El Destino del Iscariote

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24.09.08

Surrealismo

Acabo de tener una visita inesperada, de esas que son como el premio gordo de la lotería. Han venido a visitarme un grupito de Testigos de Jehová.

He empezado con la abertura clásica de I Samuel 15, 3:

Ve, pues, y hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños, y aún los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos.

La contraofensiva me ha dejado algo tocado. Han logrado hacer blanco al justificar el asesinato en nombre de dios, al puro estilo del terrorismo musulmán. Luego han rizado el rizo y en un doble tirabuzón han afirmado que dios podía ver lo que iban a hacer esos bebés al ser adultos y mejor matarlos ahora que están indefensos. ¿Osama ben Laden dirige WatchTower?

Hemos seguido con un par de regates típicos: que si Moisés es un personaje totalmente histórico y demostrado, y que si yo no aceptaba eso me fuera a una biblioteca. Les he tenido que reconocer que me estaba aguantando la risa, pero han accedido a dejarme en el buzón las maravillosas pruebas que me demostrarán que Moisés fue capaz de escribir su propia muerte y los sucesos posteriores. Pero es que ni siquiera han tenido la desfachatez de citar a Plinio sino que en un instante surrealista han dado por existentes a todos los personajillos bíblicos al uso: desde Adán.

He visto el movimiento y me he lanzado, haciéndolos jadear corriendo al fondo cuando les he dado mi punto de vista del affair Caín-Abel, en el que en mis ojos Caín es el bueno y Abel el trepa, y ahí ya han puesto los ojos en blanco y se han dado cuenta de que estaban mordiendo hueso.

Han fintado intentando colarme otros dos globos al fondo de la pista, añadiendo que la Biblia es el primer sitio donde se afirma que la Tierra es esférica (falso) y adornándolo con un «los griegos se copiaron de ellos». Casi me han mirado con lástima intelectual (sic) cuando les he dicho que yo no creía en la realidad del Diluvio Universal, y eso que se han molestado en aportar como prueba un documental en el que demostraban que, en efecto, hace 5000 años las personas sabían hacer barcos que flotaban. Ahí ya me han acusado de ser uno de esos que «cree en la Ciencia» y no he podido contener la carcajada. Tenía a dos creatas en la puerta y sin sospecharlo lo que ha hecho que intentara alargar el asunto tanto como diera de sí.

Y como les contestaba, alternaban entre sus «eso te lo voy a traer para que veas que está demostrado» y sus «con esa actitud no creo que volvamos» tanto que al final les he tenido que pedir que se aclararan. Porque no me pueden hacer ilusiones de diversión y luego dejarme plantado. Sinceramente, dudo mucho que aparezcan de nuevo, y yo que lo siento porque ya tenía nueva estrategia: seguirles la corriente a ver a dónde llegamos.

05.05.08

James Madison, Presidente

Siempre me ha parecido muy curioso que en Estados Unidos se hayan desentendido tan bien de la mochila europea de las batallas del tatarabuelo Cebolleta. Sí, tienen barrios italianos y mafia, pero también chinos y mafia, y nipones y mafia. Sí, hacen desfiles en San Patricio, pero a ver quién le dice que no a una fiesta en la que te vistes de verde, con lo que les gustan los ídem. Es como si al subirse al barco rumbo al nuevo Edén, los colonos se hubieran sometido a una buena sesión de olvido. Allí iban a formar parte de algo. Allí se declararon libres y obraron en consecuencia. Nada de reyes mandando tropas al viejo estilo europeo. Borrón y cuenta nueva, que se dice.

Aunque tenemos mucho en común (los usamericanos hablan una lengua comunitaria después de todo), lo cierto es que ambas sociedades occidentales parecen el producto de un ensayo evolutivo. Un mismo punto de partida, dos visiones distintas: que empiece la carrera. En Europa hemos preferido mantener el romanticismo del pasado, honrar a nuestros antepasados aunque fueran unos salvajes y ser políticamente correctos en todo, con el ideal seguramente platónico (que esa es otra) de que siendo bueno las cosas no salen tan mal. Tras siglos y siglos de guerra de unos contra otros, unos contra unos y dame ahora estas tierras, hemos llegado al siglo XXI, al Estado de Bienestar. Si no miras muy de cerca, todo va relativamente bien. Vivimos en modo comunitario on, somos parte de algo milenario, histórico. Tenemos un ombligo que asusta, pero es que en la escuela aprendemos dos mil años de nuestra Historia, y eso aplasta a cualquiera. Catedrales románicas y góticas se cruzan a tu paso, Gibraltar sigue sin ser español y África empieza (o empezaba) en los Pirineos. La Historia nos persigue en nuestra vida cotidiana. Europa, muchacho, existía antes que tú, y seguirá existiendo después. Europa, muchacho, no es la suma de los europeos, es algo más y más profundo. Contémplala, afortunado tú que has nacido en la cuna de la civilización. Yo lo llamo el pensamiento de campana de cristal, que te deja verlo todo pero no salir de él. Alguna consecuencia negativa debía tener acostumbrarse a la Pax Romana, que te acomodas.

