Es un «tú» genérico, tampoco pretendo aludir a nadie. Sin embargo, es cierto: cómo quisiera tenerlo tan claro como lo tienes tú. Porque tú seguro que tienes una opinión definida, argumentada y razonada. Porque tú seguramente sabes cómo centrar el foco en aquellos aspectos que resuelves a tu favor, pero procuras no entrar en los otros que incomodan tu postura, y si bien sabes que existen los descartas como poco relevantes. Al fin y al cabo, mis prioridades son cosa mía.
Lo reconozco: tengo un problema moral con el aborto. He conseguido esquivarlo durante mucho tiempo simplemente reordenando mis prioridades. Al fin y al cabo, soy varón sin descendencia y mi apuesta es que nunca la tendré. Comprendo el concepto de «familia» en su más amplia acepción, lo encuentro muy útil y hasta entrañable pero, en realidad, no creo que sea para mí. Por eso he podido evitar pensar mucho en el tema: no me incumbe.
Principios y derivadas
Si eliminamos mentalmente toda su la carga emotiva y adjetiva, este texto de José Donís habla por sí mismo. Tanto que, en mi humilde opinión, bastaría con que hubiese publicado el último párrafo y se ahorrara la muestra de autoridad (que no cae en falacia porque no se lo propone) y algún que otro desliz. Pero el último párrafo vale por todas las letras anteriores:
No existe el derecho al asesinato de niños no nacidos. Como está sobradamente probado, el ser humano existe desde el mismo instante en que dos códigos genéticos se combinan. Si alguien no está de acuerdo espero que argumente desde cuándo un niño es «persona», nacido o no, porque no es lo mismo matar a una persona que a una no-persona.
Enlaza Donís dos temas peliagudos que me provocan parálisis mental: la pena de muerte y el aborto. Con respecto al primero, he de decir que siempre he sido un activista contra la pena de muerte no sólo por el ideal de que una masa no puede disponer de la vida de un individuo -reconocimiento que hace de la Humanidad una especie mucho mejor según mis cánones- sino por la idea, reconozco que quizá pueril, de que incluso el peor de los criminales puede ser juzgado y condenado por el peor de los tribunales -su propia conciencia- y cortar su vida le exime del veredicto. Un veredicto que bien puede ser añadir a una vida entre rejas ir cargando a perpetuidad con la culpa y que yo encuentro perfectamente justo.
En el asunto del aborto nos movemos en este Universo de principios universales e ideales. En este marco, la idea es clara e imbatible: cuando el óvulo y el espermatozoide se unen, dan lugar a una célula con un código genético perfectamente humano y distinto del cuerpo en el que se encuentra. Existe un organismo vivo (hasta donde aceptemos que un cigoto lo es, y nadie lo duda) con una carga genética humana, única e irrepetible.
Ante este planteamiento, las respuestas de que miles de células de nuestro cuerpo mueren cada día carecen de valor. No se pone énfasis en el hecho de que una célula con carga genética humana muera, sino en que desaparece toda posibilidad de vida para el Homo sapiens que codifica. En otras palabras: no desaparecemos cuando nos cortamos un dedo, pero al abortar sí desaparece todo conjunto de células que pueden dar lugar a un Homo sapiens único.
Otro punto focal en el debate, que suele pasar desapercibido, es cómo puede influir este discurso de máximos en principios a la cuestión de la investigación clínica con células embrionarias. Bajo el prisma de la aparición del ser humano al cobrar vida su primera célula con carga genética humana completa se pone en entredicho todo avance en ese campo: se está operando básicamente con seres humanos. Las consecuencias van más allá de qué hacer con las células sobrantes en un proceso de fecundación in vitro (al fin y al cabo, en el aborto se trata de deslocalizar el embrión del sitio donde puede desarrollarse naturalmente con el resultado de su inviabilidad, con los restos de la fecundación artificial se ahorra el primer problema), puesto que supone de facto oponerse a tales métodos.
