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20.05.08
… o las razones de dios son inapelables
La nueva estrella de Red Liberal se llama Alfredo. Alguien debe estar temiendo lo ridículo que puede sonar una entrada titulada como «Por segunda vez en Red Liberal», supongo. Pero eso es suponer aún muchas cosas, como el amor propio o el sentido común (y viendo las conversaciones de los pasillos parece que mucho no abunda ni lo uno ni lo otro). Para quien no esté al tanto, un resumen: calvinista, orgulloso colaborador del Partido Republicano estadounidense, partidario de la restauración de la soberanía de dios. Pero pongámonos en situación.
Hace unas semanas, el arzobispo de Canterbury hacia saltar varias alarmas. En unas declaraciones muy discutidas, reconocía que llegado un momento sería inevitable la aplicación de la Sharia en suelo británico (debido al aumento de fieles musulmanes), por lo que mejor reconocerla en la legalidad que ponerle puertas al campo. El argumento democrático es impecable, si se me permite: una nueva fuerza de pensamiento intenta imponer, mediante el número de miembros (lo único realmente importante en democracia), una reforma de valores. Indiscutible. Y sin embargo…
Lo que en Europa está casi empezando y levantando las primeras ampollas, en Estados Unidos es algo ya viejo. La Primera Enmienda se encarga de regular (más bien de prohibir regular) los asuntos religiosos. Pero sigue teniendo un agujero, el mismo por el que se cuela la Sharia. Se prohibe regular la libertad religiosa, se prohibe la discriminación religiosa, se prohibe la adopción nacional de una religión. Pero no se prohibe, faltaría más, ser religiosas a las personas. El argumento de la Restauración es también impecablemente democrático: los jueces, en cuanto cristianos, tienen derecho a regirse por la ley de aquél al que consideran fuente de soberanía, incluso contradiciendo leyes humanas imperfectas. Para hacer eso apelan a su libertad religiosa innegable, y dado que este derecho es inalienable e inapelable, no existe jurisdicción superior que tenga potestad para impugnarla. En la práctica, la Constitution Restoraction Act viene a pedir, en justicia, que los actos de un juez no se revoquen sólo por su condición de cristiano (es decir, que no se revoquen decisiones basadas en leyes divinas) basándose en su derecho a serlo (es decir, en el derecho a poner por encima de la ley humana su propia interpretación del mandato divino). Tienen un punto de razón, pero…
Ambas interpretaciones caen en el mismo error, que no me canso de señalar pero que algunos se empeñan en imputarme a mí. Ambas posiciones son plenamente democráticas, frutos de presiones demográficas crecientes con valores reaccionarios. En Europa se teme que la Sharia llegue a aplicarse. En Estados Unidos se apela al derecho a creer. Hemos olvidado que lo que hace mejores nuestras democracias no es lo respaldado de las medidas, sino lo respaldadas que son las medidas humanistas. No es humanista aplicar la Sharia. No es humanista aplicar la ley bíblica. Punto pelota. Eso es algo que deben entender (y seguramente lo hacen la mayoría) los musulmanes que viven en Occidente y los cristianos también.
Alfredo tiene razón. No se puede impedir a un juez que emplee sus creencias a la hora de juzgar. Ni se puede impedir que se queje si sus sentencias son revisadas sólo por creer en dios. Se siente discriminado, y con razón. Sin embargo, esta aparente paradoja entre lo legítimo y lo normal no es tal, sino un problema de mirar muy mal. No es el juez el que tiene derecho a aplicar sus creencias a la hora de juzgar. Es el reo el que tiene derecho a ser juzgado según las leyes de su Estado. El juez es una mera herramienta, un funcionario al servicio del Estado que se encarga de comparar unos hechos reales con unos supuestos ficticios de delito, y decidir si en esos supuestos encajan esos hechos. Punto pelota, de nuevo. Es un simple «comparador», y su trabajo consiste en ceñirse a las reglas que se le dan para juzgar. Todo lo demás es pervertir la razón de la existencia del poder judicial como fuerza de observación del cumplimiento de las leyes decididas por el poder legislativo. Si las leyes para juzgar las decide la conciencia del juez, ¿para qué legislar?
