El Destino del Iscariote

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04.03.08

Judas en campaña (VI) - Derechos y libertades

Me estoy aficionando a una vieja serie norteamericana: The West Wing. Sé que llego tarde (la serie es antigua en los cánones veloces de la tele actual), pero no importa. En uno de los capítulos de la primera temporada se contraponen dos visiones sobre el derecho y las libertades. Por un lado, el burócrata que piensa en positivo: un juez sólo puede defender la libertad que expresamente se ha decidido proteger. Por el otro, el sentido común que no limita las libertades a listas en textos legislativos. Para los más curiosos, sí, yo soy capaz de mezclar ambas visiones y sin contradiccón, hala.

Durante esta pasada legislatura hemos visto un abultado ejemplo de la primera visión. El Presidente Zapatero, convencido de que la misión del legislador es no dejarse ningún derecho en el tintero, ha ido escribiendo leyes y leyes que amplían y crean derechos. Parece rehén de la propia paradoja que presenta esa idea: como se le olvide listar un derecho ese derecho no existirá, o vete tú a saber. Es absurdo.

El todo caso, lo que ha hecho Zapatero es reconocer explícitamente en las leyes la existencia de esos derechos y proteger su ejercicio, que es bastante distinto. Los homosexuales tienen derecho a formar una familia y a quererse, aquí y en la homófoba Irán. En Irán no tienen posibilidad de hacer efectivo ese derecho; aquí se ha legislado para que así sea. Pero el derecho está ahí antes. En todo caso lo discutible es si la Ley debe proteger especialmente derechos y cuáles deben ser los elegidos.

Lo que no es discutible es que la Ley no debe impedir el ejercicio de ningún derecho, cosa que ocurre.

Derecho a morir dignamente

Yo tengo el total derecho a decidir cuándo quiero morir y a ejecutar mis deseos cuando mejor me parezca. Faltaría más. El suicidio es un derecho fundamental que no acepto nadie (nadie) pueda cercenar. Mi vida no es que sea mía, es que soy yo, y yo decido cuándo he sido ya demasiado tiempo y prefiero no ser.

Mi vida sigue siendo mía si no puedo moverme. Hasta los tetraplégicos tienen derecho a suicidarse. Por tanto, como éste es un derecho que claramente necesita ser protegido, necesitamos legislar sobre él. Necesitamos una legislación que garantice que todos vamos a poder decidir libremente mediante un sistema de Voluntades Adelantadas.

Porque si yo decido morir tú no puedes hacer nada para evitarlo. No debes.

Aborto

Mucho discuten sobre este tema los políticos profesionales para no moverse nada. Algunos prometen cosas por el placer de prometer, con la seguridad de que en el futuro pueden volver a prometer (e incumplir) lo mismo, una y otra vez. Otros se enconan en posiciones irracionales basadas en una forma particular de entender la moral, y tratan de imponerlas al resto.

El asunto del aborto necesita un debate serio y riguroso. Científico. La conclusión no puede ser otra que una ley de plazos real y valiente, complementada con acceso a la píldora del día después y a la educación sexual real (no las pantomimas de campañas que muy de vez en cuando vemos en los institutos).

Regulación del cannabis

Otra asignatura pendiente. El consumo de derivados del cannabis es una práctica común, muy común. Extremadamente común, me atrevería a añadir. Aunque sólo fuera porque el derecho no puede contradecir los hábitos de los ciudadanos, la penalización por posesión y consumo deberían desaparecer. Sigo sin entender por qué tuve que pagar una multa de 301,11 € por poseer 0,36 gramos de resina de hachís, una cantidad demasiado pequeña para formar siquiera una dosis (vamos, que no llegaba para un porro).

Pero no sólo se nos persigue en la calle, sino también en casa. Cultivar marihuana es ilegal. Cultivar tu propia marihuana es ilegal. Lo escribo, lo leo y no le encuentro el sentido. Yo no puedo plantar en mi casa lo que quiera y luego fumarme lo verde. Sigo sin creérmelo.

Esta negación de la realidad nos empuja a la marginalidad. No puedo plantar en mi casa. No puedo fumar en la calle. Me queda comprar en mercado negro y esconderme. Un mercado negro que no puede garantizar lo que vende, ni su pureza, ni su origen, ni su fuerza. Los precios se disparan de una semana a la siguiente. Sufrimos grandes periodos de escasez que se complementan con otros periodos de exceso de oferta (que suele ser una oferta adulterada en demasía). No controlamos qué consumimos, porque el control es imposible.

Reclamamos un marco legal que regule nuestro derecho a consumir derivados del cannabis, fomentando la responsabilidad personal en este (y en todos) los aspectos relacionados con las drogas. Pero no podemos esconder la responsabilidad personal ni el hábito social extendido bajo capas de represión.

