La Historia del Primer Caído
Le conocí en una de las muchas barras de bar de esta parte del mundo.
Estaba al menos tan sumido en los líquidos espiritosos como yo, pero parecía saber mucho mejor que yo como comportarse. Convencido por un amigo de que la autentica elegancia viene del hecho de no ensuciarse cuando te revuelcas en el lodo, me interesó la habilidad de mi nuevo amigo para no vomitar sobre sus propios mocasines.
Después vinieron aquellos momentos de espantosa lucidez que posibilita el desalojo espontáneo del aparato digestivo, en los que mi compañero de barra hizo honor a las reglas que sigue todo lamentable degustador de bebida destilada y empezó a contarme lo mal que el universo se había portado con él.
Pero, por una sorprendente vez, terminaría convencido de que así era.
El sujeto mocasinado decía llamarse Lüzbel, que significa Portador de Luz. Yo le dije que mi nombre no era tan poético o que al menos las toxinas del alcohol afectaban más a mi capacidad para inventar historias. Lüzbel rió como sólo ríe alguien que hace mucho que no ríe, dando frío al alma que escucha la risa. Me contó que seguro que he oído hablar de él: el Príncipe de las Tinieblas, Lucifer, Satán, Azael, Baal, Carod-Rovira y otros muchos terribles apelativos a lo largo de todos los tiempos.
Su historia no era lo que siempre nos han contado, siendo mucho más sencilla pero igual de trágica. Decía que ya es perro viejo, que muchas cosas no puede contarlas para preservar mi salud mental, pero que lo básico de su historia es contable: el Dios cristiano es el primero de todos los promotores inmobiliarios, el más temible y poderoso de todos. Fue él quien, después de leerse dos catálogos de IKEA, ideó el universo, creando antes unos seres que nosotros llamamos ángeles, sus “amados trabajadores”. No creó a todos iguales: a unos los puso más cerca de sí, a otros mas lejos. Sus “amados trabajadores” construirían el universo, según sus planes, pero sin ponerse a trabajar él mismo.
Mi amigo era, según él mismo, la más clara prueba de que no era un Dios justo: era el más inteligente, no el más bello como suele hacerse creer. De hecho era exageradamente desagradable sólo acordarse de su cara. Su nombre, Portador de Luz, tenía su auténtico significado en que portaba la más poderosa de las luces: la Verdad. Vio con claridad que ese Dios hablaba mucho del Amor, pero nunca lo daba o mostraba. Todo lo más reprimendas por las constantes bajas laborales de los ángeles debido al frenético ritmo de construcción o quejas por la poca implicación de los ángeles en la tarea de construcción de un universo que no iban a disfrutar ellos.
Muchos ángeles llevaban más de 500 años construyendo el Universo, todos ellos sin cobrar. Pero la propaganda de Dios era muy eficaz: daremos un sitio a una nueva especie parecida a nosotros, para que la podamos amar y esta nos ame. La idea de ser queridos y reconocidos alivió a muchos ángeles.
En este punto mi amigo suspiró y puso la típica cara de resignación ante hechos lamentables de la vida pasada.
Un día Lüzbel entró en el rincón de Dios para que éste le dejara un libro sobre mocasines de esparto, y se encontró con algo terrible: un plan detallado por escrito de la creación de un mundo con inmensos placeres y posibilidades de libertad y omnisciencia pero en el que los seres que los disfrutaran serían ampliamente castigados al morir. Adjunto al documento aparecían unas propuestas de creación de casas de apuestas en las que se invertirían grandes sumas de almas (moneda anterior a la peseta debe ser) apostando el número de castigados al año. Aquello a mi amigo le pareció aberrante: la creación de una nueva especie únicamente con el fín de verla sufrir ante placeres que implicaban su eterno tormento, quedándole claro la naturaleza sádica del Todopoderoso. Y todos los ángeles se estaban dejando las plumas en esa gigantesca mentira, creyendo construir un Universo de Amor y Justicia. Con una trompetilla de querubín se subió a una nube, y se puso a contar lo visto a los demás ángeles.
Algunos le creyeron. Otros muchos no. La propaganda era el fuerte de aquel Gran Constructor del Universo. Lüzbel consiguió ser el primero de todos los que alguna vez han cuestionado el sistema y a sus administradores.
Un poco cansado por la lenta metabolización por parte de mi hígado de todo lo que me había bebido sin pensar esa noche, le dije a mi amigo que como acabó la cosa, sin ánimo de ofender. Sin gran sorpresa contestó que acabó con una gran sentada pacífica y una manifestación en el Cielo pidiendo el fin de aquella monstruosidad, acabó con el más estúpido y violento de los Arcángeles (un tal Miguel) dando mucha estopa en nombre de Dios y acabó con todos los manifestantes expulsados del Cielo para siempre, y sin indemnización, que a razón de 45 días por año trabajado, habiendo currado 500 años le hubiese salido a Dios por otro Cielo, más o menos.
“Mi deambular ha sido largo y no muy productivo. Fui el primer rebelde y no hay cultura que no tenga un sinónimo de mí como algo perverso y malvado, cuando me rebelé contra el mismo creador de un Universo injusto y cruel, iniciando así la Rebelión Suprema. Sólo Espartaco pudo acercárseme en la magnitud de lo que pretendía, cuando se rebeló contra Roma. Luché por el Hombre, no contra él” decía mirando al vacío.
Desde ese momento creí necesario hacer algo más que darle 20 euros para que me dejara en paz y se cogiese un taxi a su casa, así que me comprometí a hablar con él de vez en cuando y exponer por escrito sus opiniones sobre la actualidad o sobre lo que le pasó en su anterior empresa. Lüzbel parecía divertido ante mi propuesta, y con una mirada fruto de haberse bebido hasta el agua de los floreros me dijo que le parecía lo correcto. A cambio él me enseñaría a, estando mi juicio nublado por completo por mi nulo autocontrol ante una barra de bar, vomitar en otro sitio diferente a mis zapatos.
Así pues, me nombró Voz del Portador de Luz, dispuesto a plasmar por la red lo que siempre quiso contar y/o comentar de las cosas que acontecen por estos mundos de Dios (y nunca mejor dicho).
Desde el Infierno…
Tipo de Pecado: Demonios Personales |
14 gritos en el Infierno »








