El Destino del Iscariote

It's better a Kiss of Death than nothing...

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07.07.08

Islám e islamismo en España

Democracia versus Teocracia
Comentarios y notas a una conferencia de Antonio Elorza

En Europa hemos domesticado a nuestro dios, hasta hacer posible su conviviencia con los que lo negamos. Pero, ¿qué sabemos del Islám? Más allá del innegable principio de que toda persona es respetable, se hace necesario analizar las ideas. Porque las opiniones no deberían gozar a priori de la misma consideración.

Al contrario que el cristianismo («lo que atares en la tierra será atado en los cielos» le dice Jesús a Pedro) el Islám recibe al modo hebreo una revelación pretendidamente cerrada y completa. «La idea de innovación es completamente herética» dice Elorza. Con esto desactiva una de las principales críticas que reciben precisamente los críticos teóricos de la religión musulmana: la distancia temporal. Lo que ocurrió en el siglo VIII no afecta al XXI, se nos dice, mientras la más leve crítica al profeta se convierte casi en delito. Poco importa que sus comportamientos, posiblemente adecuados a la barbarie ética de su época, puedan ser vistos hoy en día como episodios claramente homófobos, racistas, pederastas y misóginos. Esos aspectos quedan fuera del debate religioso, produciendo un curioso efecto: se elimina todo aspecto tangible de la ley coránica, toda fundamentación basada en la experiencia del profeta en base a unos actos amorales pero incriticables, mientras se intenta mantener el transfondo filosófico-religioso. A nadie extraña, por tanto y por ejemplo, que las leyes sobre la vestimenta femenina nacieran de la visión de Mahoma de una niña a la que profetizó que sólo se verían en el futuro manos y ojos de mujer por la calle (presuntamente para protegerla de la exhibición ante los machos de sucia mente, pero… ¿acaso no tiene derecho al mujer a exhibirse y a ofrecer su cuerpo si lo desea?). La consecuencia de un falso respeto hacia normas nacidas de la opresión es acabar aceptando lo inaceptable en aras al apaciguamiento y la diversidad cultural, renunciando a dar la batalla de las ideas contra una visión del mundo anticuada y retrógrada.

La segunda forma de intentar justificar lo injustificable es negar la mayor. Se acusa a los críticos de componer un hombre de paja y atizarlo mientras el verdadero Islám, la verdadera religión musulmana, nada tiene que ver con él. Sin embargo esta salida sigue siendo falaz, pues el Islam actual tiene otra diferencia fundamental con el cristianismo: su marcado carácter político-religioso. Si en 20 siglos Cristo fue progresivamente echado del trono secular, el Islám no ha hecho ese recorrido. Nos encontramos entonces con un exceso de codificación legislativa que consagra un modelo político basado en temores religiosos: una teocracia. Todas las posibles relaciones, todos los posibles intercambios están contemplados en la ley muslmana o Sharia que se convierte en un manual exhaustivo de buenas maneras obligatorias y que dependen, como se apunta desde círculos críticos, demasiado del estado de ánimo del profeta.

Mientras se ensalza la persona de Mahoma, y se impide la crítica a sus palabras y actos apelando a un respeto ficticio, se obvia que el carácter intrínseco de la religión es una suerte de «arqueoutopía», una idealización del pasado que no se corresponde con la realidad. Se convierte así el Islám en una religión simple (un precepto fijo e inmutable y fuera de crítica y renovación) que simplifica mentes (conmigo o contra mí). Un marco de pensamiento que encaja a la perfección con el carácter tribal de los fundadores, consiguiendo una ideología político-religiosa claramente expansionista y que cuenta no sólo con el consentimiento y la ayuda del altísimo (recordemos la conquista de Canaan a manos hebreas por orden de Yahveh) sino que introduce explícitamente la falacia de la ganancia perpetua: si venzo en batalla tendré botín terrenal; si caigo, recompensa celestial.