Regulación de la prostitución

Este tema es siempre peliagudo, y la política relacionada suele ser lineal cuando admite múltimples aristas. No es comparable la prostitución voluntaria a la forzada.

Para la primera, hay que ser más valientes y menos beatos si proclamar (Iracundo dixit). A mí personalmente me puede parecer inmoral (podría en verdad, pues no lo hace) que alguien venda su cuerpo por dinero. Yo soy bastante más pragmático: en todas nuestras actividades laborales lo estamos alquilando, y no distingo moralmente entre brazos y vagina. Esas personas tienen derecho a formalizar su trabajo y a disponer de las ventajas del Estado del Bienestar, tienen derecho a la protección de sus derechos como cualquier otro trabajador. En una palabra, deben salir de la marginalidad obligada por una moralidad si no hipócrita sí al menos abusiva e intrusiva en la intimidad ajena.

La prostitución forzada debe ser perseguida con fuerza, como cualquier tipo de explotación personal. Esa sí es denigrante.

Igualdad de sexos y discriminación

La igualdad de sexos no es un fin en sí mismo, sino un medio, una forma de vida. Así, para defenderla hay dos modos.

Las cosas se pueden hacer mal. Imponiendo cuotas que rompen la igualdad para pretender conseguirla. Discriminando positivamente no se iguala, sino que se discrimina positivamente. Aunque esa medida fuera algo transitorio, es profundamente anti-igualitaria.

Pero también se pueden hacer bien. Promoviendo la igualdad en los permisos de descendencia para que ambos progenitores se impliquen por igual en los asuntos familiares. Conciliando vida laboral y familiar.

Pero no todo es masculino-femenino. La homofobia crece en todo el mundo aupada por el islamismo radical y un país serio que se precie debe ser capaz de proteger a los más débiles. No sólo luchando contra la discriminación interna por motivos de preferencias sexuales sino cumpliendo las directivas internacionales referidas a derechos de asilo y protección (que obligan, es necesario recordarlo, a acoger a homosexuales con peligro de ser extraditados a sus países de origen si allí corren riesgo de ser condenados por ello).

No, todas estas no son propuestas que me he ido inventando, o que reflejan sólo mis deseos o ideas. No son fruto de mi sentido común simplemente. Son apuestas serias que forman parte del programa electoral de C’s que, con nuestro apoyo, pueden tener voz en nuestro Parlamento. Una voz real, no un anuncio de futuro que se queda en una amnesia de poder. Palabras cargadas de sentido que chocan con la demagogia institucional que se escucha normalmente en las cámaras de decisión.

Propuestas en positivo, con un fundamento debajo de principios e ideales radicales. Eso es lo que yo voy a votar.

08.01.08

La Iglesia, la Historia y el matrimonio homosexual

Yo no creo en la democracia. Suena duro, suena políticamente incorrectísimo. Suena aberrante. Pero es cierto. Yo creo en la democracia humanista. Siempre he considerado que las opiniones, deseos y anhelos políticos de la mayoría están limitadas por el respeto a la posibilidad de la minoría. Del mismo modo que niego a la mayoría cubana el derecho a prohibir libertades tan fundamentales como la de expresión y asociación a aquellos que descreen del socialismo, no concedo legitimidad a quienes quieren establecer distinciones en las uniones libres de personas con finalidad familiar según las posturas que les guste practicar a dichas personas en la cama.

Las mayorías tienen límites.

Por eso, responder a la crítica al matrimonio homosexual que proviene de quienes consideran tarados, enfermos o desviados a los que se orientan sexualmente de esa manera es simplemente perder el tiempo. Basta acusarlos de castristas y verlos encender de ira. A su demagogia, desdén. A su irracionalidad, espejo totalitario.

Sin embargo, siempre he tenido un problema ético con los que se han quejado de la denominación de esta unión homosexual. Los que dicen sinceramente que creen en la idoneidad de esta unión legal, pero lamentan moralmente que se le haya dado el mismo nombre que al matrimonio tradicional.

Pero si hemos de buscar causas, las hay. La causa última de que el matrimonio homosexual se llame así es la propia Iglesia y la Historia, la suya y la nuestra en común.

Normalmente, me conformo con señalar la normalización legal, que exije igual nombre para cosas de iguales características. Y sin embargo, siempre he tenido la convicción de que este argumento, final en lógica, no convence a la moral. A la moral no se la convence, se la tumba enfrentándola con la realidad.

