Queridos hermanos, amigos todos. Deseo transmitiros unos pensamientos que he llegado a tener al disfrutar de la siempre agradable lectura del Libro de Libros.
Hoy, día del Señor, inauguramos una costumbre que llamada está a convertirse en tradición. Es mi deseo que, ya que la asistencia vocacional a los llamados de la Casa del Señor es escasa, nadie se quede sin su ración semanal de alimento espiritual.
Creo entrever la causa de tanta deserción en las filas de bancos eclesiales. A nadie se le escapa que las lecturas misales no son precisamente improvisadas y que, salvo algún sermón especialmente lúcido, prácticamente toda una misa, salvo la comunión válida, se puede realizar en ausencia de compañía. Así pues, mi propósito, queridos hermanos en la Fe (con mayúsculas, claro), es traeros unas lecturas alternativas que complementen a las escogidas para adornar los cultos católicos ordinarios.
Quiero empezar, queridos todos, con la entrañable historia de una de las personas más importantes (si no la que más) de todo el Antiguo Testamento: el rey David. Animo a todos en sus propias casas a que tomen su Biblia en la mano. El pasaje de hoy se concentra en el Segundo Libro de Samuel, capítulo 11 completo y 12 completo.
Comencemos, pues.
David, rey de Israel, es un rey guerrero, un rey patriota y temeroso de Yahveh, un rey victorioso que aplastaba amonitas y sirios. Pero también era un ser humano.
Y sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa real; y vio desde el terrado a una mujer que se estaba bañando, la cual era muy hermosa.
Ah, la naturaleza humana… David, rey de Israel, ya contaba con numerosas esposas. Pero esta mujer era verdaderamente hermosa. ¿Quién era esta belleza?
Envió David a preguntar por aquella mujer, y le dijeron: Aquella es Betsabé hija de Eliam, mujer de Urías heteo.
Cruel destino, una mujer casada. ¿Qué hacer ante algo así? Mucho nos tememos, queridos hermanos, que el incidente no pudo ser sofocado con una ducha fría o simplemente con un desahogo personal. De ningún aliento espiritual nos valdría algo así. El propósito de la Palabra de Dios es instruírnos, por lo que la historia debe continuar. Pero… ¿cómo?
Y envió David mensajeros, y la tomó; y vino a él, y durmió con ella. Luego ella se purificó de su inmundicia, y se volvió a su casa.
Concibió la mujer, y envió a hacerlo saber a David, diciendo: Estoy encinta.
Se empieza a perfilar la eseñanza del Señor. David ha caído en el pecado de la carne. Ha tomado en su lecho a la esposa de Urías, que ha quedado encinta. David, el amigo de Yahveh, debe tomar una decisión. Debe arrepentirse. Debe…
Venida la mañana, escribió David a Joab una carta, la cual envió por mano de Urías.
Y escribió en la carta, diciendo: Poned a Urías al frente, en lo más recio de la batalla, y retiráos de él, para que sea herido y muera.
Como vemos, queridos hermanos, David sigue acumulando injusticia sobre injusticia, impiedad sobre impiedad, pecado sobre pecado. No sólo toma a la mujer de Urías en sus lugares reservados y apartados, sino que una vez ella queda encinta, manda al frente a su esposo y ordena que se le ponga en riesgo hasta el punto de morir. Sin duda alguna Dios castigará estas afrentas. Él mismo lo dice en su Santa Palabra.
Oyendo la mujer de Urías que su marido Urías era muerto, hizo duelo por su marido.
Y pasado el luto, entró David y la trajo a su casa; y fue ella su mujer, y le dio a luz un hijo. Mas esto que David había hecho, fue desagradable ante los ojos de Yahveh.
Ah, David, David, tan favorecido por el Señor… Ejemplar, ejemplar será el castigo que Yahveh tu Dios te proporcionará. Ejemplar. Por usar las mismas palabras de David…
Vive Yahveh, que el que tal hizo es digno de muerte.
Vive Yahveh que es cierto. Pero veamos qué dice Yahveh, el que vive, por boca de su profeta Natán…
Entonces David dijo a Natán: Pequé contra Yahveh. Y Natán dijo a David: También Yahveh ha remitido tu pecado, no morirás.
Mas por cuanto con este asunto hiciste blasfemar a los enemigos de Yahveh, el hijo que te ha nacido ciertamente morirá.
¿No es divina la justicia? El pecado, como Dios manda, no queda sin expiar. No hay remisión de pecado sin derramamiento de sangre. Y en este caso es el objeto resultante del pecado el que debe derramarla.
Queridos hermanos, lo que quiero haceros ver es lo maravilloso del pasaje que hoy hemos compartido. Dios perdona nuestras ofensas, aunque nos hagan merecedores de la muerte. En cualquier caso, el bebé es inocente y Dios lo acogerá en su seno. Su sufrimiento antes de morir, si hubo, es poco importante. Lo mayúsculo de este asunto es la bondad de Dios para con David, ese mísero humano que supo ganarse poco a poco el perdón de su Dios.
Debemos tomar otra enseñanza de este pasaje. El matrimonio, la unión entre un hombre y una mujer, es sagrado a los ojos de Dios. Nunca debe ser mancillado con engaños ni adulterios. Recuerda: nunca cometas adulterio, o Dios se llevará al hijo que te nazca. Marcadlo a fuego en vuestros corazones, pues la justicia y el amor de Dios son infinitos.
Amados todos, algunos de vosotros tendréis la suerte de contar con una Biblia editada hace más de 25 o 30 años. Seguid leyendo con fe el final del capítulo 12 de este mismo libro. Si vuestra Santa Palabra es lo suficientemente antigua para no estar marcada por el relativismo que emponzoña este principio de siglo, comprobaréis lo misericordioso que fue David tras ese incidente para con los habitantes de la ciudad de Rabá, sitiada por el ejército israelita. Para todos aquellos desafortunados que sólo posean una Biblia producto de esos intentos de modernizarla, es necesario aclarar que cuando David pone a trabajar a los infieles y derrotados habitantes de Rabá con sierras, hornos y trillos, no los convierte en un pueblo de artesanos ni de recolectores y manufactureros de materias primas. Se trata de algo quizás más sangriento. Digamos que más que trabajar con, se trata de asesinar con.
Pero no quisiera despedirme, hermanos en la fe, sin desvelaros otro misterio que emana de la Sagrada Palabra. Una vez muerto por la herida que provocó Yahveh el hijo de David y Betsabé, ésta queda otra vez encinta. Y da un nuevo hijo a David, su hijo menor, el último en la línea de sucesón al trono de Israel. Ese hijo tendrá por nombre Salomón.
Pero, amados hermanos, sobre los hijos de David hablaremos otro día. Dios nos tiene reservado mucho conocimiento, y lo iremos mostrando todas las semanas aquí, el Misa de Domingo.
















