El Destino del Iscariote

It's better a Kiss of Death than nothing...

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27.03.09

BSG: ha pasado, volverá a pasar

El final de Battlestar Galactica ha sido polémico. Es complejo resumir en una entrada toda una serie y dedicar un espacio además a una visión alternativa de su final, así que mejor nos vamos poniendo. Contiene innumerables spoilers, por lo que si no has visto la serie detente: debes verla. Ya me lo agradecerás. Además, con la cantidad de detalles que me dejo o sabes de qué hablo o es posible que te pierdas.

En resumen

Galactica es una serie sobre la supervivencia. Comienza con el genocidio de la raza humana (de la que sólo sobrevive un puñado de miles de personas) a manos de los cylon (robots rebelados contra su humano creador). Este marco, que ya promete, es en realidad muchísimo más complejo. La raza humana vive desperdigada por las Doce Colonias, bajo un gobierno común, y cree que su origen es el mítico planeta Kobol desde el cual partieron las semillas de su civilización. Mantienen una sociedad de bienestar similar a la nuestra, son politeístas (creen en los dioses de Kobol, que por casualidad argumental coinciden con el panteón griego) y han alcanzado un gran desarrollo tecnológico. Tanto es así que logran producir inteligencias artificiales y las ponen a su servicio: los cylon. Pero los cylon se levantan ante lo que consideran opresión y se desencadena una guerra que acaba con un acuerdo de paz y separación de las dos razas. Como garantía del acuerdo se fija una reunión anual en un punto intermedio del espacio entre cada civilización, pero los cylon no aparecen en los últimos cuarenta encuentros. Mientras los humanos celebran cuarenta años de paz, atacan. Y es que en cuatro décadas los cylon no sólo han desarrollado su propia sociedad (se han decantado por un monoteísmo fundamentalista: las mentes de silicio también crean dioses) sino que han conseguido producir cylon con apariencia humana, infiltrarlos en las colonias e incluso hacerlo sin que los propios infiltrados sepan siquiera que son cylon. Las tostadoras ahora son pellejudos. Y como dice la entrada de la propia serie, tienen un plan.

Ahí empieza Galactica. La miniserie que encabezó la producción se estreno el 5 de diciembre de 2003, apenas dos años después de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, y comenzaba con hongos nucleares consumando el genocidio. No es casualidad: los primeros episodios de la serie son un espejo de la sociedad americana post-11s aturdida por el miedo. Durante toda la serie se palpa ese miedo. Miedo a cylon dormidos dentro de la flota superviviente. Miedo a un ataque que no se pueda repeler. Miedo al exterminio de la raza. Se suceden toda clase de situaciones que ponen en riesgo las propias convicciones morales, desde atentados suicidas hasta colaboracionismo con el invasor. Y la guerra sigue y sigue.

Por el camino vamos descubriendo los secretos de los cylon. Existen ocho modelos de pellejudos, uno de los cuales fue empaquetado hace mucho tiempo por una desavenencia entre ellos. Toman las decisiones por mayoría y acatan sin problema, hasta que llegan los problemas. Y es que estos pellejudos fueron hechos como humanos, y por tanto algunos de ellos empiezan a percibir que la humanidad es algo más que esas criaturas biológicas que se empeñan en exterminar. La disidencia ha llegado de manos de una seis (Tricia es, por derecho propio, el icono de la serie) y algunos individuos de otros modelos. Hay otros personajes destacados, y cada linea argumental profundiza mucho en ellos. Baltar, por ejemplo, es el paradigma del hombre sometido (a los demás, a sus pasiones, al miedo, a una visión del asunto distinta…). Katee Sackhoff en el papel de Kara Trace es la típica bravucona, bebedora y malhablada y la mejor piloto, enamorada del hijo del almirante tras la muerte de su novio (el otro hijo del almirante), y en un episodio encontró su propio cuerpo carbonizado en un planeta llamado Tierra. Es el otro icono de la serie, pero yo prefiero a mi six.