En definitiva, una apuesta de principios que considere que el ser humano existe desde la fecundación sólo puede tener como consecuencia lógica un rechazo de toda manipulación, incluso -o sobre todo- aquella destinada a interrumpir la gestación de seres humanos con discapacidades -y estoy pensando, por ejemplo, en el Síndrome de Down-. Todo Homo sapiens tiene derecho a la vida, incluso si padece de trisomía, desde su misma creación-fecundación.
Podría incluso desgranar más uvas de este racimo, porque enlazaría también con el tercer tema peliagudo de la trama: la eutanasia. Pero mejor dejarlo para otra ocasión.
Sire, no he necesitado esa hipótesis
Espero que se haya notado una ausencia en la perorata anterior: las creencias religiosas. Es cierto que este asunto se reviste en muchas ocasiones de los ropajes del mito, la fe y la creencia. Al fin y al cabo, que la vida humana sea sagrada sólo tiene algún valor para quien encuentre sentido a tan majestuoso adjetivo. Sin embargo, en toda la exposición anti-abortista que me interesa ese elemento sobra y se sustituye -en un sentido muy amplio- por el respeto al derecho individual e inviolable a la vida.
Y digo que lo sustituye en un sentido amplio por otro comentario que hace Donís:
Hubo un momento glorioso en la Historia cuando el Hombre reconoció una Ley Natural, por encima de épocas y coyunturas puso por escrito la Declaración Universal de Derechos Humanos. Hoy se cuestionan principios tan básicos como el derecho a la vida, porque cuando el Estado es dios, todo es discutible, relativo, votable.
Una vez desechada la idea de una Ley Divina (habida cuenta de que, a la postre, era demasiado humana en su redacción y aplicación) su hueco se llena rápidamente con la Ley Natural: una transcripción humanista de todo lo bueno que la religión nos ha legado durante siglos. A la manera de los resúmenes de Mandamientos que suele enseñarse en catequesis, todos los principios de convivencia que marca esa Declaración pueden reducirse al respeto a las personas y a sus bienes y el derecho a optar a una vida en condiciones aceptables. No hay dios que nos ordene obrar así: es nuestro imperativo categórico.
Otra ausencia importante en el comentario anterior: he omitido a propósito el término persona y evito ser humano y me refiero invariablemente a Homo sapiens o a célula con carga genética humana. Pero, ¿es posible un Homo sapiens que no sea un ser humano? ¿Y un ser humano que no sea persona? Pascual González lo explica mucho mejor de lo que yo podría:
El modo en el que hay plantear el tema del aborto es el siguiente:
(1) ¿Qué características de los Homo sapiens debemos elegir para considerarnos personas?
(2) ¿Cuándo aparecen dichas características en la ontogénesis humana?
Sin embargo, creo que Pascual se equivoca -u omite- el punto mencionado a propósito de los principios y sus derivadas: las características mínimas que hacen de un Homo sapiens un ser humano y una persona son las propias del Homo sapiens: su carga genética estrictamente humana e irrepetible. Plantear el debate en esos términos sólo puede llevar a un callejón sin salida de opiniones cuyo extremo inferior es invariablemente la fecundación y cuyo valor superior varía entre unos plazos homologables a nuestro entorno y el alegre canto de aborto libre y gratuito. Porque si unos no aceptan otra cosa que la carga genética humana, otros no aceptan más que el primer aliento del nacido. Es decir, no hemos avanzado nada.
No cabe, por tanto, desdeñar el argumento como en el chiste del paso de cebra. Sí existe una queja humanista y racional al aborto que no acepta de plazos sino que marca de facto un punto inequívoco a partir del cual los peatones tienen preferencia: la fecundación. Uno puede estar menos de acuerdo con ello, pero eso no lo vuelve invisible. Como tampoco se vuelve invisible la postura contraria, en la que un Homo sapiens no es humano ni persona de acuerdo a su carga genética sino a su realidad individual y separada. Es el caso de Ayn Rand, por ejemplo:
An embryo has no rights. Rights do not pertain to a potential, only to an actual being. A child cannot acquire any rights until it is born. The living take precedence over the not-yet-living (or the unborn).
