Y en campaña a favor del PSOE. No lo digo yo, sino alguien de derechas (y ojo a los comentarios, cómo critica a su «jefe» en Red Liberal… qué cosas).
Y en campaña a favor del PSOE. No lo digo yo, sino alguien de derechas (y ojo a los comentarios, cómo critica a su «jefe» en Red Liberal… qué cosas).
Siguiendo con lo del otro día, otra de religión y Universidad donde Biomaxi. (act: jejejejejeje)
Yo no creo en la democracia. Suena duro, suena políticamente incorrectísimo. Suena aberrante. Pero es cierto. Yo creo en la democracia humanista. Siempre he considerado que las opiniones, deseos y anhelos políticos de la mayoría están limitadas por el respeto a la posibilidad de la minoría. Del mismo modo que niego a la mayoría cubana el derecho a prohibir libertades tan fundamentales como la de expresión y asociación a aquellos que descreen del socialismo, no concedo legitimidad a quienes quieren establecer distinciones en las uniones libres de personas con finalidad familiar según las posturas que les guste practicar a dichas personas en la cama.
Las mayorías tienen límites.
Por eso, responder a la crítica al matrimonio homosexual que proviene de quienes consideran tarados, enfermos o desviados a los que se orientan sexualmente de esa manera es simplemente perder el tiempo. Basta acusarlos de castristas y verlos encender de ira. A su demagogia, desdén. A su irracionalidad, espejo totalitario.
Sin embargo, siempre he tenido un problema ético con los que se han quejado de la denominación de esta unión homosexual. Los que dicen sinceramente que creen en la idoneidad de esta unión legal, pero lamentan moralmente que se le haya dado el mismo nombre que al matrimonio tradicional.
Pero si hemos de buscar causas, las hay. La causa última de que el matrimonio homosexual se llame así es la propia Iglesia y la Historia, la suya y la nuestra en común.
Normalmente, me conformo con señalar la normalización legal, que exije igual nombre para cosas de iguales características. Y sin embargo, siempre he tenido la convicción de que este argumento, final en lógica, no convence a la moral. A la moral no se la convence, se la tumba enfrentándola con la realidad.
Se nos acusa a los partidarios de la norma de que estamos forzando a la sociedad, añadiendo conceptos que no surgen de ella, sino anticipándonos si acaso, y modernizando contra voluntades. Se nos dice que no existe una mayoría anhelante del reconocimiento de estas uniones, que no hay un clamor popular, que no es prudente, que no es tiempo. Se nos argumenta que la sociedad no quiere eso. Me importa un cuerno. No le acepto legitimidad a la sociedad para coartar libertades de minorías. Y como progresista creo que una de las labores de la Izquierda es transformar la sociedad. No imponiendo, sino abriendo. El discurso de Zapatero de la ampliación de derechos me da grima en la forma, pero no en el fondo. Los derechos no se conceden ni se crean, sino que se reconocen y se amparan.
No soy una eminencia en Historia. Desconozco hasta el extremo la organización social que ha regido el Mundo desde que el hombre se decidió a vivir en sociedad. No sé si el modelo hombre-mujer-hijos ha sido predominante entre las culturas antiguas, o si por el contrario un modelo más comunal destacaba. Tampoco sé si la estructura hombre-mujer-hijos es la causante de que Occidente tenga esta Historia que tiene y no vivamos aún en chozas de paja y cazemos en grupo mientras nuestros hijos se preparan para rituales de iniciación que incluyen perforaciones corporales. Como soy un relativista nato, tampoco sé si el modelo que sufrimos es mejor o peor que el indigena de un lugar remoto en África.
Pero sí sé que la Historia de Occidente está marcada por la religión católica. Una marca que ya pesa como si de un sello en el ganado se tratara. Europa ha sido católica dos milenios, y la Iglesia no ha desperdiciado el tiempo. No sólo en influencias temporales (esto es, materiales) sino también en ideológicas. Nuestra cultura es marcadamente católica: navidades, semanas santas y demás festivos; bautizos, comuniones y bodas, sin olvidar los suntuosos entierros; escultura, pintura, arquitectura al dictado de modas religiosas. No todo es malo. Quien vea una aberración en la Sagrada Familia sólo porque es un edificio religioso tiene un problema. Otras cosas no son tan buenas. E incluso las hay que no son moralmente juzgables, sino históricamente asumibles.
A nadie escapa que el camino recorido en Europa hasta los Estados sociales democráticos que tenemos ahora ha sido largo. En el pasado reciente hemos sufrido totalitarismos basados en la víscera, en la tribu, en el odio. Antes sufrimos despotismo. Durante todo este tiempo hemos sido religosos. Sólo ahora nos atrevemos a no serlo. Por tanto, es justo no culpar, pero sí encontrar causante, a nuestra Historia y nuestras costumbres sociales. Por poner un ejemplo imposible temporalmente, si en vez del catolicismo los Emperadores romanos decadentes hubiesen encontrado en el Islam la fuerza que necesitaban para mantener su imperio, la poligamia sería la opción familiar natural y moralmente aceptable. Sin entrar en si el Islam hubiese permitido una Reforma y el camino recorrido, el ejemplo me sirve para ilustrar mi tesis.
El matrimonio como figura de un Estado aconfesional, como el nuestro, tiene su origen en la práctica común del matrimonio entendido en su sentido religioso. La concepción de la familia en Occidente es culturalmente católica, y de esa concepción social ha saltado al ordenamiento jurídico aconfesional. En una palabra, los matrimonios civiles heterosexuales en España se han llamado matrimonios precisamente por la costumbre de origen moral (y raíz religiosa) de denominar así a las uniones hombre-mujer, normalmente con al finalidad de procrear, vivir en común, quererse o lo que se quiera añadir.
