasado por encima del Jesús de los evangelios limitándose a paulinizar el Viejo Testamento. Lo cual no deja de ser indicativo de la evolución del dios del esclavo al dios del amo desde Babilonia hasta Washington.

El avivamiento es un concepto religioso fuerte. Contrapone arrepentimiento con ensañamiento: mientras uno realiza un verdadero acto de contricción ante su dios y sus hermanos, sufre la indiscreción de las confesiones públicas no forzadas pero sí inducidas. El propio planteamiento escénico del culto invita a esperar «que pase algo» o, más concretamente, «que me pase algo». En esas, cualquier músculo que se tense involuntariamente o cualquier palabra genérica que se te dirija y que puedas encajar en tu genérica vida es una señal divina irrefutable. También encierra un profundo autoengaño: tras los gritos, los ojos vueltos y las lenguas sueltas la ciudad no cambia, Jesús sigue no regresando pero ellos se sienten más realizados. Creo que alguien lo llamó soma.

Esos avivamientos suelen ser lugares propicios para quebrantamientos. Esa palabra tan fea viene a significar «cuando dios toma el control de ti y sólo puedes responder ante él» y se manifiesta normalmente con llanto abundante, temblores y gesticulaciones y una inmensa sensación de culpabilidad por los pecados más nimios. Cuanto más te quebrante dios más te ama, parece el dicho, y si eres bueno terminarás ese baile en el infierno, en el cielo o en cualquier otro lugar que el buen señor tenga a bien mostrarte en visión. No exagero: una amiga me relataba cómo se paseó entre los azufres un rato mientras reclamaba su ciudad para Cristo, o cómo en otra ocasión notó ciertamente la mano de dios impidiendo a su gozosa alma dejar sus restos mortales por ahí tirados en plena vigilia. Y no permitiré, y me pongo serio, que nadie cuestione su salud mental: era de lejos la persona más inteligente que he conocido.

¿Cómo hemos legado hasta aquí? La buena prensa de tener una ideología ha pasado, y ahora es más corriente ser un -ista (socialista, nacionalista, conservador no termina en -ista pero se entiende…) por la etiqueta y dejarse de mirar contenidos. O ser un yo y mis circunstacias, que vienen a ser vestirse de bizantino para esclarece si yo soy mi cuerpo, lo poseo o lo tengo en usufructo. Las ideologías han muerto, y desde la Izquierda no hemos hecho nada para evitarlo: antes bien, nos hemos sumado a las puñaladas (¿internacionalismo? mola más ser nacionalista; ¿derechos humanos? eso es meterse en tradiciones ajenas, y un largo etcétera). Estamos viviendo una especie de tabula rasa del pensamiento, un todo vale y un vamos a probar que se me antojan espeluznantes. Un «somos más y estamos unidos» que recuerda gritos y agresiones del siglo pasado, como si la Historia quisiera jugar con nosotros y tras la Ilustración que trajo las guerras del XX quisiera hacer otro plalíndromo con la Edad Media religiosa y el siglo XXI: una especie de ciclo cerrado de cerrazón humana. Como diciéndonos: sí, podéis progresar pero no es lo vuestro, pues sois poco más que monos bípedos soñando ser racionales.

O tal vez, dejemos por una vez un resquicio al optimismo, todo esto no sean más que los últimos estertores de la bicha. ¿Se imagina alguien que, por fin, los descreídos y librepensadores seamos una masa crítica capaz de pinchar y hacer sangre?

20.05.08

Alfredo tiene razón

… o las razones de dios son inapelables

La nueva estrella de Red Liberal se llama Alfredo. Alguien debe estar temiendo lo ridículo que puede sonar una entrada titulada como «Por segunda vez en Red Liberal», supongo. Pero eso es suponer aún muchas cosas, como el amor propio o el sentido común (y viendo las conversaciones de los pasillos parece que mucho no abunda ni lo uno ni lo otro). Para quien no esté al tanto, un resumen: calvinista, orgulloso colaborador del Partido Republicano estadounidense, partidario de la restauración de la soberanía de dios. Pero pongámonos en situación.

Hace unas semanas, el arzobispo de Canterbury hacia saltar varias alarmas. En unas declaraciones muy discutidas, reconocía que llegado un momento sería inevitable la aplicación de la Sharia en suelo británico (debido al aumento de fieles musulmanes), por lo que mejor reconocerla en la legalidad que ponerle puertas al campo. El argumento democrático es impecable, si se me permite: una nueva fuerza de pensamiento intenta imponer, mediante el número de miembros (lo único realmente importante en democracia), una reforma de valores. Indiscutible. Y sin embargo…

