El Destino del Iscariote

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23.06.08

Democracia versus Teocracia

¿Qué hace un (proyecto de) matemático como yo en un Curso de Verano del Área de Humanidades/Social? Pues muchas cosas, como asistir a conferencias sobre laicismo, teocracia y terrorismo de origen religioso. Como tomar miles de páginas de notas. Como satisfacer parte de mi hambre de saber aunque sea un poco de casi todo. Como salir un poco de esta rutina que me está matando. Como agradecer en persona lo que no me canso de agradecer por mail.

La semana que viene, especifico, estaré en la Villa. Desde la tarde de este domingo 29 hasta la mañana del sábado 5. Tendré algunos ratos libres, y hay algunas personas que me gustaría conocer: si tienes un hueco y ganas déjame un comentario y hablamos. Por si fuera poco, el jueves 3 cumplimos años Ángel Acebes Paniagua y yo.

Lo cierto es que las relaciones sociales se me dan bastante mal. Sirva esto de aviso también. Y que nadie se asuste de mi aspecto ni de mi vestimenta: van todos ustedes a conocer a un auténtico mileurista de provincias.

28.05.08

La prueba de Abraham

Publicado originalmente en HispaLibertas

Érase una vez un hombre creyente. Uno de esos hombres que hablan con dioses, y a los cuales los dioses les responden. Uno de esos hombres que no necesitan tener fe para creer en dios, porque lo conocen personalmente. Puede llamarse Abraham. Abraham tuvo la mala suerte de ir a desposarse con una mujer estéril, pero su compañero invisible le prometió un hijo, un retoño que daría generaciones enteras de pueblo elegido, una nación que ocuparía por la fuerza aquella tierra que su dios le había dado en heredad perpetua. Y cumplió su promesa de paternidad, y Abraham engendró a Isaac.

Un buen día, dios le pidió a Abraham que le probara su obediencia. Como al fin y al cabo Isaac era su regalo, le ordenó llevarlo a un lugar apartado y ofrecerlo en holocausto en su divino honor. Ni corto ni perezoso Abraham cogió sus bártulos de asesinato y encaró camino con su hijo amado (el otro, el de la esclava, no valía tanto). No iba camino de su prueba, sino que estaba desplegando la suya.

Abraham, como mortal, sabía que no debía desobedecer una orden directa del dios altísimo. Hay cosas por encima del entendimiento humano, pensaría. Pero podía escoger. En realidad, dios no estaba poniendo a prueba la fe y la devoción de Abraham sino que Abraham estaba poniendo a prueba el carácter adorable de su dios. Un dios que no hubiese impedido en el último momento que el padre asesinara al hijo después de pedirle que le diera muerte no hubiese merecido ninguna adoración. Sería bárbaro, una personalidad a evitar. Abraham tentó a dios con su fe, y venció. Puso a prueba a dios y salió victorioso, permitiendo a ese mismo dios convertirse en el dios de su familia. La prueba de Abraham dignificó a dios, y lo puso en comunión con el hombre.

Pero dejemos el mito y volvamos a la realidad, que uno no cree ni en dios ni en Abraham.

No me gusta nada hablar de catolicismo y franquismo. Desde un prisma totalmente teórico, el que la religión vaticana no se opusiera a la política autoritaria del ferrolano no es algo que deba ni sorprendernos ni mucho menos enervarnos. Mirando por ese cristal, el catolicismo no es una opción política, sino espiritual, y debe ser capaz de vivir en cualquier medio, sea una dictadura o una democracia perfecta. No es su papel entrar en cómo se organiza el Estado, sino asistir al alma de los fieles (y si acaso, por exceso de celo, de los descreídos).

El problema es que la acción católica no consistió en la no ingerencia o la neutralidad política. De hecho, la Iglesia Católica Apostólica y Romana se alineó con la Dictadura. Esto, que en otros momentos de la Historia es perdonable recurriendo a localismos temporales y contextos variados, a las alturas del siglo XX se convierte en pecado casi mortal. Con la democracia revelándose como el sistema de gobierno menos dañino, de tomar parte por algo se debería haber tomado parte por ella.