Mientras, en usamérica se dedicaron a quedarse solos, reservando indios y decidiendo cómo vivir. Dado que sus enemigos objetivos no eran los de toda la vida —los gabachos, los jodíos ingleses o los moros del sur— sino la Naturaleza y los pieles rojas, no tuvieron que apelar a su larga Historia (casi siempre medio inventada y con un derecho divino que aparecía de la nada) para querer vivir juntos y ponerlo por escrito. Así, decidieron que cada uno hiciera con su vida lo que quisiese siempre que no fastidiara al resto. Y fueron lo suficientemente inteligentes como para saber que en algunos temas nunca se pondrían de acuerdo, y los sacaron del debate. Adiós guerras de religión, hola primera enmienda .

Así, cada uno ha ido tirando por su lado del Atlántico, separándonos física y socialmente. Ahora parece que en el otro lado del charco pretenden construirse su propia campana: en estas primarias se está hablando mucho de sanidad, de educación y de agenda social a la vista de que un pueblo que no guarda sus valores perece (merecidamente). El haber hecho bien los deberes permite que no necesiten tomar ninguna Bastilla, sino simplemente votar. Votar y cambiar. Aquí siempre hemos sido más de gritar y luego tragar.

Aquella noche de 1789 se plasmó en unas horas la práctica totalidad del modelo de avance social en Europa: revuelta, caos y medio pasito p’alante. Nos han puesto siempre las situaciones límite, pasar hambre hasta la asfixia y entonces, solo entonces, salir a la calle con palos, antorchas o puñales. Como súbditos en vez de ciudadanos, aguantamos hasta lo inaguantable antes de estallar, y al hacerlo siempre salpicaba sangre. Para colmo, el resultado era casi indistinguible del punto de partida, cambiando los nombres del burócrata de turno que decide al final.

Llegó el siglo de las Guerras Ideológicas (en contraposición a las Religiosas), donde Estados Unidos veía una lucha de hombres libres contra totalitarios y Europa veía a Alemania atacar a Francia. Tras esos fiascos de autoafirmación territorial basada en la superioridad, en Europa, al llegar a un punto de (relativa) igualdad, hemos perdido la carga sentimental del nacionalismo y buscamos un marco conceptual que tape las vergüenzas de nuestros constructos estatales sin cimientos. El futuro está aquí en forma de conexión y globalización, y por eso aspiramos a nuestro propio borrón y cuenta nueva.

Como los colonos, los progresistas del siglo XXI y del Viejo Continente tenemos una tarea titánica: fundar. Europa se muere de vieja porque los europeos, ensimismados en su pasado, no se implican con su futuro. Dos mil años de catolicismo nos impiden ser oficialmente irreligiosos, so pena de herir sensibilidades. Quinientos años de reyes nos conminan a ser patriotas bajo riesgo de ser poco español, un mal francés o algo peor. El ciudadano europeo nace con mordazas que acumulan polvo de milenios. Sacudirlas es trabajo de hijos de dioses, y el castigo por no hacerlo es convertirse en un jarrón chino (literalmente) de aquí a nada. Europa, en suma, está mal hecha. No solo Europa, sino seguramente casi todas sus partes por arrastrar bobadas nacionales y demás sensiblerías inútiles (y gratuitas: el sentimiento no es obligatorio) en sus textos fundacionales.