En octubre de 1998, Matthew Shepard fue salvajemente asesinado. Por ser homosexual. Lo torturaron, lo apalearon y lo abandonaron. Pasó horas antes de ser encontrado. Murió cinco días después en un hospital. Los abogados de los asesinos alegaron «pánico gay» como una especie de atenuante. Matthew les guió un ojo y eso les legitimaba a matarlo. Al final se hizo justicia real, porque aunque el asesino fue condenado a muerte, los padres de Matthew accedieron a conmutar la pena en cadena perpetua. La lógica de Alfredo es friamente horrorosa. Si el juez de este caso hubiese atendido a motivos religiosos, probablemente no habría condenado a nadie, o la condena hubiese sido atenuada por la condición del asesinado. Y si además sus decisiones fueran inapelables, ¿dónde quedaría el derecho a no morir por ser gay?
Ante esta ofensiva que se nos viene encima, sólo podemos responder de una manera: república humanista, estado liberal o como se quiera. Separación efectiva entre el Estado y cualquier religión. Todas. Respeto máximo para todas, dentro de la ley. En una palabra: laicismo. Y una respuesta firme ante tanta tontería de actuaciones concienciadas de funcionarios públicos. Sí, sí, firme. Atentos.
Señores funcionarios. Son ustedes (incluso los sindicados en Red Liberal) servidores del Estado, que somos todos (incluídos los anarquistas de Red Liberal). El hecho de haber aprobado una oposición no hace que su puesto sea suyo, sino que se lo hemos prestado, con una serie de ventajas (¿he oído sanidad privada?), para que ustedes puedan dedicar su maravilloso tiempo a ocuparse del papeleo. Verán: nosotros creemos en esto de decidir entre todos nuestras reglas de convivencia de acuerdo a unos valores. Queremos que tramiten las formalidades, y queremos que una parte de ustedes, a los que llamaremos jueces, se ocupen de vigilar y sancionar la aplicación y respeto a esas reglas que decidimos nosotros. No nos importa qué piensen ustedes. Queremos que dejen eso fuera cuando trabajan para nosotros. Queremos, añado, que sepan que queremos que dejen eso fuera.
Porque la cosa es sencilla. En cuanto se pasen un pelo, a la calle por dejación de funciones. Al mercado laboral, para los liberalcalvinistas.

Más y mejor en Jesus and Mo.
19.05.08
En una sociedad liberal cualquier tipo de utopía es realizable, por irrealizables o inusuales que parezcan y siempre que la participación en estas utopías se base en el voluntariado.
Cita pseudoanónima 1
Mi particular aguijón en la carne está empeñado en hacer de mí alguien de provecho (confieso que a veces incluso contra mi laxa voluntad). Ando estos días enfrascado en una lectura de la que espero exprimir un muy buen zumo. Mientras tanto, me apropio de algo de nomenclatura.
Hay una suerte de bondad innata en la creencia de la maleabilidad humana, y también en la de la voluntariedad aislada. Ni somos una tabla rasa donde todo pueda ser escrito (al menos, no en proporciones estadísticas reseñables) ni tampoco dueños absolutos de nuestra identidad. No es necesario apelar a ningún tipo de Ley Natural o Derecho Divino para recubrir de algo mayestático al sentido común, sino entender en qué consiste dicho sentido común.
Es un error muy común, mucho más que el mentado sentido, asumir que en ausencia de cualquier tipo de coacción las personas actúan voluntariamente. Sencillamente porque la premisa no se da. La sociedad liberal, tal y como es presentada, es ya de por sí una utopía, luego es simplemente un juego constructivista discutir si algo es posible o no en ella. Es como debatir de qué color podrían ser las nubes si el cielo fuese rosa. Pero el cielo no es rosa.
La nueva hornada dizque liberal se enroca casi siempre en marcos ancapistas a la hora de enfrentar sus contradicciones. Al fin de esos marcos se encuetra la nombrada sociedad liberal, que consiste en poco más que en los buenos deseos de los acuerdos voluntarios. Obvian de manera gruesa que contamos con un bagaje evolutivo que pone límites a los juegos mentales con fines políticos. Esa mochila de desarrollo social milenario nos indica que venimos de la tribu, donde comenzamos nuestra andadura y donde encontramos nuestra variante racional o, por hilar más fino, consciente. Nos cuenta que en esa tribu se desarrollaron las relaciones egoísmo-atruísmo que se pusieron a prueba con la llegada del sedentarismo y la asociación poblacional. Que eso permitió la especialización, basada en la confianza mutua y un tipo especial de altruísmo interesado. Nos insta a olvidar, en suma, todo lo bueno que ha producido el ser humano, en base a su posición de animal social, con la esperanza de que todos nos llevaremos bien si decidimos llevarnos bien casi todos. Vana esperanza, pues ningún representante de la malicia vive mejor que entre el buenrrollismo que ampara sus barbaridades. Y todo eso sin definir peviamente qué es calificable como voluntario (contra necesario), que tiene miga.
