El Destino del Iscariote

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26.05.08

Abróchate el cinturón

El otro día me lo preguntaba. ¿Cómo lo sentirán ellos? ¿Qué sensaciones pasarán por su mente en esos instantes? Pero empecemos por el principio.

Este es un pequeño juego. Pueden jugar todos, pero me interesan sobre todo las respuestas de los creyentes, aunque me da un poco igual el dios (o panteón) en que se crea. Hay que ir poco a poco, para evitar que el vértigo nos saque de pista y no sepamos de qué estamos hablando. Pero también hace falta concentrarse en lo que veremos por las ventanilas porque de ello depende el experimento. Un experimento de confrontación directa con la realidad. Allá vamos.

Imagina que estás en lo alto de un rascacielos. No importa cuál, ni dónde, ni mucho menos por qué. Miras hacia abajo y ves a una serie de personajillos andando muy despacio, cruzando calles y conduciendo coches. Los reconoces: son la máxima de la creación, la culminación del arte divino. La imagen y semejanza del autor de autores. Viven, crecen y se multiplican como siguiendo un mandato del cielo. Muchos de ellos, una inmensa mayoría, creen que existe ese alma inmortal que regala vida simplemente exhalando. Creen que los cuidan, los observan y seguramente los juzgarán. El mundo necesita un sentido, y se lo encuentran en algo más grande que ellos mismos.

Alejémonos un poco de las hormigas. Vayamos, cómo no, a la Luna. Miremos a nuestra esfera azulada desde su inseparable compañera. Pensemos ahora en esos mismos seres humanos y tratemos en encuadrar sus anhelos metafísicos en esta nueva visión. La Tierra tiene un halo misterioso, más allá de su atmósfera y su ozono. Todos hemos visto imágenes y fotografías de otros planetas de nuestro Sistema Solar, pero ninguno es como nuestro hogar. La diferencia es evidente: la vida. Curiosamente, donde el religioso ve la vida en la Tierra e infiere que, por tato, ese planeta debe ser importante (elegido o creado expresamente), el descreído ve que es importante precisamente porque contiene vida. Aquí empieza el desdoblamiento que produce la distancia, una visión que acaba de comenzar.

Huyamos un poco más. Situémonos un poco por encima del plano que forman los planetas alrededor del Sol, a una prudente distancia sobre la órbita de Júpiter. La Tierra es un recuerdo borroso que ni siquiera se puede vislumbrar a simple vista, los humanos han desaparecido. El Sistema Solar es un lugar frío y despoblado, casi vacío. No hay resto de alma ni de mente. Aún se puede apelar al sentido antropocéntrico y exponer que todo eso no es más que decorado para acompañar al espejo de dios que vive en ese puntito que ni verse puede. Con desgana y sin convicción, pero se puede.

Llegamos a la última estación. Nos encontramos a medio camino de la galaxia de Andrómeda, y miramos atrás. La Vía Láctea se nos muestra con sus brazos girando lenta pero imparablemente. En uno de ellos, en una zona que no es muy distinta de cualquier otra, está nuestra estrella madre, rodeada de sus hijos rocosos y gaseosos, y en uno de ellos, uno verdoso e iluminado en su cada oscura, están los seres humanos. Desde esta posición es muy difícil coincidir con ellos, porque en estas escalas de Espacio y de Tiempo las estrellas nacen y mueren muy rápidamente. Nuestro Sol madre en realidad no durará más que cualquier otra estrella semejante, y la duda es si lograremos hacer algo digno de recordarse antes de su fin.

Ahora, desde esa lejana visión, mirando a la Tierra sin verla, imaginando a los seres humanos como un suspiro en los tiempos del Universo, piensa y siente. Pregúntate qué clase de dios crea tanta vastedad sólo para que no la veamos. Qué clase de dios nos confina en una roca común alrededor de una estrella común para que nos matemos entre nosotros al grito de «dios lo quiere». Qué clase de dios pone más de quince mil millones de años antes de nosotros y seguramente no menos de los mismos una vez que hayamos desaparecido, y pretende convencernos de lo importante que es el pestañeo durante el cual fuimos, porque somos su creación mimada.

