Esta entrada es una respuesta a Aquiles en Madrid: El matrimonio no es un derecho, es una obligación
Comenta Aquiles que ha caído en la duda cartesiana y en su búsqueda ha descabezado a un dragón conceptual. Pregunta tras pregunta ha encontrado su animal de poder y ha resultado ser, sorprendentemente, justo la especie que esperaba. No se me malinterprete, no creo que Aquiles sea un fake (por enésima vez…) sino una persona tan inteligente que tiene que racionalizar sus sentimientos. En este caso, su distancia del concepto de matrimonio homosexual. Pero tampoco pretendo psicoanalizar a nadie. Mejor vamos a los argumentos.
Se equivoca Aquiles. No porque el concepto de matrimonio homosexual no sea discutible, que lo es, sino por el palo con el que el atiza. Realmente, los dos palos. El primero, la concepción social del matrimonio; el segundo, las ventajas sociales que se obtienen con él.
El matrimonio tradicional hombre-mujer no nace de una forma espontánea ni optimizadora en el arte de perpetuar la especie humana. La necesidad de supervivencia humana no ha dado como fruto un hogar acogedor de roles distinguidos. No es así. Esa es una visión tan localista que escuece, pero a veces hay que mirar desde más arriba. Existen comunidades humanas viables que mantienen poligamia sin ningún tipo de problema, y racionalmente es una estrategia de perpetuación de especie más eficaz. Existen culturas donde a los niños y adolescentes los cuida toda la tribu, todos son padres, todos madres. Cuando digo que son comunidades humanas viables no digo ni de lejos que sean deseables, pues eso es ya un juicio de valor moral que presupone una elección. Sí, la comunidad de Un Mundo Feliz es viable (un número reducido de antisistema no puede derribar la realidad, eso debería considerarse probado), pero eso no implica que sea beneficiosa.
El problema parte de lo mismo de siempre, y aún a riesgo de parecer pedante: el platonismo ha sido la peor idea que ha podido pensar Occidente. Cuando pensamos en matrimonio todos le asociamos una imagen mental, clásica en nuestro entorno. Un arquetipo de comportamientos históricamente relacionados con lo masculino y lo femenino. Y elevamos ese arquetipo a modelo universal válido y excluyente, cuando no es precisamente lo principal: Universal.
El modelo de familia tradicional no está grabado en nuestra evolución social como especie, sino como cultura occidental. Son conceptos distintos que a veces solemos mezclar. La familia en toda su expresión es el concepto que Aquiles busca, la familia como concepto abierto y aplicable a todas las culturas. La familia no como progenitores y descendentes directos, sino como quien efectivamente se encarga, activa o pasivamente, del perpetuamiento de la especie. Ya sea un matrimonio tradicional o un grupo formado por abuelas cuidadoras y padres cazadores.
Ese es el otro error en la crítica al matrimonio homosexual: su incapacidad intrínseca de reproducirse. Sólo con nombrar el paralelismo que existe con las parejas heterosexuales estériles no se resuelve la paradoja de mantener unos privilegios en unos grupos sobre otros. El problema viene de confundir de dónde vienen esos privilegios.
Las parejas obtienen privilegios por procrear. Privilegios que son tan corrientes como permisos de maternidad y paternidad o exenciones fiscales por gastos evidentes. También se han derivado otras ventajas, como por ejemplo las pensiones de viudedad o de manutención en caso de separación, en previsión de sostener económicamente a la pareja y a la descendencia si el matrimonio desaparece, y bajo el paradigma tradicional de un cónyuge trabajando fuera y otro dentro de casa.
Ese paradigma se ha movido bastante. Las parejas ahora no necesitan de pensiones de viudedad por si el que trae los cuartos tiene un problema y la prole se queda sin nada, sino porque con un sueldo no llegan, y ante un caso fatal un sueldo equivale a dormir bajo un puente, con hijos o sin ellos. Es decir: se ha pasado de un apoyo a la procreación a una ayuda a la simple independencia. El cambio de paradgma en la familia, en el matrimonio, en la convivencia en general, es evidente, pero los modelos de accion social y política relacionados son antiguos y caducos. Se intenta solucionar problemas que ya no existen mientras se esperan 10 o 20 años para reconocer los actuales.