Se nos acusa a los partidarios de la norma de que estamos forzando a la sociedad, añadiendo conceptos que no surgen de ella, sino anticipándonos si acaso, y modernizando contra voluntades. Se nos dice que no existe una mayoría anhelante del reconocimiento de estas uniones, que no hay un clamor popular, que no es prudente, que no es tiempo. Se nos argumenta que la sociedad no quiere eso. Me importa un cuerno. No le acepto legitimidad a la sociedad para coartar libertades de minorías. Y como progresista creo que una de las labores de la Izquierda es transformar la sociedad. No imponiendo, sino abriendo. El discurso de Zapatero de la ampliación de derechos me da grima en la forma, pero no en el fondo. Los derechos no se conceden ni se crean, sino que se reconocen y se amparan.

No soy una eminencia en Historia. Desconozco hasta el extremo la organización social que ha regido el Mundo desde que el hombre se decidió a vivir en sociedad. No sé si el modelo hombre-mujer-hijos ha sido predominante entre las culturas antiguas, o si por el contrario un modelo más comunal destacaba. Tampoco sé si la estructura hombre-mujer-hijos es la causante de que Occidente tenga esta Historia que tiene y no vivamos aún en chozas de paja y cazemos en grupo mientras nuestros hijos se preparan para rituales de iniciación que incluyen perforaciones corporales. Como soy un relativista nato, tampoco sé si el modelo que sufrimos es mejor o peor que el indigena de un lugar remoto en África.

Pero sí sé que la Historia de Occidente está marcada por la religión católica. Una marca que ya pesa como si de un sello en el ganado se tratara. Europa ha sido católica dos milenios, y la Iglesia no ha desperdiciado el tiempo. No sólo en influencias temporales (esto es, materiales) sino también en ideológicas. Nuestra cultura es marcadamente católica: navidades, semanas santas y demás festivos; bautizos, comuniones y bodas, sin olvidar los suntuosos entierros; escultura, pintura, arquitectura al dictado de modas religiosas. No todo es malo. Quien vea una aberración en la Sagrada Familia sólo porque es un edificio religioso tiene un problema. Otras cosas no son tan buenas. E incluso las hay que no son moralmente juzgables, sino históricamente asumibles.

A nadie escapa que el camino recorido en Europa hasta los Estados sociales democráticos que tenemos ahora ha sido largo. En el pasado reciente hemos sufrido totalitarismos basados en la víscera, en la tribu, en el odio. Antes sufrimos despotismo. Durante todo este tiempo hemos sido religosos. Sólo ahora nos atrevemos a no serlo. Por tanto, es justo no culpar, pero sí encontrar causante, a nuestra Historia y nuestras costumbres sociales. Por poner un ejemplo imposible temporalmente, si en vez del catolicismo los Emperadores romanos decadentes hubiesen encontrado en el Islam la fuerza que necesitaban para mantener su imperio, la poligamia sería la opción familiar natural y moralmente aceptable. Sin entrar en si el Islam hubiese permitido una Reforma y el camino recorrido, el ejemplo me sirve para ilustrar mi tesis.

El matrimonio como figura de un Estado aconfesional, como el nuestro, tiene su origen en la práctica común del matrimonio entendido en su sentido religioso. La concepción de la familia en Occidente es culturalmente católica, y de esa concepción social ha saltado al ordenamiento jurídico aconfesional. En una palabra, los matrimonios civiles heterosexuales en España se han llamado matrimonios precisamente por la costumbre de origen moral (y raíz religiosa) de denominar así a las uniones hombre-mujer, normalmente con al finalidad de procrear, vivir en común, quererse o lo que se quiera añadir.

Es, por tanto, a causa de la Historia y del papel social que ha jugado la Iglesia a lo largo de ella el que el matrimonio civil se llame precisamente así.

Pero la sociedad no es inmóvil. No está quieta. Cambia, evoluciona. No siempre mejora, pero nunca es la misma. Cuando dos personas se unen para vivir juntos, quererse y, por qué no, tener descendencia y criarla, no son necesariamente un hombre y una mujer. Los ciudadanos, conocedores de nuestra Historia, de nuestro bagaje cultural, reclamamos la palabra matrimonio para llamar así a todo lo que es lo mismo. No nos importa si un credo llama así a lo que quiera, pero exijimos que nos dejen llamar como queramos a lo que en puridad es legalmente lo mismo. Agradecemos a la moral católica que nos diera el concepto de matrimonio, pero le decimos claramente que hemos mutado ese concepto, lo hemos añadido a nuestro contrato social y lo definimos como nos parece justo, independientemente de su opinión. Y que no le reconocemos legitimidad para cuestionarlo, anque sean una mayoría.

El resto, legalismos sobre si una coma es una coma o si cuando un texto dice «hombre y mujer» se refiere a juntos o no, es indiferente. Los textos han nacido para revisarse.

Sí a la diversidad familiar. Sí al matrimonio homosexual. Porque sabemos qué es el matrimonio, de dónde viene el término y precisamente por ello queremos que se llame igual.