El Destino del Iscariote

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23.03.08

Idolatría e iconoclastia

Es francamente sorprendente que si le preguntas a alguien por el segundo Mandamiento la respuesta sea más o menos uniforme: No tomarás el nombre de dios en vano. Esta semana yo mismo he contemplado con incredulidad cómo algunos creían de buena fe que así está escrito en el Antiguo Testamento. Uno entiende que en un intento de actualizar y simplificar doctrina se obvie el «no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo, ni su tierra, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo» en favor de un más recatado «no tendrás pensamientos ni deseos impuros» aliñado con un «no codiciarás los bienes ajenos». Pero quien no sabe de este desdoblamiento qué va a saber de mandamientos borrados.

Daría para mucho (de hecho, dará) enumerar las traiciones católicas a las escrituras que dicen sustentar su fe. En este caso he de fijarme en un aspecto concreto: la existencia de imágenes religiosas. Porque, por si aún no has ido a buscar tu biblia (te lo recomiendo para seguir esta entrada), el segundo Mandamiento es sencillo:

No harás para ti escultura, ni imagen alguna de cosa que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en el agua debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas ni las servirás, porque yo soy YHWH tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y que hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos

Deuteronomio, cap. 5, vers. 8-10

Dejando al margen lo bárbaro del planteamiento (entendible desde su contexto histórico), esa fue una seña de identidad del judaísmo, una marca que lo separaba tajantemente dle resto de cultos de la Antigüedad. Existen innumerables pasajes en la Torá que condenan (incluso con la muerte) la creación o simple tenencia de una imágen con sentido religioso. En Éxodo 20, 23 se advierte contra «hacer dioses de plata u oro conmigo», es decir, que traten de representar a YHWH mientras que en 23, 24 se apremia a la destrucción de toda estatua, y se advierte contra el servirlas (echando por tierra la filosófica y por tanto artificial distinción entre veneración y latría que es simplemente voluntarismo). En Levítico 26, 1 se advierte seriamente acerca de no levantar siquiera una piedra pintada e inclinarse ante ella. En Deuteronomio se llega un poco más lejos:

Guardad, pues, mucho vuestras almas; pues ninguna figura visteis el día que YHWH habló con vosotros de en medio del fuego; para que no os corrompáis y hagáis para vosotros escultura, imagen de figura alguna, efigie de varón o hembra

Deuteronomio, cap. 4, vers. 15-16

La lista sería extensísima: Deuteronomio 16, 22; Deuteronomio 27, 15 («Maldito el hombre que hiciere escultura o imagen de fundición, abominación a YHWH, obra de mano de artífice, y la pusiera en oculto»)… Y no sólo entre la Torá, sino también entre los profetas augures del mesianismo:

¿A qué, pues, haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis? El artífice prepara la imagen de talla, el platero le extiende el oro y le funde cadenas de plata. El pobre escoge, para ofrecerle, madera que no se apolille; se busca un maestro sabio, que le haga una imagen de talla que no se mueva. ¿No sabéis? ¿No habéis oído? ¿No habéis sido enseñados desde que la tierra se fundó?

Isaías, cap. 40, vers. 18-21

Se lo echan sobre los hombros, y lo colocan en su lugar; allí se está, y no se mueve de su sitio. Le gritan, y tampoco responde, ni libra de la tribulación

Isaías, cap. 46, vers. 7

Porque las costumbres de los pueblos son vanidad; porque leño de bosque cortaron, obra de manos de artífice con buril. Con plata y oro lo adornan; con clavos y martillo lo afirman para que no se mueva. Derechos están como palmera, y no hablan; son llevados, porque no pueden andar. No tengáis temor de ellos, porque ni pueden hacer mal, ni para hacer bien tienen poder

Jeremías, cap. 10, vers. 3-5

Cabe también destacar Isaías 2, 8-9.

