El Destino del Iscariote

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19.03.08

Tibet

El clamor internacional para que China cese su campaña militar en Tibet debería ser ensordecedor. El boicot a Beijing 2008 algo más que una advertencia.

Respecto al abuso chino en su desprecio de los Derechos Humanos, siempre he tenido una posición clara. Normalmente se suele confundir con el típico buenismo, el común desagrado al ver sangre. Sentimentalismo. A pesar de ser el sentimiento de humanidad necesario y casi diría que suficiente en este tema, lo cierto es que siempre (siempre) hay algo detrás.

La realidad es que el líder espiritual de Tibet, el Dalai Lama, no es precisamente un mandatario democrático. La sociedad tibetana bajo el mando lamaísta era indistinguible a simple vista de cualquier país feudal del medievo: sociedad segregada en castas, dirigente de origen divino atendido por una casta sacerdotal encargada de la observación de los ritos, analfabetismo casi consentido provocado, precisamente, por más analfabetismo, pobreza extrema y un largo etcétera.

Así, se presenta ineludiblemente un dilema ético. En una situación como esta, ¿por dónde coger el toro? Pongámonos en lo extremo.

Lo que se ha dado estos días en el Tibet seguramente no ha sido un llamamiento a la democracia, un grito de auxilio de los monjes que ven cómo China los pisotea. Obviamente las castas sacerdotales desean volver al poder, en su ciega fe de que hacen lo correcto según su sistema de valores. Y sin embargo, hay que defenderlos.

Lo que ha hecho China en estos días no ha sido tratar de mantener un orden democrático o humanista, no se ha tratado de proteger una calma real en lo que algunos han dado en llamar República Liberal y yo llamo Democracia Humanista, ni la integridad de la soberanía popular china, sino más bien impedir la disidencia en cualquier grado con métodos militares y abusivos.

Es complejo tener favoritos cuando ambos contendientes son retrógrados, pero la clave consiste en el párrafo anterior: el gobierno chino, el ejército chino, no tiene legimitidad para imponer una pax romana a su antojo. Porque no es representante legítimo del pueblo chino, y por tanto no ha recibido realmente el mandato de defender su cultura frente a los que quieren retroceder 500 años a base de fantasías místicas.

A lo que asistimos es a la pelea de dos irracionales, dos rodillos que bajo capas de ideología y mantras sojuzgan al hombre, expolian sus derechos y enfrentan a muerte ideas absurdas. Pero uno de ellos dispone de armas y ejércitos, y se arroga el carácter de justo, mientras que el segundo tiene manos para volcar coches y se arroga el carácter de santo.

Es mucho más complejo de lo que pudiera parecer. Como en juegos de muñecas rusas, todo tiene algo dentro. Se sospecha que tras estos recientes incidentes en Tibet se encuentra el Imperio norteamericano, deseoso de meterle a China el dedo en el aro olímpico, y empezar con guerrilas la batalla cultural del siglo que se inicia. Y aún sabiendo que formo parte de ese juego de intereses, lo sigo teniendo claro.

Cuando China sea una democracia humanista garantista de los derechos de sus cuidadanos, que puedan decidir efectivamente su futuro político y económico, entonces, sólo entonces, admitiré discutir si la sangre azafrán es el irremediable precio que pagan los enemigos de la libertad en su lucha infame o la sagrada muestra de deseos genuinos de libertad.

Mientras tanto, cuando dos malotes pelean y sólo uno lleva navaja no se puede apelar ni a la justicia ni a la indiferencia. Porque antes que otra consideración, el derecho a la vida es irrenunciable.

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