El Destino del Iscariote

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22.06.09

¿Dónde están los nuestros?

El sábado pasado llegué de Madrid a eso de la una de la madrugada. Había estado desconectado apenas dos días, pero llegué a tiempo de presenciar el nacimiento de algo, un movimiento que se ha dado en llamar la Revolución Verde. Es bastante probable que aún hoy, más de una semana después, no sepas de qué se trata. No debe extrañarte: a pesar de lo que algún gurú de Internet te quiera vender, al menos la parte internacional de dicha Revolución es un asunto principalmente virtual, con de momento escasas aunque sonoras expresiones en el Mundo Real. Hace falta una cronología.

Esa noche, mientras yo conducía por la Autovía del Mediterráneo y pensaba en que acababa de perder un cómic por no poder sintonizar la TDT, llamar por el móvil y evitar un accidente a la vez, miles de iraníes se echaban a la calle. El día anterior, viernes 12, habían acudido masivamente a las urnas para elegir a su Presidente, y una parte significativa de la población no dudaba de los resultados, sino que los consideraba un disparate de esos que provocan que te vayas a gritar a la puerta de tu casa. No han dejado de salir desde ese día.

Los dos días siguientes fueron un pequeño infierno. Rumores contradictorios apuntaban a la detención del principal líder opositor, de toda la oposición, de ninguno… A la vez, noticias contrastables confirmaban asaltos nocturnos a la residencia universitaria, donde milicias basij vestidas de paisano y armadas de porras apaleaban a los estudiantes. Cientos de vídeos inundan internet sin apenas ofrecer imágenes: son grabaciones nocturnas que recogen el grito poderoso desde los tejados rompiendo el silencio en señal de protesta. Aparecen testimonios de personal hospitalario que dan escalofríos, hasta el punto de que los médicos y enfermeros terminan manifestándose contra la represión que está llenando sus salas de heridos de bala. El miércoles se convoca una gran marcha en memoria de los asesinados que inunda de nuevo las calles. La respuesta del régimen es declarar nulos los visados de los periodistas extranjeros. Poco después les pedirá que dejen el país.

Durante todas esas noches de gritos en los tejados, las milicias (algunas importadas, como los miembros de Ansar-e Hezbollah) se dedican a destrozar mobiliario público y coches aparcados en la calles para poder culpar a los manifestantes. No contentos con ello, la televisión oficial PressTV muestra imágenes de las manifestaciones y las presenta como de apoyo al Presidente. En el exterior, The Pirate Bay se convierte en The Persian Bay durante unas horas, y el equipo de fútbol de Irán se juega las pelotas literalmente al atreverse a mostrar públicamente su apoyo al movimiento. La historia llega, si bien con documentos cuestionables, al Parlamento Europeo, donde en vez de amplificarse muere en el silencio.

Los días pasan, y se suceden los rumores acerca de división el el Parlamento iraní, en el ejército iraní, entre los propios clérigos de Irán. Una noticia de PressTV paraliza un instante la marea: una explosión en el santuario del líder de la Revolución; lamentablemente, y a pesar de lo sencillo que sería en comparación con las pruebas clandestinas de las demostraciones opositoras, no hay una sola imagen del suceso. Las manifestaciones siguen: cada día sirve de memoria de los caídos en el anterior. La represión también continúa. Ayer una joven de 26 años fue asesinada por un francotirador en los brazos de su padre. Hoy el Consejo de Guardianes reconoce que en 50 mesas electorales hay más votos que censados. Hay convocada una huelga general en un futuro aún no determinado. Hay cientos de detenidos y las comunicaciones están caídas casi todo el día. Nadie sabe a ciencia cierta cómo va a acabar esto, pero vamos a ser testigos directos si tenemos interés. Las cifras más conservadoras (esto es, las oficiales) reconocen poco más de diez muertos hasta el momento; otras fuentes hablan de un centenar y medio.

La mejor cobertura al detalle está en The Huffington Post, podéis bucear en su archivo de los días pasados. También siguiendo la etiqueta #iranelection en Twitter, aunque lo cierto es que el canal está lleno de ruido y es mucho más directo seguir a los twitters desde el propio Irán (los que hemos seguido el tema desde el principio sabemos quiénes son). Si uno presta atención y tiene algo dentro de la cabeza puede diferenciar entre rumores y noticias, y luego está la basura. Porque desde el inicio de esta crisis no pocos han preferido mantener una posición insostenible, basada principalmente en dos aspectos: la injerencia exterior y el elitismo de los twitters.