De forma nada sorprendente (a tenor por la evolución cultural global del fenómeno religioso) el pueblo elegido se torcía con demasiada facilidad en pos de dioses ajenos y de estatuas a las que rendir culto. Se podría afirmar sin equivocarse en nada que el sentimiento hebreo sobre la imaginería es exacto al sentimiento musulmán sobre la imaginería: abominación a los ojos de dios. También la pintura, por extensión. No es casualidad: el Islam, único vestigio destacado de otra religión no visual, nace como la rama no reformada de la arcana religión hebrea que había evolucionado más de un milenio para convertirse en cristianismo ya casi universal e incluyente. El nivel de compromiso de fe que exije el dios del Antiguo Testamento es superior en tanto requiere fe ciega. No de otros dioses, sino de sí mismo, aún cuando un estudio más profundo nos lleve a averiguar que, sorpresivamente, antes que los hebreos otros ya contaban a YHWH como uno de sus dioses y éste era el esposo de Astarté, la diosa que se convierte en la mayor amenaza idolátrica para el pueblo elegido.

Es necesario hacer incapié en el hecho de que esas prohibiciones no se restringían a dioses foraneos, sino que era extensiva al intento de representar a YHWH de cualquiera de las maneras. El episodio del becerro de oro es especialmente revelador al respecto. Los hebreos no apostataron de su fe en su dios YHWH, el que les había sacado de Egipto. En realidad, simplemente morfosearon a ese dios etéreo en forma de becerro. Tras fundirlo Aarón, hermano de Moisés, exclamó:

Mañana será fiesta para YHWH

Éxodo, cap. 22, vers. 5

En efecto, el pecado de Aarón no fue la apostasía (esto es, renegar de tu dios) sino poner forma a ese dios, representarlo, crear un objeto que trata de sensibilizar una fe que sólo se concibe recta y sana si es netamente irracional. No es, pues, un problema de desviación en pos de otros dioses, sino de prohibición tajante. Tan tajante que dios se enojó con el rey David cuando éste decidió construirle un Templo. No habitaba dios en obra de hombres, fuera esta templo o estatua.

De hecho, entre los cristianos los primeros iconos no aparecen hasta el siglo III, en las catacumbas de lugares más bien gentiles (en contraposición a la Iglesia que se mantenía en Judea) seguramente contaminados por tradiciones autóctonas (y aquí es de interés Éxodo 34, 11-17 y Hechos 10, 25-26). La crítica común del Nuevo Pacto que invalida al Viejo es falaz, principalmente por dos razones.

La primera es evidente: un pacto que nace con vocación de ser «para siempre» y rubricado nada menos que por la divinidad no admite revisiones, máxime cuando la encarnación de esa divinidad advierte de que no tratará de derogar la Ley del pacto, sino darle cumplimiento. El hecho, sirva de ejemplo, de que Jesús impidiera la lapidación de la adúltera no se debe a que considere injusto el castigo (la perdona, como si tuviera algo que perdonar) sino a que entre los justicieros nadie estaba limpio al espíritu de la Ley. Lo que demanda Jesús no es sólo misericordia para la adúltera, sino rectitud interna para poder condenarla.

La segunda es final, porque de hecho en el Nuevo Testamento se advierte de esa práctica a una incipiente Iglesia que, al cabo del tiempo, acabará cayendo en aquello que más le han enseñado a evitar.

Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres

Hechos de los Apóstoles, cap. 17, vers. 29

Pablo fue un defensor a ultranza del judaísmo iconoclasta en sus años como Saulo, y mantuvo, en buena coherencia que le faltó en otros aspectos, su animadversión hacia las imágenes. En un canto enternecedor a la fe en la epístola a los Hebreos, Pablo afirma que la mayor gloria de Moisés fue salir de Egipto sin temer la cólera del faraón como «viendo al Invisible». Abundando,

Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria de Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible

Epístola de Pablo a los Romanos, cap. 1, vers. 22-23

Es sencillo concluir que mientras el nucleo de origen hebreo, esto es iconoclasta, se mantuvo en la vanguardia de la evangelización, sus posturas en relación al asunto se impusieron. No sin razón, pues la religiosidad que Jesús promocionaba según los evangelios era una suerte de «vuelta a los orígenes» del judaísmo, corrompido en exceso por boato y rito y muy falto de una fe verdadera cuyo vacío se llenaba a base de monotonía litúrgica. De hecho, entre los llamados Padres de la Iglesia hay división de opiniones: la construcción hebreo-cristiana se agrieta ante la duda de socializarse o mantenerse fiel. Aún antes del desarrollo ad hoc de los conceptos de dulia, hiperdulia y latría, supuestamente distintos en naturaleza de la veneración a las imágenes (productos de la permeabilidad del cristianismo a cultos extraños, lo que desembocó en un continuo de plegarias a santos y madres de dios no sólo ajeno sino frontalmente contrario a la enseñanza apostólica), algunos de esos Padres ya presentaban razones más que convincentes.

Toda imagen o estatua debe llamarse ídolo porque no es otra cosa que materia vil y profana, y por eso Dios, para quitar de raíz la idolatría, ha prohibido en su culto cualquier imagen o semejanza de las cosas que están en el cielo o en la tierra, prohibiendo igualmente su fabricación; y es por esto que nosotros los cristianos no tenemos ninguna de aquellas representaciones materiales

Clemente de Alejandría, Contra Celsum

En un sitio de la campaña que yo visité, hallé colgado en la puerta de la iglesia un velo sobre el cual se hallaba pintada la imagen de Cristo, y otra de un santo, y no bien vi que, a despecho de la Sagrada Escritura, la imagen de un hombre estaba colgada en la iglesia de Cristo, yo corté aquel velo, aconsejando al sacristán que lo usara más bien para la sepultura de algún pobre

San Jerónimo citando a San Epifanio

Aunque sin duda mi favorita es esta

La única imagen que nosotros debemos hacernos de Cristo es tener siempre presente su humildad, su paciencia, su bondad, y esforzarnos para que nuestra vida en todo se parezca a la suya. Aquellos que andan en busca de Jesús y de sus apóstoles pintados en las paredes, lejos de conformarse con las Escrituras, caen en el error

San Agustín

22.03.08

Sábado de Resurrección

Queridos hermanos y hermanas: el sermón de hoy es duro como la piedra, y largo como la procesión de Viernes Santo, así que tomad asiento y bebida, porque es necesario. En verdad es justo y necesario. Tan justo y necesario que esta semana habrá dos jornadas misales para completar temas.

Puede sonar herético e incluso malintencionado, pero la realidad a la luz bíblica es clara: nuestro Señor no pudo resucitar en Domingo.

Empecemos por el principio. Aún si desconociéramos más detalles, la doctrina de hombres de Viernes Santo y Domingo de Resurrección se invalida a sí misma. Porque nuestro Señor lo dijo bien claro:

La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás. Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches

Evangelio según Mateo, cap. 12, vers. 40

Las mentes más libres (y por tanto, más veraces) ya se habrán dado cuenta de que entre la tarde del Viernes y la mañana del Domingo mal caben tres días y tres noches. Tenemos, pues, un problema: o Jesús mintió, sabiendo que permanecería sepultado la mitad del tiempo que decía, o se equivocó, inconcebible en la divinidad encarnada, o esta división temporal es una pantomima. Analizando un poco más el tema, veremos que lo último será, precisamente, lo cierto.

