El Destino del Iscariote

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Archivo de la etiqueta 'dios'

26.07.08

Compro uniforme de reo

Dice el todólogo César Vidal que el día del juicio ha llegado. Yo no dudo mi sentencia, aunque llore de la risa. Si dios existiese, también se descojonaría.

08.07.08

¿Es tolerable la tolerancia religiosa?

Democracia versus Teocracia
Comentarios y notas a una conferencia de Fernando Savater

Dice Savater que tolerancia es «que a uno le guste que haya cosas en la sociedad que no le gusten», y dice bien. De nada sirve ser tolerante con las cosas que a uno le agradan: el reto es ser capaz de respetar a quien realiza actos y tiene ideas que no sólo nos parecen equivocadas, sino que nunca los haríamos o pensaríamos. Es el caso de la orientación sexual o los ideales políticos, que conllevan actitudes distintas y respetables siempre que no entren en conflicto con los derechos de los demás.

Esa coletilla, la del respeto a los derechos de los demás, suele ser omitida cuando se habla de respeto religioso. Partiendo de la base de que la etiqueta «ateo» no define, cabe destacar que los descreídos también cuentan con derechos en materia de libertad religiosa. No creer en dios es de hecho una postura religiosa y por tanto amparada en dicho derecho, y eso es algo que los creyentes suelen obviar en sus manifestaciones religiosas. Nunca en la Historia se ha visto a un creyente pararse a pensar si con sus exhibiciones y ostentaciones de fe ofende a quien no cree. Cuando intentan presionar en aspectos científico-médicos (eutanasia, células madre) no se dan cuenta de que ofenden a quien no comparte sus mitos. El Estado, al decidir proteger y apoyar activamente las distintas confesiones, deja de ser el garante de la libertad religiosa de todos y toma partido por todas las opciones menos por una: la de los que no tienen religión por propia elección. Las religiones deben ser defendidas por sus miembros, y el Estado debe tolerarlas y respetarlas, pero no protegerlas. Citando de nuevo a Savater, «hay derecho a la diversidad, pero no diversidad de derechos», aunque en la práctica no sea así: la crítica zafia y grosera de símbolos religiosos no sólo debe ser amparada por la libertad de expresión, sino por la religiosa. La mofa de la religión es una postura religiosa, y paradójicamente debería, en ese marco de errónea protección, ser potenciada.

Hay ideas que no son respetables. Uno puede tener un interés poético-filosófico en intentar entender cómo llegó a pensar el Marqués de Sade, pero nunca lo pondría a impartir educación sexual en la secundaria. Del mismo modo, las morales religiosas son útiles porque nos cuentan cómo ha evolucionado nuestra convivencia, pero no pueden marcar con sus patrones dogmáticos las relaciones sociales de los seres humanos del presente. De hecho, precisamente en aras de ejercer esa libertad religiosa, los ateos reclamamos de la religión que acepte su carácter eminentemente poético. «Las religiones son poesías tomadas en serio»: «no hay nada en el mundo que la religión no pueda explicar, y por eso la religión es falsa». En la medida en que sea aceptado el componente poético de la religión y no se trate de trasvasar el dogma a la política o la ciencia, es posible convivir y por tanto respetar esa religión, ya que se habrá asegurado la falta de conflicto con el derecho ajeno.

Esa aceptación, y su falta, es la que configura el escenario mundial en la actualidad. Contrariamente a lo que se repite, no estamos ante un choque de civilizaciones ni necesitamos una alianza de las mismas, porque sólo existe una civilización. Tal palabra simplemente designa al conjunto de soluciones que los humanos dan a sus problemas, y en el planeta ya globalizado es evidente que esas soluciones son también globales. Existe un choque cultural y/o religioso, pero ni la cultura ni mucho menos la religión definen una civilización. El conflicto que vivimos no es, por tanto, sino un cara a cara entre democracia y teocracia, entre una visión de las relaciones humanas basada en la libre elección y otra basada en la sumisión a principios inmutables. Su causa está ya indicada: la religión ocupando lugares que no le deben corresponder. Es difícil formular su solución real, pero tras haber purgado nuestra cultura de absolutismos tenemos derecho moral a purgar otras.

Serie Democracia versus Teocracia

26.05.08

Abróchate el cinturón

El otro día me lo preguntaba. ¿Cómo lo sentirán ellos? ¿Qué sensaciones pasarán por su mente en esos instantes? Pero empecemos por el principio.

Este es un pequeño juego. Pueden jugar todos, pero me interesan sobre todo las respuestas de los creyentes, aunque me da un poco igual el dios (o panteón) en que se crea. Hay que ir poco a poco, para evitar que el vértigo nos saque de pista y no sepamos de qué estamos hablando. Pero también hace falta concentrarse en lo que veremos por las ventanilas porque de ello depende el experimento. Un experimento de confrontación directa con la realidad. Allá vamos.