Como quien no quiere la cosa, humanos y cylon dejan de guerrear sólo por su especie y empiezan a guerrear también por la supervivencia de su estilo de vida. Los cylon han perdido en la lucha la capacidad de resucitar (o más bien de descargarse en un nuevo cuerpo) y se exponen a su total desaparición, algo que los humanos sí pueden suplir con su procreación. Pero existe una niña, mitad humana y mitad cylon, en la que están puestas las esperanzas de ambas especies. La historia se complica un poco más, como suele pasar en estos relatos de Ciencia Ficción (hay otros cinco cylon que en realidad son los creadores de los otros ocho, que en realidad eran habitantes de una treceava tribu humana y que además se salvaron y está en la flota, y que pueden devolver la resurrección a los cylon, y esa treceava tribu vivía en la Tierra y fueron exterminado por los cylon en un preludio a esta historia, y casi se produce un acuerdo que destroza la serie, y Baltar hace un discurso infumable acerca de la divinidad que logra vencer al genio cartesiano del cylon Cavil por alguna razón que se me escapa…) pero lo importante es el final.

Último capítulo, última hora de Galactica. Kara Trace dirige Galactica guiada por los dibujos de la niña híbrida, Hera, hacia unas coordenadas desconocidas en el espacio. Vemos Galactica sobrevolar la Luna y llegar a la Tierra. Bueno, la llaman Tierra después como desquite por la Tierra carbonizada y devastada donde Kara se encontró a sí misma, claro. En ella, en África, tribus de humanos (genéticamente compatibles, dice Baltar) habitan en pequeños grupos. Primera decisión chocante: los supervivientes de las colonias deciden establecerse en el planeta pero deshacerse de todo vestigio de civilización (mandan sus naves al Sol). Quieren que la Humanidad tenga un nuevo comienzo sin los problemas de la tecnología y la técnica.

Tras la despedida de rigor de los personajes, salto al futuro: 150.000 años después, una gran ciudad de nuestra actualidad. Dos noticias: una presentación de robots humanoides y el hallazgo de la Eva mitocondrial: Hera. Justo antes habíamos descubierto que varios personajes, algunos de los cuales pensábamos que era simples visiones de loco o inducidas por chips o drogas, son ángeles. Kara Trace, sin ir más lejos, resulta ser uno de ellos en misión de guía a la Tierra prometida.

Motivos para el desacuerdo

Este final tan redondo no ha convencido a todo el mundo. Josh Tyler lo tiene claro: el final ha sido una decepción (seamos bienhablados) pero no pasa nada. Galactica nos ha regalado cuatro temporadas de buenísima Ciencia Ficción, qué más da que la respuesta de Ron Moore sea una a todos los misterios: es dios! Tampoco debería sorprendernos. La serie está plagada de referencias mitológicas y espirituales. ¿Kobol? Nos hemos tragado varias temporadas en las que el argumento consistía en la búsqueda y localización de la Flecha de Apolo, el Templo de Atenea y las profecías de Pitia. No, lo que ha molestado no ha sido el exceso de espiritualidad ni que las videntes realmente acertaran al leer las manos. Lo que sí ha molestado es la resolución de todos los interrogantes misteriosos con un es un ángel y listo. Lo que sí ha molestado ha sido el discurso anti-tecnológico de un personaje tan importante como para ser Presidente de las Colonias.

Se quejan los fans de que se apela demasiado a dios. ¿Una raza humana que evoluciona independientemente, compatible con la que ya existe? Es un plan de dios. Por eso había ángeles dirigiendo las acciones de personajes clave. Por eso Kara vuelve de entre los muertos. Por eso Hera dibuja estrellas que se trasladan al pentagrama y a la consola del FTL. Y el plan de dios es que rompamos el círculo que destrozó la vieja Tierra y las doce colonias, que dejemos de jugar con la inteligencia artificial y seamos mansos chicos.

