Lamentablemente, en ciertas ocasiones en la izquierda abrazamos la mentalidad del oprimido en vez de la del ciudadano. Queremos gobernar por el mero hecho de hacerlo, para poder declarar que nosotros disponemos sobre nuestra vida tras ser esclavizados en cuerpo y alma desde hace siglos. Sí, solemos tener ese sentimentalismo romántico de sabernos descendientes de todos los que han sufrido por cualquier causa en cualquier época. Lo que se traduce, necesariamente, en una autoindulgencia ciega y feroz y, lo que es peor, consagra el continente mientras ni se fija en el contenido.
El objetivo es arrebatar el gobierno a los que nos oprimen/imponen/disgustan/etc, llegar al gobierno, forman un gobierno de izquierdas. Que la izquierda gobierne. Hay miles de maneras de decirlo, y una sola de sentirlo. Lo novedoso es que hemos descubierto que la derecha también tiene ese corazoncito negro y latente en su interior.
Tanto los votantes del PSOE como del PP, versión gallega y vasca y entera, saben qué se siente. Votar para que gobiernen los tuyos, para que no gobiernen los otros. Muchos votantes de Zapatero en las anteriores elecciones generales sabrán bien de qué les hablo. Muchos de Rajoy también. Feijoo quiere el cambio para Galicia, Patxi López para el País Vasco. Pero nadie sabe qué quieren cambiar, salvo los nombres de los Consejeros. La campaña del PSOE en dos frases, ¿Quieres que vuelvan? y Cambio por ejemplo, es una muestra perfecta de política de tribu, de nosotros y ellos, en vez de lo que debiera ser y nos vendieron como mecanismo de la Democracia: los partidos proponen cosas y las personas deciden. Esas frases hablan de ellos mismos -«evita que vuelvan ellos a donde estamos nosotros», »permite que nosotros nos cambiemos por ellos»-, no sobre cómo piensan gobernar. Cualquiera diría que esto no es más que un concurso de popularidad cuya meta es el prestigio de obtener un título, y una vez conseguido mantener el rumbo de las mismas políticas, las mismas formas. Un cambio… de nombre.
De Galicia poco más se puede decir, los resultados hablan por sí mismos y el PP cambiará a Quintana del yate para que su lugar lo ocupe otro, con la ventaja de que sus votantes no verían en ese gesto tanto una traición de clase como una muestra de poderío del gobierno. En el País Vasco hay aún mucha tela que cortar. Y una esperanza para los que nos sentimos ciudadanos y aspiramos a un progresismo bien entendido (luego estatal, es decir, español: en toda España). Auguro además que vamos a ver (valga la expresión) hondonadas de hostias, y con todas las razones del mundo. No suelo acertar con mis predicciones, pero me lanzo sin mucho repensar.
En estas circunstancias, Patxi López no tiene muchas alternativas. No es algo que deba sorprenderle, en cualquier caso iba a necesitar los votos del PP (lo que significa negociar con ellos) o los del PNV (ídem de ídem). Seguramente Patxi contaba con tener algún escaño más, pero no debe ser tan ingenuo como para no tener ya perfilado desde hace tiempo un esquema de concesiones mínimas y máximas en cada supuesto, además de una obvia preferencia. Tras basar su campaña (en realidad, como todos) en el cambio-change-exchange el pacto con el PNV se convierte en la opción menos vendible, sobre todo si nos acordamos del sainete de Puras, el PSN y Nafarroa Bai. El acuerdo natural vendría entonces de la mano del PP. Son cosas de esta democracia, que hace naturales acuerdos entre partidos supuestamente contrarios en el eje ideológico, pero ávidos de sentir. Sentir que hemos cambiado Euskadi. Sentir que hemos ayudado a ese cambio. Luego no se traduce más que en cambios en los membretes, las políticas siguen iguales, pero son nuestros membretes. Dicen en La Vanguardia que votar a López como Lehendakari vale, al menos, la Diputación de Álava y la alcaldía de Getxo.
Creo que existe un escenario que a nadie se le ha ocurrido: que el PSE se encuentre en la Sesión de Investidura con 38 votos en contra.
UPyD apoyará la creación de un gobierno constitucionalista. Lo que me lleva a pensar que su parlamentario como mínimo debe abstenerse de votar a favor de Patxi López. La regeneración que pretende el partido de Rosa Diez tiene muchos problemas de imagen, asunto que en el País Vasco se multiplica hasta rozar el irracionalismo más sectario. UPyD habla de revisar los cupos a la baja y de devolver competencias educativas al Estado, y no apoyará más que eso. Algo perfectamente asumible, incluso deseable, para un progresista (los dineros de todos son de todos, no hay Fuero que valga, y la Educación es algo más que el cortijo sentimentalista de turno) pero que se denunciará como «ingerencias de Madrid» por parte de los que aún no se han enterado de que sí, Madrid es la capital del Estado del que forma parte su Comunidad Autónoma, dentro del marco de la Unión Europea. Somos ciudadanos vascos, ciudadanos madrileños y ciudadanos murcianos. Lo que nos une (ciudadanos) es lo que conforma nuestras instituciones; lo que no tenemos en común (la cultura local) es lo que conforma nuestras singularidades, sentimientos y relaciones sociales pero no nuestra ciudadanía. Pero ni el PSE aceptaría algo semejante ni Ferraz toleraría ese cambio de rumbo si además viene forzado por el partido de la ex-socialista.
Así las cosas, apoyar la creación de un gobierno constitucionalista bien puede significar votar no a Patxi López y dejar el acuerdo PSE-PP compuesto y sin silla. No parece que el PSE vaya a siquiera discutir esos extremos, mínimos para UPyD. El PP seguramente ni les prestará atención, aunque conociéndonos no hay que descartar que luego los use como mácula en el pacto que no funcionó, como quien se sacude el polvo de las sandalias. Veremos, si se da el caso, declaraciones uniendo la negativa de UPyD con la de Aralar en un estrambótico rizo mental que igualará sus votos ergo sus razones (nacionalismo que de pronto será algo malo, y en el caso de UPyD, por españolista, rancio). Sólo por eso merecería la pena que ocurriese.
Pero seguro que no ocurrirá. Basta que López reparta bien con el PP vasco y que Ezker Batua (como Teruel, existe) se abstenga. Mayoría simple: mucho menos glamuroso, mucho menos elegante, pero mucho más plausible. Lo que no significa que no sea un buen momento para examinar a UPyD según sus propios baremos (vídeo completo).
Publicado en HispaLibertas

















