Algunos tienen tanto deseo de cambiar el mundo que casi lo meterían en su molde a martillazos, en vez de disfrutar de la sutileza del calzador. Esta semana hemos asistido al linchamiento de una persona que simplemente exige que se respeten sus derechos. Algunos, en un afán legalista, piden ya la prohibición de los símbolos religiosos en los centros públicos. Si se hizo una ley para garantizar el matrimonio homosexual, esta libertad de conciencia debería estar más acorazada legalmente. El error de este razonamiento es que de hecho ya existe esa coraza.
Cuando el Parlamento aprobó la reforma del código civil que permitía el matrimonio homosexual, lo que hizo básicamente fue desambiguar la demarcación del matrimonio tal y como aparecía en la Constitución. El hombre y la mujer era lo suficientemente ambiguo como para permitir que ciertas interpretaciones perfectamente legítimas aunque a mi juicio profundamente erróneas dieran lugar a pleitos, apelaciones, recursos y concursos hasta las salas más altas del más alto tribunal, para acabar dependiendo de la mayoría dominante del momento. En este caso de las cruces, las cosas son muy distintas.
No es necesaria ninguna nueva Ley: con la actual es suficiente. De hecho, lo que se acaba de descubrir es que todos los gobiernos de turno desde la Constitución del 78 han hecho dejación de funciones y que lo que está pasando Fernando Pastor no es de recibo:
Desde el 29 de diciembre de 1978 cada ciudadano, y subrayo lo de cada ciudadano, es titular del derecho fundamental a la libertad religiosa y ese derecho tiene que serle respetado por los poderes públicos y por los demás ciudadanos sin excepción, ya que, como dice el artículo 9.1 CE: “Los ciudadanos y los poderes públicos están sujetos a la Constitución”.
Desde el 29 de diciembre de 1978 debería haberse procedido de oficio a la retirada de todos los crucifijos de las escuelas. La retirada o no retirada de los crucifijos no es asunto que pueda ser sometido a discusión, ya que ello obligaría a que quienes participan en la discusión tengan que hacer públicas “su religión o sus creencias” y esto es algo que está expresamente vedado por la Constitución. La simple formulación de la pregunta ya sería anticonstitucional.
Los derechos fundamentales son derechos de los individuos. Los consejos escolares no son titulares del derecho a la libertad religiosa y, en consecuencia, no pueden decidir ni por mayoría ni por unanimidad si quieren mantener o no los crucifijos en las escuelas.
Es este por tanto un debate estéril. No importa que a nadie moleste, afirmación ésta que por cierto es falsa. Ni que haya una mayoría que desee positivamente su presencia. Por simple definición de «público» los símbolos religiosos deben quedar fuera, y así lo estipula nuestra legislación.
Con respecto al matrimonio homosexual el gobierno socialista lideró el cambio legislativo, mas no parece que tenga el mismo interés en romper ese círculo vicioso de símbolos intocables. En varias declaraciones Zapatero ha dejado entrever que los crucifijos de las escuelas, cuarteles e incluso tomas de posesión desaparecerían cuando la sociedad lo reclamase, y añado yo que a pesar de que legalmente no deberían ya estar ahí ni nadie debería verse forzado a reclamar su salida. En otras palabras: me da la impresión de que legisló lo ambiguo pero espera apoyo popular para lo objetivo, para que sea la propia sociedad la que se sacuda los símbolos religiosos impuestos por la inercia. Evitaría además, y no entiendo muy bien la razón, un nuevo enfrentamiento razonable con la Conferencia Episcopal, pero obliga a los que den un paso al frente a recibir ese cariñoso pellizco de monja. Lo que no es posible encuadrar dentro de ninguna lógica es que la posición de la Junta de Andalucía, que toma partido… por los favorables a mantener los símbolos de algunos en el espacio de todos.
Porque no todo es tan sencillo. Si al padre lo intimidan, a su hija la insultan. Uno cree estar viviendo entre adultos, pero cuando un padre enseña a sus hijos consignas del tipo «Navidad sí, gilipollas no» lo duda y con fuerza. ¿Habrá que explicar que la Navidad es una fiesta más cultural que religiosa, y que justamente su sentido más real es el cultural y el más inventado el religioso? ¿Alguien que crea que abandonaremos el ciclo de fiestas anuales relacionadas con la cosecha para descansar? ¿Con los equinoccios y solsticios? ¿Se puede ser más cejijunto?
Se puede, incluso sin pelo.
Democracia versus Teocracia
Comentarios y notas a una conferencia de Fernando Savater
Dice Savater que tolerancia es «que a uno le guste que haya cosas en la sociedad que no le gusten», y dice bien. De nada sirve ser tolerante con las cosas que a uno le agradan: el reto es ser capaz de respetar a quien realiza actos y tiene ideas que no sólo nos parecen equivocadas, sino que nunca los haríamos o pensaríamos. Es el caso de la orientación sexual o los ideales políticos, que conllevan actitudes distintas y respetables siempre que no entren en conflicto con los derechos de los demás.