Fruto de esa permeabilidad religiosa en todos los aspectos de la vida (políticos, sociales, personales) vemos cómo en ciertos países existe una suerte de «policía horizontal» formada por ciudadanos dedicados a mantener esas buenas maneras obligatorias. En Irán, por ejemplo, ocurre a diario, pero no es el único sitio. Mucho más cerca de casa vemos cómo hay ya voces pidiendo aplicar la Sharia en Gran Bretaña en un intento rocambolesco que, mientras asegura que «Hay maneras de zanjar las disputas maritales, por ejemplo, que proveen una alternativa a las cortes de divorcio como las entendemos. En algunos marcos culturales y religiosos estas parecerían más apropiadas» sostiene que «Ninguna persona cuerda quisiera ver en este país la clase de inhumanidad que a veces ha sido asociada con la práctica de la ley en algunos estados islámicos, los castigos extremos, las actitudes hacia las mujeres», declarando poco más o menos que la cubierta mujer puede ser acusada sin pruebas de adulterio y repudiada, por ejemplo, pero afortunadamente no se llegará al extremo de lapidarla en un acto de benevolencia admirable. Esa arbitraria separación entre el delito-pecado, su origen religioso y su castigo físico ejemplar parte y llega simplemente a los buenos deseos: una moral particular cuyos pilares son la homofobia y la misoginia siempre tiene consecuencias públicas.

En Occidente tenemos mala conciencia. Pesa sobre nosotros el recuerdo del Holocausto como una losa maldita. Mantenemos ciertos símbolos religiosos cristianos en nuestros rituales civiles y sociales. Todo ello hace que midamos al milímetro nuestras opiniones sobre otras creencias para no ser tachados de racistas y/o hipócritas, algunas veces con razón. Sin embargo, esas precauciones no deben servir de excusa para evitar un debate serio y centrado sobre las ideas del Islám. Es absurdo que tras siglos de crítica bíblica (que, al fin y al cabo, era lo autóctono) nos atemos las manos y amordacemos la boca ante otro sistema religioso. Hemos reclamado el derecho a reírnos y a criticar a nuestro dios, al que le rezan mis vecinos y amigos. ¿Por qué debería abstenerme de pensar, criticar y refutar las ideas de los dioses de los demás? No sólo eso: el camino recorrido por el cristianismo es engañoso. Ha dado la impresión de que toda idea, en este caso toda creencia, es igualmente respetable y que los problemas vienen de su mala implementación. Se ha alcanzado una deformación grotesca del relativismo occidental, cuya principal característica no es la igualación por abajo sino la elección responsable. Con un falso halo de respeto que no es tal se impone una ley de silencio y se cierra la puerta a la crítica razonada, mientras se insiste en el carácter eminentemente benévolo de cualquier religión. Se nos desarma, en una palabra, para la lucha ideológica diciéndonos que somos intolerantes, como si ser intolerante con lo intolerable no fuera precisamente lo loable.

Desde esta perspectiva, el futuro tiene un color oscuro. Europa se blinda a la crítica apelando a un respeto que sólo corresponde a las personas, y olvidando que esas respetadas ideas causan muertes a diario. Dirigentes fundamentalistas llaman a la violencia contra Occidente. Mientras, los musulmanes occidentales se dividen principalmente en dos grupos: los que se suman a las críticas y ponen en riesgo sus vidas (Ibn Warraq, por ejemplo) y los que se suman a las exigencias de baja intensidad (por ejemplo, entendiendo el revuelo provocado por las caricaturas de Mahoma en Dinamarca sin molestarse en entender el derecho a la libertad de expresión o a la sátira). Los librepensadores tenemos muy claro con quién estamos más cómodos.

Serie Democracia versus Teocracia

28.05.08

La prueba de Abraham

Publicado originalmente en HispaLibertas

Érase una vez un hombre creyente. Uno de esos hombres que hablan con dioses, y a los cuales los dioses les responden. Uno de esos hombres que no necesitan tener fe para creer en dios, porque lo conocen personalmente. Puede llamarse Abraham. Abraham tuvo la mala suerte de ir a desposarse con una mujer estéril, pero su compañero invisible le prometió un hijo, un retoño que daría generaciones enteras de pueblo elegido, una nación que ocuparía por la fuerza aquella tierra que su dios le había dado en heredad perpetua. Y cumplió su promesa de paternidad, y Abraham engendró a Isaac.

Un buen día, dios le pidió a Abraham que le probara su obediencia. Como al fin y al cabo Isaac era su regalo, le ordenó llevarlo a un lugar apartado y ofrecerlo en holocausto en su divino honor. Ni corto ni perezoso Abraham cogió sus bártulos de asesinato y encaró camino con su hijo amado (el otro, el de la esclava, no valía tanto). No iba camino de su prueba, sino que estaba desplegando la suya.

