Es francamente sorprendente que si le preguntas a alguien por el segundo Mandamiento la respuesta sea más o menos uniforme: No tomarás el nombre de dios en vano. Esta semana yo mismo he contemplado con incredulidad cómo algunos creían de buena fe que así está escrito en el Antiguo Testamento. Uno entiende que en un intento de actualizar y simplificar doctrina se obvie el «no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo, ni su tierra, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo» en favor de un más recatado «no tendrás pensamientos ni deseos impuros» aliñado con un «no codiciarás los bienes ajenos». Pero quien no sabe de este desdoblamiento qué va a saber de mandamientos borrados.
Daría para mucho (de hecho, dará) enumerar las traiciones católicas a las escrituras que dicen sustentar su fe. En este caso he de fijarme en un aspecto concreto: la existencia de imágenes religiosas. Porque, por si aún no has ido a buscar tu biblia (te lo recomiendo para seguir esta entrada), el segundo Mandamiento es sencillo:
No harás para ti escultura, ni imagen alguna de cosa que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en el agua debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas ni las servirás, porque yo soy YHWH tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y que hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos
Deuteronomio, cap. 5, vers. 8-10
Dejando al margen lo bárbaro del planteamiento (entendible desde su contexto histórico), esa fue una seña de identidad del judaísmo, una marca que lo separaba tajantemente dle resto de cultos de la Antigüedad. Existen innumerables pasajes en la Torá que condenan (incluso con la muerte) la creación o simple tenencia de una imágen con sentido religioso. En Éxodo 20, 23 se advierte contra «hacer dioses de plata u oro conmigo», es decir, que traten de representar a YHWH mientras que en 23, 24 se apremia a la destrucción de toda estatua, y se advierte contra el servirlas (echando por tierra la filosófica y por tanto artificial distinción entre veneración y latría que es simplemente voluntarismo). En Levítico 26, 1 se advierte seriamente acerca de no levantar siquiera una piedra pintada e inclinarse ante ella. En Deuteronomio se llega un poco más lejos:
Guardad, pues, mucho vuestras almas; pues ninguna figura visteis el día que YHWH habló con vosotros de en medio del fuego; para que no os corrompáis y hagáis para vosotros escultura, imagen de figura alguna, efigie de varón o hembra
Deuteronomio, cap. 4, vers. 15-16
La lista sería extensísima: Deuteronomio 16, 22; Deuteronomio 27, 15 («Maldito el hombre que hiciere escultura o imagen de fundición, abominación a YHWH, obra de mano de artífice, y la pusiera en oculto»)… Y no sólo entre la Torá, sino también entre los profetas augures del mesianismo:
¿A qué, pues, haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis? El artífice prepara la imagen de talla, el platero le extiende el oro y le funde cadenas de plata. El pobre escoge, para ofrecerle, madera que no se apolille; se busca un maestro sabio, que le haga una imagen de talla que no se mueva. ¿No sabéis? ¿No habéis oído? ¿No habéis sido enseñados desde que la tierra se fundó?
Isaías, cap. 40, vers. 18-21
Se lo echan sobre los hombros, y lo colocan en su lugar; allí se está, y no se mueve de su sitio. Le gritan, y tampoco responde, ni libra de la tribulación
Isaías, cap. 46, vers. 7
Porque las costumbres de los pueblos son vanidad; porque leño de bosque cortaron, obra de manos de artífice con buril. Con plata y oro lo adornan; con clavos y martillo lo afirman para que no se mueva. Derechos están como palmera, y no hablan; son llevados, porque no pueden andar. No tengáis temor de ellos, porque ni pueden hacer mal, ni para hacer bien tienen poder
Jeremías, cap. 10, vers. 3-5
Cabe también destacar Isaías 2, 8-9.
De forma nada sorprendente (a tenor por la evolución cultural global del fenómeno religioso) el pueblo elegido se torcía con demasiada facilidad en pos de dioses ajenos y de estatuas a las que rendir culto. Se podría afirmar sin equivocarse en nada que el sentimiento hebreo sobre la imaginería es exacto al sentimiento musulmán sobre la imaginería: abominación a los ojos de dios. También la pintura, por extensión. No es casualidad: el Islam, único vestigio destacado de otra religión no visual, nace como la rama no reformada de la arcana religión hebrea que había evolucionado más de un milenio para convertirse en cristianismo ya casi universal e incluyente. El nivel de compromiso de fe que exije el dios del Antiguo Testamento es superior en tanto requiere fe ciega. No de otros dioses, sino de sí mismo, aún cuando un estudio más profundo nos lleve a averiguar que, sorpresivamente, antes que los hebreos otros ya contaban a YHWH como uno de sus dioses y éste era el esposo de Astarté, la diosa que se convierte en la mayor amenaza idolátrica para el pueblo elegido.