Se convierte así la sociedad en poco más que un recipiente para individualidades, un todo vale ingenuo que sigue confiando (y ya es mucha confianza, oigan) en que los acontecimientos voluntarios nunca decaen en errores insalvables, y en que las decisiones individuales afectan sólo al que las enfrenta. Desaparece el gérmen de nuestra civilización (la tribu, la cueva, el poblado, la polis, el estado) en pos de un hombre nuevo y libre. Tiran la toalla y en vez de aprovechar las estructuras existentes - fruto de lo que somos y de lo que hemos ido siendo - para avanzar (progresar), prefieren atarse una cadenas a los brazos y destrozar el piso compartido, a la vez que, paradójicamente, sacan los cuchillos cuando les mentan el nombre del invento nacional. Autoafirman su inteligencia y su derecho a ejercerla sin injerencias, pero… ¿de un modo racional? ¿deseable? ¿posible al fin?
Hay quien afirma creer en la libertad, pero demuestra un escaso amor por el ser humano sujeto de dicha libertad. Quien alza su voz para clamar contra la opresión del aire sobre su cabeza, pero calla cuando pretenden meterlo en un simulador de vacío antigravitacional aunque se ahogue y muera. Así, como juego daléctico, se ponen sobre los derechos del infante a recibir una educación que haga efectiva esa libertad a posteriori unos derechos de propiedad de los padres. Los derechos del dueño de un cuerpo para venderlo por piezas se afirman sobre la base de la independencia personal. El derecho, en suma, de realizar todo lo realizable sin coacción externa. Es una visión cortoplacista y alejada del sujeto en cuestión: el ser humano. Olvida, por ejemplo, la generalización que acompañó al altruísmo familiar al iniciarse la era de lo social en los albores de lo que se llama Humanidad, y que permite (más bien obliga a) injerencias de los demás en cómo educamos a nuestros hijos (al fin y al cabo, ¿no van a ser nuestros conciudadanos independientes de sus progenitores dentro de unos años?). Se ciega al largo plazo y no observa consecuencias éticas frontalmente dispares con lo aceptado como aceptable en la venta de órganos. El ser humano es él mismo y su marco, sus relaciones con él y sus esperanzas respecto de él.
Bien podría ser que estuviéramos ante una llamada a desembarazarnos de lo que somos y convertirnos en algo diferente, pero sería deseable un aviso en grandes letras. Porque nadie habla de imponer una moral de «bueno» o «malo», sino de pensar en términos de posible y útil (posible en cuanto realmente viable, útil en cuanto opuesto a reaccionario) y de entre todo lo que quede escoger lo humanista. Ecuación que deja muy pocas soluciones, por más que deseemos otra cosa, porque ni somos abejas de colmena ni lobos esteparios.
Pero eso no da para tomar cañas. Quizás si aceptamos que en nuestros días la adolescencia llega hasta la senectud cuele. Y es que las canas no hacen sabio.
1 Si alguien tiene verdadero interés, no tengo inconveniente en «revelar mi fuente» en los comentarios.
14.05.08
Ahora que no nos lee nadie y cuando las aguas ya permiten a las palomas traer ramas de olivo, creo que es un buen momento. Un buen momento para dar un paso atrás y contemplar la escena desde una sana distancia. Un buen momento, en fin, para analizar y divagar. Desde una perspectiva mayor que permita entender el auge y la caída de una pieza muy importante de la Red política española de los últimos años. Para una experiencia completa, prepara un buen café o pilla una cervecita, ponte cómodo y sigue los enlaces hasta el último comentario.