Hay una diferencia de nivel importante entre no querer morir martirizado (versión de moda sobre el futuro de los curas en la II República) y empezar a martirizar disidentes. No entraré a juzgar las palabras de su salvador acerca de ofrecimientos de mejillas y cómo se olvidan cuando el humano miedo a la muerte llama a su amigo el olvido de principios y juntos corren a reunirse con la turba de odio autoindulgente. Baste decir que, siguiendo el mito, la Iglesia Católica española decidió tomar el lugar de dios y no detener a Abraham. De hecho, a cada puñalada del padre sobre el hijo la acompañaba una salmodía de apoyo, de justificación, de palabra de dios. La Iglesia Católica española, en fin, hizo imposible creer acríticamente en su bondad.

No me gusta, tampoco, que los hijos carguen los errores de sus padres, aunque sean estos puramente nominativos y latinos. Sería tremendamente injusto culpar a los padres católicos actuales de los errores cometidos por sus mandamases teológicos hace más de 70 años. De hecho, lo es. Pero lo no ya injusto sino ciego sería negar los hechos, mirar a otro lado y olvidarnos de que la religión, incluso hoy en día, influye en la política no sólo en nuestro país, sino en muchísimos sitios. En Gran Bretaña discuten acerca de incluír la Sharia en su ordenamiento. En Estados Unidos hablan acerca de restaurar la autoridad divina. Si miramos al sur o al este nos llevaremos un susto gigantesco. La presión demográfica en Occidente junto con el inamovible sistema de votaciones electorales nos lleva a pensar que en un futuro no muy lejano algún cargo público de renombre pueda pertenecer a una confesión, digamos, no estandar, como el evangelismo iluminado o el islamismo, siquiera moderado. Y contra eso sólo tenemos un arma: laicismo administrativo.

No es una cuestión de falta de confianza. No parece que a corto plazo la Iglesia Católica española se vaya a alinear con un nuevo golpista peninsular. Más bien conviven con sus cosillas en esta imperfecta democracia que (podríamos decir) sufrimos. Sin embargo, los bailes de encíclicas, concilios y demás papeles internos nos hacen ver que a lo largo de la Historia la Iglesia ha bailado al son que más le gustaba, por lo que aunque ahora se porten de manera medianamente civilizada nada nos asegura que en el futuro no reclamarán otra vez como propio lo que no es suyo. Tampoco es que a los ateos nos haga mucha gracia pensar que en ese mismo futuro los ministros jurarán su cargo sobre un Corán si es que son musulmanes, o prometerán en lenguas angélicas si son evangelistas. No nos hace mucha gracia porque esos cargos son funcionarios a nuestro servicio, y queremos que dejen sus creencias a un lado cuando se trata de administrar nuestros papeleos. Y, por qué no decirlo, porque sus promesas sobre sus libros míticos no valen un carajo para nosotros.

Las excusas habituales suelen pasar por dos estaciones. Por hache: toda la vida se ha jurado ante un crucifijo, no hay necesidad de cambiar algo que es meramente simbólico. Por be: gran parte de la población reconoce esos objetos como sagrados. Lo absurdo de la primera como argumento es evidente, así que no merece más que mirar a otro lado más interesante. La segunda es falaz: las mayorías sociales, incluso las religiosas, son mutables. Hoy en día el porcentaje de católicos nominales (los famosos bodas-bautizos-comuniones-funerales+semana-santa) dentro de la grey apacentada es inmenso (basta asomarse a una iglesia en hora punta, contar y restar del total), los ateos somos cada vez más, los agnósticos mantienen su indecisión a pesar de su inexperiencia religiosa. El número de otras confesiones aumenta. El mapa metafísico de la piel de toro cambia de colores, y si los no católicos arrugamos la frente cuando vemos al Presidente del Gobierno ante un trozo de metal con forma de tortura humana mientras esperamos el fin de esa situación, no quieran ustedes imaginar lo que arrugaríamos de verlo ante una estatua de ocho brazos pintada de azul. Resumiendo, que son mosqueantes, pero al ser nuestros mosqueantes, y antes de que lleguen otros, les pedimos amablemente que se vayan de donde nunca debieron ser invitados, pues no es su sitio. Mientras, ellos se siguen creyendo únicos. Es como hablar con la pared.