Esa coletilla, la del respeto a los derechos de los demás, suele ser omitida cuando se habla de respeto religioso. Partiendo de la base de que la etiqueta «ateo» no define, cabe destacar que los descreídos también cuentan con derechos en materia de libertad religiosa. No creer en dios es de hecho una postura religiosa y por tanto amparada en dicho derecho, y eso es algo que los creyentes suelen obviar en sus manifestaciones religiosas. Nunca en la Historia se ha visto a un creyente pararse a pensar si con sus exhibiciones y ostentaciones de fe ofende a quien no cree. Cuando intentan presionar en aspectos científico-médicos (eutanasia, células madre) no se dan cuenta de que ofenden a quien no comparte sus mitos. El Estado, al decidir proteger y apoyar activamente las distintas confesiones, deja de ser el garante de la libertad religiosa de todos y toma partido por todas las opciones menos por una: la de los que no tienen religión por propia elección. Las religiones deben ser defendidas por sus miembros, y el Estado debe tolerarlas y respetarlas, pero no protegerlas. Citando de nuevo a Savater, «hay derecho a la diversidad, pero no diversidad de derechos», aunque en la práctica no sea así: la crítica zafia y grosera de símbolos religiosos no sólo debe ser amparada por la libertad de expresión, sino por la religiosa. La mofa de la religión es una postura religiosa, y paradójicamente debería, en ese marco de errónea protección, ser potenciada.
Hay ideas que no son respetables. Uno puede tener un interés poético-filosófico en intentar entender cómo llegó a pensar el Marqués de Sade, pero nunca lo pondría a impartir educación sexual en la secundaria. Del mismo modo, las morales religiosas son útiles porque nos cuentan cómo ha evolucionado nuestra convivencia, pero no pueden marcar con sus patrones dogmáticos las relaciones sociales de los seres humanos del presente. De hecho, precisamente en aras de ejercer esa libertad religiosa, los ateos reclamamos de la religión que acepte su carácter eminentemente poético. «Las religiones son poesías tomadas en serio»: «no hay nada en el mundo que la religión no pueda explicar, y por eso la religión es falsa». En la medida en que sea aceptado el componente poético de la religión y no se trate de trasvasar el dogma a la política o la ciencia, es posible convivir y por tanto respetar esa religión, ya que se habrá asegurado la falta de conflicto con el derecho ajeno.
Esa aceptación, y su falta, es la que configura el escenario mundial en la actualidad. Contrariamente a lo que se repite, no estamos ante un choque de civilizaciones ni necesitamos una alianza de las mismas, porque sólo existe una civilización. Tal palabra simplemente designa al conjunto de soluciones que los humanos dan a sus problemas, y en el planeta ya globalizado es evidente que esas soluciones son también globales. Existe un choque cultural y/o religioso, pero ni la cultura ni mucho menos la religión definen una civilización. El conflicto que vivimos no es, por tanto, sino un cara a cara entre democracia y teocracia, entre una visión de las relaciones humanas basada en la libre elección y otra basada en la sumisión a principios inmutables. Su causa está ya indicada: la religión ocupando lugares que no le deben corresponder. Es difícil formular su solución real, pero tras haber purgado nuestra cultura de absolutismos tenemos derecho moral a purgar otras.
Serie Democracia versus Teocracia
El mundo antiguo estaba plagado de dioses. Maldita la suerte que propició que el oficialismo imperial europeo del momento decidiera elevar sobre los demás (hasta aplastarlos) al que nos condenaba al trabajo. Mientras en otros lares tienen una concepción del trabajo como una bendición, una parte importante más de la vida, un aspecto de la propia personalidad, en sitios más cercanos se entiende como un castigo. Generaciones de trabajadores no cualificados viviendo en la cuerda floja toda su existencia dejan una suerte de memoria histórica.
Comenta don Santi Benítez:
Estonia ha ganado una votación según la cual se llevará la propuesta de permitir la jornada laboral semanal de 65 horas al Parlamento Europeo para su debate y votación… la cuestión es, ¿Cómo ha conseguido un país como Estonia que dicha propuesta saliera adelante en una votación por países en esta Europa nuestra de derechos para los trabajadores? Es muy simple, gracias a los votos de países en los que ya se contratan trabajadores en fraude de normativa europea. Y no estamos hablando de unos cuantos contratos, sino de una parva. ¿Y cómo es posible que esos países, Reino Unido o Alemania - por poner dos de los ejemplos más clamorosos-, contraten en fraude de normativa sin que los sindicatos hayan denunciado donde deben? Buena pregunta.
No seré yo quien muestre la realidad de la vida a don Santi, que acumula en sus palabras mucho más sentido común que algunas redes blogosféricas al completo, pero se ha ido demasiado lejos. Eso, querido amigo, pasa en España. Pasa en nuestros pueblos y nuestras ciudades.