Yo no lo veo así

En primer lugar, no entiendo del todo las quejas. Cuando uno se plantea darle un final a una saga como Galactica debe hilvanarla de manera que no a todos les guste. No hay finales felices universales. Por poner ejemplos de renombre, podemos recordar las salidas de pata de banco de Asimov con sus mentalistas (¿Y molesta que una seis sea un ángel? ¿La habéis visto bien?) y su final final: la Humanidad disolviéndose en Galaxia. O Simmons, que mediante la comunión con la sangre de Aenea nos vuelve a todos mega-empáticos. La esencia de la Ciencia Ficción se mezcla con este tipo de cosas cuando trata de terminar historias definitivamente. Y como producto de Ciencia Ficción, no me molestan más los ángeles que las Segundas Fundaciones. Tampoco me molesta que Ron nos haya proporcionado un pasado alternativo similar a las creencias mormonas, porque desde un ojo dispuesto los relatos religiosos son verdaderas joyas de la Ciencia Ficción. ¿O acaso el relato La estrella de Clarke es peor por estar emparentado con una creencia?

Una vez asentado eso, lo cierto es que yo también me quedé con un regusto más bien amargo ante esa respuesta, pero es lo que hay. Sin embargo, hay otro aspecto en el que discrepo mucho de las críticas: el panfleto anti-tecnológico no es tal.

La idea base de la serie es que jugar a crear vida es problemático. esta vida, autoconsciente, se puede rebelar. No es tampoco un planteamiento novedoso (recordemos Matrix, y cómo no produjo ninguna reacción tachándola de tecnófoba simplemente porque los malos fueran máquinas), pero le da una vuelta de tuerca: esto ya ha pasado y volverá a pasar. Esa noción de eterno retorno parece indicar que siempre que intentamos ser dioses nos sale mal, una y otra vez, hasta que dios acude a romper el círculo y nos da otra oportunidad.

Tampoco es demasiado chocante. En este contexto el último remanente de la Humanidad acaba de terminar una guerra con sus cibernéticas criaturas: es natural un repunte en el ideal del pasado feliz, ese en el que la gente era inocente por tener que andar diez kilómetros para poder beber agua. En nuestra sociedad también existen estos movimientos newageros y similares que hablan de comunión, naturaleza y sincronismos y que aseguran que el progreso es lo peor que le ha ocurrido al ser humano. Muchos han visto en el final de Galactica un espaldarazo a semejantes tonterías.

Yo discrepo. Profundamente. Porque sí, los restos de las doce colonias deciden abandonar su tecnología, pensando que el ser humano merece otra oportunidad. Una oportunidad en la que no desarrolle inteligencia artificial y no se vea abocado a una guerra de supervivencia. Pero vuelve a hacerlo. El final de la serie, si nos enseña algo, no es que debemos vivir en cuevas ni prescindir de los aparatos voladores sino que no podemos evitar construirlos. Porque es inevitable que el ser humano sea curioso. Es inevitable que el ser humano desarrolle herramientas que le faciliten la vida. Es inevitable el progreso desde el mismo momento en que somos humanos. Con advertencia de dios o sin ella, con guerra cíclica y destrucción regular de la Humanidad a manos de sus criaturas incluida, es lo que somos.

Cada vez que lo miro desde este punto de vista me gusta más, la verdad. Un cierre brillante para una serie espectacular.

26.05.08

Abróchate el cinturón

El otro día me lo preguntaba. ¿Cómo lo sentirán ellos? ¿Qué sensaciones pasarán por su mente en esos instantes? Pero empecemos por el principio.

Este es un pequeño juego. Pueden jugar todos, pero me interesan sobre todo las respuestas de los creyentes, aunque me da un poco igual el dios (o panteón) en que se crea. Hay que ir poco a poco, para evitar que el vértigo nos saque de pista y no sepamos de qué estamos hablando. Pero también hace falta concentrarse en lo que veremos por las ventanilas porque de ello depende el experimento. Un experimento de confrontación directa con la realidad. Allá vamos.

Imagina que estás en lo alto de un rascacielos. No importa cuál, ni dónde, ni mucho menos por qué. Miras hacia abajo y ves a una serie de personajillos andando muy despacio, cruzando calles y conduciendo coches. Los reconoces: son la máxima de la creación, la culminación del arte divino. La imagen y semejanza del autor de autores. Viven, crecen y se multiplican como siguiendo un mandato del cielo. Muchos de ellos, una inmensa mayoría, creen que existe ese alma inmortal que regala vida simplemente exhalando. Creen que los cuidan, los observan y seguramente los juzgarán. El mundo necesita un sentido, y se lo encuentran en algo más grande que ellos mismos.

