Democracia versus Teocracia
Comentarios y notas a una conferencia de Antonio Elorza
En Europa hemos domesticado a nuestro dios, hasta hacer posible su conviviencia con los que lo negamos. Pero, ¿qué sabemos del Islám? Más allá del innegable principio de que toda persona es respetable, se hace necesario analizar las ideas. Porque las opiniones no deberían gozar a priori de la misma consideración.
Al contrario que el cristianismo («lo que atares en la tierra será atado en los cielos» le dice Jesús a Pedro) el Islám recibe al modo hebreo una revelación pretendidamente cerrada y completa. «La idea de innovación es completamente herética» dice Elorza. Con esto desactiva una de las principales críticas que reciben precisamente los críticos teóricos de la religión musulmana: la distancia temporal. Lo que ocurrió en el siglo VIII no afecta al XXI, se nos dice, mientras la más leve crítica al profeta se convierte casi en delito. Poco importa que sus comportamientos, posiblemente adecuados a la barbarie ética de su época, puedan ser vistos hoy en día como episodios claramente homófobos, racistas, pederastas y misóginos. Esos aspectos quedan fuera del debate religioso, produciendo un curioso efecto: se elimina todo aspecto tangible de la ley coránica, toda fundamentación basada en la experiencia del profeta en base a unos actos amorales pero incriticables, mientras se intenta mantener el transfondo filosófico-religioso. A nadie extraña, por tanto y por ejemplo, que las leyes sobre la vestimenta femenina nacieran de la visión de Mahoma de una niña a la que profetizó que sólo se verían en el futuro manos y ojos de mujer por la calle (presuntamente para protegerla de la exhibición ante los machos de sucia mente, pero… ¿acaso no tiene derecho al mujer a exhibirse y a ofrecer su cuerpo si lo desea?). La consecuencia de un falso respeto hacia normas nacidas de la opresión es acabar aceptando lo inaceptable en aras al apaciguamiento y la diversidad cultural, renunciando a dar la batalla de las ideas contra una visión del mundo anticuada y retrógrada.
La segunda forma de intentar justificar lo injustificable es negar la mayor. Se acusa a los críticos de componer un hombre de paja y atizarlo mientras el verdadero Islám, la verdadera religión musulmana, nada tiene que ver con él. Sin embargo esta salida sigue siendo falaz, pues el Islam actual tiene otra diferencia fundamental con el cristianismo: su marcado carácter político-religioso. Si en 20 siglos Cristo fue progresivamente echado del trono secular, el Islám no ha hecho ese recorrido. Nos encontramos entonces con un exceso de codificación legislativa que consagra un modelo político basado en temores religiosos: una teocracia. Todas las posibles relaciones, todos los posibles intercambios están contemplados en la ley muslmana o Sharia que se convierte en un manual exhaustivo de buenas maneras obligatorias y que dependen, como se apunta desde círculos críticos, demasiado del estado de ánimo del profeta.
Mientras se ensalza la persona de Mahoma, y se impide la crítica a sus palabras y actos apelando a un respeto ficticio, se obvia que el carácter intrínseco de la religión es una suerte de «arqueoutopía», una idealización del pasado que no se corresponde con la realidad. Se convierte así el Islám en una religión simple (un precepto fijo e inmutable y fuera de crítica y renovación) que simplifica mentes (conmigo o contra mí). Un marco de pensamiento que encaja a la perfección con el carácter tribal de los fundadores, consiguiendo una ideología político-religiosa claramente expansionista y que cuenta no sólo con el consentimiento y la ayuda del altísimo (recordemos la conquista de Canaan a manos hebreas por orden de Yahveh) sino que introduce explícitamente la falacia de la ganancia perpetua: si venzo en batalla tendré botín terrenal; si caigo, recompensa celestial.
Fruto de esa permeabilidad religiosa en todos los aspectos de la vida (políticos, sociales, personales) vemos cómo en ciertos países existe una suerte de «policía horizontal» formada por ciudadanos dedicados a mantener esas buenas maneras obligatorias. En Irán, por ejemplo, ocurre a diario, pero no es el único sitio. Mucho más cerca de casa vemos cómo hay ya voces pidiendo aplicar la Sharia en Gran Bretaña en un intento rocambolesco que, mientras asegura que «Hay maneras de zanjar las disputas maritales, por ejemplo, que proveen una alternativa a las cortes de divorcio como las entendemos. En algunos marcos culturales y religiosos estas parecerían más apropiadas» sostiene que «Ninguna persona cuerda quisiera ver en este país la clase de inhumanidad que a veces ha sido asociada con la práctica de la ley en algunos estados islámicos, los castigos extremos, las actitudes hacia las mujeres», declarando poco más o menos que la cubierta mujer puede ser acusada sin pruebas de adulterio y repudiada, por ejemplo, pero afortunadamente no se llegará al extremo de lapidarla en un acto de benevolencia admirable. Esa arbitraria separación entre el delito-pecado, su origen religioso y su castigo físico ejemplar parte y llega simplemente a los buenos deseos: una moral particular cuyos pilares son la homofobia y la misoginia siempre tiene consecuencias públicas.
En Occidente tenemos mala conciencia. Pesa sobre nosotros el recuerdo del Holocausto como una losa maldita. Mantenemos ciertos símbolos religiosos cristianos en nuestros rituales civiles y sociales. Todo ello hace que midamos al milímetro nuestras opiniones sobre otras creencias para no ser tachados de racistas y/o hipócritas, algunas veces con razón. Sin embargo, esas precauciones no deben servir de excusa para evitar un debate serio y centrado sobre las ideas del Islám. Es absurdo que tras siglos de crítica bíblica (que, al fin y al cabo, era lo autóctono) nos atemos las manos y amordacemos la boca ante otro sistema religioso. Hemos reclamado el derecho a reírnos y a criticar a nuestro dios, al que le rezan mis vecinos y amigos. ¿Por qué debería abstenerme de pensar, criticar y refutar las ideas de los dioses de los demás? No sólo eso: el camino recorrido por el cristianismo es engañoso. Ha dado la impresión de que toda idea, en este caso toda creencia, es igualmente respetable y que los problemas vienen de su mala implementación. Se ha alcanzado una deformación grotesca del relativismo occidental, cuya principal característica no es la igualación por abajo sino la elección responsable. Con un falso halo de respeto que no es tal se impone una ley de silencio y se cierra la puerta a la crítica razonada, mientras se insiste en el carácter eminentemente benévolo de cualquier religión. Se nos desarma, en una palabra, para la lucha ideológica diciéndonos que somos intolerantes, como si ser intolerante con lo intolerable no fuera precisamente lo loable.
Desde esta perspectiva, el futuro tiene un color oscuro. Europa se blinda a la crítica apelando a un respeto que sólo corresponde a las personas, y olvidando que esas respetadas ideas causan muertes a diario. Dirigentes fundamentalistas llaman a la violencia contra Occidente. Mientras, los musulmanes occidentales se dividen principalmente en dos grupos: los que se suman a las críticas y ponen en riesgo sus vidas (Ibn Warraq, por ejemplo) y los que se suman a las exigencias de baja intensidad (por ejemplo, entendiendo el revuelo provocado por las caricaturas de Mahoma en Dinamarca sin molestarse en entender el derecho a la libertad de expresión o a la sátira). Los librepensadores tenemos muy claro con quién estamos más cómodos.
Serie Democracia versus Teocracia
- Islám e islamismo en España
- ¿Es tolerable la tolerancia religiosa?
- Democracia versus Teocracia
- Creyentes y pensantes



