Sobre el primer aspecto caben pocas dudas, dada la marea de imágenes que nos muestran manifestaciones multitudinarias todos los días y en varias ciudades del país: Irán debería estar plagado de espías occidentales. La diplomacia internacional está actuando con un guante de seda, limitándose a condenar genéricamente la violencia contra los manifestantes pacíficos mientras muestra su deseo de que todos puedan expresarse pacíficamente. Lo más grave que Obama ha dicho al respecto es que el Mundo está observando, y que la calidad de Irán en el extranjero se mide por cómo trata a sus propios ciudadanos. De hecho, la injerencia extranjera actúa más bien al contrario: Siemens y Nokia ayudaron al régimen a montar su represión.

Otros prefieren apostar su carta a la pobreza, y nos presentan una situación donde las clases más bajas, auxiliados por el anterior Presidente mediante subsidios y demagogia, tienen derecho a imponer su visión a un grupo reducido de jóvenes ricos con acceso a internet. Para ello, alguno aporta como prueba cifras de la penetración de internet en Irán de 2005, cuando Twitter no existía. Para quien quiera actualizar su visión de las cosas, puede consultar los datos: desde 2005 a 2008 se ha triplicado el uso de internet, llegando el año pasado a una penetración del 35% y 23 millones de usuarios sobre un censo de 65 millones. Lo cierto es que hace ya meses que se habla del despunte de las redes sociales en Irán, donde han jugado un papel muy importante en la campaña del líder de la oposición en las pasadas elecciones. De hecho, si el tejido que permite las comunicaciones (no sólo internet, también móviles) no fuera tan extenso ni Irán hubiese necesitado a Nokia o Siemens ni se habría dado tanta prisa en dejar la Red al 10% de velocidad.

Es posible que quienes gritan un lunes por la desaparición de símbolos religiosos en centros oficiales el martes nos cuenten que hay que respetar a una mayoría de iraníes que piensan que las mujeres son seres inferiores, o que los homosexuales deben ser colgados (sin dar un sólo dato que certifique que, en efecto, una mayoría de iraníes acepta esas premisas), pero nunca se darán cuenta de su incoherencia. Hay quien ha llevado todo esto a su conclusión lógica: los twitters que dicen ser iraníes en realidad son tres amigos israelitas que están movilizando millones en Teherán, contra su propia voluntad y guiados por las noticias que no les llegan de agencias exteriores, gracias a la financiación de la CIA. No me lo invento, pero me ahorro el enlace. Es bastante probable que en círculos pseudo-revolucionarios dentro de no mucho se recuerden estas fechas como, en efecto, una inaceptable injerencia exterior en la nación soberana de Irán. De hecho, en España ya sobran los ejemplos.

A falta de ver para qué va a servir este levantamiento en el interior de Irán (se empiezan a oír voces que cuestionan la convivencia de la República y el islamismo en pie de igualdad ya que siempre termina lo primero bajo lo segundo), en el exterior ha servido para constatar algunas cosas. Como por ejemplo, que mucha gente no necesita información para tomar una posición sobre un tema, sino que sólo necesita que aquellos con los que quiere disentir se posicionen. O ni siquiera eso, sólo necesitan imaginar qué posición van a tomar aquellos de quienes quieren discrepar y automáticamente disienten. Es el caso de todos aquellos que llaman a no tomar posiciones mientras repiten incansablemente que los medios de comunicación mienten, a pesar de que las imágenes son tremendamente gráficas, el flujo de noticias fiables estable y nadie esté hablando de medios de comunicación. Te contarán alguna milonga sobre los intereses occidentales en la zona mientras les muestras a jóvenes valientes que salen a manifestarse con la cabeza descubierta hartas de que cuelguen homosexuales en la plaza pública, hartas de ser ciudadanas de segunda. Ciudadanos cansados, en definitiva, de no ser quienes dirigen su propia vida, sus propias costumbres, hartos de no poder expresar sus ideas ni desarrollar sus relaciones en libertad. Hartos, en suma, de ser tan distintos a nuestras democracias. Pero el bienestar y la libertad son algo que muchos hijos de estas democracias no están dispuestos a compartir.

Estas personas, que se quejan con razón cuando Estados Unidos bombardea un mercado en Irak o cuando Israel se excede en sus medidas militares, parecen incapaces de mover un dedo cuando los propios dirigentes maltratan a sus ciudadanos. No levantarán la voz si Hamas plantea una limpieza ideológica en Gaza, ni si el régimen iraní aplasta a unos jóvenes que sólo quieren tener la misma libertad que cualquiera de nosotros. En estos casos, siempre hay un bien mayor que empuja al silencio, si no a la comprensión, en una actitud que sorprendentemente es su principal acusación a los demás.

Estas personas no son de los míos. ¿Dónde están los nuestros, izquierda?

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