Conozco industrias donde contratan por 600 € mensuales y obligan a una jornada laboral de entre 10 y 12 horas diarias, seis días a la semana, para llegar (como mínimo, en gris) a un sueldo mísero de 1000 ó 1200. Obligan desde que el que no pasa por el aro no trabaja, y punto. Plantillas formadas por trabajadores que llevan más de 10 años en la empresa, cobrando exactamente lo mismo, sacando adelante a sus familias con hijos con 1000 euros al mes y pasando todo el día fuera de casa. Fiestas anuales para celebrar el aumento de beneficios escandaloso, mientras se regala a los obreros una muestra del producto y se le dan palmaditas en las espalda.
Esto pasa en España, no en Europa del Este. Esto pasa en casi todas las industrias de nuestros polígonos industriales, y negarlo es ya simple cinismo. Nóminas ínfimas, si existen, acompañadas de migajas en incentivos para completar un sueldo de subsistencia a cambio de una jornada de sol a sol. No exagero ni invento. Algunos deberían salir de sus despachos capitalinos y descubrir, por ejemplo, cómo se consigue el milagro murciano. Porque no sólo los albañiles han trabajado en turnos hasta de madrugada (repito que yo lo he visto): muchos operarios industriales manejan maquinaria pesada con 10 horas de curro a sus espaldas.
China está empujando. Los trabajadores chinos echan horas a destajo por la mitad, si acaso, de lo que cobra un obrero sobreexplotado español. Por simple matemática de costes e ideología de mercado la única manera aparente de competir con semejante gigante es tratar de mimetizar las posibilidades que ofrece la desesperación de la gente. Los que ahora pasan 12 horas en la fábrica no lo hacen por amor al detergente que fabrican, sino para que sus hijos puedan ir con ropa que no esté rota a clase en el colegio público. Los que tienen peor suerte y ni a eso aspiran terminan rebuscando en los contenedores. En mi próspero pueblo cada vez hay más.
No extraña, por tanto, que se abran las puertas a una ampliación de la jornada laboral a 65 horas semanales aún cuando hace unos meses se hablaba precisamente de su reducción a 35. De facto ya existen ese tipo de contratos, en los que empresario y obrero pactan libremente que el segundo echará cuatro horas extra al día y si no no hay trabajo para ti en esta ciudad, forastero. Los contratos temporales son una gran ayuda: cuesta menos despedir al que luego se arrepienta que afrontar las pérdidas por ese vago. Se está tratando de legitimar algo que ya ocurre, algo que no debería ocurrir. Algo en contra de lo que luchar, no algo que aprobar. Y todo para mantener las cuotas de beneficios empresariales, mientras la masa social se ahoga en deudas. Creo que hay demasiado encorbatado que de verdad cree que el hambre no provoca locura; yo por mi parte llevo un par de años diciendo que disfrutemos de lo que nos queda, porque en pocas décadas esto parecerá el cielo en comparación: desastre económico producto de la crisis petrolífera y de la guerra comercial con oriente, crisis humanitaria a las puertas del sur de Eurpa con una presión demográfica y migratoria imparable, despotismo ilustrado desde las altas instituciones europeas e internacionales… El caldo de cultivo para un futuro negro y totalitario.
Hay quien se ha echado las manos a la cabeza cuando se ha enterado de que la propuesta de los ministros europeos abre una puerta a la negociación individual empleador-empleado, por lo que supone de fractura en la acción sindical colectiva y la fuerza de la unión de los trabajadores. Sus lágrimas llegan muy tarde: no hay acción sindical colectiva ni fuerza nacida de la unión de ningún trabajador. Los sindicatos hace tiempo que dejaron de representar los intereses de los obreros (relataría cómo uno de los dos grandes prefirió no intervenir en un caso claro de explotación y mobbing que viví de cerca, pero para qué) y sólo son otro cuerpo más de burócratas, exactamente como los de Bruselas. Igual de prescindibles, en tanto no cumple su función de servicio a la sociedad. No cabe preguntarse qué hacen los sindicatos, sino qué piensa hacer la ciudadanía.

Europa está tocada de muerte. Suena bastante dramático, incluso para un europeísta convencido como el menda, pero es lo que hay. Ya basta de deseos, intenciones y convicciones buenistas: el mundo ahí fuera de nuestra perfecta y humanista Unión Europea es un campo de batalla que ahora usa armas económicas. Una guerra comercial que acaba de empezar y que terminará con el sueño de libertad que supuso esa isla en el Espacio y el Tiempo que llamamos democracia liberal. Sin embargo, los ciudadanos todavía tenemos una ventaja: la Europa de la Unión es vana burocracia, no algo necesario para la supervivencia estricta de los Estados que la forman. Si hay una crisis real, palpable, por decirlo desde el punto de vista del ciudadanos, es un problema de políticos creado por políticos. Y para seguir jugando a su juego (que a fin de mes les recarga la cuenta bancaria) necesitan de nuestro voto: su talón de Aquiles.
El año que viene hay elecciones al Parlamento Europeo. Los ciudadanos del Viejo Continente también queremos jugar y tenemos papelitos blancos para aburrir. De momento, vamos comenzando: ¿65 horas? ¡Ni de coña!