El partido socialista se ha equivocado mucho. Da un poco de grima ver el resultado de la votación de la Proposición No de Ley 162/000014 sobre la Revisión de los acuerdos Estado-Santa Sede. Digo que da un poco de grima porque el PSOE ha votado en contra alineado con toda la derecha parlamentaria: PP, CiU; PNV y CC, todos nacionalistas, todos historicistas, todos esencialistas (menos CC, que es un partido raro). Mientras, el resto que se llama de izquierdas ha votado a favor. Incluído UPyD. Prometieron y prometieron hasta que metieron nuestro voto en sus urnas (el mío, por lo visto, afortunadamente no), y una vez metido se olvidó lo prometido. Y eso que todo parece estar a su favor: la oposición, ariete la pasada legislatura de las posiciones episcopales, única fuerza parlamentaria que, por número de diputados, puede dar guerra a la efectiva separación Iglesia-Estado, está jugando al Risk con sus propias lentejas. Lo cual en vez de ser una benidición para este PSOE puede convertirse, como siga este camino, en una maldición de proporciones mosaicas.

En estas pasadas elecciones, el nacionalismo regionalista ha perdido un peso enorme en el Congreso de los Diputados. Además, el gran partido de la derecha parece más partido (y valga) que nunca. Zapatero tiene manos mediáticas libres para hacer y deshacer según su programa electoral y sus supuestos principios. Sin embargo, parece que cree que los símbolos religiosos van a salir por su propio pie de los organismos oficiales. No sé si será muy blasfemo imaginarse a un Cristo bajando de su cruz de plata y llevándosela a través de las puertas detectoras de metales, pero lo cierto es que a lo mejor un empujoncito le vendría bien. Porque si en esto, que en el fondo es una forma, Zapatero demuestra su nula iniciativa, no sé en base a qué espera mi confianza en asuntos de fondo. Es posible, en estas, que una vez partido el popular y escondidos los nacionalismos se encuentre, en las próximas Elecciones Generales, con una legión de izquierdistas y progresistas que se sienten estafados, engañados y usados, cansados en definitiva del «ahora no toca» como coletilla en esos temas (aborto, eutanasia, educación) que llaman sensibles.

Y entonces sí que será divertido el recuento de votos.

20.05.08

Alfredo tiene razón

… o las razones de dios son inapelables

La nueva estrella de Red Liberal se llama Alfredo. Alguien debe estar temiendo lo ridículo que puede sonar una entrada titulada como «Por segunda vez en Red Liberal», supongo. Pero eso es suponer aún muchas cosas, como el amor propio o el sentido común (y viendo las conversaciones de los pasillos parece que mucho no abunda ni lo uno ni lo otro). Para quien no esté al tanto, un resumen: calvinista, orgulloso colaborador del Partido Republicano estadounidense, partidario de la restauración de la soberanía de dios. Pero pongámonos en situación.

Hace unas semanas, el arzobispo de Canterbury hacia saltar varias alarmas. En unas declaraciones muy discutidas, reconocía que llegado un momento sería inevitable la aplicación de la Sharia en suelo británico (debido al aumento de fieles musulmanes), por lo que mejor reconocerla en la legalidad que ponerle puertas al campo. El argumento democrático es impecable, si se me permite: una nueva fuerza de pensamiento intenta imponer, mediante el número de miembros (lo único realmente importante en democracia), una reforma de valores. Indiscutible. Y sin embargo…

Lo que en Europa está casi empezando y levantando las primeras ampollas, en Estados Unidos es algo ya viejo. La Primera Enmienda se encarga de regular (más bien de prohibir regular) los asuntos religiosos. Pero sigue teniendo un agujero, el mismo por el que se cuela la Sharia. Se prohibe regular la libertad religiosa, se prohibe la discriminación religiosa, se prohibe la adopción nacional de una religión. Pero no se prohibe, faltaría más, ser religiosas a las personas. El argumento de la Restauración es también impecablemente democrático: los jueces, en cuanto cristianos, tienen derecho a regirse por la ley de aquél al que consideran fuente de soberanía, incluso contradiciendo leyes humanas imperfectas. Para hacer eso apelan a su libertad religiosa innegable, y dado que este derecho es inalienable e inapelable, no existe jurisdicción superior que tenga potestad para impugnarla. En la práctica, la Constitution Restoraction Act viene a pedir, en justicia, que los actos de un juez no se revoquen sólo por su condición de cristiano (es decir, que no se revoquen decisiones basadas en leyes divinas) basándose en su derecho a serlo (es decir, en el derecho a poner por encima de la ley humana su propia interpretación del mandato divino). Tienen un punto de razón, pero…