Histórica es la única manera que se me ocurre de calificar esta entrada, y no por su repercusión o falta de ella, sino por remontarse varios años. Viajemos a mayo de 2005… y procuren no reírse ni de mi estilo literario (ejem) ni de mi púber inocencia (y por Zeus obvien esa errata asquerosa de «govierno»). Por esa época empezaba mi roce (en el sentido cariñoso) con Red Liberal. Hace tres años no había participación visible y agregada de progresistas (salvo que las faldas de escolar.net se tomaran como tal) mientras que sí existía algo que se denominaba Red Liberal, que agrupaba a lo que se entendía que era «la derecha» en Internet. Así nació el mito de que la derecha estaba mejor posicionada en la Red porque llegó antes y porque supo organizarse. Y no es del todo falso: llegaron antes.
Igual que en cualquier partido de fútbol, la incomparecencia del contrario concede victorias, a las que se añade la saña ante el cagao que no contesta. Así, mientras en algunos sitios sindicados en Red Liberal era posible mantener un debate serio, sosegado y ciertamente interesante (recuerdo varios y variados) en otros se gritaba de una manera faltona y bastante disonante con el marco, si se me permite decirlo, porque nadie les llevaba la contraria so pena de censura (secreto a voces que aún hay quien niega). Confieso que los primeros me conquistaron el corazón. Uno es de izquierdas, pero no imbécil, y se cansa muy rápido de dialécticas de clases y casas construídas desde tejados. Nunca me gustó per se la buena intención que recubre a la Izquierda porque, dicen y con razón, que de buenas intenciones está lleno el infierno. Encontrar sitios de debate y aprendizaje (sobre todo esto último) en los que te respondían personas inteligentes (nada que ver con los iluminados evangélicos con los que trataba antes) fue un oasis en medio de mi desierto. A nadie engaño si digo que siempre he sido de la facción individualista de la Izquierda (y mis palos me he llevado por ello), o que creo que uno de nuestros mayores pecados es no tener una base real y meditada de principios más allá de las ganas de mejorar, de progresar. Creí encontrar personas que sí habían hecho esos ejercicios aunque partieran de axiomas distintos a los que yo asumiría. Lo que pude comprobar a lo largo de esos meses es que una parte de los que integraban Red Liberal no tenían idea de nada de eso, sino que se habían arrimado al palabro como quien se acerca a un buen árbol esperando buena sombra y lo demostraban defendiendo secuestros judiciales de publicaciones satíricas o pidiendo cárcel para parlamentarios autonómicos. Eran mis primeros viernes con Batiburrillo (uno, dos, tres).
Entonces empezó la melodía: ser liberal equivalía a declarar que se era liberal. En algún comentario a enlaces anteriores hay quien dice con una sonrisa que es liberal-conservador y que lo descubrió «la semana pasada», como quien se encuentra un grano en el labio. Y quienes se declaraban liberales eran lo mejorcito de nuestra derecha patria: conservadores acomplejados, peones negros (misteriosamente silenciosos ahora) y desideologizados profesionales al servicio del garrote dialéctico. Así, han ido naciendo las diferentes famiglias de Red Liberal agrupando sensibilidades irreconciliables dialécticamente: republicanistas de la razón, teocones nacionalistas, anarquistas de mercado, hasta algún creacionista como toque chic. Todo aquel que quisiera ser liberal inauguraba una nueva versión del liberalismo. Bastaba que aportara un nuevo ángulo con el que criticar a la Izquierda (y a veces ni eso) para que se hiciera un hueco en los comentarios de los miembros, iniciando el camino a los altares libres, siempre y cuando escribiera de vez en cuando «libertad» o algo así.
Ya se había consumado. Si Red Liberal existió alguna vez como referente del pensamiento liberal en la Red española, pronto mutó en algo compuesto de dos partes: una liberal y otra una Red. Las geniales conversaciones se perdieron. El ruido ganó y yo empecé mi erosión, en la idea de que una gota es poco pero una gota tras otra tras otra terminan rompiendo hormigón. Mi motivación es conocida desde hace siglos: creo que España, Europa y Occidente necesitan un giro radical, y que ese giro sólo puede venir de la mano de izquierdistas y liberales trabajando juntos contra los reaccionarios (ahora sí) de ambos lados del eje ideológico. Por aquel entonces, y hasta hace muy poco, tenía a Daniel Rodríguez Herrera por alguien comedido y sensato. Equivocado en sus ideas, pero comedido y sensato. No entendía qué podía llevarle a sindicar y mantener ciertos sitios en Red Liberal, pero siendo esa su casa lo único que me quedaba por patalear era que así no íbamos juntos a ningún lado y que con el frentismo antiizquierdista presumir de ser un referente liberal provocaba sonrojo.