Abortion is a moral right—which should be left to the sole discretion of the woman involved; morally, nothing other than her wish in the matter is to be considered. Who can conceivably have the right to dictate to her what disposition she is to make of the functions of her own body?
De hecho, en cuanto no persona el embrión se convierte casi en el equivalente a un parásito para la madre. Desde esta perspectiva tampoco hay problemas de demarcaciones ni plazos: hasta el nacimiento no hay ser humano porque lo que hace de un Homo sapiens una persona con derechos es su existencia independiente. Donís critica esta postura con vehemencia:
Para encontrar ese acuerdo sólo hace falta definir cuándo empieza la vida humana o, con mayor honestidad intelectual, desde cuándo una vida humana es considerada no desechable [...]. Esa honestidad que, como mínimo, exijo, está formulada por algunos teóricos marxistas españoles, que claramente definen a la persona como ser social y no como ser humano. Aluden estos teóricos del estalinismo a las salvajes teorías que sobre el Hombre enunció Aristóteles, para quien, recordemos, los bárbaros no eran personas. Alejandro nunca le hizo mucho caso.
Si desvestimos la indignación moral vemos que la pregunta es equivalente a la de Pascual aunque lleva implícita la respuesta de máximos que comentaba. Aunque la respuesta no ha sido la misma a lo largo de toda la Historia, por supuesto, ni siquiera en el seno en una misma cultura -religión incluida- evolucionando. En la que nos ha tocado vivir:
Santo Tomás ofrece su respuesta dependiendo de los conocimientos biológicos de su tiempo y de su metafísica: Dios infundiría el alma humana sólo cuando encontrase una «materia» preparada, un cuerpo con aquel nivel de desarrollo orgánico que le permitiese recibir esa alma.
Santo Tomás, al final del texto anterior, alude a lo que explicará más adelante, en «Suma de teología» I, q. 118 a. 2 ad 2, un pasaje bastante largo como para recogerlo aquí, en el que se reafirma la tesis de que en la generación humana existe, desde el inicio, un alma vegetativa. Cuando el nuevo ser se desarrolla, adquiere en la siguiente etapa un alma sensitiva que asume también las facultades propias del alma vegetativa. Finalmente, cuando el cuerpo está preparado, Dios puede infundir el alma intelectiva, que es al mismo tiempo vegetativa y sensitiva (como se explica en diversos momentos de la questión 118 que estamos citando).
Podemos deducir que, a pesar de la embriología insuficiente que tenía este teólogo medieval, consideraba como pecado grave cualquiera de los dos tipos de aborto. El aborto en el caso de un feto no formado (sólo con alma vegetativa o con alma sensitiva) no llegaría a ser formalmente homicidio, pero sí un delito; en el caso de un feto formado (con alma espiritual), estaríamos ante un homicidio, un delito más grave.
Es oportuno añadir, para completar estas ideas, una reflexión sobre la teoría de la animación sucesiva. Parece bastante obvio que si santo Tomás hubiera conocido la embriología moderna no habría tenido ningún reparo en identificar la fecundación humana (unión de un óvulo y un espermatozoide) como el momento de inicio de una nueva vida humana ya formada, al poseer todos los elementos biológicos y orgánicos (a nivel unicelular) necesarios para ser identificada como tal. Y como todo individuo de la especie humana tiene un alma espiritual, que no puede proceder de los padres, esa alma sería infundida directamente por Dios desde la concepción.