Lo que en Europa está casi empezando y levantando las primeras ampollas, en Estados Unidos es algo ya viejo. La Primera Enmienda se encarga de regular (más bien de prohibir regular) los asuntos religiosos. Pero sigue teniendo un agujero, el mismo por el que se cuela la Sharia. Se prohibe regular la libertad religiosa, se prohibe la discriminación religiosa, se prohibe la adopción nacional de una religión. Pero no se prohibe, faltaría más, ser religiosas a las personas. El argumento de la Restauración es también impecablemente democrático: los jueces, en cuanto cristianos, tienen derecho a regirse por la ley de aquél al que consideran fuente de soberanía, incluso contradiciendo leyes humanas imperfectas. Para hacer eso apelan a su libertad religiosa innegable, y dado que este derecho es inalienable e inapelable, no existe jurisdicción superior que tenga potestad para impugnarla. En la práctica, la Constitution Restoraction Act viene a pedir, en justicia, que los actos de un juez no se revoquen sólo por su condición de cristiano (es decir, que no se revoquen decisiones basadas en leyes divinas) basándose en su derecho a serlo (es decir, en el derecho a poner por encima de la ley humana su propia interpretación del mandato divino). Tienen un punto de razón, pero…

Ambas interpretaciones caen en el mismo error, que no me canso de señalar pero que algunos se empeñan en imputarme a mí. Ambas posiciones son plenamente democráticas, frutos de presiones demográficas crecientes con valores reaccionarios. En Europa se teme que la Sharia llegue a aplicarse. En Estados Unidos se apela al derecho a creer. Hemos olvidado que lo que hace mejores nuestras democracias no es lo respaldado de las medidas, sino lo respaldadas que son las medidas humanistas. No es humanista aplicar la Sharia. No es humanista aplicar la ley bíblica. Punto pelota. Eso es algo que deben entender (y seguramente lo hacen la mayoría) los musulmanes que viven en Occidente y los cristianos también.

Alfredo tiene razón. No se puede impedir a un juez que emplee sus creencias a la hora de juzgar. Ni se puede impedir que se queje si sus sentencias son revisadas sólo por creer en dios. Se siente discriminado, y con razón. Sin embargo, esta aparente paradoja entre lo legítimo y lo normal no es tal, sino un problema de mirar muy mal. No es el juez el que tiene derecho a aplicar sus creencias a la hora de juzgar. Es el reo el que tiene derecho a ser juzgado según las leyes de su Estado. El juez es una mera herramienta, un funcionario al servicio del Estado que se encarga de comparar unos hechos reales con unos supuestos ficticios de delito, y decidir si en esos supuestos encajan esos hechos. Punto pelota, de nuevo. Es un simple «comparador», y su trabajo consiste en ceñirse a las reglas que se le dan para juzgar. Todo lo demás es pervertir la razón de la existencia del poder judicial como fuerza de observación del cumplimiento de las leyes decididas por el poder legislativo. Si las leyes para juzgar las decide la conciencia del juez, ¿para qué legislar?

En octubre de 1998, Matthew Shepard fue salvajemente asesinado. Por ser homosexual. Lo torturaron, lo apalearon y lo abandonaron. Pasó horas antes de ser encontrado. Murió cinco días después en un hospital. Los abogados de los asesinos alegaron «pánico gay» como una especie de atenuante. Matthew les guió un ojo y eso les legitimaba a matarlo. Al final se hizo justicia real, porque aunque el asesino fue condenado a muerte, los padres de Matthew accedieron a conmutar la pena en cadena perpetua. La lógica de Alfredo es friamente horrorosa. Si el juez de este caso hubiese atendido a motivos religiosos, probablemente no habría condenado a nadie, o la condena hubiese sido atenuada por la condición del asesinado. Y si además sus decisiones fueran inapelables, ¿dónde quedaría el derecho a no morir por ser gay?

Ante esta ofensiva que se nos viene encima, sólo podemos responder de una manera: república humanista, estado liberal o como se quiera. Separación efectiva entre el Estado y cualquier religión. Todas. Respeto máximo para todas, dentro de la ley. En una palabra: laicismo. Y una respuesta firme ante tanta tontería de actuaciones concienciadas de funcionarios públicos. Sí, sí, firme. Atentos.

Señores funcionarios. Son ustedes (incluso los sindicados en Red Liberal) servidores del Estado, que somos todos (incluídos los anarquistas de Red Liberal). El hecho de haber aprobado una oposición no hace que su puesto sea suyo, sino que se lo hemos prestado, con una serie de ventajas (¿he oído sanidad privada?), para que ustedes puedan dedicar su maravilloso tiempo a ocuparse del papeleo. Verán: nosotros creemos en esto de decidir entre todos nuestras reglas de convivencia de acuerdo a unos valores. Queremos que tramiten las formalidades, y queremos que una parte de ustedes, a los que llamaremos jueces, se ocupen de vigilar y sancionar la aplicación y respeto a esas reglas que decidimos nosotros. No nos importa qué piensen ustedes. Queremos que dejen eso fuera cuando trabajan para nosotros. Queremos, añado, que sepan que queremos que dejen eso fuera.

Porque la cosa es sencilla. En cuanto se pasen un pelo, a la calle por dejación de funciones. Al mercado laboral, para los liberalcalvinistas.

Revelación

Más y mejor en Jesus and Mo.

29.03.08

Muñecos de nieve

Perdonad el silencio (problemas de salud, nada grave). Mientras tanto, podéis reíros un rato visitando Jesus and Mo.

Jesus and Mo

Creo que es un buen momento.

||