Muchas cosas han pasado en estos años. Muchas salidas de tono bastante desagradables. No me he dedicado a recopilar enlaces de barbaridades (pero puedo pedir un compendio prestado), yo ya tenía bastante con unos concretos, pero los archivos de blogs y páginas están para eso: archivar. Lo que más me sorprendía no era lo que leía (a fin de cuentas, un nostálgico del franquismo no sorprende cuando entona un Cara al Sol), sino el silencio sepulcral alrededor de las bombas. La censura se colaba, y se justificaba, (y se cuela y se justifica) como problemas del servidor o protección contra contenido malsonante, aunque la nueva explicación de «es mi casa y tú no entras» tiene un punto. Los insultos y el lenguaje grueso incluso se fomentan, y me consta que en más de una ocasión se ha llamado a «responder con desdén» a las críticas.
Así iban engordando las filas de Red Liberal, formadas por facciones en un enfrentamiento soterrado. No son muchas, sino como he dicho dos: la Red y lo liberal. Lo liberal sigue estando, y sigue estando callado o barajando excusas. En la Red se pueden encontrar funcionarios que abogan por la desaparición del Estado sin pestañear. También conservadores necesitados de cobijo con etiqueta decente porque ellos no lo son. Muchos que sin ser reaccionarios sí parecen necesitar personalmente del colchón colectivo (?) y prefieren vender que hablan de libertad y respeto cuando quieren decir miedo a la intemperie y comodidad intelectual. Algunos protestantes (y dos) que necesitan de un sitio donde todo valga para que sus artículos divinos (y dos) no chirríen demasiado. Y el entrañable caso de un antiguo miembro de Nuevas Generaciones que parece haber sufrido una epifanía y se ha dejado cresta (vistas las fotos, sólo diré ejem), se declara de izquierdas y llama cómplice de asesinato a todo quisque. Lo de este elemento merece mayor análisis porque su situación es paradigmática.
Stewie dice que es anarcocapitalista, libertario de izquierdas y no sé qué más. Su discurso es sencillo, porque parte de unas bases muy facilitas: la ética de la libertad. Tan sugerente nombre sólo esconde dos principios, dos pilares donde basar todo el constructo de conviviencia: el principio de no agresión y la propiedad privada. Empezando por el final, la propiedad privada stewiesca es especial, en cierto sentido pionera: alguien es dueño de algo si puede obtenerlo, o el oro para el primero que llegue. Los resultados son evidentes. El principio de no agresión da un poco de vergüenza explicarlo, así que mejor describir el orden espontáneo que surgirá victorioso: por arte de magia, las personas van a empezar a realizar tratos justos sin restricciones de contenido de ningún tipo, y sin producir violencia nunca nunca. Lo que Stewie no sabe (además de las normas de puntuación) es que sus propios compañeros no le toman en serio. Su presencia da un toque fresco (en argumentos, helado) al agregador y sus diatribas acerca de lo cómplices que somos todos de la tiranía y la imposición forzosa que sufre es entrañable, pero nadie le contesta. Incluso, y esto es lo más divertido, algunos le compran extremos para usarlos cuando a las claras piensan lo contrario (véase la objeción a EpC basada en la incapacidad del Estado para educar en valores y compárese con el polvo y las cenizas levantados por la insinuación, siquiera, de retirar crucifijos de nombramientos públicos). Stewie, te están usando. Al menos, ponte un precio.
La situación de Stewie, decía, es paradigmática porque es tal la amalgama de ideas y carencias que todo es criticable o justificable dependiendo de quién lo diga. Como Stewie siempre da el callo a la hora de defender el rancho común con ferocidad, que nos mande aprender evasión fiscal abertzale es una chiquillería. Ahora bien, con él nunca debatiremos de derechos históricos nacionales ni de monarquías necesarias. Si acaso de laicismo, dependiendo de cómo se levante ese día. Y el chaval, mientras lo tratan así, asiente.