No deja de ser paradójico, aprovechando lo que nos señala Eduardo Robredo Zugasti, que haya tenido que ser la Ciencia la que dé argumentos a la Fe:
la teoría de que el embrión masculino recibía el alma a los 40 días de gestación frente a los 80 días que tardaba en recibirlo el embrión femenino no fue abolida, por ejemplo, antes de 1869
Más allá de necesitar o no la hipótesis d lo cierto es que existen opiniones para todos los gustos. Opiniones que si se me permite decirlo son totalmente irreconciliables no sólo por sus propios planteamientos sino porque nos olvidamos de algo: son opiniones de personas. Y las personas no cambian de opiniones a la ligera, ni aún con buenos argumentos. Como dicen que dice Punset:
Ante un auditorio repleto, ha asegurado que a los homínidos no les gusta cambiar de opinión y el hecho de que alguien les pida algo diferente a lo que tienen programado hace que los circuitos cerebrales se inhiban y se cierren.
Y sin embargo, se mueve
Yo me daría por satisfecho si pudiera aceptar como una verdad autoevidente que un conjunto de células con una carga genética humana única e irrepetible conforman una persona. Mi instinto me indica que debe ser correcto como argumento, y sin embargo… se mueve.
En toda esta discusión nos hemos centrado en ideas, principios morales y cuestiones éticas, pero hemos pasado por alto una cosa importante. Como dice Roger citando a Barry Ritholtz a propósito de otra cosa:
You’re a monkey. It all comes down to that. You are a slightly clever, pants-wearing primate.
Y es que el principal obstáculo que le encuentro a la argumentación totalmente racional y de principios de Donís es este:
Por si hiciera falta recordarlo: no se puede matar. La guerra es ilícita siempre. No, no se puede ejecutar ni condenar a muerte a nadie. Y no, no se puede matar seres humanos, ni en su estado embrionario ni en su vejez o enfermedad. No se puede. El suicidio pertenece a la conciencia de cada cual.
Esos principios me parecen loables y casi diría que los comparto. De hecho, lo haría en un mundo ideal. Pero no son autoevidentes ni están grabados a fuego en el subconsciente del Homo sapiens. Son unos principios que, si se me entiende bien, son proclamables y realizables en tanto la sociedad esté formada por personas medianamente educadas en ellos, pero no son universales a la especie. Sí, casi todos sentimos un natural rechazo a la violencia contra nuestros allegados, pero este sentimiento se devalúa gradualmente según la distancia que mantengamos con el agredido. Hasta la indiferencia de miles de muertes. Eso también forma parte de nuestro sustrato: somos empáticos, pero de manera grupal. El logro de que una parte de la Humanidad sea capaz de salir de su tribu y extender esa empatía a toda la especie no hace que, por capilaridad, esos principios se conviertan en humanos:
La guerra, y no la tiranía, es inevitable. Los tiranos y los criminales son seres humanos. Está en nuestra naturaleza echar mano de la agresión, el robo y otras muchas cosas para obtener ventajas. En tanto haya hombres subsistirá el crimen y las miserias del despotismo, en todas las esferas, lucharán por imponerse. No parece posible, ni tampoco deseable, el alterar la naturaleza humana para intentar evitar sus más tétricas manifestaciones. La larga experiencia humana demuestra lo fútil del intento: ni los peores tiranos ni las más fuertes ideologías han conseguido imponer cambios en la esencia del hombre y su actuar. No parece razonable pensar que regímenes políticos representativos, o la actividad de grupos de presión, pudieran lograrlo. Debe aceptarse, más bien, la realidad y construirse sobre ella.
El hecho es que se producen abortos. Eso indica una cosa a primera vista: a un conjunto nada desdeñable de la población (personas, pants-wearing primates) no le parece que unos pares de hebras de ADN definan a otra persona. Porque o nadie atendía en clase de Biología o todos son conscientes de que cuando se produce la fecundación hay material genético humano novedoso y único, y a pesar de ello esta consideración, me atrevo a aventurar, pesa entre poco y nada en la decisión de interrumpir un embarazo o no.