Suelen decir que los izquierdistas somos antiamericanos, cuando lo cierto es que muchas veces solo discrepamos de algunas políticas useñas, que casualmente suelen ser de las que se recubren con la misma materia histórica de los grilletes europeos en su propia y corta versión. Mirando más de cerca vemos que, en realidad, los ideales progresistas e ilustrados deben basarse en el individualismo y el liberalismo de los fundadores, llegando a una defensa radical del derecho del individuo frente a la imposición arbitraria del grupo, pero manteniendo los ojos en la necesidad de una sociedad ética y por tanto humanitaria. No basta con ser una cultura mejor porque las mujeres puedan llevar falda, sino ser una sociedad de personas y para las personas.

Estos días se celebran por aquí las cadenas de la Historia, y viendo el tono de las celebraciones parece que el tiempo no pasa para el ser humano. En 1808 pudo ser valiente, heroico y loable salir con un cuchillo a la calle a rebanar cuellos gabachos invasores. Venían a eliminar la Santa Religión, abusaban de las mujeres y tenían un horrible acento, cosas todas ellas que el pueblo llano no podía soportar, como si el acento de la corte madrileña fuera la repera, la sociedad española no fuera de por sí machista hasta el extremo o la Santa Religión no se comportara como una bruja déspota. Pero se pasaron de rosca al llevarse al rey (un inútil, según parece, pero nuestro inútil), y esa gota colmó el vaso de unos miles de madrileños que defendían su monotonía españolaza de curas y condes. Hubiese sido loable que tras los franceses hubiesen caído algunos de esos en un 14 de Julio cañí, en vez de lo que vino después y después y hasta hoy. Pero no fue así, y en lugar de sentir verdadera pena por el tren histórico que perdimos por borregos lo celebramos como el concentrado de nuestra identidad nacional. Preferiría ser estadounidense, oigan.

Porque por esos lares, en 1808, elegían a James Madison como Presidente en unas elecciones (y su mandato tiene miga). No hay color.

Con esta entrada inauguro mi colaboración en HispaLibertas. Lo bueno de mi nombre y apellido es que son ferozmente corrientes…

08.01.08

La Iglesia, la Historia y el matrimonio homosexual

Yo no creo en la democracia. Suena duro, suena políticamente incorrectísimo. Suena aberrante. Pero es cierto. Yo creo en la democracia humanista. Siempre he considerado que las opiniones, deseos y anhelos políticos de la mayoría están limitadas por el respeto a la posibilidad de la minoría. Del mismo modo que niego a la mayoría cubana el derecho a prohibir libertades tan fundamentales como la de expresión y asociación a aquellos que descreen del socialismo, no concedo legitimidad a quienes quieren establecer distinciones en las uniones libres de personas con finalidad familiar según las posturas que les guste practicar a dichas personas en la cama.

Las mayorías tienen límites.

Por eso, responder a la crítica al matrimonio homosexual que proviene de quienes consideran tarados, enfermos o desviados a los que se orientan sexualmente de esa manera es simplemente perder el tiempo. Basta acusarlos de castristas y verlos encender de ira. A su demagogia, desdén. A su irracionalidad, espejo totalitario.

Sin embargo, siempre he tenido un problema ético con los que se han quejado de la denominación de esta unión homosexual. Los que dicen sinceramente que creen en la idoneidad de esta unión legal, pero lamentan moralmente que se le haya dado el mismo nombre que al matrimonio tradicional.

Pero si hemos de buscar causas, las hay. La causa última de que el matrimonio homosexual se llame así es la propia Iglesia y la Historia, la suya y la nuestra en común.

Normalmente, me conformo con señalar la normalización legal, que exije igual nombre para cosas de iguales características. Y sin embargo, siempre he tenido la convicción de que este argumento, final en lógica, no convence a la moral. A la moral no se la convence, se la tumba enfrentándola con la realidad.

Se nos acusa a los partidarios de la norma de que estamos forzando a la sociedad, añadiendo conceptos que no surgen de ella, sino anticipándonos si acaso, y modernizando contra voluntades. Se nos dice que no existe una mayoría anhelante del reconocimiento de estas uniones, que no hay un clamor popular, que no es prudente, que no es tiempo. Se nos argumenta que la sociedad no quiere eso. Me importa un cuerno. No le acepto legitimidad a la sociedad para coartar libertades de minorías. Y como progresista creo que una de las labores de la Izquierda es transformar la sociedad. No imponiendo, sino abriendo. El discurso de Zapatero de la ampliación de derechos me da grima en la forma, pero no en el fondo. Los derechos no se conceden ni se crean, sino que se reconocen y se amparan.