Una respuesta empezaba a ser mantra: «yo no los leo». Suponíamos un poco más de sangre en las venas (y menos de horchata) en quienes sí defienden un ideario liberal por derecho de nomenclatura, un poco más de amor propio y vergüenza de acompañar a determinados elementos en esa estafa que pretendía erigirse como referente de una ideologia decente a base de aglutinar todo lo que gritase. Yo no los leo. Y los reaccionarios conservadores aparecían a agradecer tan magnas palabras como si de un apoyo incondicional se tratase contra los malvados quita-carnés. Ya les lees, en tu casa. Cuando eso empezó a suceder, cuando ya no valía no leerlos porque iban a sus casas a agradecerles que les dieran la razón aunque no lo hubieran hecho, volvió el silencio hasta que apareció la siguente excusa: la historia. La nueva idea que blanquea conciencias se puede resumir en algo muy sencillo: vale, aceptamos que hay personas en Red Liberal que no son liberales ni por asomo, pero mientras quede un irreductible liberal ésta será la casa de los liberales, donde tan interesantes (y cubiertos de polvo) debates se han podido leer. Viene a ser una mezcla entre los lemmings y la nostalgia, me temo, que los mismos reaccionarios y conservadores transformaron en corporativismo desde su comienzo. Aunque seguramente nadie esperó que se llegara tan lejos.
Alguien se sorprenderá si digo que sinceramente creo que el anarcocapitalismo es el precio que tiene que pagar el liberalismo. De forma inversa, es como el comunismo al socialismo: consiste el llevar hasta el final los axiomas sin dejarlos ser moldeados por la Realidad de las personas. Es por tanto su roce fruto de excesos, de pragmatismo y realismo, de implementación al fin, y harán muy bien los liberales en poner coto a ciertos ramalazos igual que los izquierdistas obligamos a los comunistas a acatar ciertos mínimos. El problema real existe, y existe contra la reacción conservadora (con todos sus matices: nostálgica y/o ensotanada y/o divinizante) y con quienes aceptan pulpo y hasta tigre como animal de compañía un poco excéntrico.
No sé si de verdad alguien creía que el Partido Popular tenía posibilidades de ganar las pasadas elecciones, pero parece que a algunos les escoció demasiado perder. Y les sienta como un chorro de limón el desarrollo de los acontecimientos dentro de dicho partido desde entonces. Lo que algunos llamaron eclosión liberal (que coincide exactamente con las derrotas populares) y no era más que un frente antiizquierdista decidió huír hacia adelante. Losantos entró a la sindicación de Red Liberal y algunos, libremente, no recibieron la noticia con mucha alegría. Su periódico, donde trabaja Daniel Rodríguez Herrera a sueldo del radio-opinador (por decir algo que no sea «del seguramente condenado en el futuro por varios tribunales») y que pretende ser la cabecera de ídem del liberalismo patrio, incluyó una sección de adoctrinamiento religioso disfrazada de libertad pero sin mucho éxito en donde se sindicaba a un obispo que había pedido el voto para formaciones… especiales. Reaccionarios listos ayudados de arterias llenas de jugo de chufa y crestas gritonas cantaron a coro «liberal es quien quiera serlo, y nadie tiene derecho a dudarlo, fascista» aún más fuerte al ver que empezaban a cuestionarse tanto la deriva del hogar (bola extra) como los criterios de admisión y permanencia. Finalmente (y paradójicamente…) llegó la expulsión.
Red Liberal se aloja en el servidor del Instituto Juan de Mariana. No sólo eso, sino que es ese instituto el que paga las facturas de alojamiento de Red Liberal y, como quiera que Daniel Rodríguez Herrera es vicepresidente a la fecha y es su criaturita, mantiene la administración del agregador según su voluntad (según parece, no por confianza delegada del que paga sino por derecho paterno reconocido). Más allá de la descripción anterior, lo único cierto, real y negro sobre blanco es que la expulsión se encuadra en esa voluntad. Las explicaciones dadas indican a las claras que Daniel Rodríguez Herrera obró como obró porque quiso, según lo que él llama razones (y que convertirían Red Liberal en un desierto sin autores) que otros piensan que muy liberales no son. La nueva cortina de humo (no sorprende, siempre hay una) para no entrar a ese fondo es que en propiedad privada no entran moscas. Cuando se disipe el humo, el engaño seguirá ahí.