Imagina que estás en lo alto de un rascacielos. No importa cuál, ni dónde, ni mucho menos por qué. Miras hacia abajo y ves a una serie de personajillos andando muy despacio, cruzando calles y conduciendo coches. Los reconoces: son la máxima de la creación, la culminación del arte divino. La imagen y semejanza del autor de autores. Viven, crecen y se multiplican como siguiendo un mandato del cielo. Muchos de ellos, una inmensa mayoría, creen que existe ese alma inmortal que regala vida simplemente exhalando. Creen que los cuidan, los observan y seguramente los juzgarán. El mundo necesita un sentido, y se lo encuentran en algo más grande que ellos mismos.

Alejémonos un poco de las hormigas. Vayamos, cómo no, a la Luna. Miremos a nuestra esfera azulada desde su inseparable compañera. Pensemos ahora en esos mismos seres humanos y tratemos en encuadrar sus anhelos metafísicos en esta nueva visión. La Tierra tiene un halo misterioso, más allá de su atmósfera y su ozono. Todos hemos visto imágenes y fotografías de otros planetas de nuestro Sistema Solar, pero ninguno es como nuestro hogar. La diferencia es evidente: la vida. Curiosamente, donde el religioso ve la vida en la Tierra e infiere que, por tato, ese planeta debe ser importante (elegido o creado expresamente), el descreído ve que es importante precisamente porque contiene vida. Aquí empieza el desdoblamiento que produce la distancia, una visión que acaba de comenzar.

Huyamos un poco más. Situémonos un poco por encima del plano que forman los planetas alrededor del Sol, a una prudente distancia sobre la órbita de Júpiter. La Tierra es un recuerdo borroso que ni siquiera se puede vislumbrar a simple vista, los humanos han desaparecido. El Sistema Solar es un lugar frío y despoblado, casi vacío. No hay resto de alma ni de mente. Aún se puede apelar al sentido antropocéntrico y exponer que todo eso no es más que decorado para acompañar al espejo de dios que vive en ese puntito que ni verse puede. Con desgana y sin convicción, pero se puede.

Llegamos a la última estación. Nos encontramos a medio camino de la galaxia de Andrómeda, y miramos atrás. La Vía Láctea se nos muestra con sus brazos girando lenta pero imparablemente. En uno de ellos, en una zona que no es muy distinta de cualquier otra, está nuestra estrella madre, rodeada de sus hijos rocosos y gaseosos, y en uno de ellos, uno verdoso e iluminado en su cada oscura, están los seres humanos. Desde esta posición es muy difícil coincidir con ellos, porque en estas escalas de Espacio y de Tiempo las estrellas nacen y mueren muy rápidamente. Nuestro Sol madre en realidad no durará más que cualquier otra estrella semejante, y la duda es si lograremos hacer algo digno de recordarse antes de su fin.

Ahora, desde esa lejana visión, mirando a la Tierra sin verla, imaginando a los seres humanos como un suspiro en los tiempos del Universo, piensa y siente. Pregúntate qué clase de dios crea tanta vastedad sólo para que no la veamos. Qué clase de dios nos confina en una roca común alrededor de una estrella común para que nos matemos entre nosotros al grito de «dios lo quiere». Qué clase de dios pone más de quince mil millones de años antes de nosotros y seguramente no menos de los mismos una vez que hayamos desaparecido, y pretende convencernos de lo importante que es el pestañeo durante el cual fuimos, porque somos su creación mimada.

Siempre he tenido curiosidad por saber cómo afrontan los creyentes la realidad fría del Universo no como problema teológico sino como enormidad medible. Cómo pueden creer que su amoroso dios nos concedió un grano de arena para vernos pelear por él mientras el espacio se aburre de soledad. A veces se me cruza un rallo de comprensión, pero implica siempre humanizar la religión y la creencia y despojarla de su aura sobrenatural, como cuando en un libro de Ciencia Ficción aparece un sacerdote como personaje aceptando los viajes interestelares y las velocidades supralumínicas sin perder esa especie de fe gentil en una persona irrepetible allá en los años del Imperio Romano, conjugada con un dios impersonal y bastante ahumano, más preocupado por la belleza de una puesta de sol en un planeta lejano que por las cuitas de unos gritones en un rincón del Tiempo.

Si estamos llamados a salir de este planeta algún día sería interesante prever cómo va a afectar la religión a la experiencia. Podemos incluso adelantarnos, porque ya sabemos qué nos espera fuera, y sabemos que es inmensamente grande, espectacularmente frío y aterradoramente vacío. Debe ser difícil de conjugar con la idea de dios como padre.

Y tú, creyente, ¿cómo lo haces?

07.05.08

Contra Saulo

Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea. Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar; no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro; que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?); no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. También es necesario que tenga buen testimonio de los de afuera, para que no caiga en descrédito y en lazo del diablo.

Primera Epístola de Pablo a Timoteo, cap. 3, vers. 1-7

Poco más hay que añadir.