Al final Aquiles y yo no estamos tan en desacuerdo. Pero creo que todo es más racionalizable. Por ejemplo, evitando las categorías de preferencias sexuales. Las ventajas por la procreación, si existen, deben ser para todos los padres (y los homosexuales adoptarán si así lo estiman oportuno los que deben: los psicólogos que evalúen si afecta o no al desarrollo de un niño, aquí y en Israel), estén casados o no. Mi hermana (a la que quiero con locura) está embarazada (se me cae la baba) y no está casada, sino que convive desde hace 10 años con su novio, y no encuentro ninguna razón para que no tengan esas ventajas. Para los matrimonios sin descendencia, sean homosexuales, heterosexuales o transexuales, son más discutibles: yo vivo con mi madre (y no, no me veo en plan Psicosis dentro de 30 años, pero tiempo al tiempo…) y nos cuesta exactamente lo mismo pagar la hipoteca, la luz y el agua que si viviera con una chica o un chico. Pero nada de eso tiene que ver con la inclinación sexual de nadie, sino con el tipo de relación que se tiene y la necesidades reales.
Necesidades reales que no encajan en tipos homo/hetero o matrimonio/pareja-de-hecho, sino más bien en el de familia y el de convivencia. Los nombres, realmente, son lo de menos. Matrimonio como pareja que se quiere y tiene como fin fundar una familia engloba perfectamente el deseo de muchos homosexuales y heterosexuales, y aunque no fuera así es simplemente una palabra, y significará lo que nosotros, hispanohablantes, queramos. Porque necesitamos una palabra para nombrar lo que sí es igual, y separarlo de lo que no lo es. Una familia no es un matrimonio. Y ninguno de los dos conceptos es exclusivamente heterosexual.
Así, tiene razón Aquiles: el Estado no puede regular el amor, sino los hechos, las ayudas a los hijos que lleguen, los apoyos una vez existente la necesidad. Si se quiere ayudar a la independencia de la juventud o a la convivencia de personas que no son pareja, para eso no hace falta apelar al concepto de matrimonio. Es decir: el Estado debe apoyar a la familia, pero no al matrimonio per se, en cuanto la familia proporciona una nueva generación de ciudadanos, y el matrimonio simplemente oficializa una relación voluntaria que ya, en nuestro tiempo, no equivale trivialmente a querer fundar una familia, en cuanto una familia no necesita de un matrimonio como marco para existir.
Yo no creo en la democracia. Suena duro, suena políticamente incorrectísimo. Suena aberrante. Pero es cierto. Yo creo en la democracia humanista. Siempre he considerado que las opiniones, deseos y anhelos políticos de la mayoría están limitadas por el respeto a la posibilidad de la minoría. Del mismo modo que niego a la mayoría cubana el derecho a prohibir libertades tan fundamentales como la de expresión y asociación a aquellos que descreen del socialismo, no concedo legitimidad a quienes quieren establecer distinciones en las uniones libres de personas con finalidad familiar según las posturas que les guste practicar a dichas personas en la cama.
Las mayorías tienen límites.
Por eso, responder a la crítica al matrimonio homosexual que proviene de quienes consideran tarados, enfermos o desviados a los que se orientan sexualmente de esa manera es simplemente perder el tiempo. Basta acusarlos de castristas y verlos encender de ira. A su demagogia, desdén. A su irracionalidad, espejo totalitario.
Sin embargo, siempre he tenido un problema ético con los que se han quejado de la denominación de esta unión homosexual. Los que dicen sinceramente que creen en la idoneidad de esta unión legal, pero lamentan moralmente que se le haya dado el mismo nombre que al matrimonio tradicional.
Pero si hemos de buscar causas, las hay. La causa última de que el matrimonio homosexual se llame así es la propia Iglesia y la Historia, la suya y la nuestra en común.
Normalmente, me conformo con señalar la normalización legal, que exije igual nombre para cosas de iguales características. Y sin embargo, siempre he tenido la convicción de que este argumento, final en lógica, no convence a la moral. A la moral no se la convence, se la tumba enfrentándola con la realidad.
Se nos acusa a los partidarios de la norma de que estamos forzando a la sociedad, añadiendo conceptos que no surgen de ella, sino anticipándonos si acaso, y modernizando contra voluntades. Se nos dice que no existe una mayoría anhelante del reconocimiento de estas uniones, que no hay un clamor popular, que no es prudente, que no es tiempo. Se nos argumenta que la sociedad no quiere eso. Me importa un cuerno. No le acepto legitimidad a la sociedad para coartar libertades de minorías. Y como progresista creo que una de las labores de la Izquierda es transformar la sociedad. No imponiendo, sino abriendo. El discurso de Zapatero de la ampliación de derechos me da grima en la forma, pero no en el fondo. Los derechos no se conceden ni se crean, sino que se reconocen y se amparan.