El problema de Red Liberal no es que un porcentaje importante de miembros sean de todo menos amantes de la libertad (sector reacción) o tengan un dedo y medio de frente (sección acción, anarquía, agora). El problema es que de verdad creen y hacen creer que son liberales mientras los que sí lo son no tienen permitido discutir ese extremo ni parece que tengan ganas. El problema es que alguien así crea de sí mismo que es liberal (que lo crea Daniel Rodríguez Herrera, pase, pues éticamente está muy desgastado desde su affaire peonesco) y que crea, iluso, que Red Liberal es el más importante agregador de blog liberales en español (¿de verdad eso es lo mejor que puede producir el movimiento liberal español?). Se están hundiendo a base de pérdidas de nivel, y seguramente quedarán como algo residual, testimonial, acorde a la realidad de lo que son en la sociedad. Las cosas caen por su peso, y si encima estallan cargas el edificio aguanta menos.
La única duda que queda es si el término liberal sobrevivirá a los escombros, y eso es algo que dependerá de todos. Llamemos a las cosas por su nombre y dejemos de hacerles el juego dialéctico. Los liberales están en otros sitios.
05.05.08
Siempre me ha parecido muy curioso que en Estados Unidos se hayan desentendido tan bien de la mochila europea de las batallas del tatarabuelo Cebolleta. Sí, tienen barrios italianos y mafia, pero también chinos y mafia, y nipones y mafia. Sí, hacen desfiles en San Patricio, pero a ver quién le dice que no a una fiesta en la que te vistes de verde, con lo que les gustan los ídem. Es como si al subirse al barco rumbo al nuevo Edén, los colonos se hubieran sometido a una buena sesión de olvido. Allí iban a formar parte de algo. Allí se declararon libres y obraron en consecuencia. Nada de reyes mandando tropas al viejo estilo europeo. Borrón y cuenta nueva, que se dice.
Aunque tenemos mucho en común (los usamericanos hablan una lengua comunitaria después de todo), lo cierto es que ambas sociedades occidentales parecen el producto de un ensayo evolutivo. Un mismo punto de partida, dos visiones distintas: que empiece la carrera. En Europa hemos preferido mantener el romanticismo del pasado, honrar a nuestros antepasados aunque fueran unos salvajes y ser políticamente correctos en todo, con el ideal seguramente platónico (que esa es otra) de que siendo bueno las cosas no salen tan mal. Tras siglos y siglos de guerra de unos contra otros, unos contra unos y dame ahora estas tierras, hemos llegado al siglo XXI, al Estado de Bienestar. Si no miras muy de cerca, todo va relativamente bien. Vivimos en modo comunitario on, somos parte de algo milenario, histórico. Tenemos un ombligo que asusta, pero es que en la escuela aprendemos dos mil años de nuestra Historia, y eso aplasta a cualquiera. Catedrales románicas y góticas se cruzan a tu paso, Gibraltar sigue sin ser español y África empieza (o empezaba) en los Pirineos. La Historia nos persigue en nuestra vida cotidiana. Europa, muchacho, existía antes que tú, y seguirá existiendo después. Europa, muchacho, no es la suma de los europeos, es algo más y más profundo. Contémplala, afortunado tú que has nacido en la cuna de la civilización. Yo lo llamo el pensamiento de campana de cristal, que te deja verlo todo pero no salir de él. Alguna consecuencia negativa debía tener acostumbrarse a la Pax Romana, que te acomodas.
Mientras, en usamérica se dedicaron a quedarse solos, reservando indios y decidiendo cómo vivir. Dado que sus enemigos objetivos no eran los de toda la vida —los gabachos, los jodíos ingleses o los moros del sur— sino la Naturaleza y los pieles rojas, no tuvieron que apelar a su larga Historia (casi siempre medio inventada y con un derecho divino que aparecía de la nada) para querer vivir juntos y ponerlo por escrito. Así, decidieron que cada uno hiciera con su vida lo que quisiese siempre que no fastidiara al resto. Y fueron lo suficientemente inteligentes como para saber que en algunos temas nunca se pondrían de acuerdo, y los sacaron del debate. Adiós guerras de religión, hola primera enmienda .
Así, cada uno ha ido tirando por su lado del Atlántico, separándonos física y socialmente. Ahora parece que en el otro lado del charco pretenden construirse su propia campana: en estas primarias se está hablando mucho de sanidad, de educación y de agenda social a la vista de que un pueblo que no guarda sus valores perece (merecidamente). El haber hecho bien los deberes permite que no necesiten tomar ninguna Bastilla, sino simplemente votar. Votar y cambiar. Aquí siempre hemos sido más de gritar y luego tragar.