No soy una eminencia en Historia. Desconozco hasta el extremo la organización social que ha regido el Mundo desde que el hombre se decidió a vivir en sociedad. No sé si el modelo hombre-mujer-hijos ha sido predominante entre las culturas antiguas, o si por el contrario un modelo más comunal destacaba. Tampoco sé si la estructura hombre-mujer-hijos es la causante de que Occidente tenga esta Historia que tiene y no vivamos aún en chozas de paja y cazemos en grupo mientras nuestros hijos se preparan para rituales de iniciación que incluyen perforaciones corporales. Como soy un relativista nato, tampoco sé si el modelo que sufrimos es mejor o peor que el indigena de un lugar remoto en África.

Pero sí sé que la Historia de Occidente está marcada por la religión católica. Una marca que ya pesa como si de un sello en el ganado se tratara. Europa ha sido católica dos milenios, y la Iglesia no ha desperdiciado el tiempo. No sólo en influencias temporales (esto es, materiales) sino también en ideológicas. Nuestra cultura es marcadamente católica: navidades, semanas santas y demás festivos; bautizos, comuniones y bodas, sin olvidar los suntuosos entierros; escultura, pintura, arquitectura al dictado de modas religiosas. No todo es malo. Quien vea una aberración en la Sagrada Familia sólo porque es un edificio religioso tiene un problema. Otras cosas no son tan buenas. E incluso las hay que no son moralmente juzgables, sino históricamente asumibles.

A nadie escapa que el camino recorido en Europa hasta los Estados sociales democráticos que tenemos ahora ha sido largo. En el pasado reciente hemos sufrido totalitarismos basados en la víscera, en la tribu, en el odio. Antes sufrimos despotismo. Durante todo este tiempo hemos sido religosos. Sólo ahora nos atrevemos a no serlo. Por tanto, es justo no culpar, pero sí encontrar causante, a nuestra Historia y nuestras costumbres sociales. Por poner un ejemplo imposible temporalmente, si en vez del catolicismo los Emperadores romanos decadentes hubiesen encontrado en el Islam la fuerza que necesitaban para mantener su imperio, la poligamia sería la opción familiar natural y moralmente aceptable. Sin entrar en si el Islam hubiese permitido una Reforma y el camino recorrido, el ejemplo me sirve para ilustrar mi tesis.

El matrimonio como figura de un Estado aconfesional, como el nuestro, tiene su origen en la práctica común del matrimonio entendido en su sentido religioso. La concepción de la familia en Occidente es culturalmente católica, y de esa concepción social ha saltado al ordenamiento jurídico aconfesional. En una palabra, los matrimonios civiles heterosexuales en España se han llamado matrimonios precisamente por la costumbre de origen moral (y raíz religiosa) de denominar así a las uniones hombre-mujer, normalmente con al finalidad de procrear, vivir en común, quererse o lo que se quiera añadir.

Es, por tanto, a causa de la Historia y del papel social que ha jugado la Iglesia a lo largo de ella el que el matrimonio civil se llame precisamente así.

Pero la sociedad no es inmóvil. No está quieta. Cambia, evoluciona. No siempre mejora, pero nunca es la misma. Cuando dos personas se unen para vivir juntos, quererse y, por qué no, tener descendencia y criarla, no son necesariamente un hombre y una mujer. Los ciudadanos, conocedores de nuestra Historia, de nuestro bagaje cultural, reclamamos la palabra matrimonio para llamar así a todo lo que es lo mismo. No nos importa si un credo llama así a lo que quiera, pero exijimos que nos dejen llamar como queramos a lo que en puridad es legalmente lo mismo. Agradecemos a la moral católica que nos diera el concepto de matrimonio, pero le decimos claramente que hemos mutado ese concepto, lo hemos añadido a nuestro contrato social y lo definimos como nos parece justo, independientemente de su opinión. Y que no le reconocemos legitimidad para cuestionarlo, anque sean una mayoría.

El resto, legalismos sobre si una coma es una coma o si cuando un texto dice «hombre y mujer» se refiere a juntos o no, es indiferente. Los textos han nacido para revisarse.

Sí a la diversidad familiar. Sí al matrimonio homosexual. Porque sabemos qué es el matrimonio, de dónde viene el término y precisamente por ello queremos que se llame igual.

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