Alejémonos un poco de las hormigas. Vayamos, cómo no, a la Luna. Miremos a nuestra esfera azulada desde su inseparable compañera. Pensemos ahora en esos mismos seres humanos y tratemos en encuadrar sus anhelos metafísicos en esta nueva visión. La Tierra tiene un halo misterioso, más allá de su atmósfera y su ozono. Todos hemos visto imágenes y fotografías de otros planetas de nuestro Sistema Solar, pero ninguno es como nuestro hogar. La diferencia es evidente: la vida. Curiosamente, donde el religioso ve la vida en la Tierra e infiere que, por tato, ese planeta debe ser importante (elegido o creado expresamente), el descreído ve que es importante precisamente porque contiene vida. Aquí empieza el desdoblamiento que produce la distancia, una visión que acaba de comenzar.

Huyamos un poco más. Situémonos un poco por encima del plano que forman los planetas alrededor del Sol, a una prudente distancia sobre la órbita de Júpiter. La Tierra es un recuerdo borroso que ni siquiera se puede vislumbrar a simple vista, los humanos han desaparecido. El Sistema Solar es un lugar frío y despoblado, casi vacío. No hay resto de alma ni de mente. Aún se puede apelar al sentido antropocéntrico y exponer que todo eso no es más que decorado para acompañar al espejo de dios que vive en ese puntito que ni verse puede. Con desgana y sin convicción, pero se puede.

Llegamos a la última estación. Nos encontramos a medio camino de la galaxia de Andrómeda, y miramos atrás. La Vía Láctea se nos muestra con sus brazos girando lenta pero imparablemente. En uno de ellos, en una zona que no es muy distinta de cualquier otra, está nuestra estrella madre, rodeada de sus hijos rocosos y gaseosos, y en uno de ellos, uno verdoso e iluminado en su cada oscura, están los seres humanos. Desde esta posición es muy difícil coincidir con ellos, porque en estas escalas de Espacio y de Tiempo las estrellas nacen y mueren muy rápidamente. Nuestro Sol madre en realidad no durará más que cualquier otra estrella semejante, y la duda es si lograremos hacer algo digno de recordarse antes de su fin.

Ahora, desde esa lejana visión, mirando a la Tierra sin verla, imaginando a los seres humanos como un suspiro en los tiempos del Universo, piensa y siente. Pregúntate qué clase de dios crea tanta vastedad sólo para que no la veamos. Qué clase de dios nos confina en una roca común alrededor de una estrella común para que nos matemos entre nosotros al grito de «dios lo quiere». Qué clase de dios pone más de quince mil millones de años antes de nosotros y seguramente no menos de los mismos una vez que hayamos desaparecido, y pretende convencernos de lo importante que es el pestañeo durante el cual fuimos, porque somos su creación mimada.

Siempre he tenido curiosidad por saber cómo afrontan los creyentes la realidad fría del Universo no como problema teológico sino como enormidad medible. Cómo pueden creer que su amoroso dios nos concedió un grano de arena para vernos pelear por él mientras el espacio se aburre de soledad. A veces se me cruza un rallo de comprensión, pero implica siempre humanizar la religión y la creencia y despojarla de su aura sobrenatural, como cuando en un libro de Ciencia Ficción aparece un sacerdote como personaje aceptando los viajes interestelares y las velocidades supralumínicas sin perder esa especie de fe gentil en una persona irrepetible allá en los años del Imperio Romano, conjugada con un dios impersonal y bastante ahumano, más preocupado por la belleza de una puesta de sol en un planeta lejano que por las cuitas de unos gritones en un rincón del Tiempo.

Si estamos llamados a salir de este planeta algún día sería interesante prever cómo va a afectar la religión a la experiencia. Podemos incluso adelantarnos, porque ya sabemos qué nos espera fuera, y sabemos que es inmensamente grande, espectacularmente frío y aterradoramente vacío. Debe ser difícil de conjugar con la idea de dios como padre.

Y tú, creyente, ¿cómo lo haces?

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