Abraham, como mortal, sabía que no debía desobedecer una orden directa del dios altísimo. Hay cosas por encima del entendimiento humano, pensaría. Pero podía escoger. En realidad, dios no estaba poniendo a prueba la fe y la devoción de Abraham sino que Abraham estaba poniendo a prueba el carácter adorable de su dios. Un dios que no hubiese impedido en el último momento que el padre asesinara al hijo después de pedirle que le diera muerte no hubiese merecido ninguna adoración. Sería bárbaro, una personalidad a evitar. Abraham tentó a dios con su fe, y venció. Puso a prueba a dios y salió victorioso, permitiendo a ese mismo dios convertirse en el dios de su familia. La prueba de Abraham dignificó a dios, y lo puso en comunión con el hombre.

Pero dejemos el mito y volvamos a la realidad, que uno no cree ni en dios ni en Abraham.

No me gusta nada hablar de catolicismo y franquismo. Desde un prisma totalmente teórico, el que la religión vaticana no se opusiera a la política autoritaria del ferrolano no es algo que deba ni sorprendernos ni mucho menos enervarnos. Mirando por ese cristal, el catolicismo no es una opción política, sino espiritual, y debe ser capaz de vivir en cualquier medio, sea una dictadura o una democracia perfecta. No es su papel entrar en cómo se organiza el Estado, sino asistir al alma de los fieles (y si acaso, por exceso de celo, de los descreídos).

El problema es que la acción católica no consistió en la no ingerencia o la neutralidad política. De hecho, la Iglesia Católica Apostólica y Romana se alineó con la Dictadura. Esto, que en otros momentos de la Historia es perdonable recurriendo a localismos temporales y contextos variados, a las alturas del siglo XX se convierte en pecado casi mortal. Con la democracia revelándose como el sistema de gobierno menos dañino, de tomar parte por algo se debería haber tomado parte por ella.

Hay una diferencia de nivel importante entre no querer morir martirizado (versión de moda sobre el futuro de los curas en la II República) y empezar a martirizar disidentes. No entraré a juzgar las palabras de su salvador acerca de ofrecimientos de mejillas y cómo se olvidan cuando el humano miedo a la muerte llama a su amigo el olvido de principios y juntos corren a reunirse con la turba de odio autoindulgente. Baste decir que, siguiendo el mito, la Iglesia Católica española decidió tomar el lugar de dios y no detener a Abraham. De hecho, a cada puñalada del padre sobre el hijo la acompañaba una salmodía de apoyo, de justificación, de palabra de dios. La Iglesia Católica española, en fin, hizo imposible creer acríticamente en su bondad.

No me gusta, tampoco, que los hijos carguen los errores de sus padres, aunque sean estos puramente nominativos y latinos. Sería tremendamente injusto culpar a los padres católicos actuales de los errores cometidos por sus mandamases teológicos hace más de 70 años. De hecho, lo es. Pero lo no ya injusto sino ciego sería negar los hechos, mirar a otro lado y olvidarnos de que la religión, incluso hoy en día, influye en la política no sólo en nuestro país, sino en muchísimos sitios. En Gran Bretaña discuten acerca de incluír la Sharia en su ordenamiento. En Estados Unidos hablan acerca de restaurar la autoridad divina. Si miramos al sur o al este nos llevaremos un susto gigantesco. La presión demográfica en Occidente junto con el inamovible sistema de votaciones electorales nos lleva a pensar que en un futuro no muy lejano algún cargo público de renombre pueda pertenecer a una confesión, digamos, no estandar, como el evangelismo iluminado o el islamismo, siquiera moderado. Y contra eso sólo tenemos un arma: laicismo administrativo.

No es una cuestión de falta de confianza. No parece que a corto plazo la Iglesia Católica española se vaya a alinear con un nuevo golpista peninsular. Más bien conviven con sus cosillas en esta imperfecta democracia que (podríamos decir) sufrimos. Sin embargo, los bailes de encíclicas, concilios y demás papeles internos nos hacen ver que a lo largo de la Historia la Iglesia ha bailado al son que más le gustaba, por lo que aunque ahora se porten de manera medianamente civilizada nada nos asegura que en el futuro no reclamarán otra vez como propio lo que no es suyo. Tampoco es que a los ateos nos haga mucha gracia pensar que en ese mismo futuro los ministros jurarán su cargo sobre un Corán si es que son musulmanes, o prometerán en lenguas angélicas si son evangelistas. No nos hace mucha gracia porque esos cargos son funcionarios a nuestro servicio, y queremos que dejen sus creencias a un lado cuando se trata de administrar nuestros papeleos. Y, por qué no decirlo, porque sus promesas sobre sus libros míticos no valen un carajo para nosotros.

