El Destino del Iscariote

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16.07.08

Democracia versus Teocracia

Democracia versus Teocracia
Comentarios y notas a una conferencia de Ibn Warraq

«Una democracia no puede durar mucho sin libertad de expresión». Con sólo una frase, el autor de Por qué no soy musulmán resume la tragedia de nuestro tiempo, una tragedia que lucha por imponerse dando pequeños pero firmes pasos. Uno de los más famosos llamamientos del fundamentalismo islámico es sencillamente aterrador: conquistaremos Europa con el vientre de nuestras mujeres. Y es aterrador porque es una puerta abierta a la tiranía, que puede llegar de manos de una nueva mayoría social extraña a los valores humanistas o de una respuesta oficial que traspase la frontera del racismo.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos dice en su artículo 18 que toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia. Resulta llamativo que el derecho a abandonar la religión no sea reconocido, un agujero que se repite también en su versión Sharia, la Declaración de los Derechos Humanos en el Islám (al que añade unos cuantos agujeros más en materia de libertad religiosa o igualdad de sexos). De hecho, grupos religiosos bien conocidos (sunís y chiís) ni siquiera admiten la posibilidad de cambiar de religión y seguir con vida.

Hace un mes, en una decisión incomprensible, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU decidió prohibir la crítica en su seno a las prácticas religiosas islámicas contrarias a la declaración que le da nombre. En una sesión vergonzosa, se impuso un modelo de respeto basado en el tabú. Apelando al diálogo y al entendimiento, la Comisión se declaró incapaz de debatir sobre lapidaciones y vejaciones a mujeres. La ONU contra los Derechos del Hombre.

Esta situación pone de manifiesto que la Democracia sin etiquetas no es suficiente. Las mayorías sociales no pueden imponer la impunidad debido al origen metafísico de los actos. El choque que existe entre Democracia y Teocracia se transforma en una batalla entre Democracia y Democracia Liberal en Europa, donde un exceso de relativismo ha llegado a plantear que todas las posturas son respetables sin ver la evidentes contradicciones que de ello se derivan. Un sistema democrático vacío es simplemente eso, vacío. En palabras de Spinoza «el propósito del Estado es la Libertad», y para ello debe proporcionar las armas (racionales) a los ciudadanos que les permitan pensar, decidir y formarse juicios de opinión.

La Sharia es incompatible con la Democracia Liberal por una razón demasiado visible: mientras en un estado moderno la normas básicas se construyen entre todos y respetando un marco de convivencia, la Sharia es una ley infalible y definitiva, Además, es incompatible con los Derechos Humanos en tanto legitima la discriminación contra las mujeres, el esclavismo y la tortura y regula hasta la asfixia las relaciones sociales. No existe un término equivalente a «laico» o «secular» en el vocabulario fundamentalista, por lo que es imposible ninguna separación del Estado respecto a la religión. Aún así, no en todos los países de mayoría musulmana practican su fe de la misma forma, ni dentro de un mismo país se ve todo de la misma manera. Existe un Islám tipo I, que se basa en las palabras del profeta y en su libro sagrado; un Islám tipo II que basa sus leyes de convivencia en la interpretación que teólogos e instituciones hacen de las palabras del profeta (y que englobaría a la Sharia), y un Islám tipo III, representado por cómo vive la sociedad islámica su propia creencia. A medida que descendemos en esa clasificación, el nivel de tolerancia es mayor: las personas, en su convivencia normal y diaria, son mucho más tolerantes y flexibles con las prácticas de los demás que los estudiosos y eruditos que interpretan el Corán. Y éstos, aunque sólo sea por las alturas de la Historia en las que estamos, son un poco más tolerantes que las palabras literales del profeta.

Si hay alguna posibilidad de evitar un choque cultural que puede terminar en un estallido de violencia (y a la perpetua situación en Oriente Medio me remito), ésta pasa irremediablemente por impulsar el pensamiento laico en el Islám. Y para ello debemos servirnos de la emigración, tanto de trabajadores como de estudiantes. Los inmigrantes que llegan desde sociedades musulmanas suelen ser precisamente de las capas más tolerantes, y se deben convertir en embajadores de excepción de nuestra forma de ser: es más convincente una palabra de tu vecino emigrado describiendo las bondades y el progreso que se derivan de la sociedad laica que cualquier discurso desde un púlpito. Los musulmanes moderados, los que son capaces de convivir y han aceptado que su religión, como todas, es sólo poesía, son nuestros mejores defensores. Porque son testimonios vivientes de por qué la ley en Occidente es mejor que la Sharia. Lamentablemente, aún no nos hemos dado cuenta, y ellos seguramente tampoco, de manera que todavía jugamos al racismo por un lado y al enroque que provoca el victimismo por el otro.

Linkografía

Serie Democracia versus Teocracia

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