Siempre he tenido curiosidad por saber cómo afrontan los creyentes la realidad fría del Universo no como problema teológico sino como enormidad medible. Cómo pueden creer que su amoroso dios nos concedió un grano de arena para vernos pelear por él mientras el espacio se aburre de soledad. A veces se me cruza un rallo de comprensión, pero implica siempre humanizar la religión y la creencia y despojarla de su aura sobrenatural, como cuando en un libro de Ciencia Ficción aparece un sacerdote como personaje aceptando los viajes interestelares y las velocidades supralumínicas sin perder esa especie de fe gentil en una persona irrepetible allá en los años del Imperio Romano, conjugada con un dios impersonal y bastante ahumano, más preocupado por la belleza de una puesta de sol en un planeta lejano que por las cuitas de unos gritones en un rincón del Tiempo.

Si estamos llamados a salir de este planeta algún día sería interesante prever cómo va a afectar la religión a la experiencia. Podemos incluso adelantarnos, porque ya sabemos qué nos espera fuera, y sabemos que es inmensamente grande, espectacularmente frío y aterradoramente vacío. Debe ser difícil de conjugar con la idea de dios como padre.

Y tú, creyente, ¿cómo lo haces?

08.04.08

Nova

Ayer me descubrí boquiabierto contemplando la Luna recién estrenada. Sólo un filo, un arco diminuto de luz reflejada, siquiera un cabello cano flotando en el aire. No soy el primero que se embelesa con la Luna entre los de mi especie, ni pretendo ser el último, el mejor o el más poético. Quisiera ser el inhumano: es curioso cómo el ideal de belleza que representa nuestra Luna se impone a su carácter frío y rocoso, real y palpable. La Luna sigue siendo poesía en vez de presente. Somos animales pensantes, poco más.

Otras veces miro mucho más lejos, mucho más rápido, y me hago las preguntas fundamentales: quién, qué, cómo y por qué. Siendo autorreferidas, el cuándo y el dónde resultan secundarios. Las tres primeras cuestiones parecen fáciles de responder siendo consciente, responsable y coherente. La pregunta final, la importante, es la compleja.

Muchas veces dejo la Luna empequeñecer a lo lejos y continúo mi camino, y cuando miro atrás veo hormiguitas debatiendo en el Foro de la Polis acerca de la mejor disposición del hormiguero, y recuerdo que yo también tengo antenas y muchas patas. Pero las señales químicas me indican que estoy fuera de órbita en estos momentos, en una balsa de silencio, esperando ver la Nova en el cielo.

A pesar de que no sopla ninguna clase de viento desde hace meses, la mar sigue necesitando faros para demarcar las islas de reposo. Su luz te puede envolver y provocarte escalofríos que duran días, semanas, meses. Años. Remas en silencio, dialogando en soledad a la luz del faro. Es curioso que en esos momentos el Universo sea un remo, cuando al Universo realmente ese remo se la trae sin cuidado. Cada vez que caigo en esa cuenta suena un click y me apago.

No puedo evitar desconectar. Hay silencios que simplemente quieren decir que no hay nada interesante que decir. Que lo dicho fue necesario, pero es irrelevante a la escala que me gusta usar. Una escala en la que nada puede dolerte porque nada importa al final. Mi escudo. Lo alzo de vez en cuando. A veces, cuando el resplandor es demasiado fuerte y te duelen los ojos, tienes que levantarlo y acurrucarte debajo en silencio, como si estando quieto te volvieras invisible. Pero lo único cierto es que si estás quieto no te mueves. No defraudas, no fracasas, no te duele… pero te petrificas.

Me llegan otras señales al radar. Un compromiso inacabado, de la mano de un vendedor de espuelas realmente bueno; algo que debo concretar en breve. Hay otra marca de las que acostumbro a malinterpretar achacándolas a un error de balización, pero que promete. Si no estalla ninguna estrella, tendremos fuegos artificiales. Elijamos los colores y la composición.

Tengo 24 horas para bajar de mi nave espacial, poner los pies en la Tierra y contemplar esa preciosa Nova en el cielo, mientras la Luna recién estrenada corre a su Cuarto Creciente. Quizás entonces entone una plegaria triste y descreída sobre la soledad del viajero que, porque no sabía hacer otra cosa, se empeñaba en viajar en soledad.

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