Las excusas habituales suelen pasar por dos estaciones. Por hache: toda la vida se ha jurado ante un crucifijo, no hay necesidad de cambiar algo que es meramente simbólico. Por be: gran parte de la población reconoce esos objetos como sagrados. Lo absurdo de la primera como argumento es evidente, así que no merece más que mirar a otro lado más interesante. La segunda es falaz: las mayorías sociales, incluso las religiosas, son mutables. Hoy en día el porcentaje de católicos nominales (los famosos bodas-bautizos-comuniones-funerales+semana-santa) dentro de la grey apacentada es inmenso (basta asomarse a una iglesia en hora punta, contar y restar del total), los ateos somos cada vez más, los agnósticos mantienen su indecisión a pesar de su inexperiencia religiosa. El número de otras confesiones aumenta. El mapa metafísico de la piel de toro cambia de colores, y si los no católicos arrugamos la frente cuando vemos al Presidente del Gobierno ante un trozo de metal con forma de tortura humana mientras esperamos el fin de esa situación, no quieran ustedes imaginar lo que arrugaríamos de verlo ante una estatua de ocho brazos pintada de azul. Resumiendo, que son mosqueantes, pero al ser nuestros mosqueantes, y antes de que lleguen otros, les pedimos amablemente que se vayan de donde nunca debieron ser invitados, pues no es su sitio. Mientras, ellos se siguen creyendo únicos. Es como hablar con la pared.

El partido socialista se ha equivocado mucho. Da un poco de grima ver el resultado de la votación de la Proposición No de Ley 162/000014 sobre la Revisión de los acuerdos Estado-Santa Sede. Digo que da un poco de grima porque el PSOE ha votado en contra alineado con toda la derecha parlamentaria: PP, CiU; PNV y CC, todos nacionalistas, todos historicistas, todos esencialistas (menos CC, que es un partido raro). Mientras, el resto que se llama de izquierdas ha votado a favor. Incluído UPyD. Prometieron y prometieron hasta que metieron nuestro voto en sus urnas (el mío, por lo visto, afortunadamente no), y una vez metido se olvidó lo prometido. Y eso que todo parece estar a su favor: la oposición, ariete la pasada legislatura de las posiciones episcopales, única fuerza parlamentaria que, por número de diputados, puede dar guerra a la efectiva separación Iglesia-Estado, está jugando al Risk con sus propias lentejas. Lo cual en vez de ser una benidición para este PSOE puede convertirse, como siga este camino, en una maldición de proporciones mosaicas.

En estas pasadas elecciones, el nacionalismo regionalista ha perdido un peso enorme en el Congreso de los Diputados. Además, el gran partido de la derecha parece más partido (y valga) que nunca. Zapatero tiene manos mediáticas libres para hacer y deshacer según su programa electoral y sus supuestos principios. Sin embargo, parece que cree que los símbolos religiosos van a salir por su propio pie de los organismos oficiales. No sé si será muy blasfemo imaginarse a un Cristo bajando de su cruz de plata y llevándosela a través de las puertas detectoras de metales, pero lo cierto es que a lo mejor un empujoncito le vendría bien. Porque si en esto, que en el fondo es una forma, Zapatero demuestra su nula iniciativa, no sé en base a qué espera mi confianza en asuntos de fondo. Es posible, en estas, que una vez partido el popular y escondidos los nacionalismos se encuentre, en las próximas Elecciones Generales, con una legión de izquierdistas y progresistas que se sienten estafados, engañados y usados, cansados en definitiva del «ahora no toca» como coletilla en esos temas (aborto, eutanasia, educación) que llaman sensibles.

Y entonces sí que será divertido el recuento de votos.

11.05.08

Tienes derecho a que no te timen

Íker-Carmen-Cuatro-Ser-Cícrulo-de-lectores y demás cómplices. Y no le podrán decir que “saque usted sus propias conclusiones” cuando saben que con la mitad de los datos, ninguna conclusión sirve más que para engordarles las cuentas bancarias, a riesgo de que un juez los llame, y no precisamente para consultarlos sobre ética periodística.

Mauricio-José Schwarz, a.k.a. Pluma Afilada

España está faltando a sus obligaciones con la Unión Europea. En mayo de 2005 el Parlamento y el Consejo europeos aprobaron la Directiva 2005/29/CE destinada a proteger a los ciudadanos de la publicidad engañosa, obligando a que las empresas sean capaces de demostrar aquello que afirman cuando intentan convencernos de las bondades de sus productos. Esa directiva debería haber sido implementada por los Estados miembros antes de diciembre de 2007, pero Spain is (still) different.