Ambas interpretaciones caen en el mismo error, que no me canso de señalar pero que algunos se empeñan en imputarme a mí. Ambas posiciones son plenamente democráticas, frutos de presiones demográficas crecientes con valores reaccionarios. En Europa se teme que la Sharia llegue a aplicarse. En Estados Unidos se apela al derecho a creer. Hemos olvidado que lo que hace mejores nuestras democracias no es lo respaldado de las medidas, sino lo respaldadas que son las medidas humanistas. No es humanista aplicar la Sharia. No es humanista aplicar la ley bíblica. Punto pelota. Eso es algo que deben entender (y seguramente lo hacen la mayoría) los musulmanes que viven en Occidente y los cristianos también.

Alfredo tiene razón. No se puede impedir a un juez que emplee sus creencias a la hora de juzgar. Ni se puede impedir que se queje si sus sentencias son revisadas sólo por creer en dios. Se siente discriminado, y con razón. Sin embargo, esta aparente paradoja entre lo legítimo y lo normal no es tal, sino un problema de mirar muy mal. No es el juez el que tiene derecho a aplicar sus creencias a la hora de juzgar. Es el reo el que tiene derecho a ser juzgado según las leyes de su Estado. El juez es una mera herramienta, un funcionario al servicio del Estado que se encarga de comparar unos hechos reales con unos supuestos ficticios de delito, y decidir si en esos supuestos encajan esos hechos. Punto pelota, de nuevo. Es un simple «comparador», y su trabajo consiste en ceñirse a las reglas que se le dan para juzgar. Todo lo demás es pervertir la razón de la existencia del poder judicial como fuerza de observación del cumplimiento de las leyes decididas por el poder legislativo. Si las leyes para juzgar las decide la conciencia del juez, ¿para qué legislar?

En octubre de 1998, Matthew Shepard fue salvajemente asesinado. Por ser homosexual. Lo torturaron, lo apalearon y lo abandonaron. Pasó horas antes de ser encontrado. Murió cinco días después en un hospital. Los abogados de los asesinos alegaron «pánico gay» como una especie de atenuante. Matthew les guió un ojo y eso les legitimaba a matarlo. Al final se hizo justicia real, porque aunque el asesino fue condenado a muerte, los padres de Matthew accedieron a conmutar la pena en cadena perpetua. La lógica de Alfredo es friamente horrorosa. Si el juez de este caso hubiese atendido a motivos religiosos, probablemente no habría condenado a nadie, o la condena hubiese sido atenuada por la condición del asesinado. Y si además sus decisiones fueran inapelables, ¿dónde quedaría el derecho a no morir por ser gay?

Ante esta ofensiva que se nos viene encima, sólo podemos responder de una manera: república humanista, estado liberal o como se quiera. Separación efectiva entre el Estado y cualquier religión. Todas. Respeto máximo para todas, dentro de la ley. En una palabra: laicismo. Y una respuesta firme ante tanta tontería de actuaciones concienciadas de funcionarios públicos. Sí, sí, firme. Atentos.

Señores funcionarios. Son ustedes (incluso los sindicados en Red Liberal) servidores del Estado, que somos todos (incluídos los anarquistas de Red Liberal). El hecho de haber aprobado una oposición no hace que su puesto sea suyo, sino que se lo hemos prestado, con una serie de ventajas (¿he oído sanidad privada?), para que ustedes puedan dedicar su maravilloso tiempo a ocuparse del papeleo. Verán: nosotros creemos en esto de decidir entre todos nuestras reglas de convivencia de acuerdo a unos valores. Queremos que tramiten las formalidades, y queremos que una parte de ustedes, a los que llamaremos jueces, se ocupen de vigilar y sancionar la aplicación y respeto a esas reglas que decidimos nosotros. No nos importa qué piensen ustedes. Queremos que dejen eso fuera cuando trabajan para nosotros. Queremos, añado, que sepan que queremos que dejen eso fuera.

Porque la cosa es sencilla. En cuanto se pasen un pelo, a la calle por dejación de funciones. Al mercado laboral, para los liberalcalvinistas.

Revelación

Más y mejor en Jesus and Mo.

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