Aquella noche de 1789 se plasmó en unas horas la práctica totalidad del modelo de avance social en Europa: revuelta, caos y medio pasito p’alante. Nos han puesto siempre las situaciones límite, pasar hambre hasta la asfixia y entonces, solo entonces, salir a la calle con palos, antorchas o puñales. Como súbditos en vez de ciudadanos, aguantamos hasta lo inaguantable antes de estallar, y al hacerlo siempre salpicaba sangre. Para colmo, el resultado era casi indistinguible del punto de partida, cambiando los nombres del burócrata de turno que decide al final.
Llegó el siglo de las Guerras Ideológicas (en contraposición a las Religiosas), donde Estados Unidos veía una lucha de hombres libres contra totalitarios y Europa veía a Alemania atacar a Francia. Tras esos fiascos de autoafirmación territorial basada en la superioridad, en Europa, al llegar a un punto de (relativa) igualdad, hemos perdido la carga sentimental del nacionalismo y buscamos un marco conceptual que tape las vergüenzas de nuestros constructos estatales sin cimientos. El futuro está aquí en forma de conexión y globalización, y por eso aspiramos a nuestro propio borrón y cuenta nueva.
Como los colonos, los progresistas del siglo XXI y del Viejo Continente tenemos una tarea titánica: fundar. Europa se muere de vieja porque los europeos, ensimismados en su pasado, no se implican con su futuro. Dos mil años de catolicismo nos impiden ser oficialmente irreligiosos, so pena de herir sensibilidades. Quinientos años de reyes nos conminan a ser patriotas bajo riesgo de ser poco español, un mal francés o algo peor. El ciudadano europeo nace con mordazas que acumulan polvo de milenios. Sacudirlas es trabajo de hijos de dioses, y el castigo por no hacerlo es convertirse en un jarrón chino (literalmente) de aquí a nada. Europa, en suma, está mal hecha. No solo Europa, sino seguramente casi todas sus partes por arrastrar bobadas nacionales y demás sensiblerías inútiles (y gratuitas: el sentimiento no es obligatorio) en sus textos fundacionales.
Suelen decir que los izquierdistas somos antiamericanos, cuando lo cierto es que muchas veces solo discrepamos de algunas políticas useñas, que casualmente suelen ser de las que se recubren con la misma materia histórica de los grilletes europeos en su propia y corta versión. Mirando más de cerca vemos que, en realidad, los ideales progresistas e ilustrados deben basarse en el individualismo y el liberalismo de los fundadores, llegando a una defensa radical del derecho del individuo frente a la imposición arbitraria del grupo, pero manteniendo los ojos en la necesidad de una sociedad ética y por tanto humanitaria. No basta con ser una cultura mejor porque las mujeres puedan llevar falda, sino ser una sociedad de personas y para las personas.
Estos días se celebran por aquí las cadenas de la Historia, y viendo el tono de las celebraciones parece que el tiempo no pasa para el ser humano. En 1808 pudo ser valiente, heroico y loable salir con un cuchillo a la calle a rebanar cuellos gabachos invasores. Venían a eliminar la Santa Religión, abusaban de las mujeres y tenían un horrible acento, cosas todas ellas que el pueblo llano no podía soportar, como si el acento de la corte madrileña fuera la repera, la sociedad española no fuera de por sí machista hasta el extremo o la Santa Religión no se comportara como una bruja déspota. Pero se pasaron de rosca al llevarse al rey (un inútil, según parece, pero nuestro inútil), y esa gota colmó el vaso de unos miles de madrileños que defendían su monotonía españolaza de curas y condes. Hubiese sido loable que tras los franceses hubiesen caído algunos de esos en un 14 de Julio cañí, en vez de lo que vino después y después y hasta hoy. Pero no fue así, y en lugar de sentir verdadera pena por el tren histórico que perdimos por borregos lo celebramos como el concentrado de nuestra identidad nacional. Preferiría ser estadounidense, oigan.
Porque por esos lares, en 1808, elegían a James Madison como Presidente en unas elecciones (y su mandato tiene miga). No hay color.
Con esta entrada inauguro mi colaboración en HispaLibertas. Lo bueno de mi nombre y apellido es que son ferozmente corrientes…