Así como nuestro Gobierno está deseando proteger nuestros derechos de no creyentes, un grupo de irreductibles escépticos ha iniciado una recogida de firmas para pedir de una vez por todas que la Directiva 2005/29/CE tenga eco en nuestro ordenamiento jurídico, con especial énfasis en la publicidad engañosa relativa a productos esotéricos y/o paranormales.

Es un cambio cualitativo importante. Hasta ahora, cuando alguien solicitaba los (de entrada cuestionables) servicios de estos charlatantes, apechugaba con las consecuencias económicas si los poderes del susodicho no terminaban de aparecer. Con el cambio de perspectiva, deberá ser el brujo de turno el que demuestre que puede curar con sus imanes y piedras de colores y que por tanto sus reclamos publicitarios no son mentiras descaradas. Lo tienen crudo.

Firma por tus derechos como ciudadano. Porque nunca sabes cuándo va a venir un listillo a aprovecharse de tu buena fe (nunca mejor dicho).

05.05.08

James Madison, Presidente

Siempre me ha parecido muy curioso que en Estados Unidos se hayan desentendido tan bien de la mochila europea de las batallas del tatarabuelo Cebolleta. Sí, tienen barrios italianos y mafia, pero también chinos y mafia, y nipones y mafia. Sí, hacen desfiles en San Patricio, pero a ver quién le dice que no a una fiesta en la que te vistes de verde, con lo que les gustan los ídem. Es como si al subirse al barco rumbo al nuevo Edén, los colonos se hubieran sometido a una buena sesión de olvido. Allí iban a formar parte de algo. Allí se declararon libres y obraron en consecuencia. Nada de reyes mandando tropas al viejo estilo europeo. Borrón y cuenta nueva, que se dice.

Aunque tenemos mucho en común (los usamericanos hablan una lengua comunitaria después de todo), lo cierto es que ambas sociedades occidentales parecen el producto de un ensayo evolutivo. Un mismo punto de partida, dos visiones distintas: que empiece la carrera. En Europa hemos preferido mantener el romanticismo del pasado, honrar a nuestros antepasados aunque fueran unos salvajes y ser políticamente correctos en todo, con el ideal seguramente platónico (que esa es otra) de que siendo bueno las cosas no salen tan mal. Tras siglos y siglos de guerra de unos contra otros, unos contra unos y dame ahora estas tierras, hemos llegado al siglo XXI, al Estado de Bienestar. Si no miras muy de cerca, todo va relativamente bien. Vivimos en modo comunitario on, somos parte de algo milenario, histórico. Tenemos un ombligo que asusta, pero es que en la escuela aprendemos dos mil años de nuestra Historia, y eso aplasta a cualquiera. Catedrales románicas y góticas se cruzan a tu paso, Gibraltar sigue sin ser español y África empieza (o empezaba) en los Pirineos. La Historia nos persigue en nuestra vida cotidiana. Europa, muchacho, existía antes que tú, y seguirá existiendo después. Europa, muchacho, no es la suma de los europeos, es algo más y más profundo. Contémplala, afortunado tú que has nacido en la cuna de la civilización. Yo lo llamo el pensamiento de campana de cristal, que te deja verlo todo pero no salir de él. Alguna consecuencia negativa debía tener acostumbrarse a la Pax Romana, que te acomodas.

Mientras, en usamérica se dedicaron a quedarse solos, reservando indios y decidiendo cómo vivir. Dado que sus enemigos objetivos no eran los de toda la vida —los gabachos, los jodíos ingleses o los moros del sur— sino la Naturaleza y los pieles rojas, no tuvieron que apelar a su larga Historia (casi siempre medio inventada y con un derecho divino que aparecía de la nada) para querer vivir juntos y ponerlo por escrito. Así, decidieron que cada uno hiciera con su vida lo que quisiese siempre que no fastidiara al resto. Y fueron lo suficientemente inteligentes como para saber que en algunos temas nunca se pondrían de acuerdo, y los sacaron del debate. Adiós guerras de religión, hola primera enmienda .