Es, por tanto, a causa de la Historia y del papel social que ha jugado la Iglesia a lo largo de ella el que el matrimonio civil se llame precisamente así.
Pero la sociedad no es inmóvil. No está quieta. Cambia, evoluciona. No siempre mejora, pero nunca es la misma. Cuando dos personas se unen para vivir juntos, quererse y, por qué no, tener descendencia y criarla, no son necesariamente un hombre y una mujer. Los ciudadanos, conocedores de nuestra Historia, de nuestro bagaje cultural, reclamamos la palabra matrimonio para llamar así a todo lo que es lo mismo. No nos importa si un credo llama así a lo que quiera, pero exijimos que nos dejen llamar como queramos a lo que en puridad es legalmente lo mismo. Agradecemos a la moral católica que nos diera el concepto de matrimonio, pero le decimos claramente que hemos mutado ese concepto, lo hemos añadido a nuestro contrato social y lo definimos como nos parece justo, independientemente de su opinión. Y que no le reconocemos legitimidad para cuestionarlo, anque sean una mayoría.
El resto, legalismos sobre si una coma es una coma o si cuando un texto dice «hombre y mujer» se refiere a juntos o no, es indiferente. Los textos han nacido para revisarse.
Sí a la diversidad familiar. Sí al matrimonio homosexual. Porque sabemos qué es el matrimonio, de dónde viene el término y precisamente por ello queremos que se llame igual.
En La letra escarlata, Nathaniel Hawthorne nos cuenta la historia de Hester Prynne, una mujer de principios del siglo XVII acusada de adulterio en la puritana Nueva Inglaterra. Su pecado fue enamorarse tras creer perdido a su marido. Su error fue concebir precisamente del pastor de su alma. Su condena fue una letra A escarlata cosida a sus ropas.
Durante mucho tiempo la Humanidad ha tratado de marcar a los miembros que ha considerado dañinos o separables, destacables negativamente. Desde el capirote con orejas de burro usado antaño en algunos colegios, pasando por esta A escarlata y hasta las estrellas que identificaban judíos en la Alemania nazi, se estigmatizaba mediante un rasgo distintivo visible. Y con ello, además de diferenciar, se lograba someter: un judío marcado se sabe marcado, se sabe odiado, se sabe vigilado.
Con el paso del tiempo, las cosas cambian. Nos encanta etiquetarnos, aunque sea con la etiqueta de «no me gustan las etiquetas». Nos ponemos camisetas con iconos políticos, culturales o religiosos, marcando nuestras ideologías, sabedores de que ahora esa diferenciación ya no es causa de rechazo. Hemos ganado la batalla al miedo, ya no nos imponen nuestras etiquetas distintivas. Tras un siglo para olvidar, nos volvemos exhibicionistas y nos cargamos de símbolos antes de salir a la calle. En la Alemania nazi se obligaba a las judías a añadir el nombre de Sara en todos sus documentos legales. Ahora, todos los miembros de una Iglesia Evangélica ponen pegatinas en sus coches para dejarlo claro.
Como no estoy comparando ambas situaciones, sino comentando algo que me llama la atención, puedo decir que me encanta ese cambio. A lo largo de los años que llevo participando en el debate en la Red siempre he dedicado un mimo especial a la hora de planificar las campañas en la Red a las que me suscribo. En este caso he instalado un plugin para WordPress sólo para ellas: LightBox2.
La primera de esta nueva temporada es The OUT Campaign.
The OUT Campaign es una campaña en Red para marcarnos con una A escarlata, apadrinada por nada más y nada menos que Richard Dawkins, autor del imprescindible The God Delusion. No hay que ser adúltero, como la protagonista de la novela del principio, simplemente hay que ser ateo. Los ateos no tenemos una Iglesia que defienda nuestros intereses, ni grupos de presión ni organizaciones sociales que nos apoyen. Somos puntos aislados. Nuestra forma de ver el mundo queda silenciada por la conformidad media que dicta que la gente normal tiene una religión, que en España es la católica. Somos muchos los ateos pero parecemos pocos porque nadie repara en que existimos. Del mismo modo, ya que nadie nos representa, no tenemos una referencia sobre dónde estamos ni qué podemos hacer.
Esta iniciativa parte precisamente para atajar eso. Me marco voluntariamente para decirle a los demás que sí, que soy ateo, que me siento orgulloso de serlo, y que eso marca mis ideales. Me marco voluntariamente para invitar a otros a hacerlo también, para poder normalizar esta opción que es tan válida como una elección religiosa.
No somos una minoría con necesidades especiales. No pedimos una casilla en la declaración de la renta para sufragar obras de Leo Bassi ni libros de Fernando Vallejo. No somos un grupo de presión local que exige mejoras en infraestructuras, ni tampoco cultural que inventa impuestos para tapar su incapacidad de adaptación al mercado. Somos muchos puntos encima de esta piel de toro. Un conjunto de muchos puntos aislados, pero denso. Una bolsa de votantes abultada, si se quiere ver así.
Estamos cansados de que las religiones sí cuenten con esos grupos de presión. Estamos cansados de que traten de meter sus ideales morales en las escuelas, en las legislaciones, en nuestras vidas. No forman parte del mínimo consenso de la sociedad, sino que son directrices propias de sus fieles, y no las queremos en nuestro ordenamiento. Queremos una política respetuosa con las creencias personales, que no interfiera con ellas, que las potencie incluso cediendo espacios y tiempos a celebraciones del mismo modo que se cede para otros actos culturales o políticos. Pero queremos que la religión esté total y oficialmente fuera de las instituciones que nos hemos dado. Todas las religiones.
Por eso salimos. Salimos del armario de la indiferencia. Y ya estamos fuera, y estamos cómodos aquí. Los ateos también reclamamos nuestros derechos.