Para ello, debemos ir poco a poco. Sabemos que Jesús debió resucitar al cabo de tres días y tres noches, esto es, 72 horas. Si nuestro Dios es Dios, es un Dios exacto y veráz, y tres días y tres noches suman esa cantidad. Así, podemos saber a qué hora se produjo el milagro. La Escritura nos dice que la muerte en la cruz tuvo lugar sobre la hora novena (alrededor de las 3:00 pm hora continental). La sepultura, pues, ocurrió entre las 3 y las 6 de la tarde. Los hebreos debían celebrar esa noche la cena pascual tal y como lo dice Mateo en el capítulo 26 de su Evangelio, por lo que el día sigueinte era declarado dia de reposo de gran solemnidad (Juan 19, 14 y Números 28, 16-17). La confusión proviene, sin duda, de que las fiestas religiosas hebreas eran señaladas como días de reposo, el mismo calificativo que recibe el Sábado común. Al afirmar en varios pasajes que la muerte de Cristo tuvo lugar en el día de preparación a la jornada de reposo, se ha llegado a asumir que debió ocurrir Viernes. Craso error.

Sabemos que el primer día de la semana, esto es, el Domingo (pues así funciona el calendario hebreo) nuestro Señor ya había resucitado. Sabemos que debió resucitar antes del anochecer. Podemos concluir que, en efecto, resucitó Sábado por la tarde. Y milagrosamente, eso concuerda perfectamente con el resto de la Escritura.

Si comparamos Marcos 16, 1 con Lucas 23, 55-56 veremos que las mujeres que acompañaban a Jesús vieron el sitio donde fue sepultado el cuerpo del Maestro, descansaron un día de reposo, compraron las especias aromáticas y los perfumes, descansaron otro día de reposo y tras éste último, el primer día de la semana, encontraron el sepulcro vacío. Esa es la clave: esa semana acontecieron dos días de reposo, el Sábado habitual y el día de la fiesta solemne de la pascua. Esta fiesta solemne, que se señalaba al día siguiente a la cena pascual (noche en que fue instaurada la Cena del Señor o eucaristía), es distinta al día de reposo habitual (Sábado) y por el contexto podemos inferir que cayó Jueves, permitiendo la compra de perfumes en el día intermedio.

Existe una prueba más, totalmente final. En la traducción de Ferran Fenton, una de las primeras traducciones al inglés del original griego de los evangelios, en Mateo 28,1 se habla de «Tras los sábados» debido a que, precisamente, el término griego original que refiere esos días de reposo es plural.

Esa semana pascual, Semana Santa de nueva creación, contuvo dos días de reposo con un día común separándolos. Si hemos de creer las palabras de Jesus y su señal de Jonás, debemos concluir sin duda que Jesús murió un Miércoles y resucitó un Sábado.

Una curiosidad. Según la profecía de las setenta semanas de Daniel, la predicación del Mesías duraría media semana (esto es, tres años y medio) y sería muerto a mitad de semana (esto es, Miércoles).

Una objeción aclarada. En Marcos 16, 9 se lee que Jesús resucitó el primer día de la semana. Es un error de puntuación, cuya simbología no usaba en griego original. Una coma mal situada cambia el significado de toda la frase: no había Jesús resucitado el primer día de la semana, sino que ese día, habiendo ya resucitado (antes) se apareció a ciertas personas.

Un comentario. En nuestras ciudades se suele celebrar una procesión durante Viernes Santo para conmemorar la pascua de nuestro Señor. Al mismo tiempo se mantiene otra procesión Jueves Santo y a ésta se la suele llamar Santo Entierro, dando por supuesto que el Señor murió Jueves y otra vez Viernes, intentando ajustar los tres días y tres noches entre el Jueves por la tarde y el Domingo por la mañana. Gran error, pues evidentemente falta casi un día entero. Error propiciado por considerar que la resurrección se produjo Domingo, cuando fue efectivamente el día anterior.

Pero si existe un error salvaje en la fijación de los días de la pasión, más salvaje es el propio concepto de procesión de Semana Santa a ojos de las Escrituras. Pero eso lo dejaremos para el sermón de mañana.

21.03.08

Feliz Cruciversario

Aún me estoy riendo.

21.03.08

Laicismo militante

Ejército laico

En la imagen, miembros de las Milicias Ateas siembran el terror entre la multitud. Declaraciones del cabecilla de la turba: «Cuando vean qué le hicimos a su dios, no se atreverán a rezar ni en privado».