No soy una eminencia en Historia. Desconozco hasta el extremo la organización social que ha regido el Mundo desde que el hombre se decidió a vivir en sociedad. No sé si el modelo hombre-mujer-hijos ha sido predominante entre las culturas antiguas, o si por el contrario un modelo más comunal destacaba. Tampoco sé si la estructura hombre-mujer-hijos es la causante de que Occidente tenga esta Historia que tiene y no vivamos aún en chozas de paja y cazemos en grupo mientras nuestros hijos se preparan para rituales de iniciación que incluyen perforaciones corporales. Como soy un relativista nato, tampoco sé si el modelo que sufrimos es mejor o peor que el indigena de un lugar remoto en África.
Pero sí sé que la Historia de Occidente está marcada por la religión católica. Una marca que ya pesa como si de un sello en el ganado se tratara. Europa ha sido católica dos milenios, y la Iglesia no ha desperdiciado el tiempo. No sólo en influencias temporales (esto es, materiales) sino también en ideológicas. Nuestra cultura es marcadamente católica: navidades, semanas santas y demás festivos; bautizos, comuniones y bodas, sin olvidar los suntuosos entierros; escultura, pintura, arquitectura al dictado de modas religiosas. No todo es malo. Quien vea una aberración en la Sagrada Familia sólo porque es un edificio religioso tiene un problema. Otras cosas no son tan buenas. E incluso las hay que no son moralmente juzgables, sino históricamente asumibles.
A nadie escapa que el camino recorido en Europa hasta los Estados sociales democráticos que tenemos ahora ha sido largo. En el pasado reciente hemos sufrido totalitarismos basados en la víscera, en la tribu, en el odio. Antes sufrimos despotismo. Durante todo este tiempo hemos sido religosos. Sólo ahora nos atrevemos a no serlo. Por tanto, es justo no culpar, pero sí encontrar causante, a nuestra Historia y nuestras costumbres sociales. Por poner un ejemplo imposible temporalmente, si en vez del catolicismo los Emperadores romanos decadentes hubiesen encontrado en el Islam la fuerza que necesitaban para mantener su imperio, la poligamia sería la opción familiar natural y moralmente aceptable. Sin entrar en si el Islam hubiese permitido una Reforma y el camino recorrido, el ejemplo me sirve para ilustrar mi tesis.
El matrimonio como figura de un Estado aconfesional, como el nuestro, tiene su origen en la práctica común del matrimonio entendido en su sentido religioso. La concepción de la familia en Occidente es culturalmente católica, y de esa concepción social ha saltado al ordenamiento jurídico aconfesional. En una palabra, los matrimonios civiles heterosexuales en España se han llamado matrimonios precisamente por la costumbre de origen moral (y raíz religiosa) de denominar así a las uniones hombre-mujer, normalmente con al finalidad de procrear, vivir en común, quererse o lo que se quiera añadir.
Es, por tanto, a causa de la Historia y del papel social que ha jugado la Iglesia a lo largo de ella el que el matrimonio civil se llame precisamente así.
Pero la sociedad no es inmóvil. No está quieta. Cambia, evoluciona. No siempre mejora, pero nunca es la misma. Cuando dos personas se unen para vivir juntos, quererse y, por qué no, tener descendencia y criarla, no son necesariamente un hombre y una mujer. Los ciudadanos, conocedores de nuestra Historia, de nuestro bagaje cultural, reclamamos la palabra matrimonio para llamar así a todo lo que es lo mismo. No nos importa si un credo llama así a lo que quiera, pero exijimos que nos dejen llamar como queramos a lo que en puridad es legalmente lo mismo. Agradecemos a la moral católica que nos diera el concepto de matrimonio, pero le decimos claramente que hemos mutado ese concepto, lo hemos añadido a nuestro contrato social y lo definimos como nos parece justo, independientemente de su opinión. Y que no le reconocemos legitimidad para cuestionarlo, anque sean una mayoría.
El resto, legalismos sobre si una coma es una coma o si cuando un texto dice «hombre y mujer» se refiere a juntos o no, es indiferente. Los textos han nacido para revisarse.
Sí a la diversidad familiar. Sí al matrimonio homosexual. Porque sabemos qué es el matrimonio, de dónde viene el término y precisamente por ello queremos que se llame igual.