Es necesario hacer incapié en el hecho de que esas prohibiciones no se restringían a dioses foraneos, sino que era extensiva al intento de representar a YHWH de cualquiera de las maneras. El episodio del becerro de oro es especialmente revelador al respecto. Los hebreos no apostataron de su fe en su dios YHWH, el que les había sacado de Egipto. En realidad, simplemente morfosearon a ese dios etéreo en forma de becerro. Tras fundirlo Aarón, hermano de Moisés, exclamó:
Mañana será fiesta para YHWH
Éxodo, cap. 22, vers. 5
En efecto, el pecado de Aarón no fue la apostasía (esto es, renegar de tu dios) sino poner forma a ese dios, representarlo, crear un objeto que trata de sensibilizar una fe que sólo se concibe recta y sana si es netamente irracional. No es, pues, un problema de desviación en pos de otros dioses, sino de prohibición tajante. Tan tajante que dios se enojó con el rey David cuando éste decidió construirle un Templo. No habitaba dios en obra de hombres, fuera esta templo o estatua.
De hecho, entre los cristianos los primeros iconos no aparecen hasta el siglo III, en las catacumbas de lugares más bien gentiles (en contraposición a la Iglesia que se mantenía en Judea) seguramente contaminados por tradiciones autóctonas (y aquí es de interés Éxodo 34, 11-17 y Hechos 10, 25-26). La crítica común del Nuevo Pacto que invalida al Viejo es falaz, principalmente por dos razones.
La primera es evidente: un pacto que nace con vocación de ser «para siempre» y rubricado nada menos que por la divinidad no admite revisiones, máxime cuando la encarnación de esa divinidad advierte de que no tratará de derogar la Ley del pacto, sino darle cumplimiento. El hecho, sirva de ejemplo, de que Jesús impidiera la lapidación de la adúltera no se debe a que considere injusto el castigo (la perdona, como si tuviera algo que perdonar) sino a que entre los justicieros nadie estaba limpio al espíritu de la Ley. Lo que demanda Jesús no es sólo misericordia para la adúltera, sino rectitud interna para poder condenarla.
La segunda es final, porque de hecho en el Nuevo Testamento se advierte de esa práctica a una incipiente Iglesia que, al cabo del tiempo, acabará cayendo en aquello que más le han enseñado a evitar.
Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres
Hechos de los Apóstoles, cap. 17, vers. 29
Pablo fue un defensor a ultranza del judaísmo iconoclasta en sus años como Saulo, y mantuvo, en buena coherencia que le faltó en otros aspectos, su animadversión hacia las imágenes. En un canto enternecedor a la fe en la epístola a los Hebreos, Pablo afirma que la mayor gloria de Moisés fue salir de Egipto sin temer la cólera del faraón como «viendo al Invisible». Abundando,
Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria de Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible
Epístola de Pablo a los Romanos, cap. 1, vers. 22-23
Es sencillo concluir que mientras el nucleo de origen hebreo, esto es iconoclasta, se mantuvo en la vanguardia de la evangelización, sus posturas en relación al asunto se impusieron. No sin razón, pues la religiosidad que Jesús promocionaba según los evangelios era una suerte de «vuelta a los orígenes» del judaísmo, corrompido en exceso por boato y rito y muy falto de una fe verdadera cuyo vacío se llenaba a base de monotonía litúrgica. De hecho, entre los llamados Padres de la Iglesia hay división de opiniones: la construcción hebreo-cristiana se agrieta ante la duda de socializarse o mantenerse fiel. Aún antes del desarrollo ad hoc de los conceptos de dulia, hiperdulia y latría, supuestamente distintos en naturaleza de la veneración a las imágenes (productos de la permeabilidad del cristianismo a cultos extraños, lo que desembocó en un continuo de plegarias a santos y madres de dios no sólo ajeno sino frontalmente contrario a la enseñanza apostólica), algunos de esos Padres ya presentaban razones más que convincentes.
Toda imagen o estatua debe llamarse ídolo porque no es otra cosa que materia vil y profana, y por eso Dios, para quitar de raíz la idolatría, ha prohibido en su culto cualquier imagen o semejanza de las cosas que están en el cielo o en la tierra, prohibiendo igualmente su fabricación; y es por esto que nosotros los cristianos no tenemos ninguna de aquellas representaciones materiales
Clemente de Alejandría, Contra Celsum
En un sitio de la campaña que yo visité, hallé colgado en la puerta de la iglesia un velo sobre el cual se hallaba pintada la imagen de Cristo, y otra de un santo, y no bien vi que, a despecho de la Sagrada Escritura, la imagen de un hombre estaba colgada en la iglesia de Cristo, yo corté aquel velo, aconsejando al sacristán que lo usara más bien para la sepultura de algún pobre
San Jerónimo citando a San Epifanio
Aunque sin duda mi favorita es esta
La única imagen que nosotros debemos hacernos de Cristo es tener siempre presente su humildad, su paciencia, su bondad, y esforzarnos para que nuestra vida en todo se parezca a la suya. Aquellos que andan en busca de Jesús y de sus apóstoles pintados en las paredes, lejos de conformarse con las Escrituras, caen en el error
San Agustín

