Empecemos con una en la frente, de esas que algunos no se esperan: desde el punto de vista de especie, la protección de la vida humana está sobrevalorada. No sólo no es cierto que todo el mundo considere la vida humana sagrada, sino que es bastante común encontrar que ante un homicidio se reclame ojo por ojo. En cuanto animales, a veces incluso racionales, la gran mayoría de individuos de nuestra especie no tienen mayor problema en que mueran unas cuantas personas cada día mientras no sean de nuestro entorno. O, por decirlo en otros términos más conocidos en nuestro país, que ETA asesine a cinco o seis personas al año ya asume una derrota de los terroristas por incapacidad, mientras que consideramos asumiles esas bajas en cuanto es imposible evitar totalmente que un loco lleve un arma.
Aunque lo parezca, lo siguiente no es pedir la libertad para los reos de asesinato. Que matar y agredir sea algo verdaderamente humano no significa que sea aceptable, ni social ni personalmente, ni siquiera que no deba ser una conducta marginal como de hecho es en la actualidad en los países civilizados. Entonces, ¿vive la sociedad en una especie de bifurcación de personalidad? Es decir, ¿cómo se puede repudiar casi instintivamente y en frío el asesinato y sin embargo no plantearse cuánto hay de eso en el aborto? Sencillamente, porque la mayoría no piensa en un embrión como en una persona.
Somos seres eminentemente sociales. Eso no quiere decir que ser humano equivalga a ser social, sino que nuestra experiencia y relación con el mundo que nos rodea modifica nuestras convicciones y percepciones. Son nuestros sentidos los que nos hacen conferir derechos y deberes a las personas y objetos que percibimos, porque un derecho sin reconocimiento implícito de los demás es sólo un principio violable. Y un embrión no es susceptible de ser sentido, ni de sentir.
No soy mujer, por lo que nunca quedaré embarazada, pero supongo que uno de los momentos más felices que ellas pueden vivir es aquél en el que notan por primera vez a su hijo en su seno. Cuando lo notas verdaderamente, como algo separado de ti y dentro de ti. Antes de ese momento, sabes que estás gestando a otro ser humano; a partir de ese momento, estableces contacto -sientes- a ese ser. Para cuando se produce movimiento, el nuevo ser ya tiene encarrilado su desarrollo y es capaz de sentir el mundo que le rodea. Es por esto que no es de extrañar tanta idas y venidas en los plazos que unos y otros han considerado como aceptables o menos punibles a lo largo de la Historia.
Más allá de las relaciones químicas que establece un conjunto de células con su entorno, el embrión de pocas semanas no siente el mundo que le rodea. Al menos, no lo siente en el sentido en que lo siente una persona.
No podemos dejar de ser lo que somos. Vivimos de acuerdo a nuestros sentidos, que nos indican qué existe y qué no más allá de sutilezas metafóricas y metafísicas. Aunque hayamos subido la montaña del pensamiento, nuestras conclusiones no se convierten en convicciones irrenunciables para toda nuestra especie.
Mi conclusión es sencilla. Mis principios existen y me dicen que si hubiera de considerar un momento de aparición de un nuevo Homo sapiens, ese momento es la fecundación. Comprendo que mi opinión (pues es eso al fin y al cabo) no es compartible por todos, pero no me atrevería a calificar de persona al embrión hasta que no es capaz de sentir como individuo, esto es, hasta la aparición del sistema nervioso. Comprendo que haya quienes consideren que un embrión es una persona desde su misma aparición por argumentos puramente racionales, pero entiendo que esos argumentos están una capa por encima de nuestro carácter humano, que no suele detenerse en esas consideraciones por dos hebras de ADN por muy únicas e irrepetibles que sean. Entiendo que una restricción total del aborto, de acuerdo a los principios y sus derivadas, sólo provoca clandestinidad, escasez de salubridad y peligro sanitario porque, repito, el hecho es que el aborto se practica. Podemos intentar hacer cambiar de opinión a la mayor parte de la población, o podemos intentar minimizar los daños.
Sinceramente, creo que una Ley de Plazos razonables es la solución. La palabra clave será razonables.

