Así, cada uno ha ido tirando por su lado del Atlántico, separándonos física y socialmente. Ahora parece que en el otro lado del charco pretenden construirse su propia campana: en estas primarias se está hablando mucho de sanidad, de educación y de agenda social a la vista de que un pueblo que no guarda sus valores perece (merecidamente). El haber hecho bien los deberes permite que no necesiten tomar ninguna Bastilla, sino simplemente votar. Votar y cambiar. Aquí siempre hemos sido más de gritar y luego tragar.

Aquella noche de 1789 se plasmó en unas horas la práctica totalidad del modelo de avance social en Europa: revuelta, caos y medio pasito p’alante. Nos han puesto siempre las situaciones límite, pasar hambre hasta la asfixia y entonces, solo entonces, salir a la calle con palos, antorchas o puñales. Como súbditos en vez de ciudadanos, aguantamos hasta lo inaguantable antes de estallar, y al hacerlo siempre salpicaba sangre. Para colmo, el resultado era casi indistinguible del punto de partida, cambiando los nombres del burócrata de turno que decide al final.

Llegó el siglo de las Guerras Ideológicas (en contraposición a las Religiosas), donde Estados Unidos veía una lucha de hombres libres contra totalitarios y Europa veía a Alemania atacar a Francia. Tras esos fiascos de autoafirmación territorial basada en la superioridad, en Europa, al llegar a un punto de (relativa) igualdad, hemos perdido la carga sentimental del nacionalismo y buscamos un marco conceptual que tape las vergüenzas de nuestros constructos estatales sin cimientos. El futuro está aquí en forma de conexión y globalización, y por eso aspiramos a nuestro propio borrón y cuenta nueva.

Como los colonos, los progresistas del siglo XXI y del Viejo Continente tenemos una tarea titánica: fundar. Europa se muere de vieja porque los europeos, ensimismados en su pasado, no se implican con su futuro. Dos mil años de catolicismo nos impiden ser oficialmente irreligiosos, so pena de herir sensibilidades. Quinientos años de reyes nos conminan a ser patriotas bajo riesgo de ser poco español, un mal francés o algo peor. El ciudadano europeo nace con mordazas que acumulan polvo de milenios. Sacudirlas es trabajo de hijos de dioses, y el castigo por no hacerlo es convertirse en un jarrón chino (literalmente) de aquí a nada. Europa, en suma, está mal hecha. No solo Europa, sino seguramente casi todas sus partes por arrastrar bobadas nacionales y demás sensiblerías inútiles (y gratuitas: el sentimiento no es obligatorio) en sus textos fundacionales.

Suelen decir que los izquierdistas somos antiamericanos, cuando lo cierto es que muchas veces solo discrepamos de algunas políticas useñas, que casualmente suelen ser de las que se recubren con la misma materia histórica de los grilletes europeos en su propia y corta versión. Mirando más de cerca vemos que, en realidad, los ideales progresistas e ilustrados deben basarse en el individualismo y el liberalismo de los fundadores, llegando a una defensa radical del derecho del individuo frente a la imposición arbitraria del grupo, pero manteniendo los ojos en la necesidad de una sociedad ética y por tanto humanitaria. No basta con ser una cultura mejor porque las mujeres puedan llevar falda, sino ser una sociedad de personas y para las personas.

Estos días se celebran por aquí las cadenas de la Historia, y viendo el tono de las celebraciones parece que el tiempo no pasa para el ser humano. En 1808 pudo ser valiente, heroico y loable salir con un cuchillo a la calle a rebanar cuellos gabachos invasores. Venían a eliminar la Santa Religión, abusaban de las mujeres y tenían un horrible acento, cosas todas ellas que el pueblo llano no podía soportar, como si el acento de la corte madrileña fuera la repera, la sociedad española no fuera de por sí machista hasta el extremo o la Santa Religión no se comportara como una bruja déspota. Pero se pasaron de rosca al llevarse al rey (un inútil, según parece, pero nuestro inútil), y esa gota colmó el vaso de unos miles de madrileños que defendían su monotonía españolaza de curas y condes. Hubiese sido loable que tras los franceses hubiesen caído algunos de esos en un 14 de Julio cañí, en vez de lo que vino después y después y hasta hoy. Pero no fue así, y en lugar de sentir verdadera pena por el tren histórico que perdimos por borregos lo celebramos como el concentrado de nuestra identidad nacional. Preferiría ser estadounidense, oigan.

Porque por esos lares, en 1808, elegían a James Madison como Presidente en unas elecciones (y su mandato tiene miga). No hay color.

Con esta entrada inauguro mi colaboración en HispaLibertas. Lo bueno de mi nombre y apellido es que son ferozmente corrientes…